02 marzo 2017

Icaro

La nave tripulada Ícaro se había adentrado en la órbita de Mercurio. Nunca un vehículo tripulado había llegado tan cerca del Sol.
      Y nunca una nave tripulada había visto «la otra cara» del Sol.
      Aunque decían los científicos que eso carecía de sentido. Que el Sol gira sobre sí mismo y que tarde o temprano muestra todo su globo hacia cualquier observador, en la Tierra o en cualquier otro lugar. No hay «cara oculta», decían.
      Y sin embargo John LaPorta sentía que era la primera vez que estarían detrás del Sol, ocultos de la Tierra.
      Junto con Magie Ortíz y Sergei Ivanovich se disponían a perder las comunicaciones con la Tierra.
      —Control, aquí Ícaro. Dos minutos para que la corona se interponga.
      —Aquí... Gzzzz... Inutos recibi... Grrrsss.
      —Control, me temo que las interferencias han empezado antes. No recibimos.
      —Krrrgrr...
      —¡Déjalo, John! —comentó Magie—. Los límites de la corona no están bien definidos, ya lo sabemos.
      —Las interferencias empezaron antes de lo previsto —añadió Sergei.
      —Vale, pero dejaré el canal abierto.
      John echó una mirada al telescopio que apuntaba a la Tierra. La imagen era borrosa, como si una masa de gas se interpusiera. Y eso era justo lo que estaba sucediendo.
      Esperaron un minuto para contemplar lo que tenían debajo.
      Hasta entonces, la superficie ardiente del Sol se había visto matizada por los filtros. Toda clase de filtros protegían a la Ícaro de la enorme radiación que recibían de la estrella. En visible, en infrarrojos, en ultravioleta, en radio... en todo el espectro electromagnético.
      Los filtros dejaban pasar un poco del visible, para que les fuera posible ver. Pero ese poco era un resplandor casi intolerable.
      Y ahora el resplandor estaba desapareciendo...
      —¿Qué diablos? —exclamó John.
      Un minuto más y bajo ellos la mayor de las negruras.
      —Magie, quita el filtro visible —ordenó Sergei.
      —¿Estás loco? ¡Nos freiremos!
      —Sólo un segundo. Mantente lista para ponerlo de inmediato.
      —Como ordenes.
      Magie pulsó un botón en el control y el filtro visible desapareció.
      Seguía la oscuridad.
      Ahora, Magie fue eliminando filtro tras filtro. Y observando con atención los indicadores.
      No recibían nada de radiación del Sol.
      —Es como si no hubiera cara oculta del Sol —observó John.
      —¡No es posible! —exclamó Sergei—. ¡Está comprobado el giro del Sol! ¡Y hemos lanzado miles de sondas que han dado la vuelta al Sol!
      —Pero todo eso son aparatos —dijo Magie.
      —¿Qué insinúas?
      —No insinúo nada, Sergei. Lo digo con toda claridad. Somos los primeros seres humanos que vemos directamente el otro lado del Sol. Y no hay nada.
      —Entonces, el universo no es lo que parece —sugirió John.
      —Así es —confirmó Sergei—. El Sol es plano. Fijaos bien, sólo tiene una cara.
      Había enfocado el borde de la cara oscura. Era fina como el papel.
      En ese momento se encendieron los motores de la nave.
      John corrió hacia sus controles.
      —¡No he tocado nada! Pero están a la máxima potencia. ¡Y estamos justo en el perihelio!
      La nave Ícaro salió detrás del Sol con velocidad suficiente para salir del Sistema Solar.
      —Creo que está claro, señores —comentó Magie—. Dios nos está llamando.
      —Espero que sea para darnos alguna explicación —añadió Sergei.