15 marzo 2017

Oscuridad

Día 0, año 0.- Lugar: sobre el Océano Pacífico
Entró en la atmósfera terrestre sobre la península de Kamchatka. Desde la lejana Vladivostok hasta Sapporo se pudo ver el fenómeno. Una enorme bola de fuego atravesó el cielo en dirección sudeste. Muchos se quedaron sordos por el estruendo, y numerosas cristaleras se rompieron en mil pedazos.
      El cometa cruzó el Océano Pacífico dejando una estela de óxidos nitrosos y vapor de agua tras su paso.
      En las Islas Midway creó una la ola de fuego que lo arrasó todo.
      En Honolulu, poca importancia tuvo que algunos pudieran sobrevivir al trueno, al fuego o al fuerte resplandor. Porque cuando el cometa chocó contra la superficie del mar, unos kilómetros al sur de la isla de Oahu, la ola de cientos de metros de altura lo barrió todo…

Día 35, año 0.- Lugar: Reno (Nevada), USA
Era una verdadera suerte que aún tuviera gasolina para el coche. Usando una linterna, Wilson vació en el depósito del coche los dos pequeños recipientes llenos de gasolina, toda la que tenía. No sabía hasta donde podría llegar, pero tenía que irse con su esposa, antes de que los disturbios les alcanzaran.

Todo había sucedido casi de repente.
      Primero, la lucha por conseguir plazas en algún refugio. Se suponía que fueron sorteadas, pero más de uno logró la suya sin tener que contar con la suerte. Todos los intentos de Wilson por sobornar a alguien influyente se quedaron en un enorme gasto de dinero: casi todos sus ahorros. Al final, optó por gastarse todo lo que le quedaba en provisiones de larga duración, justo cuando ya estaban carísimas. Y no se acordó de comprar más petróleo.
      Pudo ver por la televisión, desde el refugio que montó en el sótano, las imágenes del satélite que mostraron el impacto. Se decía que todo Hawai había sido destruido.
      Wilson había estado allí apenas un año antes, de luna de  miel con su esposa, y guardaban un grato recuerdo. Ella lloró viendo aquellas imágenes.
      Pocas horas más tarde se interrumpieron las emisiones, un canal tras otro. De lo que pasó después se enteraron tan sólo por rumores y comentarios.
      Se decía que las olas gigantescas habían barrido toda la costa del Pacífico, desde Alaska hasta México. Ciudades como San Francisco o Seattle ya no existían.
      Del Gobierno no sabían nada. Probablemente estaban todos ellos en su refugio de las Montañas Rocosas.
      Wilson no volvió a su trabajo. El Jefe había huido a algún refugio, acompañado de una secretaria, y alguien había saqueado la caja fuerte. No había nada que hacer en la empresa.
      Llegó la oscuridad. Unas nubes negrísimas cubrieron el cielo todo el día. Y se mantuvieron así un día tras otro. Sólo el reloj permitía saber si era de día o de noche.
      Wilson y su esposa trancaron puertas y ventanas y se metieron en el refugio.
      Pero era tremendamente aburrido, y poco a poco se atrevieron a salir a la calle, donde tan sólo encontraron vecinos tan aburridos como ellos.
      Pronto fue esa la rutina diaria, salir un rato para comentar los rumores con los vecinos. Con frecuencia entraban en alguna vivienda para conseguir algo de calor (cada vez hacía más frío), compartiendo los víveres entre todos.
      Se decía que en el centro había bandas de delincuentes luchando por el control de sus respectivas zonas. Y que algunos grupos terroristas habían aparecido para entrar en la lucha. Nadie se atrevía a ir al centro.
      Cada vez tenían más miedo, y las conversaciones con los vecinos se fueron reduciendo a unas palabras de tarde en tarde. Mientras hubo electricidad.
      Cuando se fue la luz, ya nadie osó salir a la calle. La oscuridad ahora era total.
      Lo peor era que Reno estaba en medio del desierto, e incluso el agua debía extraerse de los pozos mediante electricidad.
      En otras palabras, sin electricidad no tenían ni agua ni calefacción.
      Por tanto, Wilson y Mary subieron a su coche cargado con gasolina y con todos los víveres y la ropa que pudieron meter. Salieron a la calle oscura.
      Los faros alumbraron la calle vacía. Pero Wilson los apagó, pues comprendió que los hacía visibles para cualquiera que anduviera por allí. Y sólo tenía una diminuta Colt .38 en la guantera para defenderse.
      A la velocidad de 15 millas por hora podía ver cualquiera cosa en la oscuridad. Wilson abandonó Reno y salió al desierto.
      Nunca más se supo de ellos dos.

Día 69, año 0.- Lugar: Kansas City, USA
Dentro de la casa se habían acabado los alimentos frescos. Aún quedaban enlatados para muchas semanas, pero quizás pudieran hallar algo de carne fresca, aunque fuera un perro como la última vez.
      Dos días atrás, John había salido a buscar carne y no había regresado. Casi seguro que le había pasado algo; pero no estaban los tiempos para llorar a nadie, había que sobrevivir. Esta vez le tocó a su hermano mayor, Peter.
      Con su fusil M-16, Peter quitó el grueso tablón que cerraba la puerta. Se asomó con cuidado. Aunque era de día, las gruesas nubes que cubrían el cielo no dejaban pasar ni un solo rayo de luz; parecía de noche cerrada.
      Peter alumbró con su linterna y no vio nada de interés. Sólo veía la nieve que cubría todo el lugar.
      —Me voy, todo está tranquilo —dijo, y abrió la puerta.
      En este momento, una ráfaga de balas lo levantó literalmente del suelo. Cayó en un charco de sangre sin decir una palabra. Antes de que se cerrara la puerta, cinco hombres armados irrumpieron en la casa disparando a todo el mundo.
      Poco después, los intrusos comprobaban que no quedaba nadie vivo en la casa y comentaban entre ellos:
      —¿Lo veis? Os dije que aquel chico había salido de una de estas casas. Hicimos bien en espiar.
      —Cierto, Frank. Ahora tendremos carne para unos días.
      —Y esta casa parece más adecuada para refugio. Es caliente y fácil de guardar.
      —¡Eh, mirad, hay electricidad!
      —¡Joder, qué bien! De acuerdo, vamos a guardar estos cuerpos e id vosotros tres a avisar a los demás. Que traigan todo lo que puedan, no voy a hacer viajes por gusto. Y no uséis luces.
   
Día 117, año 1.- Lugar: Frankfurt (Alemania, UE)
El teniente Jung caminaba al frente de los soldados por las calles oscuras cubiertas de nieve sucia. La gruesa capa de nubes apenas dejaba escapar algún rayo de sol, pero en general reinaba la oscuridad casi total.
      Caminaban en dos hileras y entre ellas avanzaba un pequeño vehículo. Había escasez de combustible y sólo usaban el vehículo para transportar los pertrechos y suministros que pudieran conseguir, pues tal era su misión.
      Jung vigilaba discretamente al capitán Hessel, quien iba en el vehículo. Hacía apenas un mes que otro mando había intentado fugarse con todos los recursos acumulados en un vehículo, y el propio Jung había dado orden de disparar. No se le acusó de desacato porque las circunstancias fueron clarísimas, y todos los soldados informaron así al Coronel Transmann.
      Los dos pelotones estaban formados por 14 y 15 soldados, que era todo lo que quedaba de la compañía. El resto había ido falleciendo por diversos motivos desde que no habían podido entrar en los refugios cuando la caída del cometa. Ni siquiera iban correctamente vestidos, llevaban el uniforme de verano con los abrigos que pudieron conseguir encima. Aún tenían algunos uniformes de camuflaje blancos pero los reservaban para una emergencia. Aunque, ¿para qué diablos necesitaban camuflarse con esta oscuridad?
      Buscaban comida, como un grupo de cazadores primitivos. Toda una farsa para lo que quedaba del grupo más potente del Euroejército.
      Aparte de lo que pudieran encontrar, sólo quedaban latas de comida. Y no había mucho que conseguir fuera del cuartel: todo bicho de cuatro patas o emplumado había desaparecido en un área de 5 kilómetros de radio. Hasta los ratones que podían cazar se los comían.
      Jung había oído que en algunos lugares se comían los cadáveres, e incluso llegaban a matar personas para comérselas; pero él esperaba no verse en esa situación.
      —¡Pelotón, alto! —ordenó. El capitán Hessel asintió con la cabeza desde el coche. Aquel era un buen lugar para iniciar la exploración.
      Los soldados se dispersaron en grupos de 4 ó 5. Jung y Hessel permanecieron en el vehículo con tres soldados más.
      No llevaban linternas. Los dispositivos de visión nocturna ya no servían por falta de pilas, pero los soldados estaban acostumbrados a la penumbra y se desenvolvían bien. Quien no había sido capaz de desenvolverse ya era cadáver.
      Pasó una hora, más o menos (no tenían relojes) cuando empezaron a regresar los grupos, la mayoría con las manos vacías; uno de ellos traía un perro muerto, un animal grande aunque en los huesos.
      Con ellos venía una mujer con un niño en los brazos.
      —Estaba sola en una casa totalmente vacía — informó una soldado—. Creo que está traumatizada, mi teniente. Fíjese bien en el niño…
      El teniente observó el niño que llevaba la mujer. Estaba muerto…
      —Mujer, ¿por qué no nos dejas atender a tu hijo?
      —¡No! ¡Se lo van a comer, lo sé! ¡Es mi niño, y nadie lo tendrá!
      En ese momento oyeron ruidos de carreras y vieron unas luces.
      —¡A las armas! —gritó el teniente.
      Cuatro soldados venían corriendo, perseguidos por otro grupo armado, éste con linternas.
      Los perseguidores parecían ser unos diez o quince. Se vieron sorprendidos por el fuego, pero respondieron. Durante unos minutos los disparos se oyeron en todo el barrio; los soldados que aún estaban de exploración aparecieron para ayudar a sus compañeros.
      Al final, los atacantes dejaron de disparar. Estaban todos muertos, tendidos en la nieve rosada por la sangre derramada.
      Entre los soldados se contaban 4 bajas y 5 heridos graves que tal vez terminarían por ser también bajas, pues apenas quedaban medicamentos. Pero las bajas peores eran las de los ocupantes del vehículo: una ráfaga lo había atravesado matando al conductor y al capitán. También había muerto la mujer, pero no podían sentir dolor por ella, pues apenas la habían conocido durante unos minutos. Y encima el vehículo estaba totalmente inutilizable.
      Hicieron camillas con la lona del vehículo y pusieron sobre ellas a cuatro de los heridos, los que tenían alguna posibilidad. Al quinto herido, el teniente le dio el tiro de gracia porque se moriría en pocas horas.
      Los 20 soldados restantes y el teniente se pusieron en marcha de vuelta al cuartel. Algunos de ellos llevaban también las presas logradas: un perro, dos gatos y 5 ratas.

Día 252, año 4.- Lugar: Cualquier ciudad abandonada por los humanos
La comunidad de ratones estaba de enhorabuena. Ya no hacía frío y por fin podían salir afuera. Tampoco había enemigos a la vista, podían caminar por las calles vacías sin tener que preocuparse demasiado. Claro que siempre había que mantener la alerta (nunca se puede saber, aunque no haya enemigos a la vista, éstos siempre aparecen de repente en la vida del ratón).
      Los ratones adultos de muy pocas semanas, salieron del escondite de la biblioteca, donde gran número de libros les había servido en los tiempos fríos para mantener el calor y para entretener los dientes. Se pusieron de inmediato a buscar comida bajo la luz del sol. No había mucho alimento, pero buscando, buscando, siempre se podía encontrar algo.
   
El grupo de ratas también buscaba comida con desesperación. Ahora que hacía menos frío podían salir al exterior y buscar con mayor facilidad. Pero eran muchas las crías que exigían su alimento pues el colectivo de ratas había crecido en exceso durante los últimos años. Ya no había humanos que las persiguieran ni les pusieran veneno, y además habían dejado sus viviendas llenas de ricos alimentos, contando los numerosos cadáveres.
      Tenían que buscar nuevos lugares con comida, pues los ya conocidos estaban agotados.
      El olor les guió hacia las cercanías de la biblioteca donde estaban los ratones. Cayeron sobre ellos y se dieron un festín.

(Textos extraídos del libro "vuelta a la tierra")