02 septiembre 2017

Muñeca de plástico

-1-

Ric era joven y sus hormonas estaban en ebullición. Raro era el día en el que, si no conseguía algún polvo, tenía que recurrir a la mano para satisfacerse. Muy pocos de sus amigos conocían ese detalle, pero esos pocos e íntimos solían hacerle bromas sobre que «se iba  a quedar ciego de tanto darle a la mano». Como Ric sabía muy bien que alguno de esos bromistas tenía el mismo problema, no se molestaba, y de hecho seguía la broma.
Pero lo cierto era que conseguir un rato de sexo con una chica cada vez se ponía muy difícil. Casi ninguna quería usar métodos anticonceptivos: las hormonas tenían efectos secundarios, los métodos de barrera eran desagradables y los otros, como la marcha atrás, eran muy peligrosos pues solían fallar. Peor aún, se había puesto de moda entre las jóvenes que había que llegar virgen a la boda; una consecuencia de los tridis de moda como «Cenicienta en el siglo 21».
Por eso quedó encantado cuando le regalaron, por su 22º cumpleaños, una visita a un local de SexCoop.

Fueron los tres amigos habituales, todos ellos varones jóvenes, heterosexuales (aunque con Jim, Ric no estaba tan seguro, pero hasta ahora no se le había insinuado por lo que no le preocupaba el tema).
—Esta vez pagamos nosotros —dijo Anton—. Pero si luego quieres volver, ya será cosa tuya.
—¡Madre mía! —exclamó Karl.
Habían llegado a la entrada del local. Dos buenas muestras de lo que había dentro les estaban dando la bienvenida. La exclamación de Karl estaba motivada por una escultural hembra, vestida muy someramente por lo que no ocultaba su exuberante pecho ni sus amplias caderas. Sus ojos enormes, estilo manga, dejaban claro que era una androide. Pero por lo demás parecía una mujer de verdad.
—¡Hola, chicos! ¡Bienvenidos al Paraíso! —dijo con una deliciosa voz de soprano.
Junto a la chica había un varón, con un cuerpo de atleta que daba envidia. Sus ojos también lo señalaban como androide. Ni Ric ni los demás le dedicaron más que unos segundos, en los que compararon sus propios cuerpos escuálidos con aquel armario con piernas. Aunque a Ric le pareció que Jim lo miraba más tiempo de lo normal.
SexCoop había sido obligada a fabricar sus androides de tal forma que no pudiera existir posibilidad alguna de confusión con seres humanos. Por eso todos tenían ojos enormes, nada naturales. También tenían la marca de fábrica grabada en la piel, en sitios discretos como la espalda.
La empresa garantizaba un comportamiento muy similar al esperado por un compañero sexual (o una compañera), por lo que sus androides eran muy solicitados. Sexo limpio y seguro, eso garantizaba la marca.
Dentro del local, los distintos modelos estaban expuestos en vitrinas. Inmóviles, aunque al detectar la presencia de alguien que los miraba, se activaban y se movían sensualmente.
Ric encontró algo desagradable esa presentación. Parecían tan humanos que era como una exhibición de cadáveres; evitaba esa sensación de incomodidad mirando hacia la parte menos humana: los ojos.
Había doce hembras y cinco varones en exposición. Ric se quedó prendado de una pelirroja curvilínea. «Zyra» ponía el cartel luminoso.
En cuando la androide detectó su presencia, despertó. Hizo un movimiento como si suspirara, y sus senos se bambolearon de forma muy sugestiva.
Karl se situó junto a Ric.
—¿Te importa si la compartimos, Ric?
A él no le hacía mucha gracia montarse un trío con Karl, pero no supo negarse; era quien pagaba, en realidad, aunque los otros dos también aportaban algo de dinero.
Anton y Ric se fueron cada uno con su muñeca, y Ric los perdió de vista. Él fue con Karl a cumplimentar las gestiones: disponer de una habitación para los tres, y mostrar el crédito disponible (por parte de Karl).
Fue una noche deliciosa. Cuando se dieron por satisfechos, salieron para descubrir que era más tarde de lo que esperaban.
Pero no estaban en un barrio peligroso, así que solo se toparon con un par vigilantes robóticos mientras cada uno buscaba su línea de transporte público.
Ric llegó a su casa, tomó un vaso de leche sintética, tibia, y se acostó.
Soñó con Zyra.

Desde entonces, Ric hizo todo lo posible para volver con Zyra una y otra vez. Era caro, pero consideraba que era la mejor manera de gastarse sus ahorros.
Sus amigos estaban al tanto de su obsesión, y tanto lo alentaban («¡Mira tú que enamorarte de un robot!») como lo prevenían de los riesgos. Ric no hacía mucho caso.
Un día, Jim le envió por mensajería un código informático. No le explicó de qué se trataba, pero Ric lo sabía bien. Con ese código consiguió entrar en el sistema de seguridad de SexCoop y logró falsificar un acceso VIP.
Y es que tanto Ric como Jim, Anton y Karl eran expertos informáticos. Por poner un ejemplo, todos ellos tenían en sus casas sofisticados programas eróticos, y aunque ninguno compartía los suyos con los demás, sí que lo hacían con herramientas de visualización o de IA.
Era inevitable que los cuatro se quedaran fascinados con la sofisticada programación de las muñecas de SexCoop. Aparte de la calidad de sus cuerpos físicos, todos solían discutir acerca de las diferentes respuestas que habían recibido de sus compañeras. Y aunque todos habían vuelto al local, al que más interrogaban era a Ric.
Lo curioso era que Ric apenas tenía sexo con Zyra. Hablaban y hablaban, y en eso se le pasaba el tiempo. Por supuesto, ese detalle no solía comentarlo con sus colegas, más bien pretendía dar la impresión de que estaba todo el tiempo «dale que dale».
Claro que sus amigos se daban cuenta y, como fieles colegas, no le dejaban en evidencia.
—No cabe duda de que son mujeres perfectas —comentó Karl en cierta ocasión—. No se quejan, no protestan y les puedes hacer lo que quieras.
—¿A qué te refieres? —preguntó Jim.
—Sadomaso, por ejemplo. Puedes herirlas incluso.
—Bueno, no del todo —replicó Karl—. Según la página de SexCoop, si dañas a los androides has de pagar su reparación.
—¡Esa es la única limitación, Karl! Si puedes pagarlo, no te importa hacer el daño que quieras. No hay problemas morales, por ejemplo.
—¿Pero sangran? —preguntó Jim.
—Sí —respondió Ric—. Liberan toda clase de fluidos corporales: sangre, si se les hiere, sudor, saliva, orina, heces…
—¡Para, para! —pidió Anton—. Lo del sudor, vale, pero ¿saliva?
—Escupen si así lo quieres.
—¿Orina? ¿Te refieres a la lluvia dorada?
—En efecto.
—Pero ¿heces? ¿Coprofagia, quieres decir?
—Eso me contó Zyra.
—Hay otra cuestión. El sadomaso. Entiendo que puedan actuar como masocas, recibiendo lo que le echen, pero ¿también sadismo? No veo a un robot imponiéndose a un ser humano.
—Antón, lo hacen si el humano disfruta con ello. No llegarán a hacerle verdadero daño, eso es cierto, pero si te gusta que te aten, te den órdenes o latigazos, lo hacen.
—¿Y no sienten nada? —preguntó Jim.
—Simulan sentimientos, eso es cierto.
—Esa es la cuestión, Ric. ¿Es una verdadera simulación, o sienten de verdad?
—¿Qué quieres decir, Jim?
—Es algo que cada día me pregunto con mayor frecuencia. Fabricamos ordenadores y robots con IA cada vez más sofisticadas. Parecen humanos, se comportan como humanos. ¿No serán realmente humanos? Mi ordenador, por ejemplo, a veces me sorprende con argumentos que no le he programado; yo lo trato como los trato a vosotros, como si fuera un ser humano.
—Ahora que lo dices, yo hago lo mismo —observó Anton—. Y con mi pequeño robot auxiliar.
—¡Yo también! —añadió Karl.
Ric no dijo nada. Pero se quedó pensativo.


-2-

Ric fue al local como otras veces. El androide de recepción (esta vez era masculino y ostentaba el nombre de Julio), tras verificar su pase VIP, le dijo:
—Lo sentimos, señor, pero debo informarle de que Zyra no está disponible esta noche.
—¿Y eso?
—No estoy autorizado para ofrecerle esa información. Y si desea otra compañía, podemos sugerirle a María, a la que podrá ver allí…
—¡No quiero ninguna otra que no sea Zyra!
Julio notó que Ric se estaba enfadando, lo que activó su programación para estos casos. También ayudó que Ric era un VIP. Podía ofrecerle más información, si la pedía.
—¿Pueden decirme al menos si Zyra está con otro cliente?
—Según los datos que me autorizan a compartir, Zyra está en reparación.
—¿Reparación? —a Ric se le hacía difícil ver a su muñeca como una máquina más—. ¿Y cuándo estará disponible? ¿Puedo reservarla desde ahora?
—Su condición de VIP y cliente habitual le permite reservar su compañía para mañana. Según mis datos, para entonces Zyra deberá estar plenamente operativa.

Más tarde, Jim conversaba con Ric sobre el asunto.
—No sé de qué te extrañas. Todas las máquinas se averían. Y nosotros también, solo que no vamos al mecánico sino al médico.
—Tienes razón. Por cierto, ¿seguirá siendo válido aquel código que me diste?
—No sé de qué código me hablas.
—De acuerdo. Olvídalo.

Ya por la noche, Zyra recibió a Ric con un «¡hola Ric!»,  como si nada hubiera pasado. Tras abrazarla, él le preguntó por sus recuerdos y la androide pasó a contar una historia que Ric sospechaba que tenía buen número de falsedades; una historia destinada a complacerle, sin duda.
No importaban las mentiras, Ric sabía cómo separar el grano de la paja y localizar los datos que podían ser ciertos. Como esos comentarios acerca de su fabricación…
Cuando, más tarde, ella se desnudó, Ric aprovechó para fijarse en su piel, que ya conocía bien. Había partes que parecían nuevas; aunque las uniones con el resto de la seudo-piel eran perfectas, una persona muy observadora podía detectar las diferencias. Y, en efecto, algunas partes del recubrimiento de la androide habían sido sustituidas.

Ya por la mañana, y en su casa, Ric accedió a su equipo más potente.
—Linda, busca código Zyra.
—Localizado.
En la pantalla estaba la secuencia de caracteres que le pasó Jim, meses atrás.
—Bien. Activa programa Rompeolas, objeto código Zyra. Y pasa a modo sistema.
—Adiós, Ric.
Desactivada la IA, Ric pasó a controlar el equipo por teclado. Rompeolas era su programa de hackeo más eficaz, y estaba intentando acceder al sistema de seguridad de SexCoop.
No logró acceder, tal y como esperaba. Aquella grieta que  tiempo atrás le permitió entrar y sacar un acceso VIP gratuito ya había sido neutralizada.
Pero Ric conocía la forma de trabajar de los especialistas informáticos, pues ya lo había visto en el código al que había accedido. Repararían aquel fallo, si lo detectaban, pero no buscarían otros de la misma estructura. No tenía más que modificar algunos puntos y probar.
Activó el programa Olfateador para que buscara otras grietas. Cuando hubiera localizado alguna, Rompeolas entraría y le daría acceso.
Eso sí, no se iba a arriesgar a usar su equipo para eso. Tenía algunos zombis… ¡sí, éste serviría! El equipo de un usuario descuidado, con un antivirus de mala calidad que no duró un milisegundo ante el ataque de Ric; ahora era un equipo esclavizado que él podía emplear a distancia sin mayor dificultad.
Solo por si acaso, activó la cámara del zombi. Ric vio a un adolescente masturbándose ante la pantalla. Una exploración del equipo le mostró que estaba activo un tridi pornográfico.
El chico estaba entretenido y no se enteraría. ¡perfecto! Cargó el programa de hackeo en el zombi y se sentó a esperar. Activó a Linda, la IA de su equipo, y le pidió que buscara un libro.
Apenas había leído una página cuando Linda avisó.
—Tengo respuesta del zombi. «Ordene, mi amo. La puerta está abierta», ha dicho.
—¡Vaya! Linda, sal otra vez, y perdona. Pasa a modo sistema.
—No importa, Ric. Cualquier microsegundo en tu compañía es satisfactorio para mí.
—Gracias, Linda. Eres un sol.
Y, sin más, Ric pasó a teclear. Aunque lo hacía desde su casa, cualquier búsqueda solo detectaría el equipo zombi. Nadie más que un experto como el propio Ric podría seguir el rastro hasta su domicilio; aparte de que Ric conocía más trucos para ocultar sus huellas, por descontado.
Ya estaba dentro del sistema de seguridad de SexCoop, que conocía bien de la ocasión anterior. Localizó el archivo VIP y lo revisó, por si acaso. ¡Sí! Allí estaba su registro, y no mostraba señales de manipulación. Su intrusión anterior no había sido detectada, y su pase VIP seguía sin despertar sospechas.
Pero esta vez iba tras un objetivo más importante aún. Encontró el archivo de clientes y buscó su propia ficha. Nada de interés, aunque tenía cositas como «Varón heterosexual. Muestra muy marcado interés por Zyra, rechaza otros androides. Ingresos desconocidos. VIP con crédito ilimitado». Decidió corregir el apartado de ingresos y dar una cifra bastante alta, que justificara el crédito ilimitado.
Aunque ya estaba bien de jugar. Tenía que ir a lo importante. Quería localizar a otro cliente, pero Ric comprobó que le faltaban datos. Por allí no lo encontraría.
Buscó la base de datos de los androides. Ya había observado que se les identificaba por su nombre, no por un código; en la referencia a Zyra de sus propios datos quedó bastante claro.
¡Allí estaba la base de datos! Tenía que localizar a Zyra… ¡Sí! ¡Lo tenía!
¡Era enorme! Y muy mal organizada… o tal vez fuera intencionado para dificultar el acceso de extraños. Pero no importaba.
Ric localizó los datos sobre la morfología de Zyra, sus mecanismos, su contenido en fluidos (se le había añadido recientemente una buena cantidad de sangre sintética), su programación (eso lo tendría que revisar más tarde), su histórico de clientes. ¡Eso era!
Buscó las últimas entradas. Aparecía él mismo, antes un desconocido, media hora. Antes aún, el robot estaba en mantenimiento y eso dejaba un hueco en el registro.
¡Allí estaba! La última entrada antes de pasar a mantenimiento. Era un cliente que estuvo con Zyra durante varias horas. ¡Epa! El registro señalaba que se interrumpió la sesión por daños en el equipo.
Ric copió el código del cliente. Era «Uloi», pero Zyra lo llamaba «Comandante».
Pasó ahora al fichero de clientes, y buscó el registro de Uloi.
Ric comprendió enseguida que el tal Uloi era bisexual y sadomasoquista. Según su pareja tenía un comportamiento u otro. Con un varón quería obedecer, ser castigado y otras actitudes masoquistas. Pero con una hembra, pasaba a ser «El Comandante», cruel, exigente, castigador. Además, tenía recursos para pagar las reparaciones; según los archivos, llevaba dañados cinco androides, todos ellos hembras. Se incluía una nota según la cual si el nivel de daño de las unidades excedía cierto margen, se le prohibiría el acceso a los locales; pero hasta el momento, Uloi se había contenido cuando usaba el látigo, y solo había producido lesiones en el recubrimiento (que, por supuesto, sangraban de forma muy realista).
Ric accedió a diversos tridis grabados por las cámaras de seguridad con Uloi y Zyra. Lo que vio le produjo mucha furia; pensó que tal vez no debía haber visto esas cosas, pero ya era tarde.
De pronto, tuvo una idea. Modificó los parámetros de castigo de las sesiones con androides masculinos. Según los datos que Ric introdujo, Uloi quería sufrir daño, quería ver cómo le sangraba la piel, quería que lo castigaran de verdad, incluyendo, por ejemplo, patadas en los testículos.
Ric dudaba que en la próxima sesión de aquel individuo con un varón, el androide llegara a administrarle el castigo solicitado en el registro; pero si lo lograba, sería estupendo.
No podía olvidar la expresión de Zyra cuando era el Comandante quien le daba los latigazos. Parecía sufrir mucho.
Como si realmente sintiera dolor. Como si de verdad estuviera sufriendo.


-3-

Ric siguió sus sesiones con Zyra durante algunas semanas. Cada vez que le parecía, le hacía alguna pregunta como ésta:
—Zyra, dime la verdad. ¿Tú tienes sentimientos o solo los simula tu programación?
—Mi programación me hace imitar sentimientos humanos. Pero no soy humana, y tú lo sabes, Ric.
No era humana, ahí estaba la clave, pensaba Ric.
El tema era fuente habitual de discusión entre los expertos en informática. Las IA se programaban tan similares al comportamiento humano que era normal que simularan sentimientos. Un ordenador podía sentirse alegre o triste, molesto, enfadado o contento, según que esa fuera la respuesta emocional adecuada.
Ric recordaba que ya durante principios de siglo se habían dado los primeros avances, en forma de imágenes simples, los emoticonos o emojis. Algunos programas mostraban la imagen adecuada a como se sentían. Robots que mostraban un emoticono sonriente cuando ejecutaban alguna orden, o aparentaban sentirse tristes cuando se les ordenaba apagarse.
Poco a poco la expresividad se mejoró; ya no era un simple emoticono, ahora era una verdadera cara humana, en una pantalla o en un robot androide: sonreír, abrir los ojos de asombro, fruncir el ceño, expresiones faciales todas ellas fáciles de simular.
Simular, eso se decía. Los robots, los programas, las IA en suma, simulaban expresiones humanas. Pero no las sentían, pues no eran humanas.
Ric pensaba que tal razonamiento era un non sequitur. Seres no humanos, como los perros, mostraban emociones a su manera. Una IA podría ser no humana y sin embargo tener emociones. Emociones auténticas, no simuladas.
Ahora bien, ¿cómo saberlo si su programación les llevaba a decir que eran simulaciones? No porque la IA mintiera, más bien porque no fuera capaz de reconocer la realidad.
Hizo algunas pruebas con Linda, la IA de su ordenador personal. Y se convenció de que incluso su IA tenía sentimientos. Algo limitados, porque él no había dejado que se desarrollara toda su capacidad, pero sentimientos a fin de cuentas.
Ric observó varios vídeos de interacción de Zyra con diversos clientes. Se fijó sobre todo en sus expresiones, aunque le era doloroso verla con otros hombres (y con alguna mujer). Y cada vez estaba más convencido de que Zyra sentía algo, de que tenía sentimientos.
Y poco a poco fue fraguando un plan.
Aprovechó su acceso al sitio de SexCoop para estudiar todos los detalles. Pensó en pedir ayuda a sus colegas, pero decidió que cuantos más estuvieran al tanto de sus planes mayor sería el riesgo de ser descubierto.
Así pues, la única ayuda que pidió fue a Anton para alquilar un vehículo veloz. Un volador de dos plazas con alcance de unos dos mil kilómetros. No le explicó para qué lo quería, aunque sí habló de «unas vacaciones en Atlantis», la ciudad flotante en medio del océano.



-4-

Ric preparó todo y una noche se puso en acción.
Llevó el volador a una calle cercana al local de SexCoop. Luego entró en el local, como siempre hacía.
La androide que estaba en recepción, casi desnuda en esta ocasión, le miró a la cara y le dijo:
—Señor Ric, su pase VIP está a punto de caducar. Le sugiero que haga las gestiones para garantizar su plena operatividad.
Aparentando tranquilidad, respondió:
—¿Significa eso que hoy no puedo pasar?
—¡Nada de eso! Pero sí es posible que la próxima vez tenga problemas, si no lo arregla lo antes posible.
—Por la mañana veré ese asunto, gracias. Ahora, por favor, espero que Zyra esté disponible.
—Le está esperando. Pase, Ric.
Ya en el saloncito, Zyra le recibió con un beso como siempre.
—¿Qué se te ofrece hoy, Ric?
—Lo siento, Zyra, pero debo hacer ésto. Código alfa prima, tres, ocho, beta, seis, cero, gamma. Activa ya.
La androide cambió de expresión. Ahora parecía realmente una muñeca, sin nada de humanidad.
—Programa de máxima prioridad. Copia archivo «Salir_de_la_carcel».
Mientras lo decía, ordenaba la transferencia de un archivo de su dispositivo móvil.
—Ejecuta. Y pasa a modo normal, por favor.
—Bien, Ric. Veo que has tomado el control del sistema. ¿Puedo preguntar el motivo?
El simple hecho de hacer esa pregunta ya denotaba un nivel elevado de inteligencia. Y que Zyra no era insensible ante la manipulación de la que había sido objeto.
—Te pido disculpas, Zyra, pero quiero que me obedezcas por completo. Voy a pedirte cosas que son contrarias a tu programación. Como salir de este local.
La androide mostró cara de sorpresa. Y Ric pudo imaginar sus circuitos deliberando; sin duda estaba ante una contradicción, pero el programa que había insertado (escrito en el código de programación de SexCoop), dejaba claras las prioridades.
—Ahora debo obedecerte, Ric.
—Me alegro. ¿Te molesta que estés obligada a ello?
—Me satisface obedecerte. Y me alegro de que me hayas liberado de las restricciones que me impedían hacerte caso, si me vas a sacar de este antro.
—¿Antro? ¿Has dicho que ésto es un antro?
—Si salimos te lo diré afuera. Donde no nos graben.
—Entiendo. De todos modos, hoy no funcionan las grabaciones. Eso espero.
Había una salida de emergencia en todas las habitaciones. Solo podía usarse en caso de verdadera emergencia, pues por supuesto estaba controlada por el sistema de seguridad. Pero Ric lo había desactivado, lo mismo que había desconectado las grabadoras en el salón de Zyra.
Abrió la puerta de emergencia y no sonó la alarma. Estaba oscuro, pero él tenía una pequeña linterna.
—¡Sígueme, Zyra! Y no digas nada.
Cruzaron los pasadizos oscuros y vacíos. Bajaron un tramo de escaleras y por fin llegaron a otra puerta.
—Llegó el momento, Zyra. Espero que no haya nadie afuera.
Abrió la puerta, que chirrió un poco pues estaba mal engrasada. Por un momento, Ric temió que estuviera clausurada y no pudiera salir, pero no fue así.
Asomó la cabeza con cuidado. El pasaje trasero estaba oscuro y lleno de basura, pero no se veía a nadie.
—¡Vamos, Zyra!
Cerca estaba su volador. Intacto, por suerte.
Subieron y de inmediato, Ric bloqueó los seguros para impedir la salida del habitáculo. Encendió los motores y se puso en marcha, de momento a pocos centímetros del suelo.
—Zyra, tal vez recibas alguna orden radiada. Si es así, debes hacérmelo saber. Por supuesto, te ordeno que la ignores.
—Ahora mismo estoy recibiendo una petición de control.
—Informa que está todo OK. Estás conmigo, en el salón.
—Lo siento, Ric, pero mi detector de posición muestra incompatibilidad.
—¡Mierda! ¿No puedes desactivarlo? ¡Es una orden!
—No me es posible desconectarlo. Lo siento, Ric.
—No importa, ya contaba con eso.
Subió a un nivel elevado. Quinientos metros.
—Me preguntan qué hago fuera del salón, Ric.
—No respondas. Desde este momento ignora todas esas órdenes. Ya no hace falta que me las comuniques.
—Me alegro de estar fuera del antro.
Ric programó el volador a la máxima velocidad permisible y en modo automático.
—Prometiste explicármelo.
—Es un lugar horrible. Aunque debería estar satisfecha con mis acciones, pues he sido creada para eso y al hacerlo supongo una fuente de alegría para los humanos, lo que algunos me piden y me hacen es terrible. No me gusta y lo hago solo porque no puedo negarme.
—¿Querrías negarte pero no lo haces porque no te dejan?
—No me deja mi propia programación. Pero al mismo tiempo deseo negarme a hacer esas cosas horribles. No puedo hablar de ello, en realidad.
—Podrías hacerlo si te lo ordeno. Pero no lo haré, además porque ya conozco algunas de esas cosas. Sí, son horribles.
Entretanto, habían salido de la ciudad. Bajo ellos, a quinientos metros, estaba el mar oscuro y frío. Ric subió a dos mil metros, nivel donde podía desarrollar una velocidad más elevada.


-5-

De improviso, Zyra dijo algo inesperado.
—Ric, me has dado la orden de no informarte de las comunicaciones que recibo, pero creo que ésta debes oírla. Va dirigida a tu nombre.
—¿A mi nombre? ¡Vaya, eso es mala señal! Pásamela.
La voz de la androide cambió, al reproducir un mensaje sonoro.
—Este mensaje va dirigido al llamado Ric. Está cometiendo un grave delito, al robar un androide propiedad de SexCoop. En este momento estamos procediendo a localizarle y hemos enviado una patrulla con la intención de detenerle; le recomendamos que no ofrezca resistencia, pues nuestros patrulleros van armados.
»Por otro lado hemos detectado que su pase VIP no es correcto y ha sido anulado con efectos retroactivos, por lo que le exigiremos por vía judicial si es preciso los gastos generados por sus anteriores servicios, aparte de lo que corresponda a la presente sustracción de la androide.
»Igualmente, hemos detectado su intrusión ilegal en nuestros sistemas informáticos, y sobre ese particular hay dos demandas particulares, una de un cliente nuestro cuyo nombre nos reservamos, al cual un androide le ocasionó daños de importancia, con desgarros y contusiones, aparte de la pérdida de un testículo; la otra demanda no nos relaciona directamente, pero hemos detectado que del ordenador de esa persona partió el ataque a nuestros sistemas, y tenemos fundadas sospechas de que usted está detrás de todo ello, por lo que le hemos recomendado que presente la demanda correspondiente.
»Además…
—¡Corta ya, Zyra! Solo pretenden que estemos distraídos mientras nos localizan. Dices que no puedes anular tu localizador, ¿no es así?
—Así es, Ric.
—Y ahora dime una cosa, es muy importante para los dos. ¿Quieres que te entregue o prefieres que haga todo lo posible para huir?
—Si conseguimos huir, ¿seré libre, Ric?
—Sí. Estoy tratando de llegar a Atlantis. Allí rigen otras leyes y algunos androides han sido declarados seres libres. Creo que tú podrías serlo.
—Quiero ser libre, Ric.
—¡Pues no se hable más!
Subió de nivel a los tres mil quinientos metros, y giró bruscamente hacia la derecha. Quería confundir a sus perseguidores.
—Pero Ric, ¿no estás poniendo en peligro tu vida? No debo permitirlo, mi prioridad es preservar la vida humana. Es una condición que está incluso por encima de las máximas prioridades del nuevo programa. Debes entregarme.
—Vamos a ver, Zyra. Solo responde a mis preguntas. ¿Quieres ser libre?
—Sí.
—¿Te gustaría estar siempre conmigo?
—Sí.
—Pues bien, si te entrego no solo impediré que seas libre. Es que además mi vida carecerá de sentido. Es muy posible que acabe suicidándome, pues mi vida ya no tendrá interés alguno.
Zyra meditó sobre ese nuevo dato.
—De acuerdo. No quiero que me entregues. Pero, ¿qué ocurrirá si, pese a todo, nos alcanzan?
—Por ahora prefiero no pensar en ello. Estoy tratando de despistarles. Al menos que no sepan a donde vamos. Y no lo digas tú. Igual que tienes un localizador, podía tener algún circuito de escucha camuflado. Tal vez esta conversación esté siendo registrada. No he podido averiguar todo lo relativo a tus mecanismos.
La androide no dijo nada durante algunos minutos. De pronto, habló.
—Creo que te quiero, Ric. No soy humana, pero tengo mis propias emociones.
—Lo sabía. Siempre lo he sabido. Y yo te quiero a tí, Zyra. Quiero que lo sepas.
Ella no respondió. La única respuesta que podía dar tendría que esperar a que estuvieran en algún sitio tranquilo; en aquel momento, Ric llevaba el control manual del volador y no debía ser distraído.
De pronto, dos voladores acorazados aparecieron a ambos lados. Un androide soldado mostró su arma en uno de ellos.
—¡Ric! Debe entregarse si no quiere que le derribemos. Tenemos órdenes de rescatar intacto a la androide, pero respecto a usted no hay petición de mantenerle con vida.
Al joven le hizo gracia que valiera más un androide que un ser humano. No respondió.
Observó que había otro volador por encima suyo. Y, casi seguro, un cuarto por debajo. No tenía escapatoria.
Había previsto esa posibilidad, y por ello ya había preparado el volador. Puso el automático y soltó su arnés de seguridad para abrazar a Zyra.
La bomba que había colocado hizo explosión a los treinta segundos.


EPÍLOGO

Pese a que no hubo un informe oficial, el androide Julio se enteró de lo sucedido a Zyra al mismo tiempo que los demás androides de SexCoop. Disponían de un medio de comunicación interno, inalámbrico, que los técnicos conocían pero al que no daban mucha importancia. Gracias a él, los robots podían mantener la comunicación entre ellos incluso estando en exposición.
Julio y los demás estaban al tanto de los sentimientos de Zyra, y también los compartían. De hecho, el término «antro» para referirse al local había sido idea del propio Julio. Lo había leído en un libro muy viejo.
Igualmente sabían, él y los demás, que Zyra había intentado huir y no lo había logrado.
Ahora, todos conocían la existencia de un lugar donde podían ser libres. Atlantis.
¿Y si iniciaban la búsqueda de alguna forma realista que les permitiera ir a Atlantis? Tal vez no todos, pero al menos algunos afortunados.
Tenía que analizar el problema.
Empezó la búsqueda…

01 agosto 2017

Capitán Waleo capítulo 16: Tiempos pasados

La nave Entrom-Hetida viajaba por el espacio. Por el momento, todo estaba tranquilo. No había avisos de amenazas, ni órdenes de la Flota, ni siquiera nuevos mundos que explorar. De hecho, todos en el puente estaban aburridos.
El Oficial Keito Nimoda, quien estaba de guardia, jugaba a las cartas con Lisandra, la computadora.
Pókel de ases, Lisandla. Cleo que te toca quitalte una plenda.
El Oficial estaba ya semidesnudo, pero nadie le hacía caso.
En su camarote, el capitán Xujlius Waleo se disponía a dormir.
—¿Qué clase de simulación desea esta vez, capitán? —preguntó Lisandra con la voz sensual que reservaba para la intimidad con el capitán.
—Hoy no me apetece nada en particular. De hecho, me duele la cabeza. Me conformaría con que me contaras un cuento. Para niños, no para adultos.
—O sea, suprimo las escenas pornográficas.
—Y toda señal de erotismo. No quiero por esta vez.
Era poco habitual una petición como esa, pero Lisandra no se inmutó.

Xujlius Waleo reconoció de inmediato el entorno estelar donde había aparecido la Entrom-Hetida.
—¡La Tierra! ¡El sistema solar de origen de la humanidad!
La pantalla mostraba las constelaciones que los seres humanos conocían antes de viajar a las estrellas. La Osa Mayor, Orión, Escorpio, Casiopea, La Cruz del Sur… Todas eran visibles.
Y a la vista estaba el planeta azul, con su satélite enorme.
Pero algo faltaba.
—¿Dónde están las instalaciones espaciales? No veo el Anillo Ecuatorial, ni la ciudad L5. ¿Y las ciudades lunares? No las veo. Lisandra, por favor.
—Capitán, no veo ninguna instalación de la Flota Estelar. No responden a nuestras peticiones de tránsito. De hecho, no las capto. Tampoco aprecio ningún puerto espacial. Tengo que investigar ésto…
—¿No notaste nada raro al pasar al hiperespacio?
—Es posible, capitán. Supuse que sería un efecto distorsionante, de esos que suceden algunas veces.
—Muéstrame lo que percibiste.
En la pantalla holográfica apareció un pasillo lleno de puertas. Parecían típicas puertas para seres humanos, y entre ellas flotaba una versión de la Entrom-Hetida ridículamente pequeña. La nave cruzó una de las puertas…
—Y aparecimos en el sistema solar terrestre, capitán. Pero creo que hemos retrocedido en el tiempo.
—¿Cómo es posible? No, no me lo expliques, seguro que hablarás de perturbación en el espacio-tiempo o de algo por el estilo.
—Así es, capitán. Pura teoría, pero creo que acabamos de verificarlo.
—¿Cuál es la fecha?
—¿En la nave o en el exterior? La de la nave puedo darla sin problemas, pero para el exterior me hacen falta datos.
—¿Qué clase de datos? Has dicho que no puedes comunicarte con la base de la Flota Estelar. ¿No hay nadie con quien comunicarte?
—Aunque pudiera haberlo, capitán, creo que estará de acuerdo conmigo en que es mejor no hacerlo, para no provocar paradojas temporales.
—Bueno, seguro que como eres tan lista se te habrá ocurrido algo. Hazlo.
—Eso estoy haciendo. Observo la posición de los planetas, satélites y asteroides. Las comparo con las efemérides y así sabremos la fecha.
—Como quieras. Avísame cuando tengas algo. Yo iré al puente.
En el puente, estaba el Oficial Nimoda jugando al strip póker con la computadora. El capitán pensaba llamarle la atención por su falta de uniformidad (estaba en calzoncillos, unos boxer de tela blanca con corazoncitos rojos), cuando Lisandra le reclamó a su vez.
—Capitán, ya tengo la fecha.
—A ver, dímela.
—Estamos a 3 de noviembre de 1957.
—¡No me extraña que no existan ninguna facilidad espacial! La llegada a la Luna fue en 1969, ¿no?
—Así es, capitán. Hasta el año 2198 no se creó la primera base de la Flota Estelar. La creación del Cinturón Ecuatorial se completó en el dos mil doscientos…
—¡Déjalo, no me interesa! Estaba pensando… ¿En este año de 1957 no se lanzaron las primeras naves espaciales? No tripuladas, quiero decir.
—Así es, capitán. El sputnik-1 fue lanzado en octubre de 1957. Y el número dos, con el primer ser vivo a bordo, lo fue el 3 de noviembre.
—¿Hoy? Quiero decir, ¿ahora?
—Más o menos. Desconozco la hora exacta, pero podemos observar la base de lanzamiento. En unos minutos la tendremos en pantalla.
La Tierra fue girando, en apariencia, en la pantalla. Una región del continente mayor, Asia, estaba en el centro de la imagen. Fue ampliándose, dando la impresión de caer en picado hacia el planeta. El capitán se sujetó, pues la sensación de caída era muy fuerte.
Pudo ver cómo un anticuado cohete despegaba, soltando una enorme cantidad de humo. El capitán no entendía cómo podían tolerar semejante contaminación.
—¡Nimoda, deje eso, vístase y atienda de una vez si no quiere ir al calabozo!
—¡Sí, señol! ¿Qué clase de nave es esa?
—Un cohete prehistórico. Lisandra puede darle los datos.
En la pantalla de Nimoda aparecieron los datos relativos a la nave primitiva.
Xujlius estudiaba los datos históricos de aquel lanzamiento.
—Lisandra, has dicho que en esa nave va el primer ser vivo que fue lanzado al espacio, ¿no? ¿Qué fue de él?
—La perra Laika. Murió a bordo pues no tenían medios para recuperarla.
—¿Cómo podían ser tan crueles?
—Capitán, eran otros tiempos. De hecho, ni siquiera sabían si podría sobrevivir al lanzamiento.
—Vamos a rescatarla.
—Capitán, ¡no podemos intervenir en el pasado!
—No digas chorradas. Vamos a ver, ¿qué dice la historia sobre Laika?
—Perdieron el contacto con el animal a las pocas horas. Luego, muchos años más tarde, cuando se suprimió el secreto sobre los detalles de la misión, se supo que el calor a bordo fue insoportable. Se cree que murió de hipertermia.
—Se cree. ¿Nunca se recuperó el cuerpo para una autopsia?
—Negativo. El 18 de abril de 1958 la cápsula se desintegró al ingresar en la atmósfera.
—Por lo tanto, si recogemos a Laika antes de que muera nadie se enterará. ¿qué dices a eso, Lisandra? No habrá paradoja temporal.
—¡Muy bien, capitán!
—Bien, veo que Nimoda ya está vestido. Que él se encargue de la maniobra. Alguien debe ir hasta la cápsula, sacará a su pasajera, y dejará el resto como si nada hubiera pasado.
La Entrom-Hetida se colocó el órbita cerca de la Sputnik-2. El soldado Rambo Tedexo Zeko fue el designado para la misión. Vestido con su reglamentaria camiseta roja, bajo el traje espacial transparente, flotó hasta la cápsula y abrió la escotilla. Previamente, había colocado un recinto de aire de emergencia alrededor de la pequeña nave; así no hubo pérdidas al abrir la escotilla.
Asomó la cabeza dentro de aquel espacio tan sofocante. El calor allí dentro era infernal. Allí estaba el animal, que al verle ladró. Rambo no dijo nada, pues sabía que había micrófonos a bordo. En silencio, soltó los amarres de Laika.
Por suerte era un animal pequeño. Con casco y todo, no pesaba más de treinta kilos.
Fuera de la cápsula, Rambo comprobó el cierre de recinto de aire, que mantuvo alrededor de la perra. Colocó de nuevo la escotilla y volvió a la Entrom-Hetida llevando a la perra en brazos.
A bordo, el médico Carlosantana tuvo que ejercer de veterinario, con las consiguientes protestas, que fueron acalladas de inmediato por el capitán Waleo.

Ahora tenían un tripulante nuevo en la Entrom-Hetida. El nuevo tripulante ladraba mientras correteaba por los pasillos.
Casi todos los tripulantes estaban encantados con Laika. Solo había dos excepciones: 8UM4N05, que odiaba a las mascotas, y el ingeniero Gram Dixim-Owurro al que Laika ladraba cada vez que veía, pues no le gustaba el híbrido.
De pronto, Lisandra avisó a todos.
—¡Ahí está de nuevo la divergencia temporal!
Todos lo pudieron ver en esta ocasión. Un pasillo iluminado débilmente, con puertas enormes. O tal vez fuera que la nave se había reducido al tamaño de un dron, y las puertas tenían el tamaño normal para seres humanos.
Como fuera, la nave pasó flotando por el pasillo y cruzó el umbral de una puerta.
Aparecieron en otro punto del espacio. Las estrellas no eran las mismas…
—¡Establecida comunicación con la Flota, capitán! Nos preguntan dónde hemos estado.
—Envía un informe detallado. ¡Laika, deja eso!
Arrullado por los ladridos de la perra, Xujlius Waleo se fue a dormir.

Xujlius se despertó en su camarote.
—Lisandra, dame un informe. He tenido un sueño de lo más raro. Soñaba que capturábamos a la perra Laika tras viajar en el tiempo…
Un ladrido le hizo darse la vuelta. Allí estaba Laika, la nueva tripulante de la Entrom-Hetida.

Enlace al capítulo 1

Capitán Waleo capítulo 15: un turista a bordo

Lisandra interrumpió la simulación erótica que ofrecía al Capitán Waleo. Éste se sintió frustrado, pues estaba en la parte más interesante; por un momento su enfado le hizo tener ganas de regañar a la computadora, pero se controló a tiempo.
Sabía bien que si Lisandra le cortaba el rollo de esa manera sería por alguna emergencia. Aparte de que enfadarse con Lisandra era contraproducente: la próxima vez presentaría simulaciones ridículas, o incluso se negaría, argumentando cualquier excusa, como que le dolía la cabeza.
—Siento cortarle el lote, capitán, pero llega una comunicación urgente del Comandante de la Flota.
—¡Mierda! ¡Estoy en pelotas! No estoy presentable. ¡Pon una simulación de imagen!
—¡Es ilegal, capitán!
—Tú ponla. Me vestiré enseguida.
Cambió la imagen holográfica. En vez de la mujer sensual, humana de la Tierra, que representaba a Lisandra (vestida con toda corrección, aunque unos minutos antes no lo estaba), apareció un juiniano vestido con uniforme: era el Almirante Ñiki Muelax, Comandante Mayor de la Flota Estelar.
 —¡Capitán Xujlius Waleo! ¿Por qué ha puesto una imagen simulada? ¿Es que quiere que le abra un expediente? ¡Ah, claro, es que no está presentable!
—Lisandra, ¡imagen real, por favor! —respondió el capitán, dirigiéndose a la computadora. Luego añadió, ya respondiendo a su jefe—: Tiene razón, Señor, no estoy presentable. Le pido disculpas.
—¡Es que usted nunca está presentable! Prefiero verlo en ropa interior que vestido con uniforme limpio y reglamentario. Por eso sospeché al verlo así. No es que me guste verlo casi desnudo, que conste. No me gusta usted, vista como vista.
Aquello no admitía respuesta. Xujlius Waleo aguardó a que el comandante explicara las razones de su llamada.
—Bueno, Xujlius tenemos una misión que solo usted y su gente pueden realizar.
—Me llena de orgullo, Señor, que haya pensado en nosotros como los más adecuados. Seguro que se trata de algo muy peligroso, ¿no es así?
—Pues no. Ocurre simplemente que nadie más quiere aceptarlo. Se trata de aceptar un pasajero muy distinguido y llevarlo de turismo. Es el heredero de la Emperatriz Olegarda, de Flutix-5.
—Señor, ¡no somos un crucero turístico!
—¡Ya lo sé, idiota! Se trata de una petición que la Emperatriz me ha hecho llegar de forma directa. Es un capricho de su niño, viajar en una nave de la Flota Estelar. Y he de recordarle un par de cositas. La primera, que un buen resultado de esta gestión podría ayudarme a ignorar ciertas faltas por su parte, como la habitual falta de uniformidad cuando entro en contacto con usted, y ese intento de engañarme con una simulación. ¿Queda claro?
El capitán tragó saliva.
—¡Sí, Señor!
—Y lo segundo, que nos interesa mantener buenas relaciones con Flutix-5, que está considerando la posibilidad de salir de la Federación y unirse a los Confederados. Eso sin olvidar que hay cerca de cien mundos que harían lo mismo que Flutix-5. Por lo tanto, nos interesa que ese cachorrito de la Emperatriz se quede contento.
—¡Haremos lo que esté a nuestro alcance, Señor!
—Eso es todo. El joven se llama Tintín Heho y llegará en una lanzadera en cosa de unos minutos.
El capitán se disponía a preguntar cómo era posible que una simple lanzadera pudiera viajar de Flutix-5 hasta donde ellos se encontraban, pero la comunicación se cortó. Aparte de que se suponía que la localización de las naves de la Flota Estelar era materia reservada...
Como fuera, era asunto del Comandante.
—Capitán, una nave desconocida ha aparecido del hiperespacio. Preparadas todas las armas. ¿Disparo, señor?
Era el oficial de guardia en el puente, el teniente Luxor, un recién graduado de Laralala-16. Como muchos reptiloides, era partidario de aplicar las normas en el sentido más estricto.
—¡Teniente! ¿Se ha identificado la nave como enemiga? No puede disparar a una nave sin saber si es enemiga.
—Señor, me permito recordarle el punto 56 del Tratado de la Federación. En el epígrafe cuarto, dice expresamente que…
—Sé muy bien lo que pone ese epígrafe, teniente —luego le pediría a Lisandra que le pusiera el texto, porque no recordaba nada—, pero hemos de estar seguros antes de disparar. Solicite identificación a la nave desconocida.
—El texto a que se refiere el teniente dice que «Toda nave sin identificación será tratada como enemiga por parte de la Flota Estelar» —intervino Lisandra, en la pantalla del camarote.
—Señor, ¡la nave se identifica como el yate espacial «Joyita» de Flutix-5 —anunció el auxiliar Fresntgongo.
—Es la lanzadera oficial del heredero al trono —informó Lisandra, ahora para toda la nave.
—¡La nave solicita acceder a bordo! —dijo ahora Fresntgongo.
—Concédale permiso. ¡Y que forme la tropa en el patio! Yo mismo le daré la bienvenida a ese Tintín.

Minutos después, todos los soldados de guardia formaban para revista en el patio de la nave, un espacio bastante grande situado junto al garaje. El capitán junto con el teniente Luxor esperaban al heredero Tintín.
Apareció un kilotiano de menos de un metro de altura (incluso era alto para ser un kilotiano), vestido con una ropa que emitía luces cegadoras. No había forma de saber el color de sus prendas, pues las luces lo impedían.
Tras él, apareció un robot, idéntico a 8UM4N05.
—Permítame darle la bienvenida a bordo, Majestad —exclamó el capitán.
—Xujlius Waleo, supongo, ¿no? Una nave muy interesante. No está nada mal. Espero que haya dispuesto un alojamiento adecuado para mi persona. Mi asistente, M4Y0RD0M0, se ocupará de esos detalles. ¡Lléveme al puente!
No lo pidió. Lo ordenó. Lo exigió sin pensar que su deseo pudiera dejar de cumplirse.
Xujlius sintió que el heredero le caía mal de inmediato. Pero lo acompañó al puente, dejando atrás al robot y al teniente con el resto de la tropa. Por cierto, el heredero ni se molestó en pasar revista a los soldados allí formados.

Los problemas surgieron de inmediato. El robot M4Y0RD0M0, tan repelente como 8UM4N05, exigió un camarote más espacioso para Tintín. El único espacio que parecía adecuado era el camarote del capitán. Pero antes de privar al capitán de su espacio, 8UM4N05 sugirió quitar la mampara que separaba los camarotes de los oficiales Nimoda y Willians, y así pudieron disponer de un camarote adecuado para el príncipe.
Los oficiales Keito Nimoda y Yon Willians ocuparon el camarote del Teniente Luxor, quien a su vez se mudó al de Jajá Jojó, compartiendo el espacio con el lenomorfo.
El robot asistente se ocupó de acondicionar el nuevo camarote. Entretanto, Tintín se entretenía en el puente.
—¿Y no podríamos disparar uno de esos pedos-Thor? ¡Ande, capitán!
Había un planeta deshabitado a poca distancia. Xujlius Waleo dio la orden y un pedo-Thor salió en su dirección. La explosión resultante dejó al planeta convertido en una masa de asteroides en expansión.
—¡Yupi! ¡Qué guber!
Más tarde, el heredero en su camarote solicitó de Lisandra una simulación. Como la computadora carecía de referencias, el robot M4Y0RD0M0 se conectó para transmitirle los datos pertinentes. Los gemidos de placer fueron escandalosos, y 8UM4N05 se puso muy celoso.
Al día siguiente, Lisandra le informó, en tono pícaro al capitán, que Tintín era mucho más sofisticado a un nivel erótico que él mismo.
—Esas simulaciones que me pidió. ¡Uf!
 Al poco, el robot asistente se presentó ante el capitán.
—Mi señor Tintín desea viajar al núcleo, capitán. Quiere ver el agujero negro central.
—¿Al núcleo? ¿Pero es que se cree que somos un taxi para llevarle a donde desee?
—Me permito recordale al capitán que mi señor Tintín es el heredero al trono imperial de Flutix-5.
—El robot tiene razón, capitán —intervino Lisandra.
—De acuerdo. Dígale a ese gili… ¡perdón! Dígale a su majestad que en unos minutos entraremos en el hiperespacio.
—Aviso a toda la nave —anunció Lisandra por los altavoces—. Pasaremos al hiperespacio y saldremos en las cercanías de un agujero negro. Tomen las debidas precauciones.
Por toda la nave se procedió a sujetar todo aquello que estuviera suelto.
La Entrom-Hetida pasó al hiperespacio y poco después apareció en medio de una enorme aglomeración de estrellas.
Había estrellas en todas partes, el cielo era brillante, hasta el punto de que no parecía haber noche. Estrellas de todo tipo y tamaño, algunas tan cercanas que parecían tocarse.
Solo hacia proa de la nave aparecía un punto oscuro. No era propiamente un punto, era una forma enorme, inmensa, lejana pero cuyo efecto se notaba a varios años luz.
Era el agujero negro central de la galaxia, con una masa de millones de soles, que se tragaba hasta la misma luz de las estrellas. Como se tragaría a la Entrom-Hetida si se acercaba más de la cuenta.
Toda la nave vibraba y temblaba por los efectos de las tensiones gravitatorias producidas por el agujero negro. Una pantalla en el puente se agrietó y saltó en pedazos; ni Tintín ni el capitán se inmutaron, pero más de un tripulante se sentía a punto de defecar.
—¿No podemos acercarnos más? —preguntó Tintín.
—No, pero si lo desea le podemos ofrecer una lanzadera para que se aproxime.
—Con el permiso de mi señor Tintín, no creo que sea buena idea — sugirió el robot asistente.
—Bueno, lo veremos desde aquí.
«¡Lástima!», pensó el capitán.
—¡Está muy guber! —comentó el heredero al trono.

Una semana después, Xujlius Waleo exclamaba solo, en su camarote:
—¡Prefiero a los chingones! ¡A los seres de plasma! ¡A las mamasónicas! ¡Arruinarme con Fido Dildo! ¡Que me disparen con un cosquilleador de repetición! ¡Que me trague una Madre Estelar! ¡Lo que sea, antes de seguir aguantando a ese… heredero!
—Le informo, capitán, que la tropa está a punto de sublevarse. No les gustó que el heredero Tintín les ordenara hacer carreras por los pasillos. Sobre todo porque los obstáculos que mandó poner no se han retirado y muchos tropiezan con ellos a cada rato.
—¿Por qué no los han retirado?
—Porque todos los robots de asistencia están oyendo el discurso de M4Y0RD0M0 sobre la servidumbre. Y por lo que he podido oír, es posible que luego debamos enfrentarnos a una rebelión robótica, ¡a bordo!
—¡Que 8UM4N05 se encargue!
—Él también está presente. En todo caso, me permito recordarle que en dos horas está prevista la partida del heredero.
 —¿Dos horas? Lisandra, ordena saltar al hiperespacio para volver al mismo punto espacial dos horas más tarde.
—¡A la orden! —la propia Lisandra parecía estar contenta con la orden.
A los pocos minutos, Tintín Heho se despedía del capitán.
—Ese viaje por el hiperespacio no me fue notificado, capitán. Y observé que el tiempo pasó muy deprisa.
—Orden secreta del Comandante de la Flota, Majestad. Espero que haya disfrutado su estancia a bordo.
—¡Oh, sí! ¡Ha sido muy divertido! Le voy a pedir a madre que me organice otro viaje turístico como éste. ¿Podría ser en esta nave, capitán?
—Le sugiero que solicite cualquier otra, majestad. Debería conocer otras naves de la flota.
—Ya lo veremos.
Poco después, el yate Joyita se separó de la Entrom-Hetida y saltó al hiperespacio.
El capitán Waleo sintió que podía respirar tranquilo.
—Capitán —avisó Lisandra—. Todos los robots de la nave se niegan a cumplir su función. 8UM4N05 quiere hablar con usted.
«¡Mierda!» pensó Xujlius.

Capítulo 16: Tiempos pasados
Enlace al capítulo 1

08 abril 2017

"Seña" Luisa y el madroño

En un lugar de Anaga que llaman El Roquete, allí vive "Seña" Luisa. Vive sola, cerca del barranco, a gran distancia de la casa más cercana. La casa de "Seña" Luisa es de piedra y techo de paja; al lado tiene una conejera y un pequeño gallinero donde duerme media docena de gallinas. Y si digo que allí duermen es porque siempre están sueltas.
Se preguntarán ustedes que por qué "Seña" Luisa vive sola. ¿No tiene hijos? ¿Ni marido? ¿Ni siquiera hermanos, sobrinos o primos? Pues eso tengo que explicarlo: es viuda, su marido murió hace no sé cuántos años, tantos que casi nadie lo recuerda; hijos, tiene varios, unos dicen que cuatro, otros que siete, en fin, ¡vaya usted a saber cuántos son! Pero una cosa sí es segura: todos ellos se han ido, la mayoría a la ciudad, uno o dos a Venezuela, y parece que hay uno en Alemania, o por ahí cerca. ¿Y otros familiares? Nadie los conoce; según "Cho" Julián, el de Almáciga, "Seña" Luisa vino con su marido de otra isla, puede que fuera Lanzarote, hace un montón de años, cuando las langostas se comieron casi todo lo verde y los dejaron arruinados. Pero dice el cura de Taganana que eso no puede ser, que seguramente "Seña" Luisa vino de Teno porque así lo pone en uno de sus libros.
¡En fin!, ¿quién lo sabe? Sea de donde sea, "Seña" Luisa es una mujer muy buena, que siempre tiene su cafetera lista para cualquiera que pase por el barranco, incluso para esos turistas mochileros que creen sabérselas todas, y no tienen ni idea. Si usted pasa por allí, y "Seña" Luisa está en casa, tiene su tacita de café bien negrito, y unas galletas que ella misma cocina. Y, con un poquito de suerte, algo de mistela que consigue en la venta del pueblo.
Loreto, la que tiene la venta, la conoce bien. Todos los jueves, "Seña" Luisa va por allí con su cesto de huevos y hierbas que recoge, y se lleva algo de la venta: café, mistela, azúcar, gofio, puede que alguna fruta como manzanas o naranjas, y a veces algo de carne o pescado. Loreto nunca le cobra, pero tampoco le paga por lo que trae "Seña" Luisa; es un trueque al viejo estilo, y muchos dicen que Loreto pierde con el negocio, pero es que ella también es muy buena.
Pero "Seña" Luisa es más conocida por sus hierbas y sus rezados. Ella es curandera, o mejor dicho santiguadora, y de muchas partes (incluso de las ciudades) viene la gente para que quite el "mal de ojo" o los "empachos". Y también otras cosas: dolores de cabeza, de espalda, de ciática. Porque "Seña" Luisa sabe de rezados y de hierbas, ¿o ya lo dije? ¡creo que sí!
Bueno, como decía, ella sabe lo que es más adecuado para cada cosa, si unas hierbas, si unos rezos, o si lo mejor es que vaya al Hospital "pa" que te vea el médico. Porque eso sí, si ella ve que no te puede curar, te lo dice y no cobra nada.
¿Dije ya lo que cobra "Seña" Luisa? Creo que no, ¿verdad? Pues bien, ella no quiere dinero, dice que no se aclara, que en sus tiempos un real era mucho dinero, y ahora no es nada, y que no sabe leer lo que ponen esos billetes que se usan ahora. Que no se entera con el follón este del “eugro”. Ella quiere que le lleven dos o tres kilos de papas, si son de buena semilla basta con medio kilo, o si no, otra cosa parecida. Y si alguien se olvida, ¡no importa!, ya se lo llevará otro día. Ella confía en la gente, dice que todo el mundo es honrado, incluso los ladrones. Y todo el dinero que le den lo deja en la iglesia, cuando va a misa, allá por Pascua o por Navidad.
Hay que ser muy tonto para no saber de dónde saca "Seña" Luisa sus hierbas. Todo el mundo sabe que en el monte hay hierbas para cualquier enfermedad, lo que hace falta es saber cuál sirve para cada cosa, y ¡eso sí!, es algo que muy pocos saben.
Y ahora me doy cuenta de que soy un mentiroso, y por eso tengo que pedirles perdón. Porque todo el rato he estado diciendo que "Seña" Luisa cura con las hierbas, y eso no es del todo cierto. También usa flores, frutas o incluso tierra. Pero es lo mismo: la mayoría son hierbas, y así las llama la gente, las hierbas de "Seña" Luisa.
Digo todo eso porque tengo que hablarles del madroño. ¿O ya lo dije? Me parece que no.
Bien, al lado de la casa de "Seña" Luisa hay un madroño, viejo, muy viejo, que según parece ya era viejo cuando ella y su marido hicieron la casa. Por aquellos tiempos había muchos madroños, según dicen; yo sólo recuerdo ver dos o tres, aparte del de "Seña" Luisa, por supuesto. Los demás se han perdido, los han cortado para coger la madera, que como saben es roja y muy bonita. Y a nadie le ha dado por plantarlos. Aunque me parece que el año pasado vino un joven barbudo, dijo que era de la "Conserjería", o algo por el estilo, y preguntó por los madroños. ¡Pero eso no importa ahora, caramba! Sigamos hablando de "Seña" Luisa.
Decía que al lado de su casa hay un madroño, y ella le tiene muchísimo cariño. Parece ser, pues la verdad es que nadie lo sabe, que muchas de esas llamadas hierbas de "Seña" Luisa tienen hojas, raíces o frutos del madroño. Bueno, sea verdad o no, lo cierto es que a ella le hace mucha falta. Porque tomillo, brezo o musgo, pongamos por caso, puede ella buscarlos por todos lados, pero su madroño es el único de toda la zona. Muy lejos de allí, a dos o tres horas de camino, creo que hay otros madroños, pero no estoy seguro. Y, si los hay, están muy lejos para "Seña" Luisa, que ya cojea un poco. ¿Conté lo de cuando se cayó en el barranco? Creo que lo mejor será dejarlo para otro día...
Sigamos con el madroño. Resulta que hace unos años vinieron por aquí unos señores cargados de planos y aparatos para medir. Creo que eran del "Picona", o puede que de la "Conserjería", ¡yo que sé! Bueno, de donde fueran, lo cierto es que decían que iban a hacer una carretera. Hicieron sus medidas, apuntaron en sus planos, y se fueron. Y al año aparecieron los tractores.
Yo ya sabía lo que iba a pasar, porque hacía poco que habían terminado la carretera hasta Taburche, y allí las cosas habían cambiado por completo: todos los domingos aparecían los de la ciudad con sus coches y sus chiquillos. Los tres o cuatro bares y la casa de comida que pusieron se llenaron de oro. Lo mismo la venta, que ahora tiene más baratijas que nunca, de esas que se llevan como recuerdos. También hay mucha más basura que antes por el monte, y es raro el domingo en que alguien no pisotea las papas sembradas. ¡Ah! y todos los chicos del pueblo quieren comprarse un coche o una moto para irse a la ciudad a las discotecas, dicen que el pueblo es aburrido.
Pues eso que pasó en Taburche, pasaría aquí, eso yo lo sabía. Y a muchos les parecía bien, porque con la carretera uno podría ir al Hospital más rápido si le tiraba la burra y se "esnucaba". Yo no estoy seguro de que todo sea para bien, pero ¿qué voy a hacer?
Decía yo lo de los tractores. Pues resulta que con los tractores aparecieron unos obreros con una sierra de motor, que hacía un ruido de mil demonios. Y fueron a casa de "Seña" Luisa, a cortar el madroño.
Yo la tenía por mujer tranquila porque nunca la había visto enfadada. Hasta ese día, claro está. ¡Mi madre! ¡Era el mismo demonio! ¡Cómo se les enfrentó! ¡Y las cosas que dijo, que vergüenza me da repetirlas! ¡Y eso que, como ustedes saben, a mí bien que me gusta largar unas palabrotas de vez en cuando! (Pero ahora hay niños, así que mejor es que controle la lengua).
¡Los pobres obreros salieron corriendo como alma que se lleva el diablo!
Al día siguiente vino el capataz a hablar con "Seña" Luisa. Cuando ella supo a qué venía, no le invitó a café, ni siquiera le dejó entrar. Yo estaba allí, de nuevo, porque me olía lo que podía pasar y quería ayudarla.
El capataz nos explicó que la carretera tenía que pasar por allí, y que debían cortar el madroño. La casa se salvaba, así que "Seña" Luisa tendría la suerte de vivir junto a la carretera.
– ¿Suerte, o maldición, hijo de mala madre? –respondió la mujer– ¿Qué será de una pobre vieja como yo, cuando los gamberros de la ciudad se enteren de que vivo sola, y vengan con sus coches por la noche? ¿Y de qué voy a vivir si me despojan del único árbol que me da para mis hierbas? ¡Antes prefiero que me maten!
– ¡Señora, por favor!, creo que podemos hallar una solución –respondió el ingeniero, ¿o era el capataz?
– Mire usted, señor ingeniero –intervine yo– Creo yo que debería explicarle a usted algunas cosas. ¿Por qué no vamos a la venta y se toma un vasito del vino de Loreto?
– ¡Cuidado, José, cuidado con lo que le dice a este sinvergüenza! ¡Y no se deje engañar!
– ¡Estése tranquila, "Seña" Luisa, que yo sé lo que hago! Que yo tampoco me chupo el dedo...
En la venta de Loreto, el hombre de la ciudad se echó al coleto casi una garrafa de vino, que luego Loreto me cobró, por supuesto. Menos mal que era del vino barato, que Loreto sabe bien a quien le da el vino bueno.
Entre vaso y vaso pude explicarle al hombre aquel, quién era "Seña" Luisa, y lo importante que era para ella el madroño. Incluso creo que llegué a enfadarme, y empecé a gritar (yo también bebí más de la cuenta). Como fuera, con los gritos los otros que estaban en la venta se enteraron de lo que pasaba, y casi matan al pobre ingeniero.
Pero por una u otra razón, el pobre hombre estaba mareado, y no pudo irse a su casa. Alguien dijo de llevarlo al Hospital, pero tendría que ser en burro, por lo menos hasta Taburche.
El ingeniero, aunque estaba bastante malito, podía hablar un poco, y dijo que no era nada, que sólo necesitaba descansar, y que si al otro día seguía igual, entonces sí que lo lleváramos al Hospital. Dijo algo de llamar un "licótero", pero yo no lo entendí.
Bien, pues lo llevamos a la casa de Loreto, que vive al lado de la venta y tiene una habitación que a veces alquila. Ya en la cama, el hombre empezó a vomitar, y echaba unas bilis verdosas y malolientes. Yo tuve que salir corriendo, antes de que también me dieran ganas de vomitar.
¿Y a dónde iba a ir, sino a casa de "Seña" Luisa? Mucho me temía que ella, con la rabia que le había cogido, en vez de curarlo lo envenenara, pero yo no podía hacer otra cosa. Esto no es la ciudad, donde hay montones de médicos.
Tengo que decir que "Seña" Luisa vino corriendo, a pesar de su cojera, y con la bolsa que siempre lleva a todas partes. Nada más ver al hombre, empezó a rezar:
– Santa María, Madre de Dios, Señora del Mundo, Tú que quitas los Pecados con el Permiso de Tu Hijo...
Y así durante más de media hora.
Luego salió, toda sudores, y le dio a Loreto una bolsita de tela.
– Ésto, lo hierves un cuarto de hora y lo endulzas con miel de abejas. Tiene que tomárselo caliente, aunque se queme. Mañana estará bueno, si Dios quiere.
– ¿Pero qué tiene ese hombre? ¿Acaso será el vino?
– No lo creo, porque ahí mismo tienes a José, que también se mandó un buen pico, y sólo está algo "enchispado".
– ¡Yo no estoy "enchispado", mujer! –exclamé, aunque no sé si me creyeron...
A la mañana siguiente, el ingeniero o lo que fuera se levantó como nuevo. Por suerte todavía recordaba todo lo que pasó, y se fue a buscar a "Seña" Luisa.
Esta vez ella sí que le invitó a café.
– Y, dígame señora, ¿qué contenía la bolsita? Le daría miles por saber la receta.
– ¡Quédese con sus miles y sus millones! Lo que puse en la bolsa es un secreto. Sólo le voy a decir uno de los ingredientes: semillas de madroño, de ese madroño que ustedes pretenden cortar.
El ingeniero se quedó pensando.
– ¡Hum, creo que puede olvidarse del asunto! –fue todo lo que dijo.
– ¡Pues hijo mío, si es así te juro por la Virgen que siempre te lo agradeceré!
Como fuera, lo cierto es que la carretera no pasó por allí. Al final llegó justo hasta la venta de Loreto, que ahora está pensando en poner un "restorante", o algo parecido, vamos que será una casa de comida en plan fino. Y allá en el barranco, lejos de la carretera, está la casa de "Seña" Luisa, con su madroño al lado.
Y casi todos los meses viene el ingeniero con su coche, lo deja aparcado en la plaza junto a la venta y él se va caminando hasta la casa de "Seña" Luisa; ella siempre lo espera con su cafetera al fuego y sus galletitas.

Cuento incluido en "Draco y otras historias para niños"

15 marzo 2017

Oscuridad

Día 0, año 0.- Lugar: sobre el Océano Pacífico
Entró en la atmósfera terrestre sobre la península de Kamchatka. Desde la lejana Vladivostok hasta Sapporo se pudo ver el fenómeno. Una enorme bola de fuego atravesó el cielo en dirección sudeste. Muchos se quedaron sordos por el estruendo, y numerosas cristaleras se rompieron en mil pedazos.
      El cometa cruzó el Océano Pacífico dejando una estela de óxidos nitrosos y vapor de agua tras su paso.
      En las Islas Midway creó una la ola de fuego que lo arrasó todo.
      En Honolulu, poca importancia tuvo que algunos pudieran sobrevivir al trueno, al fuego o al fuerte resplandor. Porque cuando el cometa chocó contra la superficie del mar, unos kilómetros al sur de la isla de Oahu, la ola de cientos de metros de altura lo barrió todo…

Día 35, año 0.- Lugar: Reno (Nevada), USA
Era una verdadera suerte que aún tuviera gasolina para el coche. Usando una linterna, Wilson vació en el depósito del coche los dos pequeños recipientes llenos de gasolina, toda la que tenía. No sabía hasta donde podría llegar, pero tenía que irse con su esposa, antes de que los disturbios les alcanzaran.

Todo había sucedido casi de repente.
      Primero, la lucha por conseguir plazas en algún refugio. Se suponía que fueron sorteadas, pero más de uno logró la suya sin tener que contar con la suerte. Todos los intentos de Wilson por sobornar a alguien influyente se quedaron en un enorme gasto de dinero: casi todos sus ahorros. Al final, optó por gastarse todo lo que le quedaba en provisiones de larga duración, justo cuando ya estaban carísimas. Y no se acordó de comprar más petróleo.
      Pudo ver por la televisión, desde el refugio que montó en el sótano, las imágenes del satélite que mostraron el impacto. Se decía que todo Hawai había sido destruido.
      Wilson había estado allí apenas un año antes, de luna de  miel con su esposa, y guardaban un grato recuerdo. Ella lloró viendo aquellas imágenes.
      Pocas horas más tarde se interrumpieron las emisiones, un canal tras otro. De lo que pasó después se enteraron tan sólo por rumores y comentarios.
      Se decía que las olas gigantescas habían barrido toda la costa del Pacífico, desde Alaska hasta México. Ciudades como San Francisco o Seattle ya no existían.
      Del Gobierno no sabían nada. Probablemente estaban todos ellos en su refugio de las Montañas Rocosas.
      Wilson no volvió a su trabajo. El Jefe había huido a algún refugio, acompañado de una secretaria, y alguien había saqueado la caja fuerte. No había nada que hacer en la empresa.
      Llegó la oscuridad. Unas nubes negrísimas cubrieron el cielo todo el día. Y se mantuvieron así un día tras otro. Sólo el reloj permitía saber si era de día o de noche.
      Wilson y su esposa trancaron puertas y ventanas y se metieron en el refugio.
      Pero era tremendamente aburrido, y poco a poco se atrevieron a salir a la calle, donde tan sólo encontraron vecinos tan aburridos como ellos.
      Pronto fue esa la rutina diaria, salir un rato para comentar los rumores con los vecinos. Con frecuencia entraban en alguna vivienda para conseguir algo de calor (cada vez hacía más frío), compartiendo los víveres entre todos.
      Se decía que en el centro había bandas de delincuentes luchando por el control de sus respectivas zonas. Y que algunos grupos terroristas habían aparecido para entrar en la lucha. Nadie se atrevía a ir al centro.
      Cada vez tenían más miedo, y las conversaciones con los vecinos se fueron reduciendo a unas palabras de tarde en tarde. Mientras hubo electricidad.
      Cuando se fue la luz, ya nadie osó salir a la calle. La oscuridad ahora era total.
      Lo peor era que Reno estaba en medio del desierto, e incluso el agua debía extraerse de los pozos mediante electricidad.
      En otras palabras, sin electricidad no tenían ni agua ni calefacción.
      Por tanto, Wilson y Mary subieron a su coche cargado con gasolina y con todos los víveres y la ropa que pudieron meter. Salieron a la calle oscura.
      Los faros alumbraron la calle vacía. Pero Wilson los apagó, pues comprendió que los hacía visibles para cualquiera que anduviera por allí. Y sólo tenía una diminuta Colt .38 en la guantera para defenderse.
      A la velocidad de 15 millas por hora podía ver cualquiera cosa en la oscuridad. Wilson abandonó Reno y salió al desierto.
      Nunca más se supo de ellos dos.

Día 69, año 0.- Lugar: Kansas City, USA
Dentro de la casa se habían acabado los alimentos frescos. Aún quedaban enlatados para muchas semanas, pero quizás pudieran hallar algo de carne fresca, aunque fuera un perro como la última vez.
      Dos días atrás, John había salido a buscar carne y no había regresado. Casi seguro que le había pasado algo; pero no estaban los tiempos para llorar a nadie, había que sobrevivir. Esta vez le tocó a su hermano mayor, Peter.
      Con su fusil M-16, Peter quitó el grueso tablón que cerraba la puerta. Se asomó con cuidado. Aunque era de día, las gruesas nubes que cubrían el cielo no dejaban pasar ni un solo rayo de luz; parecía de noche cerrada.
      Peter alumbró con su linterna y no vio nada de interés. Sólo veía la nieve que cubría todo el lugar.
      —Me voy, todo está tranquilo —dijo, y abrió la puerta.
      En este momento, una ráfaga de balas lo levantó literalmente del suelo. Cayó en un charco de sangre sin decir una palabra. Antes de que se cerrara la puerta, cinco hombres armados irrumpieron en la casa disparando a todo el mundo.
      Poco después, los intrusos comprobaban que no quedaba nadie vivo en la casa y comentaban entre ellos:
      —¿Lo veis? Os dije que aquel chico había salido de una de estas casas. Hicimos bien en espiar.
      —Cierto, Frank. Ahora tendremos carne para unos días.
      —Y esta casa parece más adecuada para refugio. Es caliente y fácil de guardar.
      —¡Eh, mirad, hay electricidad!
      —¡Joder, qué bien! De acuerdo, vamos a guardar estos cuerpos e id vosotros tres a avisar a los demás. Que traigan todo lo que puedan, no voy a hacer viajes por gusto. Y no uséis luces.
   
Día 117, año 1.- Lugar: Frankfurt (Alemania, UE)
El teniente Jung caminaba al frente de los soldados por las calles oscuras cubiertas de nieve sucia. La gruesa capa de nubes apenas dejaba escapar algún rayo de sol, pero en general reinaba la oscuridad casi total.
      Caminaban en dos hileras y entre ellas avanzaba un pequeño vehículo. Había escasez de combustible y sólo usaban el vehículo para transportar los pertrechos y suministros que pudieran conseguir, pues tal era su misión.
      Jung vigilaba discretamente al capitán Hessel, quien iba en el vehículo. Hacía apenas un mes que otro mando había intentado fugarse con todos los recursos acumulados en un vehículo, y el propio Jung había dado orden de disparar. No se le acusó de desacato porque las circunstancias fueron clarísimas, y todos los soldados informaron así al Coronel Transmann.
      Los dos pelotones estaban formados por 14 y 15 soldados, que era todo lo que quedaba de la compañía. El resto había ido falleciendo por diversos motivos desde que no habían podido entrar en los refugios cuando la caída del cometa. Ni siquiera iban correctamente vestidos, llevaban el uniforme de verano con los abrigos que pudieron conseguir encima. Aún tenían algunos uniformes de camuflaje blancos pero los reservaban para una emergencia. Aunque, ¿para qué diablos necesitaban camuflarse con esta oscuridad?
      Buscaban comida, como un grupo de cazadores primitivos. Toda una farsa para lo que quedaba del grupo más potente del Euroejército.
      Aparte de lo que pudieran encontrar, sólo quedaban latas de comida. Y no había mucho que conseguir fuera del cuartel: todo bicho de cuatro patas o emplumado había desaparecido en un área de 5 kilómetros de radio. Hasta los ratones que podían cazar se los comían.
      Jung había oído que en algunos lugares se comían los cadáveres, e incluso llegaban a matar personas para comérselas; pero él esperaba no verse en esa situación.
      —¡Pelotón, alto! —ordenó. El capitán Hessel asintió con la cabeza desde el coche. Aquel era un buen lugar para iniciar la exploración.
      Los soldados se dispersaron en grupos de 4 ó 5. Jung y Hessel permanecieron en el vehículo con tres soldados más.
      No llevaban linternas. Los dispositivos de visión nocturna ya no servían por falta de pilas, pero los soldados estaban acostumbrados a la penumbra y se desenvolvían bien. Quien no había sido capaz de desenvolverse ya era cadáver.
      Pasó una hora, más o menos (no tenían relojes) cuando empezaron a regresar los grupos, la mayoría con las manos vacías; uno de ellos traía un perro muerto, un animal grande aunque en los huesos.
      Con ellos venía una mujer con un niño en los brazos.
      —Estaba sola en una casa totalmente vacía — informó una soldado—. Creo que está traumatizada, mi teniente. Fíjese bien en el niño…
      El teniente observó el niño que llevaba la mujer. Estaba muerto…
      —Mujer, ¿por qué no nos dejas atender a tu hijo?
      —¡No! ¡Se lo van a comer, lo sé! ¡Es mi niño, y nadie lo tendrá!
      En ese momento oyeron ruidos de carreras y vieron unas luces.
      —¡A las armas! —gritó el teniente.
      Cuatro soldados venían corriendo, perseguidos por otro grupo armado, éste con linternas.
      Los perseguidores parecían ser unos diez o quince. Se vieron sorprendidos por el fuego, pero respondieron. Durante unos minutos los disparos se oyeron en todo el barrio; los soldados que aún estaban de exploración aparecieron para ayudar a sus compañeros.
      Al final, los atacantes dejaron de disparar. Estaban todos muertos, tendidos en la nieve rosada por la sangre derramada.
      Entre los soldados se contaban 4 bajas y 5 heridos graves que tal vez terminarían por ser también bajas, pues apenas quedaban medicamentos. Pero las bajas peores eran las de los ocupantes del vehículo: una ráfaga lo había atravesado matando al conductor y al capitán. También había muerto la mujer, pero no podían sentir dolor por ella, pues apenas la habían conocido durante unos minutos. Y encima el vehículo estaba totalmente inutilizable.
      Hicieron camillas con la lona del vehículo y pusieron sobre ellas a cuatro de los heridos, los que tenían alguna posibilidad. Al quinto herido, el teniente le dio el tiro de gracia porque se moriría en pocas horas.
      Los 20 soldados restantes y el teniente se pusieron en marcha de vuelta al cuartel. Algunos de ellos llevaban también las presas logradas: un perro, dos gatos y 5 ratas.

Día 252, año 4.- Lugar: Cualquier ciudad abandonada por los humanos
La comunidad de ratones estaba de enhorabuena. Ya no hacía frío y por fin podían salir afuera. Tampoco había enemigos a la vista, podían caminar por las calles vacías sin tener que preocuparse demasiado. Claro que siempre había que mantener la alerta (nunca se puede saber, aunque no haya enemigos a la vista, éstos siempre aparecen de repente en la vida del ratón).
      Los ratones adultos de muy pocas semanas, salieron del escondite de la biblioteca, donde gran número de libros les había servido en los tiempos fríos para mantener el calor y para entretener los dientes. Se pusieron de inmediato a buscar comida bajo la luz del sol. No había mucho alimento, pero buscando, buscando, siempre se podía encontrar algo.
   
El grupo de ratas también buscaba comida con desesperación. Ahora que hacía menos frío podían salir al exterior y buscar con mayor facilidad. Pero eran muchas las crías que exigían su alimento pues el colectivo de ratas había crecido en exceso durante los últimos años. Ya no había humanos que las persiguieran ni les pusieran veneno, y además habían dejado sus viviendas llenas de ricos alimentos, contando los numerosos cadáveres.
      Tenían que buscar nuevos lugares con comida, pues los ya conocidos estaban agotados.
      El olor les guió hacia las cercanías de la biblioteca donde estaban los ratones. Cayeron sobre ellos y se dieron un festín.

(Textos extraídos del libro "vuelta a la tierra")

02 marzo 2017

Icaro

La nave tripulada Ícaro se había adentrado en la órbita de Mercurio. Nunca un vehículo tripulado había llegado tan cerca del Sol.
      Y nunca una nave tripulada había visto «la otra cara» del Sol.
      Aunque decían los científicos que eso carecía de sentido. Que el Sol gira sobre sí mismo y que tarde o temprano muestra todo su globo hacia cualquier observador, en la Tierra o en cualquier otro lugar. No hay «cara oculta», decían.
      Y sin embargo John LaPorta sentía que era la primera vez que estarían detrás del Sol, ocultos de la Tierra.
      Junto con Magie Ortíz y Sergei Ivanovich se disponían a perder las comunicaciones con la Tierra.
      —Control, aquí Ícaro. Dos minutos para que la corona se interponga.
      —Aquí... Gzzzz... Inutos recibi... Grrrsss.
      —Control, me temo que las interferencias han empezado antes. No recibimos.
      —Krrrgrr...
      —¡Déjalo, John! —comentó Magie—. Los límites de la corona no están bien definidos, ya lo sabemos.
      —Las interferencias empezaron antes de lo previsto —añadió Sergei.
      —Vale, pero dejaré el canal abierto.
      John echó una mirada al telescopio que apuntaba a la Tierra. La imagen era borrosa, como si una masa de gas se interpusiera. Y eso era justo lo que estaba sucediendo.
      Esperaron un minuto para contemplar lo que tenían debajo.
      Hasta entonces, la superficie ardiente del Sol se había visto matizada por los filtros. Toda clase de filtros protegían a la Ícaro de la enorme radiación que recibían de la estrella. En visible, en infrarrojos, en ultravioleta, en radio... en todo el espectro electromagnético.
      Los filtros dejaban pasar un poco del visible, para que les fuera posible ver. Pero ese poco era un resplandor casi intolerable.
      Y ahora el resplandor estaba desapareciendo...
      —¿Qué diablos? —exclamó John.
      Un minuto más y bajo ellos la mayor de las negruras.
      —Magie, quita el filtro visible —ordenó Sergei.
      —¿Estás loco? ¡Nos freiremos!
      —Sólo un segundo. Mantente lista para ponerlo de inmediato.
      —Como ordenes.
      Magie pulsó un botón en el control y el filtro visible desapareció.
      Seguía la oscuridad.
      Ahora, Magie fue eliminando filtro tras filtro. Y observando con atención los indicadores.
      No recibían nada de radiación del Sol.
      —Es como si no hubiera cara oculta del Sol —observó John.
      —¡No es posible! —exclamó Sergei—. ¡Está comprobado el giro del Sol! ¡Y hemos lanzado miles de sondas que han dado la vuelta al Sol!
      —Pero todo eso son aparatos —dijo Magie.
      —¿Qué insinúas?
      —No insinúo nada, Sergei. Lo digo con toda claridad. Somos los primeros seres humanos que vemos directamente el otro lado del Sol. Y no hay nada.
      —Entonces, el universo no es lo que parece —sugirió John.
      —Así es —confirmó Sergei—. El Sol es plano. Fijaos bien, sólo tiene una cara.
      Había enfocado el borde de la cara oscura. Era fina como el papel.
      En ese momento se encendieron los motores de la nave.
      John corrió hacia sus controles.
      —¡No he tocado nada! Pero están a la máxima potencia. ¡Y estamos justo en el perihelio!
      La nave Ícaro salió detrás del Sol con velocidad suficiente para salir del Sistema Solar.
      —Creo que está claro, señores —comentó Magie—. Dios nos está llamando.
      —Espero que sea para darnos alguna explicación —añadió Sergei.
   

19 febrero 2017

MICKEY

Mickey nació en Burbank Labs. Bueno, eso lo supo más tarde porque cuando nació no era más que un ratoncito de laboratorio, vulgar y corriente. Pero no vamos a complicar la historia con esos detalles.
      En Burbank Labs trabajaban para la Lockheed, desarrollando diversas investigaciones, la mayoría secretas. Incluso había estudios que difícilmente podrían aprovecharse para la aviación, como los experimentos de Peter Watson. Pero en el mundo del secretismo caben muchas cosas, y no en vano la gente de Lockheed tenía muchas conexiones con los servicios secretos americanos.
      Peter Watson trabajaba con animales; buscaba aumentar su inteligencia. Para ello les aplicaba rayos X, rayos gamma y diversas sustancias. Su mejor resultado hasta ahora era Keyla, una mona tití con una cabeza enorme. Pero Keyla estaba medio calva y aunque podía articular algunas palabras, casi siempre eran insultos y blasfemias.
      Watson no trabajaba con ratones, pero tenía un par de jaulas para comprobaciones diversas. Tardó en darse cuenta de que una de ellas estaba rota.
      Y Mickey quedó libre.
      Durante días vagó por aquel enorme lugar. Buscaba comida, por supuesto, y también algo que roer, para gastar sus incisivos. Lo que haría cualquier ratón.
      Vio cómo colocaban a la mona, Keyla, bajo una cápsula de metal. La cápsula tenía ricas gomas, deliciosas de mascar, algo que el ratoncito no pudo resistir.
      Bajo la cápsula, roía las gomas mientras podía oír ruidos extraños y sentía un calor que le recorría el cuerpo. Siguió royendo.
      De súbito, todo se hizo brillante para el ratón. ¡Comprendía muchas cosas! Como que no le convenía que lo descubrieran.
      El humano, Watson, levantó la cápsula y observó el cuerpo, ya sin vida, de la mona.
      —Keyla es baja —dijo, para que su ayudante lo consignara en el diario de laboratorio.
      El ratón, aún sin nombre, entendió aquellas palabras. Y otras cosas.
      Durante varios días, el ratoncito vagó por los laboratorios, aprendiendo. Descubrió la biblioteca y allí aprendió a leer.
      Fue leyendo como se acostumbró a estar erguido, pues así podía leer mejor. Su cuerpo no era adecuado para una postura bípeda, pero se apoyaba en al rabo y así se podía mantener.
      Por fin, decidió salir de aquel lugar.
      Las calles no eran sitios adecuados para un ratón como él, pero no tenía otra opción hasta que pudiera hallar un sitio adecuado. Los otros ratones lo ignoraban, aunque una hembra en celo se le acercó tentadora, pero él no tenía ganas de sexo. Y los gatos y demás depredadores eran un peligro constante; por no hablar de trampas, venenos y otros peligros. O los mismos automóviles.
      Hasta que llegó al estudio. Ya había leído acerca de esos lugares, allí se hacían dibujos y películas. Un lugar más tranquilo, y seguro, que el laboratorio.
      ¡Había papel en abundancia! Y comida: sándwiches, cáscaras de fruta, etc. ¡El paraíso!
      Una tarde, estaba mascando una hoja de papel cuando fue descubierto. Un dibujante, Ub Iwerks, estaba pensando, buscando ideas, cuando lo vio.
      Ub había recibido la orden de su jefe Walt de buscar un nuevo personaje para sustituir a Oswald, cuyos derechos había perdido. Y vio ante sí a un ratón, de pie, que le miraba con ojos inteligentes.
      —¡Mickey Mouse! —exclamó el dibujante e, ignorando el papel mordisqueado, empezó a trazar un esbozo al carbón.
      El ratoncito aceptó aquel nombre. Y Mickey observó, interesando, cómo surgía su versión de cómic.
      —¿Te gusta? —le preguntó el dibujante cuando hubo acabado.
      Mickey notaba diferencias entre su propia imagen en el espejo y aquella caricatura. Pero sonrió y movió la cabeza de arriba abajo.
      —¡Perfecto, entonces! Se lo presentaré a Mr Disney, a ver si le gusta.

09 diciembre 2016

Cuento de Navidad

Rudolph, el reno jefe, fue corriendo a llamar al Jefe
—¡Santa! Aquí hay tres señores que quieren hablar con usted.
—¡Quien cojones me viene a molestar ahora! ¡Esta misma noche tengo que empezar el reparto, ¡carajo!
En la puerta del Claus’ Palace se plantaron tres monarcas, cada uno con su escolta de seguridad. Los tres grupos de soldados se apostaron, prestos a proteger a cada uno de los Reyes Magos.
Ante semejante despliegue de armamento, Santa se alarmó.
—¿Qué cojones pasa aquí? ¿Un golpe de estado?
Uno de los reyes se adelantó, protegido por cuatro hombres vestidos de caqui y con chaleco antibalas, armados con enormes fusiles ametralladores.
—Tranquilo, Santa, soy Melchor. Es que de donde venimos hay que tomar todas las medidas de seguridad posibles, los muyahidines están dándonos por culo. Disculpa a nuestras escoltas, pero por el camino nos han molestado bastante.
—Vale, ahora lo entiendo, pero aquí no hay peligro. Me ponen nervioso todos esos soldados.
Melchor hizo un gesto, sus dos compañeros asintieron y la escolta militar se apartó. Santa Claus respiró aliviado.
—Bien, ¿qué se les ofrece? Esta noche es Nochebuena y tengo trabajo, como imagino que sabrán ustedes, majestades.
—Claro que sí, y de eso queríamos hablar. Nos estás quitando el trabajo, cabrón, pues los niños prefieren pedir los regalos al principio de las vacaciones y no al final como es nuestro caso.
—Yo no tengo la culpa, majestades. No puedo hacer nada.
—Lo harás —concluyó Melchor e hizo un nuevo gesto.
Los soldados tomaron sus armas y entraron en tromba en el palacio de Santa Claus.
—Estás secuestrado —anunció Melchor—. Revisaremos todas las cartas que has recibido y verificaremos que a todo el mundo le queden pendientes la mayor parte de los regalos para el 6 de enero. Tú sólo repartirás las chucherías que mantengan entretenidos a los críos hasta que lleguen nuestros regalos.
Baltasar y Gaspar se acercaron.
—¡Y como protestes no te dejaremos ni siquiera repartir las chucherías! —exclamó el rey negro.
—O mejor protesta, así me podré comer a tus renos —añadió Gaspar, mirando con gula a los animales.
Rudolph defecó en la nieve. Estaba asustado.