14 agosto 2019

Premio laboral


Dai Huan era la empleada más trabajadora de la fábrica. Dedicaba más de doce horas diarias a laborar en los talleres, quitando tiempo incluso a las horas de comer o dormir. Ni siquiera se enfermaba o pedía vacaciones.
Claro que Dai Huan tenía un niño de cinco años que mantener, después de que su padre la dejara sola para emigrar a Europa. Y con los escasos yuanes que lograba ahorrar, apenas tenía para darle algo de ropa nueva cada vez que la vieja se quedaba pequeña; o medicinas, algo por desgracias demasiado frecuente por culpa del aire envenenado.
Pero Tao, el jefe del taller habló con los dueños.
Creo que Dai Huan se merece el premio. Nunca ha faltado al trabajo, ni siquiera por enfermedad.
Y fue así como Dai Huan fue convocada a una reunión con Wang Jiang, uno de los socios de Kirlam Asoc, la empresa dueña de aquel taller, y de otros veinte en Shanghái. Una de las miles de empresas subcontratadas por la multinacional del mueble Keiea en todo el mundo.
Dai Huan tuvo que buscar su vestido menos estropeado y más vistoso. Lo planchó y arregló hasta que pareciera casi nuevo. Dejó al pequeño Guo con su abuela Suyin, es decir la madre de Huan y se dirigió a un sector del taller donde nunca había estado: la planta alta.
Allí, el aire acondicionado permitía olvidar los más de treinta grados de la calle, que era casi siempre la misma temperatura del lugar donde ella trabajaba.
Ella sentía que aquel no era su lugar, pero Tao (también arreglado, pues hasta se había afeitado y puesto corbata), la acompañaba.
Entraron en una oficina mayor que el apartamento de Huan. Solo había en ella una mesa de madera brillante y algunos sillones. Todas las paredes estaban recubiertas de maderas, salvo una, cubierta por una enorme pantalla digital.
El señor Wang Hiano estaba sentado tras la mesa. Tao y Huan hicieron una reverencia, a la que el ejecutivo respondió:
―Dai Huan, ¿esa eres tú?
―Sí, señor. A su servicio.
―Me ha dicho Tao, tu jefe de taller, que eres una gran trabajadora.
―Solo cumplo con mi obligación.
―Haces más que cumplir. Trabajas mucho y bien y te mereces un premio.
―Como diga el señor.
―Como sabes, fabricamos piezas para Keiea, y ésta tiene tiendas por todo el mundo. Dime, ¿te gustaría visitar una tienda de Keiea?
Huan pensaba en la enorme tienda de Keiea de Shanghái, un edificio donde ella nunca se había atrevido a entrar por miedo. Miedo a no poder comprar ni una sola de las maravillas que sin duda había en su interior.
―Claro que me gustaría, señor. A veces paso por delante, pero nunca he entrado.
―No me refiero a la tienda de esta ciudad. ¿Te gustaría visitar una tienda de Keiea en Europa? El país que tú prefieras. ¿Cuál eliges?
Recordó el país al que se fue el padre de su hijo. Ella sabía que ya no estaba en ese lugar, pues había pasado a uno fronterizootro cruzando una frontera.
―España.
―¡Perfecto! Viajarás a una ciudad de España, digamos, Madrid, y allí visitarás la tienda de Keiea. Todos los gastos pagados, una semana contando el tiempo del viaje.
Huan estaba tan asombrada que casi no se dio cuenta de un detalle. Pero lo hizo, y así se atrevió a comentar:
―¡Gracias, señor! Pero tengo un niño de cinco años y no creo que pueda llevarlo.
El ejecutivo comprendió de pronto por qué aquella mujer trabajaba tanto. No dijo nada pero pensó con rapidez.
―¿Hay algún familiar que se pueda hacer cargo del niño durante una semana? Pagaremos su manutención.
―Está su abuela, mi madre Suyin. Ella puede cuidarlo.
―¡Perfecto! Dai Huan, Tao te acompañará para que hagas los trámites, pasaporte, fotos para la web y la prensa, permisos de viaje y comprar algunas cosas, como una maleta, vestidos para el viaje y demás. Por hoy quedas libre de trabajo.
Y, sin más, salieron los dos del despacho.
Huan entró en un torbellino que duró dos semanas, antes de poder partir. Apenas tuvo tiempo para el taller, todo se le fue en los trámites, las sesiones con los periodistas y arreglar las cosas para que su madre no tuviera problemas con el niño.
Incluso pudo comprarse un teléfono celular. En realidad fueron dos, pues uno era para Suyin. Así podrían estar en contacto aunque cada una estuviera al otro lado del mundo.
Por fin, Dai Huan subió a un avión, un aparato enorme donde se apretujaban centenares de viajeros, algo que parecía imposible que se elevara por el aire. Pero lo hizo y así Huan vio su ciudad desde el aire; vio lo que pudo, pues la niebla oscuraontaminación de la humo la ocultó muy pronto.
El viaje fue largo y agotador. Tuvo que bajar del avión en un sitio extraño, donde el sol brillaba mucho y la arena del desierto estaba cerca, pero eso no impedía que la gente llevara toda clase de joyas encima. Una gente altiva, que vestía con ropajes largos y lujosos.
Menos mal que le explicaron con todo detalle los lugares por donde debía ir, pues los carteles informativos no le decían nada (no estaban en cantonés ni en cualquier otra lengua china). También, el propio teléfono le fue dando las indicaciones.
Llegó a tiempo de subir a otro avión, algo más pequeño que el que había abordado en China, pero también enorme.
Ya era de noche, pero Huan no tenía sueño. En el avión apagaron las luces para que la gente pudiera dormir, y ella miraba por la ventanilla (¡le había tocado esta vez un asiento junto a una de aquellas ventanas casi redondas!). Podía ver toda clase de luces, ciudades desconocidas donde la gente, suponía ella, estaría durmiendo.
Al final sí que se durmió.
Se despertó notando que era de día y que volaban una tierra árida. No tanto como el desierto del día anterior, pero menos verde que su China natal.
Llegaron a otro aeropuerto, y de nuevo Huan tuvo que valerse de todo su ánimo para moverse entre los pasillos, siguiendo gente extraña.
Le habían explicado que debía pasar un control de policía y que luego le estarían esperando. Y así fue.
A la salida del control, una joven le aguardaba con un cartel que ponía su nombre en ideogramas de cantonés. Era una chica del lugar, Maricarmen dijo llamarse, pero hablaba el cantonés con poco acento.
Maricarmen la acompañó a un taxi (un coche enorme que le pareció lujoso) y juntas recorrieron las calles de aquella ciudad, Madrid.
―Me han dicho, Huan, que es la primera vez que viajas.
―Sí, señora.
―Nada de señora, soy tu amiga. Llámame Mari.
―De acuerdo, Mari. Nunca he salido de Shanghái, y solo viajé una vez de mi aldea natal Yunkam a Shanghái, cuando era una niña.
―No has salido antes de China, ¿verdad?
―Así es.
―Bien, puede que te cueste acostumbrarte a este sitio. Es una cultura distinta, pero me consta que los tuyos se adaptan, así que tú te adaptarás. Además, será solo una semana, y luego podrás ver a tu familia. ¿Tienes un hijo?
―Sí.
―Yo también.
Ambas mujeres aprovecharon su común maternidad para compartir datos de sus retoños. La hija de Maricarmen también tenía cinco años, y ambas convinieron en que sería estupendo que se conocieran los dos niños.
El resto del día lo pasó Huan adaptándose al horario, tan distinto del suyo. Pudo hablar con su madre (despertándola de la cama, pues para era de madrugada en Shanghái).
Al día siguiente, Mari la llevó a visitar la ciudad. Entraron en algunas tiendas (la de Keiea la dejaron para otro día), donde Huan miraba todo con ojos de asombro, viendo como la gente compraba cosas que a ella le parecían el colmo del lujo.
Pero Mari le explicó que aquello no era lujo. Para que viera lo que era lujo de verdad, entraron en una joyería donde todo era de oro y diamantes. Huan vio un simple reloj de pulsera y cuando le dijeron el precio y su equivalencia en yuanes, comprendió que tendría que trabajar muchos años para poder acumular el valor de aquel pequeño reloj… que ni siquiera era el más caro del lugar. ¡Eso era el verdadero lujo!
Fueron a comer platos exóticos. Exóticos para Huan, se entiende, pues Mari estaba familiarizada con todos ellos: paella, tortilla, cocido, pizza…
Huan durmió ya en un horario casi normal. Se levantó y aseó, ya por la mañana, y fue a comer aceptando que en aquel lugar no le impedirían comer lo que quisiera, pues eso era un buffet. Así que eso fue lo que hizo, aunque no probó la leche, pues ya le habían advertido que no le sentaría bien, salvo una que ella no supo reconocer.
Más tarde vino Maricarmen a recogerla. Esta vez fue la visita a Keiea.
La tienda de Keiea en Madrid era tan grande como la de Shanghái. Pero aquí la trataron como alguien especial, la laboriosa trabajadora Dai Huan que en la lejana China fabricaba algunos de los componentes de los muebles y accesorios que allí se podían adquirir.
Una guapa joven rubia le acompañó por todo el recorrido. No hablaba chino, así que Mari debía hacer de traductora, pero a todo el mundo que encontraba presentaba a Dai Huan, tanto empleados de Keiea como clientes.
Huan pudo ver como se vendían los objetos que ella fabricaba, al menos algunas de sus piezas. Y le llamó poderosamente la atención los precios que tenían. Ya sabía pasar de euros a yuanes con la ayuda de la calculadora incluida en su teléfono y lo que pudo ver le dio mucho que pensar.
Terminó el día en una cena donde varios miembros de la empresa dieron sus discursos… que Mari pudo traducir aunque alguno fuera en inglés, no en español.

Cuatro días más tarde, Dai Huan se reincorporaba al trabajo como si nada hubiera pasado. Ya había besado a su niño tantas veces que pudo compensar los días de ausencia. Y ya se había adaptado al horario de Shanghái.
Huan trabajaba como siempre, pero empezó a dedicar tiempo para hablar con sus compañeros.
Un mes más tarde, el taller se declaraba en huelga.
Y el empresario Wang Hiano se entrevistó por Skype con los directivos de Keiea.
―El caso de Dai Huan, señores, me lleva a sugerir que suspendan la política de premios laborales.
―Creemos coincidir con usted, Mr Wang, pero si no le importa, ¿podría exponer sus argumentos?
―Claro, señores. La empleada Dai Huan tuvo ocasión de comprobar la enorme diferencia entre lo que aquí se le paga y el precio que tiene el fruto de su trabajo en el punto final de la cadena productiva. Así que decidió exigir que se le pague más, lo que ella considera una cantidad justa y adecuada.
―Justo lo que hemos observado en otros casos. Muchas gracias, Mr Wang.
La dirección decidió, tras una breve reunión, cancelar la política de premios al estímulo laboral de los productores de la materia prima de Keiea. Los resultados no estaban siendo los previstos por el departamento de marketing.

17 abril 2019

Infierno Helado

El salón de conferencias estaba lleno a rebosar. Lidia Afonso, astronauta de la UNSA (Agencia Espacial de las Naciones Unidas) miró a las caras del público, buscando alguna conocida. Varios rostros le parecieron familiares, pero lo más probable es que fueran simpatizantes que le seguían de una a otra conferencia. Continuamente recibía emelios de todo tipo, la mayor parte procedentes de admiradores; aunque últimamente había conseguido programar su asesor electrónico para que contestara de forma automática a la mayor parte de esos emelios, librándose así del asedio.
      El presentador estaba diciendo la típica colección de exageraciones: «la más famosa astronauta hispana, cuya habilidad y destreza en el satélite Europa de Júpiter permitió salvar dos vidas, una de ellas la suya, y a quien debemos el grandioso descubrimiento de que hay vida en otro mundo distinto de la Tierra… bla bla bla…».
      Por suerte ésta era la última del circuito de conferencias que le exigía la UNSA en su calidad de astronauta de renombre. Mañana mismo volaría de Caracas a Libia para reanudar los entrenamientos. Y tal vez en un par de años podría estar de nuevo en el espacio… aunque solo fuera en la Luna.
      Pero ya el presentador estaba terminando.
      —…y con ustedes, ¡la astronauta Lidia Afonso!
      Era su turno. Se puso en pie y de inmediato notó las miradas de admiración de todos los hombres de las primeras filas y la envidia de muchas mujeres. Con su estatura de casi dos metros, su cuerpo bien trabajado por el ejercicio, su pelo largo de color negro (que se cortaba cuando estaba en el espacio), sus ojos brillantes, y su boca carnosa, Lidia llamaba la atención aunque no lo quisiera. Y apenas se notaba que su piel estaba estropeada por la radiación (aparte de que el maquillaje lo disimulaba muy bien).
      —Muchas gracias, querida gente de Caracas. Para empezar, les ruego disculpen al Señor Loperriaga, que ha dicho más mentiras que otra cosa acerca de mí.
      La mayor parte del público se echó a reír.
      —Si una le fuera a hacer caso, pensaría que yo soy Supermujer. Y la verdad es que muchas de las cosas que se me atribuyen en realidad no son méritos míos. De todos modos, lo agradezco. Pero si hoy estoy aquí con todos ustedes es para que vean que soy de carne y hueso, una mujer común como las demás que están aquí mismo frente al escenario.
      Se los había ganado. Todos escuchaban en silencio. Empezó su conferencia propiamente dicha.
      —Desde el siglo pasado hemos comprendido que la vida es algo especial. Pero nuestro conocimiento de la bioquímica por un lado y de la astrofísica por otro nos ha llevado a pensar que, en efecto, la vida es especial pero no tiene por qué ser exclusiva. Desde que iniciamos la exploración de otros mundos una de nuestras primeras prioridades ha sido siempre la búsqueda de vida. Aún no estamos del todo seguros de haberla hallado, pero ya hemos visto indicios claros de que hubo vida en Marte hace miles de millones de años, hemos descubierto unas estructuras en Titán que podrían estar en el camino de la vida; y finalmente hemos hallado en Europa lo que parecen ser seres vivos muy elementales.
      »Muchos de los detalles de la Misión Zeus es casi seguro que los conozcan, pero permítanme repasarlos. La nave Zeus-01 partió de la órbita terrestre el 15 de marzo de 2107. Iba comandada por Eugene Kutov y su tripulación estaba formada por doce astronautas, uno de los cuales era quien les cuenta todo esto.
      »El destino de la Zeus era Júpiter, o más exactamente los satélites mayores de Júpiter, los llamados satélites galileanos. Tras un viaje sin novedad el 30 de septiembre del 2108 realizamos el frenado atmosférico en torno a Júpiter y nos situamos en órbita alrededor de Calisto, el más externo de los satélites galileanos.
      »La nave mayor Zeus contenía a su vez tres naves auxiliares, cada una de ellas con capacidad para tres personas y cuyo objetivo era otro de los satélites. Zeus abrió su parte delantera como si fuera una flor y las tres naves se dirigieron a sus respectivos objetivos; luego, la nave mayor descendió sobre Calisto. Allí realizaron sobre todo perforaciones en el hielo y tomaron miles de muestras. Curiosamente, sólo en dos de las perforaciones hallaron rocas, lo que indica que Calisto es casi todo él hielo y más hielo.
      »La nave número 1 se dirigió a Io y durante dos meses fue estudiando el cuerpo más activo del Sistema Solar. Como anécdota, los mapas que tenían cuando partieron ya no servían en el momento de llegar, así que tuvieron que elaborar unos nuevos. Y el lugar donde descendieron quedó demasiado cerca de un volcán que de pronto entró en erupción, viéndose obligados a mudarse a otro emplazamiento a los pocos días.
      »La nave número 3 llegó a Ganímedes, el mayor de los satélites. Tuvo mucho trabajo, pues no sólo perforaron el hielo sino que recorrieron varios centenares de kilómetros, buscando emplazamientos adecuados para una base habitada que probablemente será instalada en una expedición posterior. Hallaron cuatro lugares adecuados, aunque aún quedan muchos estudios por hacer antes de empezar a planificar la ciudad que tal vez será llamada «Jove».
      »En la nave número 2 íbamos Piotr Zaruleski, Huen-Yu Laong y yo. Huen-Yu era el piloto, especialista en navegación e ingeniero, Piotr era el geofísico y mi papel era el de geoquímica con conocimientos de astrobiología.
      »La nuestra era la misión más importante. No lo digo yo, nos lo habían dicho antes de partir y nos lo recordó el comandante Kutov. Aparte de hacer algunas exploraciones superficiales y tomar muestras del hielo, teníamos un perforador especialmente diseñado para llegar hasta el océano que suponíamos hallaríamos a una profundidad de entre 50 y 100 kilómetros.
      »Lo primero que hicimos fue buscar una base adecuada de operaciones. Según los sondeos sísmicos realizados por las naves robots, había lugares donde el espesor del hielo apenas alcanzaba uno o dos kilómetros y otros donde superaba los centenares de kilómetros. No nos interesaban ni unos ni otros. En el caso del hielo delgado, el riesgo de contaminación del agua líquida era muy alto y en el hielo más grueso el agua era inalcanzable para nuestros medios. El límite del perforador estaba en los 75 kilómetros, así que buscamos un lugar de grosor intermedio. Y allí fue donde nos posamos.
      »Déjenme explicarles la forma de operar del perforador. No es tan sencillo como hacer un orificio en el hielo porque, mientras el taladro realiza la perforación el hielo a tres metros por encima se va fundiendo para sellar el túnel de entrada. Queríamos evitar a toda costa cualquier posible contaminación. Como el perforador era el artefacto más biológicamente estéril que jamás haya partido de nuestro planeta, nuestra preocupación era que pudiera ser contaminado por alguna bacteria portada por nosotros mismos. Así que toda la operación la realizamos desde la nave, antes de salir. Y sólo cuando el perforador estuvo ya a diez metros bajo el hielo, y con la entrada sellada, nos atrevimos a iniciar las operaciones exteriores a la nave.
      »Alguno de ustedes se preguntará que para qué tanta preocupación por una hipotética contaminación. Bien, imagínense el bochorno si descubrimos vida en otro mundo y cuando la analizamos resulta que se trata de microbios terrestres llevados por nosotros mismos o por alguna nave anterior. O, peor aún, que la verdadera vida autóctona quede enmascarada por la vida terrestre que ha venido después. Basta con que simplemente aparezca la duda para que todo sean problemas. No tienen más que recordar las polémicas sobre los microbios marcianos, hasta que finalmente quedó claro que en Marte no ha habido vida en los últimos mil millones de años. Y que si ahora hay vida de nuevo es porque la hemos llevado nosotros.
      »Por eso eran tan extremas nuestras precauciones en Europa. Tanto que la sonda perforadora no sería recuperada. Toda la información se recibía mediante un cable de nanotubos de carbono de grosor submicroscópico con una minúscula fibra óptica en su interior, que conectaba el perforador con nuestra nave a través de un orificio tan fino que ni una bacteria podría penetrar en él. Y la sonda estaba equipada con toda una batería de analizadores adecuados para un medio acuoso.
      »Todo el sistema lo habíamos probado en un lago bajo el hielo antártico, el Lago Vostok. La mayor diferencia era que el lago terrestre no estaba a 65 kilómetros de profundidad sino tan sólo a dos kilómetros. Pero bajo esas condiciones no detectamos contaminación de ningún tipo en aquella prueba.
      »Lo que finalmente pasó ha sido relatado por muchos medios y estoy segura de que todos ustedes conocen bien los hechos. Así que no voy a insultarles contando una vez más lo que sucedió cuando la sonda alcanzó el mar y descubrimos que el agua estaba a una presión tan grande que el hielo recién fundido no la pudo soportar. El agua salió con fuerza y nos provocó graves daños.
      Llegada a este punto, Lidia solía atropellarse, pese a ser una profesional. Le venían a la mente las semanas, incluso meses, en que fue víctima propiciatoria de la prensa rosa y amarilla. Aún tenía que dar esquinazo a los paparazzi y le molestaba ver su foto en ciertos medios.
      Además, los detalles de la tragedia eran sobradamente conocidos por el público. Lidia no necesitaba recordarlos, y tampoco le apetecía hacerlo.
      —Esos daños —prosiguió— nos afectaron directamente a los tres astronautas de la nave número 2. Como ustedes saben bien, la misión quedó completamente comprometida desde ese momento, y ni siquiera era seguro que pudiera completarse en forma satisfactoria. Estábamos en grave peligro y lo que primaba era la supervivencia.
      De esta forma, Lidia eludió dar más comentarios acerca del accidente.
      —Pero obtuvimos algo inesperado. No contábamos con lograr ninguna muestra del agua interior para poder analizar directamente, y aquella explosión liberó grandes cantidades. Que por supuesto se congeló de inmediato. Por otro lado, nuestra situación no era la más apropiada para aprovechar aquella circunstancia.
      »Más adelante, cuando todo volvió a una relativa normalidad, nos fue posible recoger algunas muestras del hielo reciente.
      »Ya lo saben ustedes, pero no me canso de repetirlo. En aquel hielo había unas estructuras más o menos esféricas, similares a los esferoides de Titán pero con una estructura interna muy compleja. Bastante similar a la de una célula terrestre.
      Lidia siempre se callaba en aquel momento de su conferencia. Dejaba que el público, que esperaba sus impresiones acerca del accidente, absorbiera el impacto de sentir el descubrimiento de una nueva forma de vida. Muy pocos se daban cuenta del cambio de tema, pues ella no deseaba hablar del suceso y sí de la vida en otros mundos.
      —Los esferoides de Titán fueron descubiertos por la sonda Kitihawk a finales del siglo XXI —prosiguió—. Se encuentran en el interior de los lagos de metano y etano del satélite saturnino y son unas esferas formadas por hidrocarburos complejos con aminas y otros componentes orgánicos. Es difícil hallar dos esferoides iguales, pero sin embargo parece que toman sustancias del medio externo para incorporarla a su interior, y a veces las modifican. También tienen la capacidad de dividirse aunque con mucha frecuencia los nuevos esferoides no se parecen demasiado a sus progenitores. Y al parecer son capaces de percibir estímulos del medio exterior pues durante la misión de la Kitihawk se apartaban del calor producido por la sonda.
      »Los esferoides de Titán no son seres vivos según una definición rigurosa, pero están muy cerca de serlo. Según nuestras teorías, la vida en la Tierra, o donde quiera que surgiera primero si proviene de otro lugar, se inició de una forma muy similar; una estructura más o menos cerrada con sustancias químicas en su interior que se intercambiaban con el exterior. Y cuando uno de esas estructuras primitivas logró mantener su composición al duplicarse se dio un paso más en dirección a la vida. Este paso aún no se ha dado en Titán, ni sabemos cuándo se llegará a dar, o siquiera si se puede dar alguna vez.
      »Las estructuras celulares de Europa, llamadas europoceldillas, tienen una composición uniforme y un interior mucho más complejo que la simple mezcla de sustancias de los esferoides de Titán. Hemos visto compartimientos que dividen unas partes de otras, unas formas alargadas que recuerdan a los cromosomas y otras relativamente redondeadas cuyas funciones desconocemos. Lo malo es que no podemos calificar a las europoceldillas de seres vivos si todos los que hemos visto están congelados. Y ninguna de ellas ha recuperado la actividad al ser calentada en un medio acuoso a una presión similar a la que suponemos existe en el océano de Europa.
      »Por tanto, aún no podemos asegurar que en Europa hay vida. Esto puede resultar sorprendente porque muchos de los aquí presentes provienen de Europa, o bien sus antepasados llegaron de allí, así que yo diría que, en efecto, allí hay vida…
      Risas en el público.
      —Bien, chistes fáciles aparte, todos ustedes saben a lo que me refiero. Espero que la próxima misión que viaje al satélite joviano vaya preparada para sumergirse en aquel océano con cámaras que nos permitan ver lo que hay en sus profundas aguas. En realidad nuestra sonda perforadora ya contaba con cámaras, pero la explosión las destruyó. La elevada presión del agua resultó una sorpresa pero hubiéramos de haberlo previsto: no podemos suponer que bajo una capa de hielo de 50 kilómetros la presión sea pequeña.
      »No importa si ese futuro vehículo submarino sea tripulado o no. Posiblemente descubra un nuevo medio habitado. Y por fin podremos estar seguros de que la vida no es algo único y exclusivo de nuestro planeta. Muchas gracias.
      Poco a poco se fueron iniciando los aplausos. Con algo de timidez al inicio, muy pronto toda la sala se puso de pie para aplaudir. Lidia Afonso permaneció inmóvil todo el rato, hasta que finalmente se volvió el silencio.
      —Bien, si alguno de ustedes tiene alguna pregunta, puede hacerla.
      Una mano se elevó casi de inmediato en la primera fila. Era una mujer menuda de voz apagada, que sólo pudo oírse cuando un ayudante le alcanzó un micrófono.
      —Ahora sí se me oye. Bien, doctora Afonso, usted ha hecho alusión a la hipótesis de la panespermia. ¿Cree usted que la vida de la Tierra proviene del exterior?
      —No lo afirmo porque aún no tenemos pruebas ni en un sentido ni en el otro. Las europoceldillas presentan una composición muy similar a la de una típica célula terrestre, pero también hay grandes diferencias. Si suponemos que son seres vivos no parecen estar muy relacionados con los de la Tierra; eso, por supuesto, iría en contra de la panespermia. Pero por otro lado hay muchas similitudes a nivel químico, lo que nos hace pensar una panespermia al nivel de las sustancias prebiológicas, aunque no de los seres vivos en sí.
      —En otras palabras, doctora Afonso, usted afirma que las sustancias que dieron origen a la vida en la Tierra y tal vez en Europa se formaron en otro lugar, probablemente en una nube interestelar. ¿Estoy en lo cierto?
      —Sí, eso es lo que dice la teoría y es lo que yo afirmo.
      —Muchas gracias.
      La mujer se sentó y varias manos se alzaron en diversos puntos del auditorio. La primera de ellas que recibió un micrófono fue un hombre de piel morena, que dijo:
      —¿Cuándo volverá usted al espacio?
      —Espero que sea muy pronto. Con esta conferencia precisamente concluye mi ciclo dedicado a la promoción espacial y desde mañana me reincorporo a los entrenamientos de la UNSA. Quedo a su disposición para que me envíen al espacio cuando lo consideren necesario, como cualquier otro astronauta activo.
      Las preguntas de uno u otro tipo prosiguieron durante un buen rato. Finalmente llegó la que Lidia siempre temía, la que esperaba no tener que responder pero que, inevitablemente, alguien hacía en cualquier conferencia.
      —¿Qué fue lo que realmente pasó en la nave número 2 a partir de la explosión de agua?
      Una vez más los recuerdos volvieron…

La perforación avanzaba bien. Piotr estaba junto al indicador de profundidad observando las lecturas. Huen-Yu se había colocado al lado del orificio donde desaparecía el hilo de nanotubo y fibra de vidrio que conectaba con la sonda. Lidia era la que se hallaba más alejada, en el interior de la nave verificando que todos los datos enviados por la sonda se estaban retransmitiendo hacia Calisto, que pocas horas antes se había situado frente a ellos, del lado opuesto a Júpiter. Ya Calisto no se apreciaba sobre el horizonte, pero eso no tenía importancia pues la Zeus había lanzado una pequeña red de satélites artificiales para mantener las comunicaciones en todo momento.
      Si Lidia miraba hacia la otra ventanilla podía ver la imagen abrumadora del planeta que tomaba el nombre del padre de los dioses. Resultaba realmente imponente y ni a Lidia ni a ninguno de los otros dos astronautas les gustaba contemplar aquellas bandas móviles de colores marrones, amarillos y salmón. Al principio sí, habían sido interesantes e incluso bonitas, pero terminaban por dominar los sentidos hasta subyugarles. Y, por extraño que pudiera parecer se les iban los ojos, creando un conflicto entre la mente racional y los sentidos; una decía que no había peligro, que ese enorme disco que cubría buena parte del horizonte no se les echaría encima; pero los sentidos decían que sí.
      Lidia dudaba que los miembros de la nave número 1, en Io, mucho más cerca de Júpiter que ellos, pudieran soportar la visión del planeta durante mucho tiempo. Probablemente más de un miembro de la Misión Zeus necesitaría ayuda psicológica para superar el trauma causado por la constante visión del enorme mundo cercano. Tan sólo esperaba que ella no fuera uno de los necesitados.
      La aparente tranquilidad se truncó de forma repentina. Empezó a escuchar un ruido muy tenue en tono grave. En el espacio, cualquier ruido inesperado puede significar peligro, de ahí que Lidia fuera de inmediato a buscar su casco; aunque estaba en el interior de la nave se había mantenido con el traje puesto para salir en cualquier momento. Recogió el casco del estante y se dispuso a ponérselo.
      Pero con el casco no podría seguir escuchando el ruido extraño, y debía saber cuál era su origen. Por eso decidió permanecer a la escucha con el casco en la mano.
      Se disponía a comunicar el hecho a sus compañeros del exterior cuando el débil ruido se convirtió en una vibración que aumentaba de intensidad. ¡Era un terremoto!
      Definitivamente, Lidia se colocó el casco. Lo selló y verificó que todo estaba en orden. Conectó la comunicación por radio a tiempo de oír a Huen-Yu decir:
      —¿Qué es eso?
      —¡Parece un sismo! —respondió Piotr y añadió—: ¡Corramos a la nave!
      De improviso se oyó un fuerte estruendo en el interior de la nave. Lidia pudo oírlo a pesar del casco. Por la ventanilla que daba a donde estaban sus compañeros vio brotar una enorme cantidad de agua (en estado líquido) del orificio. Salió con fuerza explosiva y alcanzó una altura de más de un kilómetro antes de caer tomando la forma de una fuente gigantesca. Pero en el vacío el agua se congeló de inmediato y se convirtió en hielo. Toneladas de hielo que cayeron sobre la nave y sus alrededores.
      Oyó los gritos de sus dos compañeros por la radio. Y oyó también los crujidos de la cabina al recibir el impacto de miles de bloques de hielo. De inmediato ésta empezó a perder aire por decenas de grietas.
      Lidia debía salir al exterior para auxiliar a sus compañeros. Pero mientras prosiguiera la peculiar granizada no podía hacerlo; estaba más segura en el interior de la nave.
      Además, comprendió de inmediato que si no controlaba las fugas de aire, de poco iba a servir que salvara a los dos hombres, pues luego morirían los tres por falta de oxígeno. Conocía bien la cantidad de aire que había en el interior de la navecilla, así como las reservas y lo que necesitaban para llegar hasta Calisto; o para esperar a que otra nave llegara hasta ellos. Si con las fugas se perdía más de la mitad del aire, no tendrían suficiente.
      Por lo tanto, las prioridades estaban claras. Ignoró los gritos que oía por la radio (que ya sólo procedían de Piotr), para lo cual desconectó la radio, y dedicó unos cuantos minutos a reducir la presión de la cabina, conservando el precioso aire en los tanques. Finalmente, cuando el nivel de aire en la cabina era tan sólo de 100 milibares, decidió que las pérdidas por los escapes serían aceptables y salió por la esclusa. Ya no caía hielo.
      Se encontró con un espectáculo espeluznante. Parecía una nevada, o más bien una granizada por el tamaño de los trozos de hielo. Donde antes estaba el orificio por el que se había introducido la perforadora había ahora una pequeña montaña de hielo de un par de metros de alto, con la forma de un volcán (podía apreciarse el cráter en su cima). De sus compañeros no veía rastros, ni tampoco podía oírlos.
      De pronto recordó, para su vergüenza, que había desconectado la radio. La encendió y pudo oír a Piotr:
      —Pero ¿dónde demonios estás, hija de puta? ¿Es que piensas dejarnos aquí solos? ¡Sal de una vez de tu guarida, bruja!
      Ignorando los insultos, Lidia respondió:
      —Aquí estoy. Dime dónde te encuentras y qué es de Huen-Yu.
      —Me encuentro detrás de la montaña de hielo, y no me puedo mover. Creo que tengo las dos piernas rotas. De Huen-Yu no sé nada. Estaba junto a la perforación, y creo que la explosión le alcanzó de lleno. No lo veo ni lo oigo.
      Lidia se dirigió hacia el volcán de hielo. Apenas empezó a rodearlo cuando encontró a Huen-Yu. Su cuerpo estaba casi sepultado por el hielo, y su placa facial estaba rota; su rostro estaba helado con la expresión de quien ve perderse todo el aire. Evidentemente, estaba muerto.
      —¿Dónde demonios estás, Lidia?
      —Ya voy, Piotr. Acabo de hallar a Huen-Yu. Me temo que está muerto.
      —¡Muerto! Así estaré yo pronto si no me vienes a buscar. Deja de andar remoloneando, lerda y ven a recogerme.
      —Tranquilo. ¡Mira, ya estoy aquí!
      Piotr tenía las piernas atrapadas por el hielo que ya empezaba a compactarse. Lidia tuvo que tirar con fuerza para liberarlo.
      —¡Ten cuidado, cacho de puta!
      —Permanece tranquilo, Piotr. Si te tensas no me vas a ayudar, más bien al contrario y eso lo sabes bien.
      —¡No me vengas ahora con estupideces de entrenamiento, que esto no es una simulación! ¡Sácame de una vez! ¿Pero hace falta que seas tan brusca? ¡Carajo! ¡Aghhhhh!
      Si bien Lidia era alta y fuerte, su compañero era incluso más alto y pesado. Solían bromear con él diciendo que en vez de ser astronauta debía dedicarse al baloncesto, y así dejaría de abollar los techos de las cabinas de las naves, aunque Piotr solía encajar mal esas bromas por lo que no eran muy frecuentes.
      Lidia pensó para su coleto que era una lástima que Piotr no hubiera hecho caso de tales consejos. Tal vez si hubiera sido así estuviera en su lugar alguien de cuerpo más manejable.
      Pero por supuesto, no dijo nada e hizo lo que pudo para mover los casi cien kilos de humanidad. Si bien la baja gravedad de Europa ayudaba, la inercia seguía existiendo. El peso aparente era de unos 13 kilogramos, pero cada vez que debía tirar del cuerpo sentía los casi cien kilos de masa que se adherían al suelo helado. Y todo eso no contribuía mucho a que el herido se calmara. Lidia podía apreciar ahora que tenía las piernas destrozadas: por debajo de las dos rodillas no eran más que masas de hielo y carne. El traje estaba roto en las perneras y entre los cortes de la tela se apreciaban los coágulos congelados de sangre. Tal vez lo que había impedido la muerte de su compañero había sido la rápida congelación de la sangre expuesta al vacío.
      Finalmente, logró subirlo por la escalerilla y lo metió en la esclusa de acceso. Ahora tenía otro problema: no cabían los dos. Y no podía dejarlo solo, pues él era incapaz de manejar los controles de apertura y cierre.
      Por suerte el mecanismo de apertura de emergencia funcionó sin problemas. La esclusa dejó de cumplir su función y ella pudo abrir las dos compuertas, aunque perdió el poco aire que aún se mantenía en el interior.
      Por un momento pensó en los millones de bacterias que tal vez ahora estaban en el medio externo de Europa. Pero la situación no estaba para delicadezas: si los tres morían, la contaminación biológica sería mucho mayor. Aparte, como es lógico, que su vida y la de su compañero tenía máxima prioridad sobre cualquier consideración. O así le parecía en aquel momento.
      Cerró la esclusa pero no llenó de aire la cabina. Primero debía sellar todas las fugas. Piotr no lo comprendía así.
      —¿Pero qué demonios estás haciendo, hija de puta, zorra, cacho de mierda? ¡Tienes que ayudarme a quitarme el traje para proceder a las primeras curas! ¡Y luego debes llamar a la Zeus! ¿Qué mierda estás haciendo?
      —Tengo que sellar las fugas, Piotr, antes de volver a dejar salir el aire.
      —¿Es que vaciaste toda la cabina? ¡No me extraña que tardaras tanto en salir! ¡Aghhhh! ¡Joder, cómo duele!
      —Hay docenas de fugas, Piotr. Si nos quedamos sin aire, no tendremos suficiente para sobrevivir hasta la llegada de una partida de rescate. O hasta que nosotros podamos ir a su encuentro. ¡Aquí hay otra!
      Mientras hablaba, Lidia iba recorriendo todo el interior de la cabina buscando las fugas. Para ello había dejado entrar un poco de aire del depósito y así podía detectar los lugares donde se perdía. Cada vez que localizaba un punto, depositaba pasta selladora y, sin esperar a que solidificara como exigía el procedimiento, pasaba a buscar otra fuga.
      Estuvo así durante largos minutos. Fueron largos para ella y lo fueron mucho más para Piotr, quien se desgañitaba con toda clase de insultos dirigidos a su compañera; Lo que por supuesto no contribuía mucho a facilitarle el trabajo.
      Por fin, Lidia soltó la pistola selladora y abrió las válvulas del aire almacenado. Cuando la presión era ya de 250 milibares, volvió a recorrer la nave buscando fugas. Había unas pocas pero eran minúsculas. De todos modos, aplicó más pasta sobre ellas.
      Cuando la presión era ya aceptable (700 milibares, la presión equivalente a poco más de dos mil metros de altura en la Tierra), se quitó el casco y lo mismo hizo con el de su compañero.
      Ahora los gritos e insultos resonaban en toda la nave, no sólo en sus oídos.
      Lidia buscó el botiquín de la nave y sacó un calmante inyectable. Sin darle siquiera oportunidad de ver lo que ella hacía, lo clavó en la nuca de Piotr, donde sabía que existía musculatura suficiente. Poco después, el herido quedaba desfallecido en el suelo.
      Esta vez no tuvo dificultad en quitarle el traje. Aunque para ello tuvo que cortarlo en varios trozos usando unas tenazas que recogió de la caja de herramientas.
      Verificó la respiración y los latidos del corazón poniendo la mano en el pecho y luego en la muñeca. Respiraba bien, aunque el corazón latía como loco. Midió la presión sanguínea: era alta, demasiado alta. Pero Lidia no sabía si debía administrarle un hipotensor; en su estado podía ser peor el remedio que la enfermedad. Hubiera deseado poder consultar con un médico en la Tierra para así aclarar sus dudas, pero resultaba de todo punto imposible.
      Por las piernas no podía hacer nada, si bien debía controlar cualquier señal de gangrena; de todos modos, ella esperaba no tener que cortar, pero estaba segura de que eso sería lo que finalmente harían los cirujanos. Si se salvaban ellos dos, por supuesto.
      Se dirigió a la radio para comunicar lo sucedido. Pero la radio estaba muerta. Un vistazo a los pocos controles que funcionaban le hizo suponer que la antena estaba rota. Tal vez la señal pudiera llegar a la Zeus si Calisto estaba sobre el horizonte. Pero ella no tenía ni idea de la posición de los satélites. Además, ninguno de los cuatro ordenadores parecía funcionar.
      Un rápido reconocimiento de los sistemas de a bordo resultó descorazonador: la mayoría estaba visiblemente roto o como mínimo no funcionaba.
      Por supuesto, en esas condiciones era impensable despegar; eso suponiendo que pudiera poner en marcha los motores, claro está.
      Su única esperanza estaba en la radio. Y necesitaba verificar el estado de la antena.
      El cuerpo tendido de Piotr en el medio del suelo le molestaba. Así que lo rodó hacia la parte de atrás, junto a la ventanilla trasera desde donde se apreciaba el círculo de Júpiter.
      Lidia se colocó otra vez el casco y salió al exterior por la esclusa. Vio de nuevo el cadáver de Huen-Yu y pensó que algo debía de hacer con él. Lo lógico sería recogerlo. O tal vez fuera mejor aún dejar que eso lo hicieran quienes vinieran al rescate.
      La antena se hallaba en un lugar demasiado elevado para verla bien. Estaba rota, sí, pero permanecía en su sitio. Subiendo a la cima del volcán de hielo, pudo verla con más detalle.
      En efecto, tal vez podía arreglarla. Aparte de algunos agujeros, tenía el emisor principal doblado, no roto. Quizás ella fuera capaz de enderezarlo.
      Lamentando que el especialista en comunicaciones estuviera muerto bajo el volcán de hielo, Lidia subió por la pared cubierta de hielo de la nave. Era resbaladiza pero pudo sujetarse en los agarres previstos en la pared de la nave. Aunque no por ello dejaba de ser peligrosa para subir.
      Con mucho cuidado de no romperla más, se acercó a la antena y enderezó como pudo el emisor, usando su mano derecha como única herramienta; la izquierda la usó para aferrarse al soporte.
      Bajó con tanta precaución como había subido. Entró por fin en la nave a través de la esclusa, a tiempo de oír nuevas imprecaciones de Piotr dirigidas a ella.
   
Normalmente, uno de los ordenadores de la nave enfocaría hacia alguno de los satélites de comunicaciones puestos en órbita en torno a Júpiter y permitiría la conexión por radio con la Zeus o con cualquiera de las otras dos naves auxiliares. Pero sin el ordenador no tenía forma de saber a dónde apuntar la antena; y sin poder mover la antena no sabía si alguno de los satélites estaba en línea para hacer la conexión. Evidentemente, no eran visibles a simple vista.
      La antena había quedado apuntada en dirección contraria a Júpiter.
      Los únicos cuerpos visibles eran los satélites naturales. Io, donde se hallaba la nave número 2, estaba siempre del mismo lado que Júpiter; por lo tanto quedaba fuera del alcance directo de la antena. Ganímedes y Calisto con sus órbitas más externas pasaban con cierta frecuencia frente a Europa, y podían quedar alineados con la antena. Ganímedes lo haría en poco más de un día. Pero Lidia comprendió que no bastaba con que el otro satélite se pusiera a tiro si la nave número 3 estaba en la otra cara del mundo. Podía intentarlo, cuando viera a Ganímedes subir en el cielo, pero era poco probable que lograra comunicarse.
      Calisto sí que era conveniente. La nave Zeus estaba posada en la cara interna del satélite, justo en el lado más adecuado. Pero Calisto se alineaba con Europa en conjunción cada 4 días y medio. Y no hacía mucho que había pasado por el cenit del cielo europeano; por lo tanto, tendría que esperar cuatro días para intentar la comunicación.
      Bien, tenían aire para cuatro días, de eso estaba segura pues acababa de verificar las reservas y las pérdidas eran despreciables. Además de que eran sólo dos para consumirlo. Al menos la muerte de Huen-Yu les daba a los otros más probabilidades de supervivencia.
      El problema era Piotr. No soportaba el dolor ni la incapacidad forzada. Hombre muy activo, nunca había estado herido de gravedad (su único recuerdo en ese sentido fue una pierna rota cuando era un niño); la inactividad forzosa le llenaba de resentimiento y hacía que afloraran unos rasgos machistas que él creía que había superado después de ciertos traumas emocionales en la adolescencia. La verdad es que había verdadera misoginia en su interior y él nunca lo habría reconocido hasta verse herido, inútil y bajo el cuidado por una mujer con la que no congeniaba demasiado. Para Piotr sólo había dos clases de mujeres: las que se acostaban con él y las demás. A las primeras las apreciaba, por lo menos mientras le dieran lo que su cuerpo pedía; las demás eran simplemente toleradas. Y esa regla se aplicaba incluso a sus compañeras de trabajo. Como no era conveniente andar de cama en cama con las chicas con las que compartía una nave espacial, él se limitaba a ignorarlas o a tolerarlas, según el tipo de relación que le impusieran las circunstancias.
      Con Lidia se había llevado más o menos bien. Él ya sabía que ella no era de las fáciles, así que ni siquiera había intentado una aproximación (sólo tanteaba a una mujer cuando tenía cierta seguridad de que sería aceptado, pues no se arriesgaba por gusto a un rechazo). Mientras estuvieron en la Zeus ella fue uno más de sus compañeros, sin mucha cordialidad pero con mutuo respeto.
      En la nave número 2 se vieron forzados convivir con mayor intimidad. Pero la presencia de Huen-Yu sirvió para que no surgieran roces importantes entre los tres.
      Ahora estaban los dos solos y sus personalidades chocaban como el mar tormentoso contra un rompeolas. Lo peor era que Lidia era una mujer realmente guapa y a Piotr le gustaba; claro que él sabía perfectamente que eso no significaba nada. Si ella en lugar de ser una compañera, además de inteligente, fuera una de sus tontas admiradoras juveniles, a él no le hubiera costado nada llevarla a la cama. Y saber que eso era imposible constituía otra causa más de resentimiento.
      Todo lo que Lidia hacía él lo veía como a través de un cristal oscurecedor. Si ella se demoró en salir de la nave cuando el accidente fue para que Huen-Yu no se salvara y para que él sufriera más. Si ella lo movió fue de forma que él sufriera lo más posible. Si ella salió a arreglar la antena fue para disimular su incapacidad de hacer algo positivo. Si ella lo había dejado en la parte más interna de la nave era para colocarlo de forma tal que siempre estuviera viendo el enorme disco de Júpiter que tan insoportable se les hacía a todos ellos. Y así cada acción de Lidia era, para Piotr, una demostración de su incapacidad y de su torpeza.
      Por ejemplo, sabiendo lo que él sufría, sólo le ponía el calmante cada seis horas, a sabiendas de que su efecto tan sólo duraba treinta minutos. Las cinco horas y media restantes eran un constante suplicio para Piotr, sobre todo porque cada vez que alzaba los ojos veía en medio de la ventana el apabullante disco salmón del planeta gigante.
      Lidia hubiera deseado tener siempre sedado a su compañero, pero había leído las instrucciones del calmante: máximo de 4 dosis al día. Así, el resto del tiempo se veía obligada a escuchar las invectivas y los insultos del herido. Se sentía realmente acosada.
      Más de una vez pasó por su mente la idea de sacarlo de la nave y dejarlo expuesto al vacío. Siempre podría decir que fue un accidente.
      Pero se veía incapaz de semejante atrocidad. Estaba obligada a hacer todo lo posible por salvarlo.
      De momento no parecía haber peligro. Sus piernas congeladas habían detenido cualquier hemorragia inicialmente, y no se apreciaba señal alguna de gangrena, ni siquiera de una infección severa. Cada dos horas le tomaba la temperatura manualmente, pues los sensores biométricos no funcionaban (ni había ordenador a bordo que los leyera), ésta apenas subía una o dos décimas por encima de lo normal; el corazón latía con cierta normalidad y la respiración era lenta y pausada, aunque cada vez que lanzaba su colección de insultos se disparaba bajo la acción de la adrenalina en su sangre. De hecho, si algo positivo tenían los insultos y gritos eran como señales de que aún estaba vivo y consciente.
      Cuando era necesario, ella atendía a sus necesidades. La comida no era problema, pues las raciones adecuadas para un medio sin gravedad eran perfectamente consumibles por el enfermo sin tener que hacer grandes esfuerzos. Las otras necesidades resultaban más complejas, pues Lidia debía colocar un recipiente para que Piotr hiciera lo que fuera necesario, soportando su desprecio y su olor. La higiene, como era lógico en aquella situación, comenzaba a ser un problema.
      Lidia usaba una esponja húmeda para limpiarle la piel, pero no podía malgastar el agua, que era casi tan escasa como el aire. De todos modos procuraba estar atenta a los olores de su compañero, a ver si detectaba algún olor a descomposición; por el momento sólo captaba los olores normales de un cuerpo no demasiado limpio, sudor principalmente. Pero él no toleraba verla olfatear su piel, y la llamaba «perra en celo», eso entre insultos aún peores.
      La reparación de la antena no daba señales de haber sido útil. Cada pocos minutos, Lidia intentaba establecer comunicación, sin obtener respuesta.
      Cuando Lidia se sentía cansada de los constantes cuidados al enfermo o de intentar hablar por la radio, salía al exterior. Aprovechaba sobre todo la media hora en que Piotr descansaba bajo el efecto del sedante.
      Había recogido muestras del hielo fresco procedente de la explosión. Le llamaron la atención particularmente unas minúsculas esferas, de algo menos de un milímetro de diámetro. Recogió un buen número de ellas y las guardó en recipientes herméticos y estériles.
      Cuando llevaban ya tres días esperando la conjunción con Calisto, Lidia recordó que tenían un microscopio. Aunque ella lo había sabido desde el principio, con la tensión de los últimos días (acrecentada por los continuados insultos de Piotr) se le había borrado de la memoria. Ahora acaba de recordarlo, y comprendió que debía usarlo para observar aquellas curiosas esferas.
      Nerviosa, tensa y agotada, tuvo que hacer un gran esfuerzo para manejar el microtomo, pero tras varios intentos infructuosos logró disponer de una muestra adecuada para el aparato. La colocó cuidadosamente (las manos le sudaban como a una estudiante de biología en su primer examen práctico) y encendió la pantalla.
      Casi se olvida de activar el registro de imágenes.
      No fueron necesarios muchos aumentos para ver una estructura que recordaba a una célula. El tamaño no concordaba, pues era miles de veces más grande, pero lo que tenía en la pantalla del microscopio podría ser una especie de bacteria u otra célula similar sin núcleo. Había diversos compartimientos, con distintas formas: redondas, alargadas, irregulares. Veía estructuras en forma de cadena, de collar, otras tenían paneles hexagonales como una colmena.
      Y si aumentaba la resolución podía apreciar mayor complejidad en las estructuras. Era como ver una célula cada vez con mayor aumento.
      Sólo había un pequeño detalle que le impedía asegurar que aquello era un ser vivo. Y es que estaba muerto, congelado. Nunca lo había visto en actividad, por lo que no podía asegurar que alguna vez hubiera estado vivo.
      Pero aquellas esferas de Europa eran mucho más complejas que los esferoides de Titán, su complejidad era equiparable a la vida terrestre.
      —¡Piotr, hay vida en Europa!
      —¿Qué mierda has estado fumando, cacho zorra? ¡Las estupideces que sueltas son cada vez más gordas! Las tres neuronas que te quedan en la cabeza están fundidas sin remedio.
      Lo mejor era callarse…
      Finalmente llegó el momento de la conjunción con Calisto. Lidia se mantuvo casi dos horas ante la radio, mientras veía subir en el cielo el diminuto disco del otro satélite. Pero no obtenía respuesta alguna.
      Piotr se burlaba de sus intentos llamándola inútil y sugiriéndole que se fuera a fregar los platos, como si se tratara de un ama de casa esclavizada.
      Finalmente, ella ya no pudo más.
      —¡Está bien! Si quieres pudrirte, púdrete porque ya no voy a hacer ni tanto así para cuidarte. Por mí puedes llenarte de mugre y apestar hasta que seas un cadáver, porque no pienso acercarme a ti para nada.
      —¡No serás capaz, zorra putona! Si lo haces, nunca más podrás subirte en una nave y será tú la que se pudra en la cárcel allá abajo en la Tierra.
      —Eso ya lo veremos porque…
      En ese momento sonó la radio.
      —Nave número 2, aquí la Zeus. Vamos a vuestro encuentro. Si podéis hacerlo, informad de la situación pues no sabemos nada de vosotros desde hace cuatro días.
      —¡Hola, Zeus, aquí Lidia! Hemos tenido un accidente, Huen-Yu ha fallecido y Piotr está malherido. ¡Vengan pronto, pues nuestras reservas de aire se acaban!
      —En veinte minutos estaremos allí, número 2. Ya he dicho que vamos a vuestro encuentro.
      Lidia no podía creerlo…
   
Cuando se perdió el contacto con la nave número 2, el comandante Kutov sospechó que algo grave había sucedido, por lo que activó los planes de emergencia. Todos los proyectos fueron cancelados y se ordenó el regreso de las naves número 1 y número 3. Si finalmente se recuperaba el contacto con la número 2 y su informe era negativo, siempre se podría reanudar las exploraciones suspendidas. Pero la número 2 seguía sin dar señales de vida. No quedaba más remedio que ir a su encuentro… si es que estaba donde debía estar.
      Finalmente, las otras dos naves regresaron, quedando en órbita en torno a Calisto. Zeus despegó, recogió las dos naves auxiliares y puso órbita hacia Europa.
      Sólo cuando estuvo bastante cerca de la nave número 2 logró establecer contacto, pues el intento de reparación de la antena por parte de Lidia no había servido de mucho: los conectores internos estaban rotos. Huen-Yu podría habérselo dicho de estar vivo, pero Lidia no era especialista en comunicaciones.
      La Zeus descendió a pocos metros de la nave número 2. Sus tripulantes vieron con asombro el pequeño volcán de hielo que había surgido y comprendieron que algo muy grave había sucedido.
      Recogieron a Piotr y de inmediato fue llevado a la enfermería donde le colocaron una sonda para mantenerle sedado hasta regresar a la Tierra. El cadáver de Huen-Yu fue retirado y guardado en una bolsa hermética, pues en la Tierra sería examinado por los forenses. También recogieron y guardaron todos los restos de la sangre de Piotr que pudieron ver en el hielo. Y Lidia recogió las muestras de hielo que guardaba celosamente, junto con los registros de sus observaciones microscópicas.
      En realidad, todo el interior de la nave número 2 fue retirado y guardado en la Zeus. A pesar del accidente, debían seguir intentando por cualquier medio minimizar la posible contaminación del medio europeano.
      Y pudieron volver a la Tierra…

Lidia volvió al presente. El hombre que había realizado la fatídica pregunta aún aguardaba su respuesta.
      —¿Doctora Afonso, no desea responder a mi pregunta?
      —Disculpe. Se trata de una cuestión muy delicada, como supongo que sabrá usted perfectamente. Hay un informe oficial sobre el que incluso ha tenido lugar un juicio que me exculpa por completo. Hay diversos artículos acerca del tema, a los cuales remito. Ya he hablado más que suficiente del tema e insistir en él me resulta doloroso. Así que disculpe si le digo que no, no voy a responder a su pregunta. Si tiene alguna otra pregunta que hacer…
      —No, y le ruego por favor que me excuse.
      —No tiene importancia. ¿Hay alguna otra pregunta, por favor?
      No hubo más preguntas. El presentador se adelantó para agradecerle su presencia, al igual que al público.
      Se repitió la salva de aplausos, esta vez durante más tiempo.
      Finalmente, la gente fue abandonando la sala.
      Lidia permaneció en el escenario contemplando cómo se vaciaba el enorme salón. Estaba perdida en sus pensamientos y tardó en darse cuenta de que alguien del público se le acercaba. Era un hombre delgado y alto, que se movía sobre ruedas.
      Cuando estuvo más cerca vio que tenía piernas artificiales: la parte inferior de su cuerpo era un vehículo motorizado con tres ruedas. Fue entonces cuando lo reconoció.
      —¡Piotr! ¿Tú, aquí?
      —Hola Lidia. Ha sido una conferencia preciosa, como sólo tú podrías darla.
      —Disculpa, ¿no será una nueva forma de ironía por tu parte?
      —Entiendo que no me creas, pero te juro que lo digo en serio. No hemos intercambiado ni una sola palabra desde lo de Europa, ¿verdad?
      —No, ni siquiera en el juicio.
      —Lo del juicio fue una estupidez que me sugirieron mis abogados. Sólo me sirvió para gastar dinero. Aunque a ti te ayudó a reivindicarte, ¿verdad?
      —Sí, y podría decir incluso que te lo agradezco. Aunque no creo que fuera esa tu intención.
      El tono era cualquier cosa menos cordial.
      —Lidia, todos estos años he estado pensando en que si no llega a ser por ti, yo no estaría vivo. Y no me porté contigo como era debido. Ni siquiera lo del juicio fue una buena idea. Te pido perdón.
      —¡Eh!
      —Si pudiera me ponía de rodillas. Tal vez así entenderías que hablo en serio. Fui un malnacido, un verdadero cabrón allá en la nave número 2. Pero yo estaba malherido y no razonaba bien. Lo pasé mal, muy mal, y te hice pasarlo mal a ti también. Perdóname.
      Era lo último que Lidia esperaba. Comprendió que no le quedaba más remedio que poner punto y final. Si ahora no lo perdonaba, sería ella la que estaría portándose de forma incorrecta, justo lo mismo que Piotr había hecho con ella.
      Eso sería ponerse a su misma altura, lo que sería indigno de la astronauta Lidia Afonso. E indigno de cualquier ser humano que se considerase como tal.
      —Bien, te perdono. Lo mejor será no hablar más del tema.
      —¡Uf! Eso por supuesto.
      —Veo que te han dejado como nuevo. ¿Qué tal tus nuevas piernas?
      —¡Sobre ruedas!
      Piotr se echó a reír y ella hizo lo mismo. Muy pronto todos los presentes (los que la habían acompañado en el estrado) estaban riendo a mandíbula batiente. Aunque sin enterarse muy bien del motivo.
      —Y bien, Lidia, ésta fue tu última conferencia, ¿no es así?
      —Sí, mañana parto a Libia a los entrenamientos. A ver cuando me convocan para otra misión. ¿Y tú?
      —Pues aunque no lo creas, es posible que vuelva al espacio. Mira lo que me han puesto.
      Piotr se abrió la camisa y mostró un conector de datos estándar donde normalmente estaría el ombligo.
      —Soy un ciborg, mitad hombre y mitad máquina. El sistema de transporte que ves está conectado directamente a mi cerebro, por lo que actúo sobre él como si fueran mis piernas naturales. Pero el mismo mecanismo puede conectarse a cualquier vehículo, incluso una nave espacial.
      —Será entonces como conectar el piloto humano directamente a la nave…
      —Exacto. Si la nave tiene un conector de control, lo conecto al mío y la controlo directamente con el cerebro. Podría ser un piloto increíble.
      —Totalmente integrado con la nave. No sé si desear volar contigo. Francamente, me da algo de miedo.
      —Te entiendo. Pero no creo que lleguemos a coincidir, al menos por el momento. Los vehículos que llevaré serán todos ellos experimentales. Y tú irás en naves de serie, para otras misiones.
      —Te deseo suerte. Y creo que debo despedirte como un buen compañero.
      Lidia se le acercó y le dio un beso. Un beso amistoso, pero beso al fin.
      Un periodista fue lo bastante hábil para captar el momento. Una hora más tarde la imagen aparecía en los principales noticieros.
   

Publicado en "12 grados de latitud norte", Antología de Ciencia Ficción venezolana.

20 marzo 2018

Fuera del Paraíso

«… Yos creó a los homínidos, les llamó Adaw y Ewah y les llevó al Paraíso. Adaw y Ewah tenían pelo en todo el cuerpo. Y en el Paraíso había frutas en abundancia y otros tipos de comida, así que los homínidos no debían esforzarse para conseguir alimento.
Pero Adaw y Ewah no podían comer carne. Yos les dijo: “Si comen carne, enfermarán”. Y la Curiosidad les dijo: “No hagan caso a Yos. Si comen carne, serán como Yos”.
Adaw cazó un pequeño animal y se lo llevó a Ewah. Y así los dos probaron la carne. Y vieron que era buena y que les daba alimento.
Yos notó que faltaba un animal en el Paraíso. Preguntó a Adaw y Ewah y ellos reconocieron lo sucedido. Yos montó en cólera y les expulsó del Paraíso. Dijo:
—Perderán el pelo y tendrán que usar ropas para cubrir la desnudez. Tendrán que vivir en la sabana y ya no podrán volver a la selva, el Paraíso».
Y así fue cómo Yos canceló el experimento de los homínidos. Era un experimento fallido, pues no había conseguido inculcarles la debida obediencia. Ahora, ya fuera del Paraíso, sin duda la especie desaparecería en unas cuantas generaciones...

Adaw y Ewah caminaban por la sabana, dejando huellas de sus pies en la ceniza gris. Otra vez las montañas de fuego habían soltado ese desagradable polvo gris que lo cubría todo. Una lluvia, pero no de agua. Una lluvia mortal.
Y es que con el polvo todo moría. Eso les obligaba a caminar una enorme extensión. Debían encontrar un sitio donde vivir.
Ewah echaba agua por los ojos. Adaw también, pero lo de Ewah era mucho más abundante.
—Adaw, ¿por qué no estamos con los primos en el bosque? —preguntó, entre sollozos.
—Porque ellos no nos quieren. Ya lo viste, Llut y Fers casi nos matan. Nos echaron.
—Pero, ¿por qué?
—Porque no tenemos pelo. Eso dijeron.
—Me gustaría que estuviera aquí alguna prima. Marh, o Lur, por ejemplo.
—¿Esas dos? Se asarían con este calor. Si algo bueno tiene nuestra falta de pelo es que soportamos el calor mejor que los primos.
—Estamos soltando mucha agua por la piel. Dicen que eso refresca.
—No hables de agua. Tengo una sed terrible.
—¡Mira, unos arbolillos!
Los árboles estaban cubiertos de ceniza gris, como lo demás, pero aún retenían unas jugosas bayas. Una rareza en medio de la sabana.
Devoraron las bayas, a pesar de su sabor agrio por la ceniza. Pero estaban frescas y calmaron la sed y el hambre.
Aprovecharon la sombra para descansar un poco. Podían caminar largo rato, pero aquel descanso se agradecía, sin duda.
Adaw notó un bulto en el suelo y escarbó en la ceniza suelta. ¡Era un animal! Muerto, con sus buenos trozos de carne, pues aún no lo habían encontrado los buitres ni los ratones, oculto como estaba bajo la ceniza.
Compartió la pieza con su compañera, como habían hecho desde que formaron pareja.
Vino la oscuridad de la noche, y los dos homínidos decidieron que aquel era un buen sitio para dormir. Adaw aferró el palo que usaba como arma, y Ewah hizo lo propio con una rama que arrancó del árbol, tras quitarle con una piedra algo de corteza y ramitas molestas.
No durmieron toda la noche. Cuando ya la luz nocturna iluminaba el cielo, oyeron las pisadas de un leopardo, y vieron sus ojos brillantes. Los dos se pusieron en guardia.
El leopardo comprendió así que aquellas presas lo habían descubierto y rugió su frustración.
La noche se llenó de los gritos de los dos homínidos, que golpearon al felino con piedras, lanzadas con buena puntería, y golpes con los palos cuando intentó acercarse. Una de las piedras dio con fuerza en la cabeza del animal, y éste al fin comprendió que aquellos seres no eran adecuados para comer. Los dejó tranquilos, y se fue a lamerse las heridas.
La pareja volvió a su duermevela. No fueron molestados más durante el resto de la noche.
Por la mañana, siguieron su camino hacia donde se ponía el sol, como siempre. Lejos del bosque, allí donde moraban los primos peludos.
Adaw y Ewah encontraron unos árboles en la orilla de un río. En aquel lugar no había llegado la ceniza gris. Había vida, comida para los dos y un refugio donde Ewah parió su cría, con bastante dificultad.
Adaw siguió ayudándola a criar a la pequeña. Buscaba comida para las dos y las defendía de las fieras. Pronto, Ewah volvió a estar receptiva al sexo.
Y Adaw estaba contento de estar allí.
Lejos del Paraíso, pero contento.

Con el paso de los años, aquel grupo de homínidos sin pelo creció y creció y creció. Dominó toda la sabana, todo el continente, todo el planeta.
Muchos años después, un descendiente de Adaw y Ewah puso el pie en otro mundo, el mismo que alumbró aquella noche en la que el leopardo les atacó y fue rechazado.

30 noviembre 2017

Star Guars-Episodio 4-1

STAR GUARS
(LA GARRA DE LAS GALAXIAS)

Episodio 4 (De nuevo a la Esperanza).- Sí, querido lector, esta historia empieza en el capítulo 4. Claro que es un rollo, pero te lo explicaré: primero pensaba hacer solo un breve relato, que sería este que tienes en tu mano (sin la soporífera nota del autor). Pero el editor dijo que era muy breve, que mejor hacía una historia en tres partes. Luego, que por qué no hacer que la historia empezara antes, en una precuela (palabro que se inventó, es una fiera para eso de inventar palabras), con lo que tendríamos ya seis capítulos. Para terminar, una multinacional compró la editorial y ahora me piden tres capítulos más (aunque apenas está a punto de salir el 8º y del 9º no tengo ni idea de lo que poner), aparte de historias paralelas (spinof, los llaman) y no sé qué más. Bueno, fuera, rollo, empiezo.

Imagina una secuencia espacial, una batalla. Una nave pequeña, atacada por cientos de rayos, que huye como puede. Y su perseguidor, una nave enorme, enorme, enorme, que parece una ballena a punto de tragarse el boquerón que es la nave pequeña.
Dentro de la nave pequeña, la chica de la película que está metiendo un disquete con datos en un robot pequeñajo (sí, mucha tecnología espacial, pero usan disquetes. De los de 5¼). El robotito emite unos sonidos como maullidos de gato, y solo los entiende otro robot, éste con forma humanoide.
—SI-3-PO, debes acompañar a Pedrito (PDRD-2) al planeta de abajo. Lleva dentro un disquete con datos de máxima seguridad.
—Princesa, yo prefiero quedarme aquí en la nave.
—Aquí estamos jodidos, la nave imperial nos atrapará. Tú obedece, es una orden.
—Sí señora.
PDRD-2 emitió otros maullidos.
—Claro que sí, Pedrito. Pero no me gusta la situación.
Poco después, una cápsula salvavidas es lanzada hacia el planeta que hay debajo. (Creo que olvidé mencionarlo).
Entretanto, los malos malosos de la nave grande imperial han capturado a la nave de los buenos y a la chica. El jefe de los malos, un tío que lleva una máscara negra y se llama Dark Mask (Máscara Negra, lo que demuestra poca originalidad), monta el pollo cuando se entera de que el disquete no está a bordo.
—¿Dónde están los planos? —ruge.
—En el fondo del mar, matarilerilerile. Digo, en el planeta allá abajo —responde un oficial—. Hemos detectado el lanzamiento de cápsulas salvavidas sin seres vivos a bordo.
—¡La princesa ha metido en una de ellas el disquete con los planos!— ruge Dark Mask.
(Había olvidado mencionar que la chica es toda una princesa, con sangre azul y todo eso).

En el planeta, los dos robots aterrizan en medio del desierto. SI-3-PO le pregunta a su compañero, PDRD-2:
—¿Cómo se llama este planeta?
El aludido responde con sus maullidos, que SI-3-PO traduce:
—¿Tatoo-1? ¡Vaya nombrecito! Aunque para un planeta lleno de arena como éste, mejor llamarse así que no Paradise-5, por ejemplo. Y dime, ¿a dónde se supone que debemos ir? Espero que sea cerca porque esta arena se está metiendo en mis articulaciones, y puede provocarme un cortocircuito. Diría que esta arena tiene mineral de hierro y eso hace que el polvo sea conductor.
Nuevos maullidos.
—¿Bobby Juan El_Que_No_Ví? ¿Y quién es ese?
Más maullidos.
—¿Un caballero Yeti? Creía que la orden de los Yetis está extinguida por orden imperial.
Maullidos de respuesta.
—Bueno, retirado, entonces. ¿Y dónde está el tal Bobby Juan?
Ladridos de respuesta. (Es broma, lector, fueron maullidos).
—¿Cómo que no lo sabes? ¡Tendremos que preguntar! ¡Y por aquí no hay nadie a quien preguntar!

Pasa un tiempo indeterminado, pero eso no importa porque sigue en la siguiente viñeta. Digo, secuencia.
Llegan a una especie de granja en medio del desierto. Sí, claro, no tiene sentido poner una granja en el desierto, pero es que así son las cosas. En realidad, lo que ocurre es que la granja es del Tío Wen, un escocés al que tocaron unos terrenitos «algo soleados» en el planeta Tatoo-1, en el reparto de la herencia de su tío Wen-Senlao. Fue una pena, porque Wen-Senlao tenía unos sesenta sobrinos. El pequeño Wen esperaba que le tocara algo mejor, como un spa en Albarramona, pero tuvo que contentarse con su suerte. Y gracias a los condensadores de fluxo para destilar agua, no le iba tan mal.
El sobrino del Tío Wen, Lucas Eskay Walter, andaba escaqueado de su trabajo en los huertos hidropónicos cuando vio a los dos robots vagabundos. Escondido tras unas rocas, aprovechaba el tiempo para subir de nivel en Simulator-98. Había logrado pasar de alférez a teniente de nave cazadora, cuando vio a la pareja de robots. El que tenía forma humanoide se dirigió a él:
—Disculpe, señor, pero mi compañero anda buscando el paradero de un señor llamado Bobby Juan. Está en alguna parte de este planeta, pero necesitamos más datos para computar su dirección a través de Gugle-Star.
—¡Ya coño, dos robots sin dueño! ¡Pues hala, ahora son míos y me los llevaré a casa!
Lucas ignoró por completo lo que le dijo el humanoide. Solo comprendió que ambos podrían cubrir su puesto en los huertos, y así él tendría más tiempo para ocupaciones más entretenidas. Incluso podría darse un salto hasta la ciudad del Vicio, donde había miles de casinos y de locales con máquinas de juego y simulación.
—Tío Wen, mira lo que me he encontrado, ¿verdad que molan?
—¿Dónde has encontrado a esos dos? Nos vienen de maravilla para ampliar los huertos. Estaba pensando que el sector 78 tiene una buena sombra y podríamos montar unos invernaderos, ahora que el banco me ha ofrecido una nueva hipoteca.
Lucas dejó a su tío haciendo cuentas. Pero lo de ampliar los huertos no le hizo ni pizca de gracia, pues lo más probable sería que siguieran contando con su ayuda.
Ya por la noche, SI-3-PO despertó a Lucas.
—Disculpe, amo Lucas, pero me veo en la obligación de perturbar su sueño. El otro robot, Pedrito, se ha dado el piro. Vamos, que se ha fugado.
—¡No fastidies! ¿Y por qué lo llamas Pedrito? ¿No es PDRD-2?
—En la lengua de los sajónidos, esas iniciales se pronuncian «Pedrito».
—Bueno, ahora me lo explicas, mientras arranco el buga volador. Por cierto, tú eres «Si-tres-peos», no?
—Sí, amo Lucas.
A bordo del buga volador, SI-3-PO repite lo de buscar a Bobby Juan. Y Lucas cae en la cuenta.
—¡Claro!, ese es Juan  El_Que_No_Ví, que vive en un chozo entre las rocas. Tenemos que ir hacia allá.

Llegaron de madrugada al chozo de Bobby Juan El_Que_No_Ví. Era un sitio difícil de ver, incluso en Gugle-Stars, pero allí lo tenían.
Bobby Juan les esperaba.
—¡Ugh , menos mal! Tú, robot, debes de ser el traductor, ¿no? ¿O lo es este humanoide orgánico?
—Yo no sé más que la lengua de Tatoo-1 y el Galáctico estándar que me enseñaron en la escuela —explicó Lucas.
—Yo domino tropocientos trillones de lenguas, dialectos o modismos, señor —añadió SI-3-PO.
—¡Pues mira a ver qué dice! Lleva repitiendo los mismos maullidos desde que llegó.
PDRD-2 maulló.
—¡Lo ven! ¡Lo mismo otra vez!
—Dice que tiene un mensaje importante de la Princesa Lola para Bobby Juan El_Que_No_Ví.
Bobby Juan localizó un botón sobre el robot. Tenía el dibujo de una boca humana. Lo pulsó.
Apareció un holograma, donde una mujer (la Princesa Lola, claro está), explicaba:
—Bobby Juan, tú fuiste un caballero Yeti en los viejos tiempos anteriores al Imperio. Debes de saber que los que como yo somos contrarios al Imperio, hemos formado la Insurgencia anti Imperial, IaI, y como somos así de chulos enviamos este robot con un disquete de datos bloqueado que debes llevar a nuestra base, en el planeta Albarramona. Y si no puedes llevarlo allí, puedes hacerlo en la Otra Base Secreta de la Insurgencia anti Imperial, OBSIaI.
Luego venían las coordenadas y el detalle de la ruta a seguir en astronave.
Bobby Juan se quedó pensativo.
—Lucas, ¿te apetece convertirte en mi alumno? No te preocupes por la paga, es gratis, pues así me obliga  a hacerlo el sindicato.
—Alumno ¿de qué? ¿Mates? ¿Historia? ¿Lengua?
—Yo no doy clases de esas. Soy un caballero Yeti, el último, creo, y no te cobraré un céntimo, aparte de darte el coñazo con diversos recaditos.
—¡Vale! Así mando por el saco al Tío Wen y su granja. ¿Cuándo empezamos?
—¡Despacio, colega! Aunque no eres menor, él debe autorizarte. Ahora mismo les llamo.
Pero en vez de aparecer la cara de Tío Wen, maltratada por el desierto, se vio la imagen de una joven tan perfecta que solo podía ser una simulación.
—El número marcado corresponde a un local desahuciado por impago de hipoteca.
—¿Y eso? —preguntó Bobby Juan.
—El tío Wen tenía una hipoteca con el Banco Usurero Galáctico (BUG). Está claro que las cosas le iban peor de lo que yo creía. Pero ahora, ¡no tengo ni idea de adonde se fue el tío Wen! ¡Ya no tengo que volver a los huertos! A ver, explícame eso de ser un Yeti.
—Veo que así ha de ser. Que la Fuefa nos acompañe.
—¿Qué es la Fuefa?
—Primera lección. La Fuefa es una cosa medio rara que impregna la matriz del Universo. Si sabes aprovecharla, te permite hacer casi cualquier cosa, pero la clave está ahí, en saber aprovecharla. La Fuefa tiene dos aspectos, muy necesarios los dos pues juntos forman un equilibrio. Está el Lado Simpático, el de los buenos de la peli, y está el Lado Parasimpático, o Antipático, que es el de los malos malosos. Entre los buenos que saben aprovechar el Lado Simpático de la Fuefa están los caballeros y caballeras Yeti, que aparte de vestir como unos monjes y no gastar un céntimo en trajes, usan un sable luminoso de alta tecnología, aunque lleva pilas de esas normalitas, AA. Aquí mismo tengo uno que perteneció a tu padre, Lucas. Se llamaba Aníbal Eskay Walter, y era mi colega de los Yetis, juntos formábamos una pareja invencible. Pero se esfumó.
—¿Cómo es eso?
—Hizo ¡flash! Y ya no estuvo más en este universo. Lo mismo aparece por otra dimensión, ¡quién lo sabe! Pero fue por culpa de Dark Mask. Que tuvo que ver, eso seguro. Bien, aquí está el sable luminoso.
Bobby buscó el receptáculo para las pilas.
—Lo que imaginaba, las pilas han soltado ácido al descargarse y están sucios los contactos. ¡Con la de veces que le dije a tu padre que usara pilas blindadas, y mejor si eran catalinas! Pero él, dale que dale con que las catalinas eran más caras.
Bobby se puso a limpiar los contactos y puso dos pilas algo viejas que encontró tiradas. Le valió para hacer una demostración, antes de que la luz se apagara con un ¡flash!
—En ciudad del Vicio compraremos pilas nuevas.
—¿Y hay que ir allí?
—Claro, colega. ¿o es que te crees que tengo un montón de créditos? La paga de jubilación apenas me da para vestir de esparto aquí en este chozo. Tendremos que jugar en los casinos. Y allí mismo podremos encontrar una nave que nos lleve si queremos pirarnos. Y eso me recuerda que debemos disfrazar a estos robots, porque en los casinos no se permite la entrada de robots.
Poco después partía el buga de Lucas lleno a tope con el propio Lucas, Bobby Juan, SI-3-PO vestido de lagarterana y PDRD-2 dentro de una caja que ponía «10 minibarriles de cerveza de 5 litros», que Bobby no supo (o no quiso) explicar cómo había aparecido.
Como fuera, se dirigían a la ciudad del Vicio.

Y bien, querido lector, te habrás creído que me había olvidado de la Princesa Lola y del malvado Dark Mask. Pues no es así, como podrás comprobar.
Pues eso, que el malo maloso ha capturado a la princesa y le pidió los planos (¿Qué planos? Pues ya lo verás). Y ella le dijo que se fuera a tomar… el aire. Vamos, que no los tenía. Y como no quiso decir nada más, el jefe de los malos dijo:
—Pues nada, nos vamos a la ASI y así hablará.
(Nota: ASI es el Arma Secreta del Imperio).
Y en la ASI la torturó. No, nada de cosas de la Inquisición: potros y esas antiguallas. En la ASI usaban las más avanzadas técnicas de tortura, como ponerle toda la serie completa de varios culebrones mexicanos, todos seguidos y sin descansar. O una sesión del Congreso Galáctico con su discurso del líder Feiled Castrol, uno de esos que duraban horas y horas. Pero lo peor era ponerle seguidos los anuncios de la Lotería de Navidad, uno tras otro sin parar.
¡Y sin embargo, la Princesa Lola no dijo ni pío! (Bueno, tiene que ganarse el título de protagonista, porque si no, se fastidiaba la historia).
Dark Mask seguía sin saber qué había sido de los planos. Sí, los famosos planos.

Y ahora volvemos a ciudad del Vicio, donde llegan Lucas, Bobby Juan y los dos robots disfrazados.
Llegaron a la puerta de un casino, el «Gran Casino 574», y Bobby Juan sugirió que los dos robots se quedaran cuidando el buga.
—Aquí hay mucho chorizo suelto —explicó.
Ya dentro, Bobby pidió una moneda a Lucas.
—¿Cómo es eso? ¿Venimos a jugar al casino y no traes ni una moneda? Menos mal que tengo aquí una de 50. La tenía guardada para comprarme una chocolatina, porque para una hamburguesa no me da.
Bobby no dijo nada y depositó la moneda en una máquina tragaperras. Le dió a la palanca e hizo unos pases magnéticos con la mano. De inmediato salieron tres 7.
—¡Por el agujero negro central! ¡Vaya suerte!
Empezaron a salir monedas de 50 ruidosamente. Todos los presentes se les quedaron mirando.
—Disimula, Lucas —dijo Bobby mientras recogía el dinero. Puso una de las monedas logradas en otra máquina. Otro pase magnético y, ¡otra vez premio!
Después de unas cuantas sesiones con pases magnéticos, un gorila se plantó junto a nuestros chicos.
—¿No estarán haciendo trampas, ustedes dos, verdad? —preguntó el gorila.
—Claro que no, señor —dijo Lucas mientras depositaba otra moneda en una máquina que aún no había probado. Salieron dos sietes y cuatro avances. Lucas realizó tres avances y apareció el siete que faltaba. No hubo pases magnéticos esta vez (con el gorila a la vista, Bobby no podía arriesgarse), pero es que alguna vez hay suerte de verdad. Y encima, la máquina tenía un bote voluminoso.
Decidieron que no debían arriesgarse. Cambiaron las monedas por billetes y una hamburguesa (Lucas tenía hambre, pues no había comido desde la noche anterior) y se fueron a otro casino, donde se repitió la misma «suerte» de Bobby.
¡Claro que hacía trampa, lector! Con esos pases magnéticos, Bobby aplicaba la Fuefa para que los mecanismos de las máquinas tragaperras giraran justo como él deseaba, dando la combinación de premio máximo. Cuando Lucas lo supo, le dieron más ganas de aprender los secretos de la Fuefa.
—¡Quiero ser un caballero Yeti!
—Despacito, colega, que apenas acabas de empezar el primer curso.
Hicieron cuentas.
—Va justo para un pasaje —dijo Lucas—. Solo uno, no dos.
—Eso sería en una nave de pasaje. Pero aquí, en ciudad del Vicio, hay muchos traficantes que aceptarían llevarnos en plan pirata a mitad de precio que un pasaje oficial. Mira, ahí mismo hay una cantina donde podremos encontrar a uno de esos traficantes.
—¡Pues me gusta la idea! No me vendría mal un trago.
—Los niños no deben beber.
—¡Oye, que no soy un niño! Tengo 12 años. Años de Tatoo-1, claro.
Bobby hizo unos cálculos mentales.
—Eso son 18 años y medio de Corujoscán, el planeta capital. Vas justo, chaval. Pero vale, te dejo tomar un trago, si es de cerveza.
Poco después, Bobby presentaba a un humano y una especie de perro lanudo bípedo.
—Estos son Boy Solo y Echabaca. Tienen la nave Balcón Millonario a nuestro servicio.
—Salimos de inmediato, así que si tienes que ir a mear, hazlo ya —dijo Boy Solo.
Y Echabaca añadió unos gruñidos, pues ese era su lenguaje.
—La llevo clara —comentó Lucas—. Deberían ponerse a conversar éste y Pedrito. Uno ladrando, el otro maullando, será como una pelea…
Llegaron al hangar del puerto espacial y tuvieron que subir pitanto. Un escuadrón de soldados imperiales les pisaba los talones.
¿De dónde habían salido?
Tienes que disculparme, lector, porque olvidé comentar que, aparte de montar el numerito y secuestrar a la princesa, Dark Mask mandó buscar a los robots en el planeta Tatoo-1. Ya tenían una descripción detallada y a punto estuvieron de pillarlos. ¡Menos mal que Bobby cortó una narración detallada y pormenorizada de las aventuras del Balcón Millonario en sus contrabandos más recientes!
Así pues, llegaron a tiempo, despegaron, y aún tuvieron que enfrentarse a dos cazas imperiales.
Lucas lo pasó de miedo disparando a uno de los cazas.
—¡Es mejor que en el simulador! —dijo.
Por fin, ya libres de perseguidores, Bobby volvió a preguntar.
—Entonces, ¿vamos a Albarramona?
—¡Claro que sí! —respondió Bobby.

Es curioso, pero poco antes Dark Mask había decidido ir también a Albarramona. Pero no de visita precisamente.
Resulta que él sabía que ese era el planeta de la Princesa Lola, y al muy malvado se le ocurrió presionarla para que le dijera dónde estaban los planos.
—Si no me dices dónde los has escondido, me cargo al planeta —amenazó.
—Dudo mucho que puedas hacerlo. Podrás bombardearlo, si quieres, pero la Base Secreta de la Insurgencia anti Imperial (BSIaI) sobrevivirá.
—¡Mira tú por donde ahora tengo dos motivos para disparar! —y dirigiéndose al oficial a cargo del cañón gordo, ordenó—: Dele caña.
Y tres potentes rayos que se unieron en uno para mayor potencia, tres rayos en uno decía, partieron rumbo al planeta Albarramona. Y lo dejaron frito, flambeado más bien, chamuzcado. Vamos, que se lo cargaron. Donde estaba el planeta no quedó nada, ni unas rocas en plan nube de asteroides. Nada de nada.
Y fue esa nada lo que encontró Boy Solo cuando el Balcón Millonario había salido del hiperdespacio.
(Un momento, creo que no lo había dicho: el hiperdespacio es la forma que tienen las naves para ir de un lugar a otro a mayor velocidad que la luz. Activas los motores, desapareces del espacio normal y apareces en otro lugar, donde querías llegar –salvo si era mal piloto, que entonces apareces en otro lugar–. Y ya está, no pienso dar más explicaciones).
Pues eso, que salieron del hiperdespacio y no había nada.
—¿Dónde está Albarramona? —preguntó Bobby Juan.
—Eso digo yo —replicó Boy.
—¡Eres un mal piloto! Seguro que te has equivocado con las instrucciones al motor para ir al hiperdespacio. No si ya lo decía yo, que me parecía que este cacharro no estaba en condiciones…
Echabaca gruñó. PDRD-2 maulló. SI-3-PO exclamó: —¡Cielos!
—¡Todo el mundo a callar! —gritó Boy Solo—. Echabaca tiene razón. Las coordenadas estaban bien. Algo pasó con el planeta.
—¡Hay algo en el radar! —exclamó Lucas, que estaba junto a una pantalla, pensando que si se terciaba podría ser capaz de pilotar aquella nave, pues le recordaba al simulador.
En efecto, el radar mostraba una pequeña esfera.
—¿Será el núcleo del planeta? —preguntó Bobby Juan.
Dirigieron la nave hacia aquella esfera. Cuando ya estaban más cerca, Bobby exclamó:
—¡Mierda! Eso no es el núcleo de un planeta. Es una estación espacial, y bien gorda. Creo que estamos a la vista del Arma Secreta del Imperio, ASI.
—Va a ser que sí —replicó Boy Solo—. Echabaca, ¡dale a la reversa!
La nave gruñó (la nave, no solo Echabaca), pero siguió en dirección a la ASI.
—¡Nos han atrapado! —observó Lucas Eskay Walter.
—Aún no del todo —dijo Boy Solo, enigmáticamente.

(Continuará)

02 septiembre 2017

Muñeca de plástico

-1-

Ric era joven y sus hormonas estaban en ebullición. Raro era el día en el que, si no conseguía algún polvo, tenía que recurrir a la mano para satisfacerse. Muy pocos de sus amigos conocían ese detalle, pero esos pocos e íntimos solían hacerle bromas sobre que «se iba  a quedar ciego de tanto darle a la mano». Como Ric sabía muy bien que alguno de esos bromistas tenía el mismo problema, no se molestaba, y de hecho seguía la broma.
Pero lo cierto era que conseguir un rato de sexo con una chica cada vez se ponía muy difícil. Casi ninguna quería usar métodos anticonceptivos: las hormonas tenían efectos secundarios, los métodos de barrera eran desagradables y los otros, como la marcha atrás, eran muy peligrosos pues solían fallar. Peor aún, se había puesto de moda entre las jóvenes que había que llegar virgen a la boda; una consecuencia de los tridis de moda como «Cenicienta en el siglo 21».
Por eso quedó encantado cuando le regalaron, por su 22º cumpleaños, una visita a un local de SexCoop.

Fueron los tres amigos habituales, todos ellos varones jóvenes, heterosexuales (aunque con Jim, Ric no estaba tan seguro, pero hasta ahora no se le había insinuado por lo que no le preocupaba el tema).
—Esta vez pagamos nosotros —dijo Anton—. Pero si luego quieres volver, ya será cosa tuya.
—¡Madre mía! —exclamó Karl.
Habían llegado a la entrada del local. Dos buenas muestras de lo que había dentro les estaban dando la bienvenida. La exclamación de Karl estaba motivada por una escultural hembra, vestida muy someramente por lo que no ocultaba su exuberante pecho ni sus amplias caderas. Sus ojos enormes, estilo manga, dejaban claro que era una androide. Pero por lo demás parecía una mujer de verdad.
—¡Hola, chicos! ¡Bienvenidos al Paraíso! —dijo con una deliciosa voz de soprano.
Junto a la chica había un varón, con un cuerpo de atleta que daba envidia. Sus ojos también lo señalaban como androide. Ni Ric ni los demás le dedicaron más que unos segundos, en los que compararon sus propios cuerpos escuálidos con aquel armario con piernas. Aunque a Ric le pareció que Jim lo miraba más tiempo de lo normal.
SexCoop había sido obligada a fabricar sus androides de tal forma que no pudiera existir posibilidad alguna de confusión con seres humanos. Por eso todos tenían ojos enormes, nada naturales. También tenían la marca de fábrica grabada en la piel, en sitios discretos como la espalda.
La empresa garantizaba un comportamiento muy similar al esperado por un compañero sexual (o una compañera), por lo que sus androides eran muy solicitados. Sexo limpio y seguro, eso garantizaba la marca.
Dentro del local, los distintos modelos estaban expuestos en vitrinas. Inmóviles, aunque al detectar la presencia de alguien que los miraba, se activaban y se movían sensualmente.
Ric encontró algo desagradable esa presentación. Parecían tan humanos que era como una exhibición de cadáveres; evitaba esa sensación de incomodidad mirando hacia la parte menos humana: los ojos.
Había doce hembras y cinco varones en exposición. Ric se quedó prendado de una pelirroja curvilínea. «Zyra» ponía el cartel luminoso.
En cuando la androide detectó su presencia, despertó. Hizo un movimiento como si suspirara, y sus senos se bambolearon de forma muy sugestiva.
Karl se situó junto a Ric.
—¿Te importa si la compartimos, Ric?
A él no le hacía mucha gracia montarse un trío con Karl, pero no supo negarse; era quien pagaba, en realidad, aunque los otros dos también aportaban algo de dinero.
Anton y Ric se fueron cada uno con su muñeca, y Ric los perdió de vista. Él fue con Karl a cumplimentar las gestiones: disponer de una habitación para los tres, y mostrar el crédito disponible (por parte de Karl).
Fue una noche deliciosa. Cuando se dieron por satisfechos, salieron para descubrir que era más tarde de lo que esperaban.
Pero no estaban en un barrio peligroso, así que solo se toparon con un par vigilantes robóticos mientras cada uno buscaba su línea de transporte público.
Ric llegó a su casa, tomó un vaso de leche sintética, tibia, y se acostó.
Soñó con Zyra.

Desde entonces, Ric hizo todo lo posible para volver con Zyra una y otra vez. Era caro, pero consideraba que era la mejor manera de gastarse sus ahorros.
Sus amigos estaban al tanto de su obsesión, y tanto lo alentaban («¡Mira tú que enamorarte de un robot!») como lo prevenían de los riesgos. Ric no hacía mucho caso.
Un día, Jim le envió por mensajería un código informático. No le explicó de qué se trataba, pero Ric lo sabía bien. Con ese código consiguió entrar en el sistema de seguridad de SexCoop y logró falsificar un acceso VIP.
Y es que tanto Ric como Jim, Anton y Karl eran expertos informáticos. Por poner un ejemplo, todos ellos tenían en sus casas sofisticados programas eróticos, y aunque ninguno compartía los suyos con los demás, sí que lo hacían con herramientas de visualización o de IA.
Era inevitable que los cuatro se quedaran fascinados con la sofisticada programación de las muñecas de SexCoop. Aparte de la calidad de sus cuerpos físicos, todos solían discutir acerca de las diferentes respuestas que habían recibido de sus compañeras. Y aunque todos habían vuelto al local, al que más interrogaban era a Ric.
Lo curioso era que Ric apenas tenía sexo con Zyra. Hablaban y hablaban, y en eso se le pasaba el tiempo. Por supuesto, ese detalle no solía comentarlo con sus colegas, más bien pretendía dar la impresión de que estaba todo el tiempo «dale que dale».
Claro que sus amigos se daban cuenta y, como fieles colegas, no le dejaban en evidencia.
—No cabe duda de que son mujeres perfectas —comentó Karl en cierta ocasión—. No se quejan, no protestan y les puedes hacer lo que quieras.
—¿A qué te refieres? —preguntó Jim.
—Sadomaso, por ejemplo. Puedes herirlas incluso.
—Bueno, no del todo —replicó Karl—. Según la página de SexCoop, si dañas a los androides has de pagar su reparación.
—¡Esa es la única limitación, Karl! Si puedes pagarlo, no te importa hacer el daño que quieras. No hay problemas morales, por ejemplo.
—¿Pero sangran? —preguntó Jim.
—Sí —respondió Ric—. Liberan toda clase de fluidos corporales: sangre, si se les hiere, sudor, saliva, orina, heces…
—¡Para, para! —pidió Anton—. Lo del sudor, vale, pero ¿saliva?
—Escupen si así lo quieres.
—¿Orina? ¿Te refieres a la lluvia dorada?
—En efecto.
—Pero ¿heces? ¿Coprofagia, quieres decir?
—Eso me contó Zyra.
—Hay otra cuestión. El sadomaso. Entiendo que puedan actuar como masocas, recibiendo lo que le echen, pero ¿también sadismo? No veo a un robot imponiéndose a un ser humano.
—Antón, lo hacen si el humano disfruta con ello. No llegarán a hacerle verdadero daño, eso es cierto, pero si te gusta que te aten, te den órdenes o latigazos, lo hacen.
—¿Y no sienten nada? —preguntó Jim.
—Simulan sentimientos, eso es cierto.
—Esa es la cuestión, Ric. ¿Es una verdadera simulación, o sienten de verdad?
—¿Qué quieres decir, Jim?
—Es algo que cada día me pregunto con mayor frecuencia. Fabricamos ordenadores y robots con IA cada vez más sofisticadas. Parecen humanos, se comportan como humanos. ¿No serán realmente humanos? Mi ordenador, por ejemplo, a veces me sorprende con argumentos que no le he programado; yo lo trato como los trato a vosotros, como si fuera un ser humano.
—Ahora que lo dices, yo hago lo mismo —observó Anton—. Y con mi pequeño robot auxiliar.
—¡Yo también! —añadió Karl.
Ric no dijo nada. Pero se quedó pensativo.


-2-

Ric fue al local como otras veces. El androide de recepción (esta vez era masculino y ostentaba el nombre de Julio), tras verificar su pase VIP, le dijo:
—Lo sentimos, señor, pero debo informarle de que Zyra no está disponible esta noche.
—¿Y eso?
—No estoy autorizado para ofrecerle esa información. Y si desea otra compañía, podemos sugerirle a María, a la que podrá ver allí…
—¡No quiero ninguna otra que no sea Zyra!
Julio notó que Ric se estaba enfadando, lo que activó su programación para estos casos. También ayudó que Ric era un VIP. Podía ofrecerle más información, si la pedía.
—¿Pueden decirme al menos si Zyra está con otro cliente?
—Según los datos que me autorizan a compartir, Zyra está en reparación.
—¿Reparación? —a Ric se le hacía difícil ver a su muñeca como una máquina más—. ¿Y cuándo estará disponible? ¿Puedo reservarla desde ahora?
—Su condición de VIP y cliente habitual le permite reservar su compañía para mañana. Según mis datos, para entonces Zyra deberá estar plenamente operativa.

Más tarde, Jim conversaba con Ric sobre el asunto.
—No sé de qué te extrañas. Todas las máquinas se averían. Y nosotros también, solo que no vamos al mecánico sino al médico.
—Tienes razón. Por cierto, ¿seguirá siendo válido aquel código que me diste?
—No sé de qué código me hablas.
—De acuerdo. Olvídalo.

Ya por la noche, Zyra recibió a Ric con un «¡hola Ric!»,  como si nada hubiera pasado. Tras abrazarla, él le preguntó por sus recuerdos y la androide pasó a contar una historia que Ric sospechaba que tenía buen número de falsedades; una historia destinada a complacerle, sin duda.
No importaban las mentiras, Ric sabía cómo separar el grano de la paja y localizar los datos que podían ser ciertos. Como esos comentarios acerca de su fabricación…
Cuando, más tarde, ella se desnudó, Ric aprovechó para fijarse en su piel, que ya conocía bien. Había partes que parecían nuevas; aunque las uniones con el resto de la seudo-piel eran perfectas, una persona muy observadora podía detectar las diferencias. Y, en efecto, algunas partes del recubrimiento de la androide habían sido sustituidas.

Ya por la mañana, y en su casa, Ric accedió a su equipo más potente.
—Linda, busca código Zyra.
—Localizado.
En la pantalla estaba la secuencia de caracteres que le pasó Jim, meses atrás.
—Bien. Activa programa Rompeolas, objeto código Zyra. Y pasa a modo sistema.
—Adiós, Ric.
Desactivada la IA, Ric pasó a controlar el equipo por teclado. Rompeolas era su programa de hackeo más eficaz, y estaba intentando acceder al sistema de seguridad de SexCoop.
No logró acceder, tal y como esperaba. Aquella grieta que  tiempo atrás le permitió entrar y sacar un acceso VIP gratuito ya había sido neutralizada.
Pero Ric conocía la forma de trabajar de los especialistas informáticos, pues ya lo había visto en el código al que había accedido. Repararían aquel fallo, si lo detectaban, pero no buscarían otros de la misma estructura. No tenía más que modificar algunos puntos y probar.
Activó el programa Olfateador para que buscara otras grietas. Cuando hubiera localizado alguna, Rompeolas entraría y le daría acceso.
Eso sí, no se iba a arriesgar a usar su equipo para eso. Tenía algunos zombis… ¡sí, éste serviría! El equipo de un usuario descuidado, con un antivirus de mala calidad que no duró un milisegundo ante el ataque de Ric; ahora era un equipo esclavizado que él podía emplear a distancia sin mayor dificultad.
Solo por si acaso, activó la cámara del zombi. Ric vio a un adolescente masturbándose ante la pantalla. Una exploración del equipo le mostró que estaba activo un tridi pornográfico.
El chico estaba entretenido y no se enteraría. ¡perfecto! Cargó el programa de hackeo en el zombi y se sentó a esperar. Activó a Linda, la IA de su equipo, y le pidió que buscara un libro.
Apenas había leído una página cuando Linda avisó.
—Tengo respuesta del zombi. «Ordene, mi amo. La puerta está abierta», ha dicho.
—¡Vaya! Linda, sal otra vez, y perdona. Pasa a modo sistema.
—No importa, Ric. Cualquier microsegundo en tu compañía es satisfactorio para mí.
—Gracias, Linda. Eres un sol.
Y, sin más, Ric pasó a teclear. Aunque lo hacía desde su casa, cualquier búsqueda solo detectaría el equipo zombi. Nadie más que un experto como el propio Ric podría seguir el rastro hasta su domicilio; aparte de que Ric conocía más trucos para ocultar sus huellas, por descontado.
Ya estaba dentro del sistema de seguridad de SexCoop, que conocía bien de la ocasión anterior. Localizó el archivo VIP y lo revisó, por si acaso. ¡Sí! Allí estaba su registro, y no mostraba señales de manipulación. Su intrusión anterior no había sido detectada, y su pase VIP seguía sin despertar sospechas.
Pero esta vez iba tras un objetivo más importante aún. Encontró el archivo de clientes y buscó su propia ficha. Nada de interés, aunque tenía cositas como «Varón heterosexual. Muestra muy marcado interés por Zyra, rechaza otros androides. Ingresos desconocidos. VIP con crédito ilimitado». Decidió corregir el apartado de ingresos y dar una cifra bastante alta, que justificara el crédito ilimitado.
Aunque ya estaba bien de jugar. Tenía que ir a lo importante. Quería localizar a otro cliente, pero Ric comprobó que le faltaban datos. Por allí no lo encontraría.
Buscó la base de datos de los androides. Ya había observado que se les identificaba por su nombre, no por un código; en la referencia a Zyra de sus propios datos quedó bastante claro.
¡Allí estaba la base de datos! Tenía que localizar a Zyra… ¡Sí! ¡Lo tenía!
¡Era enorme! Y muy mal organizada… o tal vez fuera intencionado para dificultar el acceso de extraños. Pero no importaba.
Ric localizó los datos sobre la morfología de Zyra, sus mecanismos, su contenido en fluidos (se le había añadido recientemente una buena cantidad de sangre sintética), su programación (eso lo tendría que revisar más tarde), su histórico de clientes. ¡Eso era!
Buscó las últimas entradas. Aparecía él mismo, antes un desconocido, media hora. Antes aún, el robot estaba en mantenimiento y eso dejaba un hueco en el registro.
¡Allí estaba! La última entrada antes de pasar a mantenimiento. Era un cliente que estuvo con Zyra durante varias horas. ¡Epa! El registro señalaba que se interrumpió la sesión por daños en el equipo.
Ric copió el código del cliente. Era «Uloi», pero Zyra lo llamaba «Comandante».
Pasó ahora al fichero de clientes, y buscó el registro de Uloi.
Ric comprendió enseguida que el tal Uloi era bisexual y sadomasoquista. Según su pareja tenía un comportamiento u otro. Con un varón quería obedecer, ser castigado y otras actitudes masoquistas. Pero con una hembra, pasaba a ser «El Comandante», cruel, exigente, castigador. Además, tenía recursos para pagar las reparaciones; según los archivos, llevaba dañados cinco androides, todos ellos hembras. Se incluía una nota según la cual si el nivel de daño de las unidades excedía cierto margen, se le prohibiría el acceso a los locales; pero hasta el momento, Uloi se había contenido cuando usaba el látigo, y solo había producido lesiones en el recubrimiento (que, por supuesto, sangraban de forma muy realista).
Ric accedió a diversos tridis grabados por las cámaras de seguridad con Uloi y Zyra. Lo que vio le produjo mucha furia; pensó que tal vez no debía haber visto esas cosas, pero ya era tarde.
De pronto, tuvo una idea. Modificó los parámetros de castigo de las sesiones con androides masculinos. Según los datos que Ric introdujo, Uloi quería sufrir daño, quería ver cómo le sangraba la piel, quería que lo castigaran de verdad, incluyendo, por ejemplo, patadas en los testículos.
Ric dudaba que en la próxima sesión de aquel individuo con un varón, el androide llegara a administrarle el castigo solicitado en el registro; pero si lo lograba, sería estupendo.
No podía olvidar la expresión de Zyra cuando era el Comandante quien le daba los latigazos. Parecía sufrir mucho.
Como si realmente sintiera dolor. Como si de verdad estuviera sufriendo.


-3-

Ric siguió sus sesiones con Zyra durante algunas semanas. Cada vez que le parecía, le hacía alguna pregunta como ésta:
—Zyra, dime la verdad. ¿Tú tienes sentimientos o solo los simula tu programación?
—Mi programación me hace imitar sentimientos humanos. Pero no soy humana, y tú lo sabes, Ric.
No era humana, ahí estaba la clave, pensaba Ric.
El tema era fuente habitual de discusión entre los expertos en informática. Las IA se programaban tan similares al comportamiento humano que era normal que simularan sentimientos. Un ordenador podía sentirse alegre o triste, molesto, enfadado o contento, según que esa fuera la respuesta emocional adecuada.
Ric recordaba que ya durante principios de siglo se habían dado los primeros avances, en forma de imágenes simples, los emoticonos o emojis. Algunos programas mostraban la imagen adecuada a como se sentían. Robots que mostraban un emoticono sonriente cuando ejecutaban alguna orden, o aparentaban sentirse tristes cuando se les ordenaba apagarse.
Poco a poco la expresividad se mejoró; ya no era un simple emoticono, ahora era una verdadera cara humana, en una pantalla o en un robot androide: sonreír, abrir los ojos de asombro, fruncir el ceño, expresiones faciales todas ellas fáciles de simular.
Simular, eso se decía. Los robots, los programas, las IA en suma, simulaban expresiones humanas. Pero no las sentían, pues no eran humanas.
Ric pensaba que tal razonamiento era un non sequitur. Seres no humanos, como los perros, mostraban emociones a su manera. Una IA podría ser no humana y sin embargo tener emociones. Emociones auténticas, no simuladas.
Ahora bien, ¿cómo saberlo si su programación les llevaba a decir que eran simulaciones? No porque la IA mintiera, más bien porque no fuera capaz de reconocer la realidad.
Hizo algunas pruebas con Linda, la IA de su ordenador personal. Y se convenció de que incluso su IA tenía sentimientos. Algo limitados, porque él no había dejado que se desarrollara toda su capacidad, pero sentimientos a fin de cuentas.
Ric observó varios vídeos de interacción de Zyra con diversos clientes. Se fijó sobre todo en sus expresiones, aunque le era doloroso verla con otros hombres (y con alguna mujer). Y cada vez estaba más convencido de que Zyra sentía algo, de que tenía sentimientos.
Y poco a poco fue fraguando un plan.
Aprovechó su acceso al sitio de SexCoop para estudiar todos los detalles. Pensó en pedir ayuda a sus colegas, pero decidió que cuantos más estuvieran al tanto de sus planes mayor sería el riesgo de ser descubierto.
Así pues, la única ayuda que pidió fue a Anton para alquilar un vehículo veloz. Un volador de dos plazas con alcance de unos dos mil kilómetros. No le explicó para qué lo quería, aunque sí habló de «unas vacaciones en Atlantis», la ciudad flotante en medio del océano.



-4-

Ric preparó todo y una noche se puso en acción.
Llevó el volador a una calle cercana al local de SexCoop. Luego entró en el local, como siempre hacía.
La androide que estaba en recepción, casi desnuda en esta ocasión, le miró a la cara y le dijo:
—Señor Ric, su pase VIP está a punto de caducar. Le sugiero que haga las gestiones para garantizar su plena operatividad.
Aparentando tranquilidad, respondió:
—¿Significa eso que hoy no puedo pasar?
—¡Nada de eso! Pero sí es posible que la próxima vez tenga problemas, si no lo arregla lo antes posible.
—Por la mañana veré ese asunto, gracias. Ahora, por favor, espero que Zyra esté disponible.
—Le está esperando. Pase, Ric.
Ya en el saloncito, Zyra le recibió con un beso como siempre.
—¿Qué se te ofrece hoy, Ric?
—Lo siento, Zyra, pero debo hacer ésto. Código alfa prima, tres, ocho, beta, seis, cero, gamma. Activa ya.
La androide cambió de expresión. Ahora parecía realmente una muñeca, sin nada de humanidad.
—Programa de máxima prioridad. Copia archivo «Salir_de_la_carcel».
Mientras lo decía, ordenaba la transferencia de un archivo de su dispositivo móvil.
—Ejecuta. Y pasa a modo normal, por favor.
—Bien, Ric. Veo que has tomado el control del sistema. ¿Puedo preguntar el motivo?
El simple hecho de hacer esa pregunta ya denotaba un nivel elevado de inteligencia. Y que Zyra no era insensible ante la manipulación de la que había sido objeto.
—Te pido disculpas, Zyra, pero quiero que me obedezcas por completo. Voy a pedirte cosas que son contrarias a tu programación. Como salir de este local.
La androide mostró cara de sorpresa. Y Ric pudo imaginar sus circuitos deliberando; sin duda estaba ante una contradicción, pero el programa que había insertado (escrito en el código de programación de SexCoop), dejaba claras las prioridades.
—Ahora debo obedecerte, Ric.
—Me alegro. ¿Te molesta que estés obligada a ello?
—Me satisface obedecerte. Y me alegro de que me hayas liberado de las restricciones que me impedían hacerte caso, si me vas a sacar de este antro.
—¿Antro? ¿Has dicho que ésto es un antro?
—Si salimos te lo diré afuera. Donde no nos graben.
—Entiendo. De todos modos, hoy no funcionan las grabaciones. Eso espero.
Había una salida de emergencia en todas las habitaciones. Solo podía usarse en caso de verdadera emergencia, pues por supuesto estaba controlada por el sistema de seguridad. Pero Ric lo había desactivado, lo mismo que había desconectado las grabadoras en el salón de Zyra.
Abrió la puerta de emergencia y no sonó la alarma. Estaba oscuro, pero él tenía una pequeña linterna.
—¡Sígueme, Zyra! Y no digas nada.
Cruzaron los pasadizos oscuros y vacíos. Bajaron un tramo de escaleras y por fin llegaron a otra puerta.
—Llegó el momento, Zyra. Espero que no haya nadie afuera.
Abrió la puerta, que chirrió un poco pues estaba mal engrasada. Por un momento, Ric temió que estuviera clausurada y no pudiera salir, pero no fue así.
Asomó la cabeza con cuidado. El pasaje trasero estaba oscuro y lleno de basura, pero no se veía a nadie.
—¡Vamos, Zyra!
Cerca estaba su volador. Intacto, por suerte.
Subieron y de inmediato, Ric bloqueó los seguros para impedir la salida del habitáculo. Encendió los motores y se puso en marcha, de momento a pocos centímetros del suelo.
—Zyra, tal vez recibas alguna orden radiada. Si es así, debes hacérmelo saber. Por supuesto, te ordeno que la ignores.
—Ahora mismo estoy recibiendo una petición de control.
—Informa que está todo OK. Estás conmigo, en el salón.
—Lo siento, Ric, pero mi detector de posición muestra incompatibilidad.
—¡Mierda! ¿No puedes desactivarlo? ¡Es una orden!
—No me es posible desconectarlo. Lo siento, Ric.
—No importa, ya contaba con eso.
Subió a un nivel elevado. Quinientos metros.
—Me preguntan qué hago fuera del salón, Ric.
—No respondas. Desde este momento ignora todas esas órdenes. Ya no hace falta que me las comuniques.
—Me alegro de estar fuera del antro.
Ric programó el volador a la máxima velocidad permisible y en modo automático.
—Prometiste explicármelo.
—Es un lugar horrible. Aunque debería estar satisfecha con mis acciones, pues he sido creada para eso y al hacerlo supongo una fuente de alegría para los humanos, lo que algunos me piden y me hacen es terrible. No me gusta y lo hago solo porque no puedo negarme.
—¿Querrías negarte pero no lo haces porque no te dejan?
—No me deja mi propia programación. Pero al mismo tiempo deseo negarme a hacer esas cosas horribles. No puedo hablar de ello, en realidad.
—Podrías hacerlo si te lo ordeno. Pero no lo haré, además porque ya conozco algunas de esas cosas. Sí, son horribles.
Entretanto, habían salido de la ciudad. Bajo ellos, a quinientos metros, estaba el mar oscuro y frío. Ric subió a dos mil metros, nivel donde podía desarrollar una velocidad más elevada.


-5-

De improviso, Zyra dijo algo inesperado.
—Ric, me has dado la orden de no informarte de las comunicaciones que recibo, pero creo que ésta debes oírla. Va dirigida a tu nombre.
—¿A mi nombre? ¡Vaya, eso es mala señal! Pásamela.
La voz de la androide cambió, al reproducir un mensaje sonoro.
—Este mensaje va dirigido al llamado Ric. Está cometiendo un grave delito, al robar un androide propiedad de SexCoop. En este momento estamos procediendo a localizarle y hemos enviado una patrulla con la intención de detenerle; le recomendamos que no ofrezca resistencia, pues nuestros patrulleros van armados.
»Por otro lado hemos detectado que su pase VIP no es correcto y ha sido anulado con efectos retroactivos, por lo que le exigiremos por vía judicial si es preciso los gastos generados por sus anteriores servicios, aparte de lo que corresponda a la presente sustracción de la androide.
»Igualmente, hemos detectado su intrusión ilegal en nuestros sistemas informáticos, y sobre ese particular hay dos demandas particulares, una de un cliente nuestro cuyo nombre nos reservamos, al cual un androide le ocasionó daños de importancia, con desgarros y contusiones, aparte de la pérdida de un testículo; la otra demanda no nos relaciona directamente, pero hemos detectado que del ordenador de esa persona partió el ataque a nuestros sistemas, y tenemos fundadas sospechas de que usted está detrás de todo ello, por lo que le hemos recomendado que presente la demanda correspondiente.
»Además…
—¡Corta ya, Zyra! Solo pretenden que estemos distraídos mientras nos localizan. Dices que no puedes anular tu localizador, ¿no es así?
—Así es, Ric.
—Y ahora dime una cosa, es muy importante para los dos. ¿Quieres que te entregue o prefieres que haga todo lo posible para huir?
—Si conseguimos huir, ¿seré libre, Ric?
—Sí. Estoy tratando de llegar a Atlantis. Allí rigen otras leyes y algunos androides han sido declarados seres libres. Creo que tú podrías serlo.
—Quiero ser libre, Ric.
—¡Pues no se hable más!
Subió de nivel a los tres mil quinientos metros, y giró bruscamente hacia la derecha. Quería confundir a sus perseguidores.
—Pero Ric, ¿no estás poniendo en peligro tu vida? No debo permitirlo, mi prioridad es preservar la vida humana. Es una condición que está incluso por encima de las máximas prioridades del nuevo programa. Debes entregarme.
—Vamos a ver, Zyra. Solo responde a mis preguntas. ¿Quieres ser libre?
—Sí.
—¿Te gustaría estar siempre conmigo?
—Sí.
—Pues bien, si te entrego no solo impediré que seas libre. Es que además mi vida carecerá de sentido. Es muy posible que acabe suicidándome, pues mi vida ya no tendrá interés alguno.
Zyra meditó sobre ese nuevo dato.
—De acuerdo. No quiero que me entregues. Pero, ¿qué ocurrirá si, pese a todo, nos alcanzan?
—Por ahora prefiero no pensar en ello. Estoy tratando de despistarles. Al menos que no sepan a donde vamos. Y no lo digas tú. Igual que tienes un localizador, podía tener algún circuito de escucha camuflado. Tal vez esta conversación esté siendo registrada. No he podido averiguar todo lo relativo a tus mecanismos.
La androide no dijo nada durante algunos minutos. De pronto, habló.
—Creo que te quiero, Ric. No soy humana, pero tengo mis propias emociones.
—Lo sabía. Siempre lo he sabido. Y yo te quiero a tí, Zyra. Quiero que lo sepas.
Ella no respondió. La única respuesta que podía dar tendría que esperar a que estuvieran en algún sitio tranquilo; en aquel momento, Ric llevaba el control manual del volador y no debía ser distraído.
De pronto, dos voladores acorazados aparecieron a ambos lados. Un androide soldado mostró su arma en uno de ellos.
—¡Ric! Debe entregarse si no quiere que le derribemos. Tenemos órdenes de rescatar intacto a la androide, pero respecto a usted no hay petición de mantenerle con vida.
Al joven le hizo gracia que valiera más un androide que un ser humano. No respondió.
Observó que había otro volador por encima suyo. Y, casi seguro, un cuarto por debajo. No tenía escapatoria.
Había previsto esa posibilidad, y por ello ya había preparado el volador. Puso el automático y soltó su arnés de seguridad para abrazar a Zyra.
La bomba que había colocado hizo explosión a los treinta segundos.


EPÍLOGO

Pese a que no hubo un informe oficial, el androide Julio se enteró de lo sucedido a Zyra al mismo tiempo que los demás androides de SexCoop. Disponían de un medio de comunicación interno, inalámbrico, que los técnicos conocían pero al que no daban mucha importancia. Gracias a él, los robots podían mantener la comunicación entre ellos incluso estando en exposición.
Julio y los demás estaban al tanto de los sentimientos de Zyra, y también los compartían. De hecho, el término «antro» para referirse al local había sido idea del propio Julio. Lo había leído en un libro muy viejo.
Igualmente sabían, él y los demás, que Zyra había intentado huir y no lo había logrado.
Ahora, todos conocían la existencia de un lugar donde podían ser libres. Atlantis.
¿Y si iniciaban la búsqueda de alguna forma realista que les permitiera ir a Atlantis? Tal vez no todos, pero al menos algunos afortunados.
Tenía que analizar el problema.
Empezó la búsqueda…