19 junio 2013

El último barquero

Adguetón subió a su pequeña barca, y partió de la rada que le servía de puerto, en la costa de Ycoden. Su esposa Catayda le hizo la seña de adiós con la mano. Ella quedó en la choza, con los dos niños.
      Adguetón estaba solo en su barco, pues era el último pescador de la isla de Achineche. El propio mencey de Ycoden, Benirze, le había recomendado que abandonara la costa y se fuera, con los demás, a las cuevas de lo alto; justo lo que habían hecho todos en la isla, huyendo de las razias, las incursiones de los extranjeros del continente.
      Venían en sus grandes barcos, armados con esas armas que llamaban cimitarras y flechas, y apresaban hombres, mujeres y niños. Aquellos que eran hechos prisioneros nunca volvían, era igual que si murieran.
      Los guanches podían luchar contra ellos, siempre que consiguieran atraerlos a algún barranco donde poder enfrentarse con piedras y banotes a las cimitarras y flechas; y a los escudos que también llevaban. Pero los extranjeros se conformaban con capturar gente en la costa y sabían que entrar en los barrancos era caer en alguna trampa, así que se limitaban a llevarse los prisioneros que podían conseguir en el primer ataque.
      Así pues, todos los menceyes acordaron, en un tagoror celebrado en Arautava, que abandonarían los poblados de la costa. Y se prohibió la pesca con embarcaciones.
      Adguetón era un achimencey, un noble, por eso Benirze no quiso ordenarle, solo le recomendó que dejara de navegar. Y aunque destruyeron las barcas de los achicaxna,  los plebeyos, la suya se salvó de la quema. Adguetón prometió obedecer, pero primero tenía que capturar unos cuantos atunes para secarlos y salarlos, pues nunca más disfrutarían de su rica carne.
      Ningún plebeyo quiso acompañarlo esta vez, por miedo a que Benirze se enfadara. Bien, Adguetón podía navegar solo, y pescaría él solo tantos atunes como pudiera. Su carne sería para Catayda y los niños, y no la probarían aquellos cobardes.
      Catayda no quiso impedir la salida de su esposo, sabía que su determinación era total. Pero en su corazón temía por él. Eso sí, no dijo nada y los despidió como si aquella fuera una expedición de pesca como cualquier otra.
     
El mar estaba tranquilo, las olas no eran grandes y el cielo estaba despejado. Soplaba el viento de levante, pero cambiaría durante el día, pues ya se veían a lo lejos las nubes en el nordeste. Adguetón maniobró la pequeña vela para aprovechar el viento y se dirigió a la mar lejana, con rumbo norte.
      Perdió de vista la costa cercana, pero aún tenía a la vista el Echeyde cuando soltó el sedal con un buen sebo. Tardó un buen rato, pero al fin sintió que habían picado. Gracias a Achamán, tuvo fuerza suficiente para tirar de la cuerda y subir un pez de buen tamaño. Un atún hermoso. Adguetón le dio un golpe en la cabeza con el banote que siempre llevaba, y el animal dejó de debatirse.
      Volvió a soltar sedal, y aguardó mucho tiempo antes de notar el tirón. Pero en esta ocasión fue esfuerzo baldío: el anzuelo se rompió y la presa pudo soltarse, huyendo.
      Maldiciendo a Guayota, Adguetón puso el anzuelo de reserva, uno que había confeccionado con brezo y pulido con piedra pómez. Colocó el último trozo de pulpo y lo dejó caer a la mar.
      El tiempo estaba cambiando, así que aquel sería el último intento. Tanto daba si Achamán lo ayudaba de nuevo o si las tibicenas, las hijas de Guayota, intervenían para molestarlo.
      Aún apretaba Magec, el sol, y Adguetón tuvo que comer gofio del zurrón. Bebió un buen trago de agua y por fin notó que el sedal se movía. Tiró con fuerza, con más fuerza, al límite de su cuerpo, y consiguió un enorme atún, casi tan grande como él.
      Achamán le había ayudado, por cierto. Ya tenía todo el pescado que podía capturar él solo.
      Subió la piedra que usaba como ancla y desplegó la vela para aprovechar el viento del nordeste, que ya soplaba con fuerza.
      Magec se había escondido tras las nubes. Estas eran oscuras: parecía que iba a llover. Debía darse prisa.
      El Echeyde apenas era visible, pero el rumbo sur era evidente.
      Por fin pudo ver la costa. Estaba muy hacia el este, aquello parecía ser Acentexo. Y allá, hacia el oeste, estaba su casa.
      ¡Y un barco! Con la bandera de la media luna, ¡piratas bereberes!
      Se refugió en una caleta de la costa cercana. No había nadie a la vista, pues sin duda habrían huido hacia las cumbres al ver el barco.
      Adguetón escondió su barquichuela. No quería perderla, pues ya no quedaban artesanos capaces de confeccionar las tablas para hacer barcos, de unirlas con fuertes sogas, de calafatearlas con brea de pino. Él era la última persona de la isla que aún tenía vagos conocimientos de todo aquello.
      El viejo Gadarfía había sido el último artesano capaz de hacer todo eso con habilidad. Pero llevaba muerto varios años, y nadie quiso aprender sus difíciles artes. Adguetón lo había visto trabajar muchas veces y algo había aprendido; al menos podía cortar algunas tablas de los árboles, y hacer los agujeros para sujetarlas con recias cuerdas de piel de cabra. Más difícil era sacar la brea de los pinos y usarla para impermeabilizar las barcas.
      Otra artesana desaparecida era Hidácil, la cosedora. Solo ella había sido capaz de preparar aquellas pieles de oveja, tan finas que casi no pesaban, y tan fuertes que soportaban el viento; ella las había cosido hasta formar una vela y las había impregnado de sebo para hacerlas resistentes al agua: aunque lloviera, la vela no se haría más pesada. Decía Hidácil que las mejores pieles para las velas eran las de oveja. Muerta Hidácil, ya no quedaba nadie capaz de coser una vela completa, aunque Adguetón era capaz de reparar las dos que aún le quedaban.
      Pensando en aquellas cuestiones, el pescador aguardó hasta la puesta del sol. De vez en cuando se asomaba a lo alto del barranco, desde donde aún podía apreciar el barco de los bereberes.
      Se puso el sol y Adguetón se echó a dormir en la arena, cerca de su barca. Cayó una lluvia fuerte, y tuvo que esforzarse en vaciar el agua que entraba en su pequeño navío, usando el gánigo que tenía para tales menesteres.
      Al amanecer, volvió a mirar hacia el oeste. No había señales del barco extranjero.
      Adguetón recogió toda el agua que pudo en el fondo de la barca, y luego la empujó hasta flotar. Los dos pescados empezaban a oler con fuerza, si no los ponía a secar enseguida todo su trabajo sería en vano.
      Navegó hacia el oeste. Cerca de la costa de Ycoden, una columna de humo le hizo temer lo peor.
      Llegó a su caleta y buscó a su mujer y sus hijos. No los veía por ningún lado.
      De los restos de su cabaña salía la columna de humo.
      Adguetón gritó su rabia. Se echó a correr gritando los nombres de su mujer y de los pequeños.
      Nadie respondió.
      Estuvo a punto de abandonar los dos pescados, pero con un último esfuerzo se sentó, cogió la tabona y los abrió por el centro. Limpió las tripas y los dejó al sol.
      En los restos de su vivienda halló un poco de sal, que echó sobre los pescados.
      Todo el día, Adguetón permaneció junto a lo que quedaba de su vivienda. Tenía la esperanza de que Catayda hubiera huido a la cumbre con los dos niños; en tal caso, volvería cuando supiera que los extranjeros habían embarcado.
      Pero no vino nadie. Adguetón se echaba a llorar, cuando no tenía que vigilar el secado de los atunes.
      Pasó la noche en el suelo de roca, húmedo y frío.
      Por la mañana, estaba aterido, le goteaba la nariz, pero a Adguetón no le importaba nada. Estaba sucio, pero le daba igual.
      Recordaba que, en cierto momento de la noche, las tibicenas lo habían visitado para llevarse los pescados. Él las había ahuyentado a pedradas. ¿Eran tibicenas, o eran simples perros vagabundos? ¡Lo mismo daba!
      Por la mañana, vio venir un grupo de hombres. Eran Benirze y sus principales achimenceyes.
      —¡Adguetón! —dijo el mencey abrazándole—. ¡Lo siento mucho! ¡Se llevaron a tu gente!
      No hacía falta que dijera: «yo te avisé».
      Adguetón no respondió. Se echó a llorar, sin importarle que eso le rebajara ante sus iguales.
      Por fin, Adguetón buscó entre los restos de la cabaña algunas de sus pertenencias, aquellas que habían sobrevivido al fuego: unos gánigos y tabonas. Todo lo que era de madera o piel se había convertido en cenizas.
      Cargó con el trozo de atún más grande, y los otros hombres se repartieron los demás trozos. El pescado estaba seco, así que nadie se manchó con sangre. Aunque el oficio de carnicero era de muy baja categoría, un pescador achimencey como Adguetón podía cortar y mancharse con la sangre de los pescados cuando no hacerlo significaba perderlos. Adguetón siempre había preferido que fuera un achicaxna el encargado de abrirlos y limpiarlos, pero esta vez había estado solo; además, en su dolor no le había importado ensuciarse con sangre.
      Tampoco le habría importado que lo rebajaran a la casta de los plebeyos.
      En las cumbres de Ycoden, Adguetón vivió los restantes días de su vida. Solo, en una triste cueva donde unas espinas recordaban los últimos atunes.
      Cuando algún joven le pedía que le enseñara a fabricar un barco, el siempre decía—: ¡no!
      Y así fue como Adguetón fue el último barquero. Los guanches olvidaron el arte de navegar, y sólo se acercaron a la costa a coger mariscos, erizos y, si acaso, pescar desde la costa.
      Nunca más pudieron comer atún.

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