19 febrero 2017

MICKEY

Mickey nació en Burbank Labs. Bueno, eso lo supo más tarde porque cuando nació no era más que un ratoncito de laboratorio, vulgar y corriente. Pero no vamos a complicar la historia con esos detalles.
      En Burbank Labs trabajaban para la Lockheed, desarrollando diversas investigaciones, la mayoría secretas. Incluso había estudios que difícilmente podrían aprovecharse para la aviación, como los experimentos de Peter Watson. Pero en el mundo del secretismo caben muchas cosas, y no en vano la gente de Lockheed tenía muchas conexiones con los servicios secretos americanos.
      Peter Watson trabajaba con animales; buscaba aumentar su inteligencia. Para ello les aplicaba rayos X, rayos gamma y diversas sustancias. Su mejor resultado hasta ahora era Keyla, una mona tití con una cabeza enorme. Pero Keyla estaba medio calva y aunque podía articular algunas palabras, casi siempre eran insultos y blasfemias.
      Watson no trabajaba con ratones, pero tenía un par de jaulas para comprobaciones diversas. Tardó en darse cuenta de que una de ellas estaba rota.
      Y Mickey quedó libre.
      Durante días vagó por aquel enorme lugar. Buscaba comida, por supuesto, y también algo que roer, para gastar sus incisivos. Lo que haría cualquier ratón.
      Vio cómo colocaban a la mona, Keyla, bajo una cápsula de metal. La cápsula tenía ricas gomas, deliciosas de mascar, algo que el ratoncito no pudo resistir.
      Bajo la cápsula, roía las gomas mientras podía oír ruidos extraños y sentía un calor que le recorría el cuerpo. Siguió royendo.
      De súbito, todo se hizo brillante para el ratón. ¡Comprendía muchas cosas! Como que no le convenía que lo descubrieran.
      El humano, Watson, levantó la cápsula y observó el cuerpo, ya sin vida, de la mona.
      —Keyla es baja —dijo, para que su ayudante lo consignara en el diario de laboratorio.
      El ratón, aún sin nombre, entendió aquellas palabras. Y otras cosas.
      Durante varios días, el ratoncito vagó por los laboratorios, aprendiendo. Descubrió la biblioteca y allí aprendió a leer.
      Fue leyendo como se acostumbró a estar erguido, pues así podía leer mejor. Su cuerpo no era adecuado para una postura bípeda, pero se apoyaba en al rabo y así se podía mantener.
      Por fin, decidió salir de aquel lugar.
      Las calles no eran sitios adecuados para un ratón como él, pero no tenía otra opción hasta que pudiera hallar un sitio adecuado. Los otros ratones lo ignoraban, aunque una hembra en celo se le acercó tentadora, pero él no tenía ganas de sexo. Y los gatos y demás depredadores eran un peligro constante; por no hablar de trampas, venenos y otros peligros. O los mismos automóviles.
      Hasta que llegó al estudio. Ya había leído acerca de esos lugares, allí se hacían dibujos y películas. Un lugar más tranquilo, y seguro, que el laboratorio.
      ¡Había papel en abundancia! Y comida: sándwiches, cáscaras de fruta, etc. ¡El paraíso!
      Una tarde, estaba mascando una hoja de papel cuando fue descubierto. Un dibujante, Ub Iwerks, estaba pensando, buscando ideas, cuando lo vio.
      Ub había recibido la orden de su jefe Walt de buscar un nuevo personaje para sustituir a Oswald, cuyos derechos había perdido. Y vio ante sí a un ratón, de pie, que le miraba con ojos inteligentes.
      —¡Mickey Mouse! —exclamó el dibujante e, ignorando el papel mordisqueado, empezó a trazar un esbozo al carbón.
      El ratoncito aceptó aquel nombre. Y Mickey observó, interesando, cómo surgía su versión de cómic.
      —¿Te gusta? —le preguntó el dibujante cuando hubo acabado.
      Mickey notaba diferencias entre su propia imagen en el espejo y aquella caricatura. Pero sonrió y movió la cabeza de arriba abajo.
      —¡Perfecto, entonces! Se lo presentaré a Mr Disney, a ver si le gusta.