15 marzo 2017

Oscuridad

Día 0, año 0.- Lugar: sobre el Océano Pacífico
Entró en la atmósfera terrestre sobre la península de Kamchatka. Desde la lejana Vladivostok hasta Sapporo se pudo ver el fenómeno. Una enorme bola de fuego atravesó el cielo en dirección sudeste. Muchos se quedaron sordos por el estruendo, y numerosas cristaleras se rompieron en mil pedazos.
      El cometa cruzó el Océano Pacífico dejando una estela de óxidos nitrosos y vapor de agua tras su paso.
      En las Islas Midway creó una la ola de fuego que lo arrasó todo.
      En Honolulu, poca importancia tuvo que algunos pudieran sobrevivir al trueno, al fuego o al fuerte resplandor. Porque cuando el cometa chocó contra la superficie del mar, unos kilómetros al sur de la isla de Oahu, la ola de cientos de metros de altura lo barrió todo…

Día 35, año 0.- Lugar: Reno (Nevada), USA
Era una verdadera suerte que aún tuviera gasolina para el coche. Usando una linterna, Wilson vació en el depósito del coche los dos pequeños recipientes llenos de gasolina, toda la que tenía. No sabía hasta donde podría llegar, pero tenía que irse con su esposa, antes de que los disturbios les alcanzaran.

Todo había sucedido casi de repente.
      Primero, la lucha por conseguir plazas en algún refugio. Se suponía que fueron sorteadas, pero más de uno logró la suya sin tener que contar con la suerte. Todos los intentos de Wilson por sobornar a alguien influyente se quedaron en un enorme gasto de dinero: casi todos sus ahorros. Al final, optó por gastarse todo lo que le quedaba en provisiones de larga duración, justo cuando ya estaban carísimas. Y no se acordó de comprar más petróleo.
      Pudo ver por la televisión, desde el refugio que montó en el sótano, las imágenes del satélite que mostraron el impacto. Se decía que todo Hawai había sido destruido.
      Wilson había estado allí apenas un año antes, de luna de  miel con su esposa, y guardaban un grato recuerdo. Ella lloró viendo aquellas imágenes.
      Pocas horas más tarde se interrumpieron las emisiones, un canal tras otro. De lo que pasó después se enteraron tan sólo por rumores y comentarios.
      Se decía que las olas gigantescas habían barrido toda la costa del Pacífico, desde Alaska hasta México. Ciudades como San Francisco o Seattle ya no existían.
      Del Gobierno no sabían nada. Probablemente estaban todos ellos en su refugio de las Montañas Rocosas.
      Wilson no volvió a su trabajo. El Jefe había huido a algún refugio, acompañado de una secretaria, y alguien había saqueado la caja fuerte. No había nada que hacer en la empresa.
      Llegó la oscuridad. Unas nubes negrísimas cubrieron el cielo todo el día. Y se mantuvieron así un día tras otro. Sólo el reloj permitía saber si era de día o de noche.
      Wilson y su esposa trancaron puertas y ventanas y se metieron en el refugio.
      Pero era tremendamente aburrido, y poco a poco se atrevieron a salir a la calle, donde tan sólo encontraron vecinos tan aburridos como ellos.
      Pronto fue esa la rutina diaria, salir un rato para comentar los rumores con los vecinos. Con frecuencia entraban en alguna vivienda para conseguir algo de calor (cada vez hacía más frío), compartiendo los víveres entre todos.
      Se decía que en el centro había bandas de delincuentes luchando por el control de sus respectivas zonas. Y que algunos grupos terroristas habían aparecido para entrar en la lucha. Nadie se atrevía a ir al centro.
      Cada vez tenían más miedo, y las conversaciones con los vecinos se fueron reduciendo a unas palabras de tarde en tarde. Mientras hubo electricidad.
      Cuando se fue la luz, ya nadie osó salir a la calle. La oscuridad ahora era total.
      Lo peor era que Reno estaba en medio del desierto, e incluso el agua debía extraerse de los pozos mediante electricidad.
      En otras palabras, sin electricidad no tenían ni agua ni calefacción.
      Por tanto, Wilson y Mary subieron a su coche cargado con gasolina y con todos los víveres y la ropa que pudieron meter. Salieron a la calle oscura.
      Los faros alumbraron la calle vacía. Pero Wilson los apagó, pues comprendió que los hacía visibles para cualquiera que anduviera por allí. Y sólo tenía una diminuta Colt .38 en la guantera para defenderse.
      A la velocidad de 15 millas por hora podía ver cualquiera cosa en la oscuridad. Wilson abandonó Reno y salió al desierto.
      Nunca más se supo de ellos dos.

Día 69, año 0.- Lugar: Kansas City, USA
Dentro de la casa se habían acabado los alimentos frescos. Aún quedaban enlatados para muchas semanas, pero quizás pudieran hallar algo de carne fresca, aunque fuera un perro como la última vez.
      Dos días atrás, John había salido a buscar carne y no había regresado. Casi seguro que le había pasado algo; pero no estaban los tiempos para llorar a nadie, había que sobrevivir. Esta vez le tocó a su hermano mayor, Peter.
      Con su fusil M-16, Peter quitó el grueso tablón que cerraba la puerta. Se asomó con cuidado. Aunque era de día, las gruesas nubes que cubrían el cielo no dejaban pasar ni un solo rayo de luz; parecía de noche cerrada.
      Peter alumbró con su linterna y no vio nada de interés. Sólo veía la nieve que cubría todo el lugar.
      —Me voy, todo está tranquilo —dijo, y abrió la puerta.
      En este momento, una ráfaga de balas lo levantó literalmente del suelo. Cayó en un charco de sangre sin decir una palabra. Antes de que se cerrara la puerta, cinco hombres armados irrumpieron en la casa disparando a todo el mundo.
      Poco después, los intrusos comprobaban que no quedaba nadie vivo en la casa y comentaban entre ellos:
      —¿Lo veis? Os dije que aquel chico había salido de una de estas casas. Hicimos bien en espiar.
      —Cierto, Frank. Ahora tendremos carne para unos días.
      —Y esta casa parece más adecuada para refugio. Es caliente y fácil de guardar.
      —¡Eh, mirad, hay electricidad!
      —¡Joder, qué bien! De acuerdo, vamos a guardar estos cuerpos e id vosotros tres a avisar a los demás. Que traigan todo lo que puedan, no voy a hacer viajes por gusto. Y no uséis luces.
   
Día 117, año 1.- Lugar: Frankfurt (Alemania, UE)
El teniente Jung caminaba al frente de los soldados por las calles oscuras cubiertas de nieve sucia. La gruesa capa de nubes apenas dejaba escapar algún rayo de sol, pero en general reinaba la oscuridad casi total.
      Caminaban en dos hileras y entre ellas avanzaba un pequeño vehículo. Había escasez de combustible y sólo usaban el vehículo para transportar los pertrechos y suministros que pudieran conseguir, pues tal era su misión.
      Jung vigilaba discretamente al capitán Hessel, quien iba en el vehículo. Hacía apenas un mes que otro mando había intentado fugarse con todos los recursos acumulados en un vehículo, y el propio Jung había dado orden de disparar. No se le acusó de desacato porque las circunstancias fueron clarísimas, y todos los soldados informaron así al Coronel Transmann.
      Los dos pelotones estaban formados por 14 y 15 soldados, que era todo lo que quedaba de la compañía. El resto había ido falleciendo por diversos motivos desde que no habían podido entrar en los refugios cuando la caída del cometa. Ni siquiera iban correctamente vestidos, llevaban el uniforme de verano con los abrigos que pudieron conseguir encima. Aún tenían algunos uniformes de camuflaje blancos pero los reservaban para una emergencia. Aunque, ¿para qué diablos necesitaban camuflarse con esta oscuridad?
      Buscaban comida, como un grupo de cazadores primitivos. Toda una farsa para lo que quedaba del grupo más potente del Euroejército.
      Aparte de lo que pudieran encontrar, sólo quedaban latas de comida. Y no había mucho que conseguir fuera del cuartel: todo bicho de cuatro patas o emplumado había desaparecido en un área de 5 kilómetros de radio. Hasta los ratones que podían cazar se los comían.
      Jung había oído que en algunos lugares se comían los cadáveres, e incluso llegaban a matar personas para comérselas; pero él esperaba no verse en esa situación.
      —¡Pelotón, alto! —ordenó. El capitán Hessel asintió con la cabeza desde el coche. Aquel era un buen lugar para iniciar la exploración.
      Los soldados se dispersaron en grupos de 4 ó 5. Jung y Hessel permanecieron en el vehículo con tres soldados más.
      No llevaban linternas. Los dispositivos de visión nocturna ya no servían por falta de pilas, pero los soldados estaban acostumbrados a la penumbra y se desenvolvían bien. Quien no había sido capaz de desenvolverse ya era cadáver.
      Pasó una hora, más o menos (no tenían relojes) cuando empezaron a regresar los grupos, la mayoría con las manos vacías; uno de ellos traía un perro muerto, un animal grande aunque en los huesos.
      Con ellos venía una mujer con un niño en los brazos.
      —Estaba sola en una casa totalmente vacía — informó una soldado—. Creo que está traumatizada, mi teniente. Fíjese bien en el niño…
      El teniente observó el niño que llevaba la mujer. Estaba muerto…
      —Mujer, ¿por qué no nos dejas atender a tu hijo?
      —¡No! ¡Se lo van a comer, lo sé! ¡Es mi niño, y nadie lo tendrá!
      En ese momento oyeron ruidos de carreras y vieron unas luces.
      —¡A las armas! —gritó el teniente.
      Cuatro soldados venían corriendo, perseguidos por otro grupo armado, éste con linternas.
      Los perseguidores parecían ser unos diez o quince. Se vieron sorprendidos por el fuego, pero respondieron. Durante unos minutos los disparos se oyeron en todo el barrio; los soldados que aún estaban de exploración aparecieron para ayudar a sus compañeros.
      Al final, los atacantes dejaron de disparar. Estaban todos muertos, tendidos en la nieve rosada por la sangre derramada.
      Entre los soldados se contaban 4 bajas y 5 heridos graves que tal vez terminarían por ser también bajas, pues apenas quedaban medicamentos. Pero las bajas peores eran las de los ocupantes del vehículo: una ráfaga lo había atravesado matando al conductor y al capitán. También había muerto la mujer, pero no podían sentir dolor por ella, pues apenas la habían conocido durante unos minutos. Y encima el vehículo estaba totalmente inutilizable.
      Hicieron camillas con la lona del vehículo y pusieron sobre ellas a cuatro de los heridos, los que tenían alguna posibilidad. Al quinto herido, el teniente le dio el tiro de gracia porque se moriría en pocas horas.
      Los 20 soldados restantes y el teniente se pusieron en marcha de vuelta al cuartel. Algunos de ellos llevaban también las presas logradas: un perro, dos gatos y 5 ratas.

Día 252, año 4.- Lugar: Cualquier ciudad abandonada por los humanos
La comunidad de ratones estaba de enhorabuena. Ya no hacía frío y por fin podían salir afuera. Tampoco había enemigos a la vista, podían caminar por las calles vacías sin tener que preocuparse demasiado. Claro que siempre había que mantener la alerta (nunca se puede saber, aunque no haya enemigos a la vista, éstos siempre aparecen de repente en la vida del ratón).
      Los ratones adultos de muy pocas semanas, salieron del escondite de la biblioteca, donde gran número de libros les había servido en los tiempos fríos para mantener el calor y para entretener los dientes. Se pusieron de inmediato a buscar comida bajo la luz del sol. No había mucho alimento, pero buscando, buscando, siempre se podía encontrar algo.
   
El grupo de ratas también buscaba comida con desesperación. Ahora que hacía menos frío podían salir al exterior y buscar con mayor facilidad. Pero eran muchas las crías que exigían su alimento pues el colectivo de ratas había crecido en exceso durante los últimos años. Ya no había humanos que las persiguieran ni les pusieran veneno, y además habían dejado sus viviendas llenas de ricos alimentos, contando los numerosos cadáveres.
      Tenían que buscar nuevos lugares con comida, pues los ya conocidos estaban agotados.
      El olor les guió hacia las cercanías de la biblioteca donde estaban los ratones. Cayeron sobre ellos y se dieron un festín.

(Textos extraídos del libro "vuelta a la tierra")

02 marzo 2017

Icaro

La nave tripulada Ícaro se había adentrado en la órbita de Mercurio. Nunca un vehículo tripulado había llegado tan cerca del Sol.
      Y nunca una nave tripulada había visto «la otra cara» del Sol.
      Aunque decían los científicos que eso carecía de sentido. Que el Sol gira sobre sí mismo y que tarde o temprano muestra todo su globo hacia cualquier observador, en la Tierra o en cualquier otro lugar. No hay «cara oculta», decían.
      Y sin embargo John LaPorta sentía que era la primera vez que estarían detrás del Sol, ocultos de la Tierra.
      Junto con Magie Ortíz y Sergei Ivanovich se disponían a perder las comunicaciones con la Tierra.
      —Control, aquí Ícaro. Dos minutos para que la corona se interponga.
      —Aquí... Gzzzz... Inutos recibi... Grrrsss.
      —Control, me temo que las interferencias han empezado antes. No recibimos.
      —Krrrgrr...
      —¡Déjalo, John! —comentó Magie—. Los límites de la corona no están bien definidos, ya lo sabemos.
      —Las interferencias empezaron antes de lo previsto —añadió Sergei.
      —Vale, pero dejaré el canal abierto.
      John echó una mirada al telescopio que apuntaba a la Tierra. La imagen era borrosa, como si una masa de gas se interpusiera. Y eso era justo lo que estaba sucediendo.
      Esperaron un minuto para contemplar lo que tenían debajo.
      Hasta entonces, la superficie ardiente del Sol se había visto matizada por los filtros. Toda clase de filtros protegían a la Ícaro de la enorme radiación que recibían de la estrella. En visible, en infrarrojos, en ultravioleta, en radio... en todo el espectro electromagnético.
      Los filtros dejaban pasar un poco del visible, para que les fuera posible ver. Pero ese poco era un resplandor casi intolerable.
      Y ahora el resplandor estaba desapareciendo...
      —¿Qué diablos? —exclamó John.
      Un minuto más y bajo ellos la mayor de las negruras.
      —Magie, quita el filtro visible —ordenó Sergei.
      —¿Estás loco? ¡Nos freiremos!
      —Sólo un segundo. Mantente lista para ponerlo de inmediato.
      —Como ordenes.
      Magie pulsó un botón en el control y el filtro visible desapareció.
      Seguía la oscuridad.
      Ahora, Magie fue eliminando filtro tras filtro. Y observando con atención los indicadores.
      No recibían nada de radiación del Sol.
      —Es como si no hubiera cara oculta del Sol —observó John.
      —¡No es posible! —exclamó Sergei—. ¡Está comprobado el giro del Sol! ¡Y hemos lanzado miles de sondas que han dado la vuelta al Sol!
      —Pero todo eso son aparatos —dijo Magie.
      —¿Qué insinúas?
      —No insinúo nada, Sergei. Lo digo con toda claridad. Somos los primeros seres humanos que vemos directamente el otro lado del Sol. Y no hay nada.
      —Entonces, el universo no es lo que parece —sugirió John.
      —Así es —confirmó Sergei—. El Sol es plano. Fijaos bien, sólo tiene una cara.
      Había enfocado el borde de la cara oscura. Era fina como el papel.
      En ese momento se encendieron los motores de la nave.
      John corrió hacia sus controles.
      —¡No he tocado nada! Pero están a la máxima potencia. ¡Y estamos justo en el perihelio!
      La nave Ícaro salió detrás del Sol con velocidad suficiente para salir del Sistema Solar.
      —Creo que está claro, señores —comentó Magie—. Dios nos está llamando.
      —Espero que sea para darnos alguna explicación —añadió Sergei.
   

19 febrero 2017

MICKEY

Mickey nació en Burbank Labs. Bueno, eso lo supo más tarde porque cuando nació no era más que un ratoncito de laboratorio, vulgar y corriente. Pero no vamos a complicar la historia con esos detalles.
      En Burbank Labs trabajaban para la Lockheed, desarrollando diversas investigaciones, la mayoría secretas. Incluso había estudios que difícilmente podrían aprovecharse para la aviación, como los experimentos de Peter Watson. Pero en el mundo del secretismo caben muchas cosas, y no en vano la gente de Lockheed tenía muchas conexiones con los servicios secretos americanos.
      Peter Watson trabajaba con animales; buscaba aumentar su inteligencia. Para ello les aplicaba rayos X, rayos gamma y diversas sustancias. Su mejor resultado hasta ahora era Keyla, una mona tití con una cabeza enorme. Pero Keyla estaba medio calva y aunque podía articular algunas palabras, casi siempre eran insultos y blasfemias.
      Watson no trabajaba con ratones, pero tenía un par de jaulas para comprobaciones diversas. Tardó en darse cuenta de que una de ellas estaba rota.
      Y Mickey quedó libre.
      Durante días vagó por aquel enorme lugar. Buscaba comida, por supuesto, y también algo que roer, para gastar sus incisivos. Lo que haría cualquier ratón.
      Vio cómo colocaban a la mona, Keyla, bajo una cápsula de metal. La cápsula tenía ricas gomas, deliciosas de mascar, algo que el ratoncito no pudo resistir.
      Bajo la cápsula, roía las gomas mientras podía oír ruidos extraños y sentía un calor que le recorría el cuerpo. Siguió royendo.
      De súbito, todo se hizo brillante para el ratón. ¡Comprendía muchas cosas! Como que no le convenía que lo descubrieran.
      El humano, Watson, levantó la cápsula y observó el cuerpo, ya sin vida, de la mona.
      —Keyla es baja —dijo, para que su ayudante lo consignara en el diario de laboratorio.
      El ratón, aún sin nombre, entendió aquellas palabras. Y otras cosas.
      Durante varios días, el ratoncito vagó por los laboratorios, aprendiendo. Descubrió la biblioteca y allí aprendió a leer.
      Fue leyendo como se acostumbró a estar erguido, pues así podía leer mejor. Su cuerpo no era adecuado para una postura bípeda, pero se apoyaba en al rabo y así se podía mantener.
      Por fin, decidió salir de aquel lugar.
      Las calles no eran sitios adecuados para un ratón como él, pero no tenía otra opción hasta que pudiera hallar un sitio adecuado. Los otros ratones lo ignoraban, aunque una hembra en celo se le acercó tentadora, pero él no tenía ganas de sexo. Y los gatos y demás depredadores eran un peligro constante; por no hablar de trampas, venenos y otros peligros. O los mismos automóviles.
      Hasta que llegó al estudio. Ya había leído acerca de esos lugares, allí se hacían dibujos y películas. Un lugar más tranquilo, y seguro, que el laboratorio.
      ¡Había papel en abundancia! Y comida: sándwiches, cáscaras de fruta, etc. ¡El paraíso!
      Una tarde, estaba mascando una hoja de papel cuando fue descubierto. Un dibujante, Ub Iwerks, estaba pensando, buscando ideas, cuando lo vio.
      Ub había recibido la orden de su jefe Walt de buscar un nuevo personaje para sustituir a Oswald, cuyos derechos había perdido. Y vio ante sí a un ratón, de pie, que le miraba con ojos inteligentes.
      —¡Mickey Mouse! —exclamó el dibujante e, ignorando el papel mordisqueado, empezó a trazar un esbozo al carbón.
      El ratoncito aceptó aquel nombre. Y Mickey observó, interesando, cómo surgía su versión de cómic.
      —¿Te gusta? —le preguntó el dibujante cuando hubo acabado.
      Mickey notaba diferencias entre su propia imagen en el espejo y aquella caricatura. Pero sonrió y movió la cabeza de arriba abajo.
      —¡Perfecto, entonces! Se lo presentaré a Mr Disney, a ver si le gusta.

09 diciembre 2016

Cuento de Navidad

Rudolph, el reno jefe, fue corriendo a llamar al Jefe
—¡Santa! Aquí hay tres señores que quieren hablar con usted.
—¡Quien cojones me viene a molestar ahora! ¡Esta misma noche tengo que empezar el reparto, ¡carajo!
En la puerta del Claus’ Palace se plantaron tres monarcas, cada uno con su escolta de seguridad. Los tres grupos de soldados se apostaron, prestos a proteger a cada uno de los Reyes Magos.
Ante semejante despliegue de armamento, Santa se alarmó.
—¿Qué cojones pasa aquí? ¿Un golpe de estado?
Uno de los reyes se adelantó, protegido por cuatro hombres vestidos de caqui y con chaleco antibalas, armados con enormes fusiles ametralladores.
—Tranquilo, Santa, soy Melchor. Es que de donde venimos hay que tomar todas las medidas de seguridad posibles, los muyahidines están dándonos por culo. Disculpa a nuestras escoltas, pero por el camino nos han molestado bastante.
—Vale, ahora lo entiendo, pero aquí no hay peligro. Me ponen nervioso todos esos soldados.
Melchor hizo un gesto, sus dos compañeros asintieron y la escolta militar se apartó. Santa Claus respiró aliviado.
—Bien, ¿qué se les ofrece? Esta noche es Nochebuena y tengo trabajo, como imagino que sabrán ustedes, majestades.
—Claro que sí, y de eso queríamos hablar. Nos estás quitando el trabajo, cabrón, pues los niños prefieren pedir los regalos al principio de las vacaciones y no al final como es nuestro caso.
—Yo no tengo la culpa, majestades. No puedo hacer nada.
—Lo harás —concluyó Melchor e hizo un nuevo gesto.
Los soldados tomaron sus armas y entraron en tromba en el palacio de Santa Claus.
—Estás secuestrado —anunció Melchor—. Revisaremos todas las cartas que has recibido y verificaremos que a todo el mundo le queden pendientes la mayor parte de los regalos para el 6 de enero. Tú sólo repartirás las chucherías que mantengan entretenidos a los críos hasta que lleguen nuestros regalos.
Baltasar y Gaspar se acercaron.
—¡Y como protestes no te dejaremos ni siquiera repartir las chucherías! —exclamó el rey negro.
—O mejor protesta, así me podré comer a tus renos —añadió Gaspar, mirando con gula a los animales.
Rudolph defecó en la nieve. Estaba asustado.

12 octubre 2016

Capitán Waleo capítulo 14

Xujlius Waleo dormía en su camarote. Soñaba con seis odaliscas, jóvenes y guapas, que le ofrecían toda clase de placeres. Estaba a punto de tomar con la mano una uva que le iba a entregar una chica de rasgos asiáticos, cuando sonó la alarma.
      —¡Capitán, tenemos una emergencia a bordo! —dijo Lisandra, la computadora.
      —¡Mierda! En un minuto estaré en el puente.
      Y justo sesenta segundos después, el capitán Waleo se presentaba en el puente de la nave Entrom-Hetida.
      —¡Quiero un informe detallado, de inmediato! —ordenó.
      Al mando estaba de guardia el oficial Mal'Mbo Ta'Rte, un selenoide de Orfeo-II. Giró sus pedúnculos oculares al llegar el capitán. No dijo nada por el hecho de que tuviera los pantalones y la camisa del revés y cuadrándose sobre sus cuatro patas dijo:
      —¡Capitán! ¡Hemos salido del hiperespacio fuera de las coordenadas conocidas!
      —¿Territorio desconocido? Eso no es de extrañar, si estamos explorando. No es motivo para despertarme y...
      —Disculpe si me atrevo a interrumpirle, capitán, pero son las coordenadas las que desconocemos. Es decir, que no sabemos dónde estamos.
      —Lisandra, ¡dame las coordenadas!
      —Coordenadas desconocidas, capitán. No hay datos para establecer la posición de la nave.
      —¡Por los Wikis! ¿Y no hay forma de averiguarla?
      —En eso estamos, capitán —replicó el oficial—. Estamos estudiando las estrellas más cercanas, a ver si reconocemos el espectro de alguna.
      —¡Que venga 8UM4NO5 y preste su colaboración! ¡Pero en silencio!
      Incluso con la ayuda del robot, tardaron varias horas en localizar su posición en el espacio.
      —¡Estamos en medio del territorio chingón! —informó el robot.
      —¡Ya lo sabía! —replicó el capitán, contento porque por una vez había superado al robot.
      Y es que, en efecto, la pantalla mostraba varias naves chingonas, más de un centenar, que habían rodeado a la Entrom-Hetida.
      Con su típica forma de disco unido a una especie de tirachinas, eran fácilmente reconocibles como pertenecientes al enemigo: la Confederación Galáctica.
      La imagen holográfica de un chingón apareció en el puente.
      —¡Ándale! ¡Me llamo Lupito Cantautor y soy el padre más padre de todos los chingones! Me pregunto qué diablos hace por aquí una nave de la Federación, ¿o es que están ustedes perdidos?
      —Soy Xujlius Waleo, capitán de la nave Entrom-Hetida, código EH876-C. En efecto, estamos perdidos.
      —¡Ándale! Si eso es evidente, porque en cuanto disparemos les barreremos del espacio. ¡Claro que están perdidos! ¿Tiene algo que decir, capitán Waleo antes de que disparemos nuestros rayos chingones?
      —Disculpe, capitán Cantautor. Supongo que puedo llamarlo capitán, ¿no?
      —¡Nada d'eso! Soy padre, y así debe llamarme. Padre Lupito.
      —Pues Padre Lupito, cuando dije que estábamos perdidos me refería a la expresión literal. Hemos salido del hiperespacio en este lugar sin saber cómo. Y hemos tardado varias horas en descubrir que, sin querer, habíamos invadido vuestro territorio. Si nos dejara marcharnos sin más...
      —¡Ándale! ¡Sin más, dice el chamaco! No vamos a permitir que una nave federada entre así sin más. ¡Vamos a machacarles!
      Viendo que el intercambio de mensajes no conducía a nada, el capitán Waleo ordenó cortar la comunicación.
      —¡Activen rayos fantasmas! —ordenó—. ¡Disparen pedos-Thor!
      De inmediato, más de quinientas copias de la Entrom-Hetida empezaron a disparar a las naves chingonas.
      Las naves fantasmas acabaron con muchas de las naves chingonas, pero éstas también destruyeron numerosas naves fantasmas.
      En pocos segundos, el espacio quedó sembrado de restos, tanto de las naves fantasmas como de las chingonas.
      Por desgracia, la nave del Padre Lupito había identificado a la auténtica Entrom-Hetida. Lanzó un rayo rechingón que congeló a media tripulación.
      Todas las naves fantasmas desaparecieron de inmediato, y con ellas casi todas las naves chingonas, que ya habían sido destruidas por pedos-Thor.
      Lisandra estaba inoperativa. Con ella, tanto el capitán Waleo como el oficial Mal'Mbo permanecían inmóviles en el puente, junto con todos los tripulantes allí presentes.
      Solo en su camarote, el ingeniero Gram Dixim-Owurro comprendió que algo grave sucedía cuando notó el silencio brusco en la nave. Dejó de dolerle la cabeza de inmediato, como siempre que había una emergencia que requería sus servicios.
      Gram recorrió los pasillos y por todos lados pudo ver tripulantes congelados por el rayo rechingón. Sólo se encontró activo al soldado Rambo Tedexo Zeko, pues los runimorfos con inmunes a los rayos rechingones, como es sabido por todos. Lo mismo que el ingeniero, sólo que nadie sabe de dónde procede este último. Ordenó al soldado que le acompañara con su arma.
      En el puente, hasta el robot 8UM4NO5 estaba inmóvil, pero era porque no tenía órdenes que obedecer.
      —8UM4NO5, activa potencial de clonación —ordenó el ingeniero Dixim-Owurro.
      Al oír eso, Rambo Tedexo Zeko se estremeció de horror.
      En pantalla se podían ver siete naves chingonas, las que habían sobrevivido a la cruenta batalla. Una de ellas, por supuesto, era la del Padre Lupito.
      En pocos minutos, había siete copias del robot. Los ocho robots informaron al unísono:
      —¡Concluida la clonación a nivel siete!
      Si escuchar la desagradable voz del robot daba grima, oírla repetida ocho veces era una tortura insoportable.
      El ingeniero ordenó a cada clon del robot dirigirse a una de las naves chingonas. Una vez allí, procederían a destruirlas.
      Los siete clones salieron de la nave, moviéndose por el espacio gracias a sus motores propios. Cada uno logró entrar en una nave chingona.
      Veamos lo que sucedió en una de dichas naves:
      El robot entró y de inmediato se puso en contacto con el ordenador central chingón.
      —(Aquí robot 8UM4NO5 comunicando que la resistencia es inútil porque, de acuerdo con los planes de la Federación, el universo está destinado a ser suyo ya que dispone de potencial gravitatorio adecuado y asimismo porque ofrece mejores condiciones de afiliación, desde una perspectiva histórica que...)
      (Nota: en realidad, el robot lo que dijo fue: «KFIO455 DPPPOOÀLLOK 47855 LXDKSDKX XOLPÁÁK 455KIIKOKK POSKOEQWAE LOPERORTRTI...», pero ofrecemos la versión doblada, pues no es probable que el lector conozca el lenguaje chingón).
      El robot habló durante largo rato, horas y horas.
      Muy pronto, las naves chingonas fueron explotando, una tras otra.
      En la nave del Padre Lupito, el clon del robot seguía:
      —(...De acuerdo con el cálculo de probabilidades, la posibilidad de aparecer en un lugar aleatorio al salir del hiperespacio es mayor que cero, por lo tanto ha de ser considerada y lo correcto y adecuado sería ofrecer la posibilidad de una vuelta al territorio federado sin condiciones que...).
      —¡BASTAAAAAAAAAAAA! —gritó el Padre Lupito—. ¡Pónganme en comunicación con esos tarados de la nave federada! ¡Y que se calle ese robot!
      La imagen del padre Lupito apareció otra vez en el puente de la Entrom-Hetida.
      A diferencia de la vez anterior, Lupito Cantautor ahora presentaba la cara demacrada y la voz temblorosa, sin ese aspecto jactancioso del anterior contacto.
      —¡Capitán Waleo! ¡Me ha derrotado! ¡Pueden largarse de inmediato, sin temer más ataques chingones!
      El capitán Waleo había despertado del efecto del rayo rechingón. Al mismo tiempo, todos los tripulantes dormidos se iban despertando.
      —¡Por los Wikis! —exclamó Xujlius Waleo—. ¿No podía esperar a ver lo que quería aquella joven? Estaba muy buena y dijo que... ¡Perdón!
      La mirada de Gram Dixim-Owurro era significativa. No le interesaban un solo átomo los sueños eróticos del capitán.
      Lisandra también estaba operativa, he hizo una revisión a fondo de todos los sistemas.
      —Padre Lupito —dijo el capitán a la imagen holográfica del líder chingón—. ¿Me da usted plenas garantías de que podemos retirarnos a territorio de la Federación sin ser atacados? Prometemos hacerlo de inmediato, pasando al hiperespacio.
      —¡Las tendrá, capitán Waleo, en cuanto haya desaparecido este robot hijo de mala madre!
      Xujlius Waleo hizo una seña a Gram Dixim-Owurro.
      —8UM4NO5, ¡destrucción de clones! —ordenó el oficial ingeniero.
      En la otra nave, el clon del robot se volvió humo. En la Entrom-Hetida, casi todos lamentaron que dicha orden no fuera efectiva para la unidad original, que aún estaba en el puente.
      Lupito Cantautor respiró aliviado, y cortó la comunicación.
      La nave de la Confederación se esfumó en el hiperespacio.
      Y lo mismo hizo la Entrom-Hetida.
      —Salto a coordenadas conocidas —informó Lisandra.
      El robot 8UM4NO5 seguía en el puente. Tenía que transmitir un extenso informe a la computadora, así que emitió su conector y lo enchufó al acople de datos.
      La mayoría de los presentes en el puente prefirieron dejar solos al robot y la computadora, cuyos gemidos de placer eran insoportables.
      El oficial ingeniero Gram Dixim-Owurro se retiró a su camarote. Otra vez le dolía la cabeza, un dolor que le taladraba la espina dorsal. Tendría que llamar a ese inútil del médico Carlosantana, a ver si le recetaba algo que le pudiera calmar...

10 octubre 2016

Capitán Waleo capítulo 13

La nave Entrom-Hetida viajaba por el espacio, en busca de la aventura que haría el número 13 de estas crónicas.
      Tan pronto como vio ese número, el capitán Xujlius Waleo se puso en contacto con el autor.
      —¿No se podría cambiar ese número? No sé, poner 12+1, o saltar al 14. Es que soy muy supersticioso.
      —Ya sé que eres supersticioso, crees en la suerte, tanto buena como mala. Pero te fastidias, no lo cambiaré.
      El capitán meditaba en estas cuestiones cuando oyó un fuerte ruido. La nave dio un bandazo y frenó bruscamente.
      —Lisandra, ¡informe de situación! —pidió a la computadora.
      —No lo sé, capitán. Algo no funciona, pero todos los sistemas están en verde.
      —¿Cómo que no lo sabes?
      —Afirmativo. No encuentro fallo alguno.
      —¡Que venga 8UM4NO5! ¡Y llama a Gram Dixim-Owurro!
      El robot se presentó de inmediato.
      —Dada la situación anómala presente y la circunstancia inaudita de que solicite mi ayuda, capitán, deduzco que no tiene idea de lo que sucede —dijo el robot.
      —¡Silencio! Tienes razón, pero no hace falta que me lo restriegues. Ni Lisandra ha podido decírmelo.
      —Capitán —interrumpió Lisandra—. El oficial ingeniero no se puede presentar, porque tiene un dolor en el coxis que le mantiene inmóvil. Eso me ha dicho.
      —¡Dile a ese zoquete híbrido de Wiki que si voy a buscarlo lo haré venir a base de patadas en el coxis!
      —¡A la orden!
      —Y tú, robot, ¿sabes algo de lo que sucede?
      —El término correcto es «sospecho», capitán. No lo sé, pero tengo alguna idea, y debería contrastarla primero con el oficial ingeniero.
       El enorme corpachón emplumado del ingeniero apareció en el puente. Tenía los ojos demacrados, pero aparte de eso no parecía tener problemas para caminar, aunque fuera apoyando sus patas traseras en el enorme rabo.
      —¡Se presenta el oficial ingeniero Gram Dixim-Owurro, capitán!
      —Gram, delibera con 8UM4NO5 a ver si averiguan qué es lo que sucede, y luego lo arreglas. Yo estaré en mi camarote, esperando.
      —Necesitaré toda la potencia de Lisandra, capitán. No quedará para simulaciones…
      —¡Por todos los Wikis! ¡De acuerdo!
   
Durante largos minutos, horas incluso, 8UM4NO5 y Gram Dixim-Owurro revisaron toda la nave. El ingeniero estaba preocupado porque la nave estaba totalmente detenida; de hecho estaba sin escudos protectores y les sería muy difícil defenderse ante cualquier enemigo que pudiera aparecer. Pero no dijo nada porque con el mero hecho de decir lo que le preocupaba no solucionaría nada.
      Por fin encontraron que el flatimoyo principal estaba suelto. El robot mostró el lugar donde faltaba un tornillo.
      El ingeniero Dixim-Owurro lo observó bien, usando el tercer ojo, especializado en visión microscópica.
      —¡Por los Wikis del espacio central!—. ¡Es un modelo no estándar! Lisandra, ¡localiza en los depósitos un tornillo JLKW-45001474-X!
      —No hay existencias, oficial ingeniero.
      —¡Lo que me temía! 8UM4NO5, trae el «desarrollador de tornillos y tuercas» y metal en polvo para cargar.
      El robot se fue a cumplir el encargo.
      Mientras, el oficial ingeniero mascullaba su mala suerte. El susodicho tornillo era una rareza, de rosca inversa y tamaño no estándar. Al menos podrían fabricar uno con el desarrollador.
      El robot trajo consigo un extraño aparato de color rojo y verde. Tenía una tolva para la entrada de material y un pequeño hornillo donde se generaban las piezas producidas. Los datos se insertaban a través de un conector de datos.
      8UM4NO5 depositó polvo de metal en la tolva y la cerró. Luego sacó su conector y lo enchufó, con visible placer, en el receptáculo del aparato.
      Gimiendo de gusto y de forma escandalosa, el robot transmitió los datos para la pieza deseada. Para su desgracia, la conexión apenas duró unos segundos.
      La pieza ya estaba en el hornillo. Caliente, eso sí.
      El robot desconectó su cable a desgana.
      Gram Dixim-Owurro espero a que el tornillo se enfriara para colocar la pieza y sujetar el flatimoyo. Cuando lo hubo conseguido, ordenó al robot llevar el desarrollador a su sitio y a Lisandra poner en marcha la nave.
      La Entrom-Hetida arrancó con un fuerte estremecimiento y produciendo un ruido similar a un coche viejo. Pero había algo que no estaba bien.
      —Ingeniero oficial, revés al está todo —dijo Lisandra.
      —¡Wikis los por! —exclamó Gram.
      Ordenó a la computadora que detuviera la nave y fue a revisar el tornillo.
      En efecto, estaba colocado del revés.
      Tuvo que sacarlo y ponerlo de nuevo, asegurándose de que entraba en la posición adecuada.
      Por fin, repitió la orden a Lisandra.
      —¡Todo en orden, oficial ingeniero!
      Gram Dixim-Owurro se quedó tranquilo y pudo respirar. Ahora podría retirarse a su camarote y descansar, a ver si el dolor de coxis que le volvía se rebajaba a niveles tolerables.
      Sin embargo, aún quedaban obligaciones que cumplir. Fue al puente, a rendir su informe ante el capitán.
      Xujlius Waleo no estaba en el puente, estaba en su camarote, acostado, enfermo.
      De hecho, en el puente no había casi nadie, e incluso el oficial de guardia (Yon Willians) tenía el rostro demacrado y aguantaba en su puesto a duras penas.
      La enfermedad había atacado a casi todos los tripulantes, a pesar de ser de especies diferentes.
      El médico, Carlosantana, también estaba enfermo y no se podía contar con él, pues ni siquiera tenía idea de lo que pasaba.
      El oficial ingeniero consultó con Lisandra, pero la computadora también estaba afectada por un virus.
      Llamó a 8UM4NO5 quien vino tambaleándose y diciendo toda clase de tacos y palabras absurdas. ¡También estaba infectado por un virus!
      Dixim-Owurro lo entendió de repente. ¡Sus temores se habían hecho realidad!
      Mientras la nave había estado apagada, sin defensas, un virus espacial se había metido en sus entrañas. Eran la especialidad de los enemigos de la Federación, y en particular los rumalianos y los chingones los dispersaban por el espacio siempre que podían. Este virus en particular parecía ser obra de los chingones, pues afectaba tanto a seres orgánicos como electrónicos.
      Sólo había un remedio para ello. El ingeniero se acercó a la parte trasera del puente, donde se hallaba un enorme botón rojo con un cartel bien visible: «PARA PULSAR EN CASO DE VIRUS ESPACIAL CHINGÓN».
      Gram Dixim-Owurro, sintiéndose afortunado por no pillar el virus (efecto de su peculiar naturaleza), pulsó el botón.
      De inmediato sonó una alarma en tonos muy agudos. De la parte inferior del botón brotó un gas verdoso que se dispersó con rapidez por toda la nave.
      Muy pronto, todos los tripulantes, orgánicos y electrónicos, sintieron una sensación muy peculiar, incluso quienes no habían contraído el virus. La excepción fue el oficial ingeniero, el cual sólo sintió el curioso dolor del coxis, que ahora volvía a aparecer.
      El capitán se levantó de su cama y fue caminando, despacio pues aún no había recuperado sus fuerzas por completo. Llegó al puente y felicitó a Gram Dixim-Owurro, quien por fin pudo retirarse a disfrutar de su dolor de coxis.
      La computadora Lisandra informó de que sus sistemas antivirus le daban informe negativo, lo mismo que el robot 8UM4NO5 y otros robots menores.
      Añadió Lisandra:
      —Capitán, he recibido una transmisión mientras estábamos desactivados.
      —Espero que la hayas revisado a fondo en busca de virus.
      —¡Eso está hecho!
      —Bien, ponla.
      Apareció la imagen tridimensional de un pioforme de Regulus-IV que dijo:
      —¡Felicidades, tripulantes! Vuestra nave ha salido afortunada en el sorteo planetario de Regulus. Entre más de un millón de participantes, esta nave ha sido elegida para recibir el mayor premio repartido jamás en la Federación. ¡Os ha tocado nada menos que un planeta! Y no se trata de un planeta cualquiera, es el planeta Titanic, un mundo libre de habitantes pero lleno de titanio. ¡Sí! Habéis ganado un mundo repleto de titanio.
      El capitán Waleo oyó el alegato con sentimientos encontrados. Como capitán de la nave, y dueño de ella en su mayor parte, le tocaba el mayor trozo del planeta. Y, sin duda, el titanio era un metal muy valioso, que podrían aprovechar.
      Pero a la vez sentía una rabia tremenda. ¡Ya era mala suerte!
      Podría haberle tocado un planeta de diamante, o repleto de cualquier otra piedra valiosa.
      Pero ¡titanio! ¡Semejante vulgaridad! Hasta vergüenza le daría decirlo a sus amigos y compatriotas.
      ¡Vaya mala suerte!


08 octubre 2016

Capitán Waleo capítulo 12

La nave Entrom-Hetida viajaba por territorio desconocido para la Federación. El capitán Waleo y los tripulantes buscaban nuevas civilizaciones que incorporar a la Federación, pues cada uno recibiría un bono para gastar en el Centro Super-Galaxy; cuanto más fueran los nuevos miembros, más valor tendría el bono. Xujlius Waleo, en particular, esperaba tener suficiente para un nuevo módulo holográfico con olores que incorporaría a Lisandra, la computadora.
      Mientras, las simulaciones de Lisandra serían sin olores. Una lástima, pero no por ello eran buenas simulaciones. Muy estimulantes…
      Como el capitán estaba en su camarote, al mando estaba el oficial Keito Nimoda.
      El auxiliar Fresntgongo detectó el nuevo planeta.
      —¡Nuevo planeta detectado! —dijo—. ¡Habitado por seres con tecnología de radio!
      —¡Estupendo! —exclamó Nimoda—. ¡Otlo pala el bote! ¡Avisen al capitán!
      Xujlius Waleo no se quedó nada contento cuando Lisandra suspendió la emulación, pero no se enfadó al comprender el motivo. Vistiéndose a toda prisa, corrió al puente.
      El oficial Nimoda lo miró con expresión divertida.
      —¡Capitán, tiene los pantalones al levés! —dijo en voz baja.
      —Ahora no importa. Quiero los datos de ese mundo.
      Lisandra comenzó a bombardearlo con datos de todo tipo.
      —¡Para ya, Lisandra! ¡Sólo me interesa saber su nivel tecnológico!
      —Tienen emisiones de radio, capitán, pero no hay objetos en órbita. Protocientífico, por lo tanto.
      —¡Perfecto! Que vaya una expedición de contacto. Nimoda, le toca a usted dirigirla.
      —¡Como oldene, capitán!
   
En la lanzadera A estaban el oficial Keito Nimoda, el sargento Aeiou Máxavelwurroketú, y cuatro soldados, uno de ellos Gaspakiwi Himoto. A este último le había tocado la camiseta roja, por lo que estaba más asustado que los demás.
      —Salgento, ponga lumbo al planeta —ordenó el oficial.
      Aeiou sonrió, pero no dijo nada. Le costó un poco entender al oficial, pero lo hizo y puso en marcha el pequeño vehículo, sin decir ni media palabra.
      La lanzadera salió en silencio del hangar, dejando atrás a la Entrom-Hetida. Muy pronto vieron la esfera azul y blanca del planeta bajo ellos.
      Entraron en la atmósfera, y el vehículo se puso a vibrar como si fuera a romperse. Pero todos ellos eran veteranos de muchos descensos planetarios: sabían que no había peligro alguno.
      Las paredes estaban al rojo vivo, pero por fuera. Dentro, todos sentían el frescor primaveral programado por el sargento, con opción a aroma de pino.
      Keito Nimoda odiaba ese olor.
      —¡Salgento, ponga aloma de flesas flescas! ¡Y suba tles glados la tempelatula!
      El sargento tardó unos segundos en captar la orden pero obedeció de inmediato.
      Entraron en unas nubes algodonosas, y el aparato se zarandeó un poco. El sargento siguió descendiendo y salió por debajo de la nube.
      Una lluvia intensa empapó el exterior de la lanzadera.
      —Lo siento, señor —dijo el sargento antes de que el tiquismiquis del oficial protestara—. Pero no he podido evitar esta lluvia.
      —No impolta. Atelice de una vez.
      El sargento Máxavelwurroketú vio una explanada libre de obstáculos y hacia allí dirigió la lanzadera. Aterrizó con toda suavidad, y ni Keito Nimoda pudo encontrar motivo para quejarse.
      Salieron protegidos con traje atmosférico, a prueba de lluvia. El traje era transparente, y el soldado Himoto era consciente de que su camiseta roja era visible, lo que lo señalaba como blanco ante cualquier situación de peligro.
      ¿Dónde estaban los habitantes? No se veía ni uno al menos a pocos metros. Cerca de la lanzadera sólo se apreciaban unos extraños árboles, más parecidos a helechos arborescentes que a otra cosa.
      Sobre los helechos apareció una enorme cabeza. Más bien, un enorme cuello que terminaba en una cabeza proporcionalmente pequeña. El bicho les observó y se limitó a seguir comiendo de las hojas, como si fuera normal que aterrizara una lanzadera de otro planeta.
      —¡Un dinosaulio! —exclamó Keito Nimoda.
      De pronto oyeron un grito terrorífico.
      —¡VILMAAAAA!
      Apareció un extraño objeto. Parecía un automóvil, pero estaba hecho de piedra y madera. Sus ruedas eran enormes cilindros de roca. En su interior iba un humanoide, vestido con pieles, de rasgos que recordaban a un neandertal terrestre.
      El humanoide frenó con sus pies descalzos al ver la lanzadera.
      El oficial Nimoda se puso delante con las manos abiertas. Postura «contacto» tipo A.
      El nativo se quedó mirando las manos vacías. Hurgó en la piel que le servía de vestido y sacó un par de discos de piedra, depositando uno en cada mano.
      —Sólo tengo dos piedracentavos para limosna —dijo con toda claridad.
      Keito se quedó atónito. Primero, porque le habían confundido con un pordiosero que pedía limosna. Segundo, porque el nativo hablaba la lengua galáctica a la perfección, sólo con un ligero acento.
      —Disculpe, señol, pelo yo no soy un poldioselo. Soy un homble del espacio, vengo de aliba, de las estlellas.
      —¡Vaya! ¡Encantado, homble-despacio! Yo me llamo Pedro Picarrocas. ¿Y todos esos son hombles-despacios?
      —¡No me ha complendido usted, señol! Bueno, vamos a vel, yo me llamo Keito Nimoda, señol Picalocas.
      —Picalocas, no. es Picarrocas.
      —¡Salgento, explíquelo usted!
      El sargento dio un paso al frente y tomó la palabra.
      —Ruego disculpe al oficial por su forma de hablar, señor Picarrocas. Se lo explicaré yo. Somos hombres del espacio, venimos de otros planetas en las estrellas. ¿Comprende usted lo que quiero decir? Yo soy el sargento Máxavelwurroketú y éstos son mis comandos, están bajo mi mando.
      El nativo les miró uno a uno.
      —La verdad es que son todos muy distintos. Bueno, ya que están aquí, ¿puede saberse qué se les ofrece?
      —Queremos ofrecerle a usted y su mundo la posibilidad de entrar en la asociación más grande de planetas de la galaxia, ¡la Federación!
      —Muy bonito. ¿Y qué ganamos nosotros con unirnos a vosotros, los de la Federación? Tal vez deberían ustedes saber que el otro día vino por aquí una nave parecida a la vuestra, pero de color verde, y uno de los que iba en ella, feo a rabiar, habló con mi primo Pablo Caliza…
      Todos se quedaron atónitos. ¡La Confederación se les había adelantado!
      —¿Llegalon a algún acueldo? —preguntó el oficial Nimoda.
      —Creo que no, porque según me dijo Pablo quedaron en volver otro día.
      Los demás respiraron tranquilos.
      De pronto, oyeron un ruido, algo así como un ladrido ronco, que sonó como un trueno. Tembló el suelo y todos los visitantes del espacio miraron hacia el cielo, para ver al causante de aquel terremoto.
      Era un dinosaurio de cinco metros de alto, y unos veinte desde la cabeza hasta el extremo de la cola.
      El monstruo dejó de saltar y corretear al llegar junto al nativo. Pero seguía meneando la cola, con grave peligro para todos.
      —¡Diplo! ¿Qué haces aquí? —preguntó Pedro Picarroca.
      El enorme animal miró a su dueño con gesto cariacontecido. Agachando la cabeza, se la sujetó con las patas delanteras, mientras el enorme rabo bajaba entre las patas traseras.
      Pedro Picarroca tuvo que irse a llevar a su gigantesca mascota.
      Keito Nimoda aprovechó para comunicarse con la nave. El capitán insistió en que había que conseguir la firma de aquella gente como fuera.
      —¡Aumenta la oferta! —sugirió—. ¡Ofréceles bonos descuento en Cibercompras!
      Nimoda aceptó. Tenía unos cuantos bonos, que esperaba usar por su cuenta, pero si el capitán lo ordenaba…
      Por fin, volvió el nativo Picarroca. Iba acompañado de otros dos nativos, un hombre y una mujer.
       —Este es el presidente Rocafina, hombre del espacio Nimoda. Está de acuerdo en firmar ese tratado, y por eso viene también la secretaria María Lapiedra.
      —Señol Locafina. Señola Lapiedla —Nimoda hizo una reverencia ante cada uno de los nativos.
      Hizo un gesto al sargento, quien sacó el documento de asociación. También preparó un bolígrafo modelo Núcleo Galáctico.
      Los nativos observaron con gesto extrañado el bolígrafo. Lapiedra lo comparó con el instrumento de madera que llevaba.
      —Curioso instrumento —dijo la chica.
      —Puede quedálselo, señola.
      Nimoda y Rocafina firmaron de forma solemne en sus respectivos lugares del documento. Nimoda usó el lápiz de madera ofrecido por la secretaria, asombrado por el primitivismo del instrumento.
      Tras la firma, Nimoda acompañó a los tres nativos en un rocabús descapotable, impulsado por los pies de varios nativos que empujaban.
      Visitaron las instalaciones de radio, donde Nimoda quedo atónito ante la mezcla de tecnologías: roca y madera, por un lado y electrónica de tubos de vacío por el otro.
      Para terminar, Nimoda repartió bonos descuento entre los presentes.
      Pedro Picarroca observó la tarjeta que le entregaron y cuando supo lo que era, gritó:
      —¡YAVADAVAYUUUUÚ!
      Keito Nimoda lo acompañó en su grito.

Capítulo 13
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