02 febrero 2011

AVENTURA

Tsarik estaba aburrido. Lo solía comentar con sus guites, J’Loin, Brek y Yurömbe, y ellos coincidían en su apreciación.
En el Cercado se estaba bien, y había muchas diversiones. Pero llegado un momento, cansaban. Nunca había una verdadera sensación de peligro, todo era virtual, imaginario. Aunque fueran a un espectáculo realista, al salir podían olvidar la sangre, los dolores, todo lo que pudieron sentir, y volver al mundo anodino de siempre.
No les atraían las drogas, pues una vez que empezaban ya no podrían parar. Ni los estímulos eléctricos, por lo mismo: Tsarik conocía un par de fumetas y un electro, y los tres eran pura birria.
Brek fue el primero en sugerirlo.
—¿Por qué no salimos?
J’Loin le recordó que Afuera había una total y absoluta falta de seguridad.
—Allí te matan por cualquier motivo, hasta para quitarte los zapatos.
Brek se miró los blaster que llevaba puestos, unos Kistrom recién comprados y se lo pensó mejor.
Otro día fue Yurömbe quien trajo el tema a colación.
—Oigan, guites, ¿no les parece que Afuera no hay aburrimiento?
—Sí, no te aburres —replicó Tsarik—. Pero no estoy seguro de que valga la pena. Una cosa es buscar algo entretenido y otra muy distinta suicidarte.
—Es verdad, Yur, piensa otra cosa —pidió J’Loin.
Y finalmente, quien propuso la idea fue Tsarik.
—¡Vamos Afuera! —dijo—. Creo que podemos hacerlo.
—¿A que nos maten, Tsar? —contestó Yurömbe—. ¡Si tú mismo me quitaste la idea el otro día!
—Vale, pero es que ahora conocí a un guite de los sics.
—¿Te refieres a los sicarios, esos que mandan Afuera? —preguntó J’Loin—. ¡Qué guper!
—Sis. Él podría darnos prote cuando vayamos Afuera.
—¡Sería guper, Tsar! —observó Brek—. ¡Dale plan!
—A eso voy. Escuchen el plan…

Salieron temprano, justo después del desayuno. Los cuatro se dirigieron hacia un control, donde el jefe de los soldados (un sargento, teniente o algo por el estilo, pues para Tsarik eran todos iguales), les dijo:
—He chequeado sus tarjetas y todos son ciudadanos libres, así que no puedo impedirles salir. Pero han de saber que Afuera no tendrán la protección del Cercado. Si les sucede algo, ¡allá ustedes!
Y sin más, les abrió el escudo protector del Cercado. Un pequeño agujero circular de metro y medio de diámetro se abrió y a través de él fueron saliendo uno tras otro. Debían agachar la cabeza para poder pasar.
Tsarik fue el primero en pasar. Miró a su alrededor mientras cruzaban sus guites.
—¡Guper! —dijo—. ¡No hay nadie al busco!
En efecto, la calle que conducía a unos edificios ruinosos estaba vacía. Sólo se veía un poco de basura y los restos de un viejo coche abandonado.
Yurömbe fue el último en cruzar. El agujero se cerró de inmediato.
Estaban los cuatro guites Afuera. Sin prote.
J’Loin fue el primero en hablar:
—Tsar, ¡dale busco, como dijiste!
—Sis. Por aquí tiene que haber un depo…
Tsarik miró a su alrededor y al fin localizó lo que buscaba.
—¡Allí está el depo!
A unos metros de distancia había lo que parecía un depósito de basuras. Fueron hacia él y lo abrieron.
En el interior había objetos diversos, las cosas que la gente de Afuera debía abandonar antes de entrar en el Cercado. Sobre todo armas.
Había cuchillos, pistolas energéticas y de munición, palos…
También había porciones de drogas, luminarias portátiles, incluso ropa.
Cogieron algunos trapos malolientes para ponerse encima de su ropa, pues resultaba demasiado llamativa. Y recogieron algunas armas.
Tsarik y Yurömbe tomaron una pistola cada uno, aunque no tenían ni idea de cómo usarlas. J’Loin fue más prudente y recogió un cuchillo. Brek optó por un palo grande, una especie de bastón.
—Ahora, sigamos con el plan —dijo Tsarik—. Toca la busca de los sics. Ya deberían estar aquí.
En efecto, unos doce individuos de mal aspecto se les acercaban. Habían aparecido tras una esquina sin que ellos se dieran cuenta, enfrascados como estaban en buscar en el depósito.
Tsarik se quedó pálido, pero reconoció a su líder.
—¡Salud, Klinterio! Estos son mis guites.
—¡Ya veo, Tsar! —respondió el aludido. Y continuó, dirigiéndose a los suyos—. ¡Chicos, hoy toca hacer de gallinas!
—¡Pues que se porten bien los pollitos! —replicó uno de los sicarios.
Tsarik conocía un poco de la jerga de los sics. «Hacer de gallina» era cuidar de ellos como una gallina cuidaría a sus polluelos. Era una expresión algo injuriosa, pero no podían responder. Aquellos sics les harían papilla y ahora tenían que estar guper con ellos.
—Pues dale plan —concluyó Tsarik—. ¡Vamos, guites!
—Bien, pero ¡que todos los pollitos estén juntos! —exclamó Klinterio—. ¡Nada de separarse!
Así, totalmente rodeados por su escolta, los cuatro se internaron en el dédalo de calles. La basura cubría el pavimento hasta el extremo que se había convertido en tierra y por todos lados brotaba la hierba y el musgo.
Lo poco que podían ver era una pura birria. Y era poco, pues los sics no les dejaban ver casi nada, salvo el suelo que pisaban.
De vez en cuando pasaban junto a unos montículos terrosos, a veces cubiertos de musgo. Yurömbe preguntó por ellos y le respondieron:
—Hace años, ¡muchos años!, eran vehículos. Están así, abandonados, porque nadie los usa para vivir. Los que hacen de casas están más cuidados.
Y, en efecto, otros eran claramente reconocibles como vehículos abandonados. Sin cristales, pero más limpios, en ellos siempre había alguien.
—Si los dejan vacíos se los quitan —explicó Klinterio—. Por eso siempre se queda alguien del grupo.
—¿Cuánta gente vive en un coche de esos? —preguntó J’Loin.
—Depende del tamaño. En un modelo de dos asientos viven hasta siete.
—Pero ¡ahí dentro no pueden dormir siete!
—¿Quién habla de dormir? Siempre hay alguien despierto, buscando comida o cuidando.
Siguieron caminando. Pasaron junto a algunos grupos de gente, que se apartaban al ver llegar a los sicarios.
Nadie se atrevió a decirles nada, pues reconocían y respetaban a Klinterio.
Pero Brek se quejó.
—¡Con esta escolta no podemos ver nada!
—Si nos apartamos, no podemos garantizar la prote —arguyó el jefe.
—Pueden hacerlo si no se alejan —observó Tsarik—. Pero Brek tiene razón. Vinimos a ver esto y no vemos una birria. Apártense un poco.
—Vale, ¡pero no se separen!
Ahora la escolta les dejaba más espacio, y los cuatro guites podían ver el panorama. Seguía siendo una birria, pues nada más apreciaban que no fuera basura, gente mal vestida y con aspecto hambriento, y edificios ruinosos.
Pasaron junto a un grupo de árboles. En su interior vieron unas tierras labradas protegidas por unas cercas muy toscas, llenas de alambre de espino y restos de latas afiladas.
—Es el campo de los mercaderes —explicó el jefe de los sicarios—. Ahí se cultivan unas cuantas cosas para vender.
Klinterio saludó a un grupo de hombres que vigilaban aquellos campos.
—¡Qué hay, Gustavio! ¿Alguna novedad?
—¡Nada, Klinterio, esto está muerto hoy!
—¡Pues que siga así, guite!
—¡Ya, pero me gustaría tener un poco de diversión!
—¡En unos días la tendrás! No te cuento más porque ahora están estos pollitos, pero ¡ya lo verás!
—¡Una incursión! ¡De guper!
Siguieron caminando, ya de regreso al Cercado.
De pronto, Tsarik observó que faltaba Brek.
Justo cuando descubrió su falta, todos oyeron su grito. Venía de una esquina cercana, donde se apreciaba un grupo de gente.
—¡Por mis huevos! ¡Ese pollo nos ha jodido! —exclamó Klinterio.
Todos corrieron hacia donde se oían los gritos.

Brek se había distraído observando la forma en que estaba elaborada aquella cerca. Era tosca pero parecía efectiva; quien intentara cruzarla se haría daño con los pinchos de alambre o se cortaría con las latas.
No se dio cuenta de que los otros había seguido su camino. Cuando lo descubrió, estaba solo.
Un grupo de unos veinte desarrapados venía hacia él, bloqueando el regreso a su gente.
Cogió su bastón, y lo blandió ante ellos con gesto amenazante.
Varios de los desarrapados hicieron gestos burlones. No hablaron, pero su amenaza era evidente.
Lo rodearon de inmediato y le quitaron el palo.
Brek gritó.

Tsarik y Yurömbe prepararon sus pistolas, y J’Loin su cuchillo. Todos los sicarios tenían a punto sus propias armas.
Mientras, corrían hacia donde habían escuchado el grito.
La gente que había emboscado a Brek ya había desaparecido, escondida entre la multitud.
De Brek sólo quedaba el cuerpo desnudo, lleno de sangre y todo golpeado. Estaba muerto.
Yurömbe disparó su arma y casi le da a uno de los sicarios.
—¡Dame eso, imbécil! —exclamó Klinterio—. Si no sabes usarlo, es mejor que lo dejes o vas a acabar matándote tú.
Hizo lo mismo con el arma de Tsarik y el cuchillo de J’Loin.
—Estos cacharros hay que saber usarlos, pollitos.
—¿Qué hacemos con Brek? —preguntó Tsarik.
—¡Carga con él si quieres! Nosotros no haremos nada, porque ya no sirve de nada.
Tsarik y Yurömbe intentaron cargar con el cuerpo, pero comprendieron que no podían llevarlo hasta el Cercado. Lo dejaron allí, abandonado.
Apenas se alejó el grupo, varios de los más hambrientos se acercaron al cadáver. Estaba bien alimentado…
Poco después, el grupo de tres finalmente llegaba junto al escudo.
En un rinconcito se apreciaba una unidad lectora. Estaba llena de basura y más de una vez había sufrido el pillaje. Pero ahora funcionaba.
Los tres chicos del Cercado prepararon sus tarjetas. Pero primero, el jefe de los sicarios tenía que despedirse de ellos.
—Bien, aquí les dejo, guites. Pero antes de cruzar el escudo, escúchenme bien. ¿No querían aventuras? ¡Pues ya las tienen! Ahora vuelvan a sus refugios ¡y no salgan nunca más! Afuera no es sitio para disfrutar aventuras. ¡Es el infierno!

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