02 enero 2011

El fin del principio

Carlo Tissot hizo clic con el ratón. El cursor estaba en la casilla de activación del LHC.
Con ese sencillo acto puso en marcha la máquina más poderosa jamás creada. Varios chorros de partículas se pusieron en marcha, en sentidos opuestos, siguiendo la circunferencia del enorme acelerador. Algunas de esas partículas, la mitad exactamente, eran de naturaleza opuesta a las otras, de tal forma que cuando se encontraran se produciría una tremenda explosión de energía.
Durante unos segundos, los dos chorros de partículas se mantuvieron en su recorrido, sin apenas perder energía. A veces alguna de ellas chocaba contra las paredes o contra algún átomo en el casi vacío, pero eso ya estaba previsto.
Carlo no tuvo que dar la orden. Ya estaba programada.
Transcurrido el tiempo de activación, los dos chorros convergieron en el lugar preparado para ello.
El Útero, tal y como lo llamaban todos. Pues en ese lugar se formaría un nuevo universo.
Los detectores lo mostraron, aunque para ello fue necesario reducir la intensidad de la señal hasta unos valores aceptables para el ojo humano. La energía liberada se condensó en un punto y éste se expandió en otras dimensiones. Dentro del Útero, seguía siendo un diminuto punto luminoso, pero de alguna manera, en otro espacio, del punto inicial estaba surgiendo todo un universo.
¡El experimento era un éxito! Ahora era simple cuestión de observar la evolución del universo hijo.

Durante varios años, el Útero mantuvo su universo en el interior. Fue fotografiado, y aunque las imágenes no mostraban nada espectacular, los comentarios de los medios fueron suficientes. A Carlo se le comparó con un dios, y de hecho según la definición eso era él: el dios creador de su universo.
El dios Carlo fue entrevistado por medio mundo, y finalmente se negó a tener más entrevistas, pues le robaban tiempo para la observación.
Carlo prefería estar ante las pantallas que mostraban lo que sucedía en su universo. Vio como se formaban galaxias, como éstas evolucionaban, haciéndose más y más grandes al engullir a sus vecinas. Cómo las estrellas envejecían, explotando y naciendo de nuevo. Las primeras galaxias eran de color azul, pero muy pronto todas esas estrellas acabaron sus días, mientras que las enanas rojas se mantenían. Poco a poco, la luz de las galaxias fue pasando de un virulento azul a un suave rojo.
No tenía medios para observar lo que sucedía en las cercanías de las estrellas, pero de alguna forma pudo deducir que se estaban formando planetas. Alguno de esos planetas podía tener agua líquida, y así lo señalaron los sensores.
Llevaba ya cinco años de observación y ya se estaba cansando del experimento. El universo se había mantenido estable, pero Carlo había pensado que tal vez bombardeando el universo con nuevos chorros de partículas podría generar una inestabilidad que lo destruiría.
Pensaba iniciar el bombardeo cuando detectó algo nuevo. En una de las galaxias elípticas mayores se estaba formando una estructura en forma de red hexagonal. Una serie de líneas, mucho mayores que las estrellas, empezó a formar un poliedro geodésico. Poco a poco la esfera geodésica cubrió toda la galaxia.
El tiempo transcurría a mayor velocidad en el universo de Carlo, y eso él ya lo sabía. Un minuto equivalía a un siglo en el universo hijo. En poco tiempo, lo que equivalía a millones de años en el otro universo, todas las galaxias mayores se habían rodeado de una esfera geodésica.
En el mundo del Dr. Tissot, él y sus colegas discutían acerca del significado de esas redes. No conocían fenómeno alguno que pudiera producirlas. Al menos, entre los fenómenos naturales.
Eso dejaba dos posibilidades. Primera, un fenómeno desconocido, más propio de un universo envejecido, por lo que aún no se había observado en el mayor.
Y la segunda posibilidad, que se tratara de un fenómeno artificial.
Planteada la segunda de las hipótesis, surgían dos consecuencias: una, que había vida, y vida inteligente en el universo de Tissot. Y dos, una pregunta: ¿qué les llevaba a construir aquellas estructuras.
Sólo quedaba seguir elucubrando, por supuesto. Suponiendo que los seres inteligentes del universo hijo sabían lo que hacían, deberían saber ya que su universo se dirigía hacia el fin de todo. No habría compasión para ellos: las estrellas se estaban enfriando, , las galaxias se hallaban cada vez más lejos unas de otras y ya no había ninguna lo bastante cercana como para ser absorbida por las galaxias mayores. El color predominante era el rojo, pues tan sólo quedaban estrellas amarillas y rojizas. Y ninguna de ellas tenía masa suficiente para producir una supernova y así, tal vez dar origen a una nueva generación estelar.
Puede que aquellas redes fueran para modificar la gravedad o manipular de alguna manera el universo a fin de evitar su enfriamiento. Si así fuera, debería notarse su efecto.
Carlo midió la velocidad de expansión de las galaxias en su universo. Se estaba frenando, sí, pero de acuerdo con lo previsto por la teoría. No sería suficiente para detener la expansión. Las redes no habían logrado su objetivo. O quizás su objetivo era otro. No había forma de saberlo.
Finalmente, el organismo rector del LHC dio la orden. Había que dar por terminado el experimento, que ya llevaba consumidos siete años de recursos. Ya no se podía averiguar nada útil del universo de Tissot.
Carlo programó el chorro de partículas. Dos chorros, uno a cada lado del universo, que deberían bastar para destruirlo.
Activó el proceso. Y permaneció pendiente de los detectores.
¡El universo del Útero sobrevivió! Finalmente, Carlo sabía al fin para qué eran las redes. Eran para proteger las galaxias del chorro de partículas procedentes del universo mayor.
¡Los habitantes de su universo lo sabían! Ellos también habían fabricado sus propios universos y comprendieron así su origen. De ahí que tomaran medidas para que el creador, es decir Carlo, no pudiera destruirles.
El dios Carlo comprendió igualmente que tal vez otro ser estuviera pensando lo mismo. El universo en que habitaba Carlo podía tener sus días contados. Había que impedirlo a toda costa.
¡Dios mío!
(Nunca mejor dicho).

5 comentarios:

Carlos dijo...

Muy bien hallado Cabezón. El origen de infinitos mundos cada cual, en dimensión inferior.

Baldo Mero dijo...

Sólo espero que no tenga problemas porque una idea similar ha sido tratada por Greg Benford en su novela Cosmo. De todos modos, aunque la idea básica es la misma, ni siquiera es original suya, sino algo que se discute en diversos foros cosmológicos. Y mi tratamiento es distinto, más adecuado para un relato breve y no una novela extensa

Mary dijo...

Me gustó mucho, Félix! :)

Cristian dijo...

¿A qué deberá esa punción de los dioses por destruir los mundos que crean? Desde la Biblia hasta el Popol Vhu, aquí ha ocurrido varias veces.
Y todos han fallado.

Baldo Mero dijo...

cristian, es que resulta muy aburrido tener un universo eterno. Incluso aunque uno sea eterno, es bueno tener alguna variedad, y si se puede hacer de vez en cuando un universo distinto, ¡mas entretenido!