02 diciembre 2011

ZEMOZ, EL BARBARIANO (3ª parte)

(Viene de la segunda parte)

El barbariano aborrece de las riquezas. Oro, joyas, trajes de seda, ningún signo de ostentación significa nada para él. En ningún palacio es capaz de permanecer más que unos días, antes de que su afán de aventuras le lleve a irse. Los lechos de plumas y seda no lo soportan, los perfumes de Oriente no valen para disimular su olor, las más ricas viandas son, para él, iguales a cualquier otra comida: todo lo engulle sin saborearlo. Las ropas más lujosas no le sientan o no le sirven, no sabe apreciar el arte de tapices o pinturas. Lo único que es capaz de apreciar es el oro pero no sabe qué hacer con él, así que lo más frecuente es que lo regale o lo pierda.
      Una vez, el Rey de Mel_on_Har le obsequió con una bolsa llena de monedas de oro, en premio por haber limpiado el reino de delincuentes y alimañas (las alimañas se las había comido, junto con todo lo que encontró en los almacenes), y también para que dejara tranquilas a los mujeres del reino. Era una bolsa con más de quinientas monedas de oro de gran tamaño.
      Zemoz cargó con su bolsa y salió andando del castillo. Al atardecer decidió echarse a dormir junto a unos árboles. Era verano y los altos árboles aportaban el único frescor posible.
      Como tenía hambre, devoró lo único que pudo hallar: unos hongos que crecían en un rincón húmedo y sombrío. Pero Zemoz ignoraba que se trataba de hongos alucinógenos, los únicos que pueden crecer en Mel_on_Har por esas fechas. Aunque a Zemoz el único efecto que le produjeron fue mucho sueño.
      Fue por tal motivo que se echó allí mismo, junto al camino, cuando lo normal hubiera sido buscar un lugar más discreto y seguro. Pero aquella vez, Zemoz no razonó como solía hacerlo.
      De madrugada pasaron por el lugar cinco hombres. Eran vagabundos que vestían con harapos, restos de trajes más lujosos y desechados por sus dueños originales. Ni siquiera llevaban más armas que unos gruesos puñales, escondidos entre sus túnicas andrajosas.
      Habían oído que en Mel_on_Har habían expulsado a todos los ladrones y pensaron que tal vez allí podrían hacer de las suyas sin tener competencia. Cuando vieron a Zemoz durmiendo decidieron probar fortuna.
      Nada más abrir el saco con las monedas de oro, se les encendieron los ojos de pura codicia. Pero ninguno de ellos fue capaz de levantarlo, así que optaron por vaciarlo y repartir su contenido entre los cinco.
      Fue entonces cuando uno de ellos se fijó en la espada de Zemoz. «Con semejante espada nadie podrá con nosotros» dijo. Decidieron que sería buena idea hacerse con aquella espada. Luego la sortearían entre los cinco para decidir quien se quedaría con el trofeo.
      Lamentablemente, Zemoz la aferraba con fuerza. Al intentar arrebatársela, Zemoz despertó y gritó fieramente: el bandido que estaba más cerca quedó sordo para siempre.
      Zemoz era rápido, tanto de mente como de cuerpo, y de inmediato pudo comprender lo que sucedía. Blandiendo la espada, se enfrentó a los cinco bandidos y en pocos minutos los tenía a todos ellos tumbados en el suelo. No los mató, porque Zemoz tan sólo mata cuando lo cree indispensable. Sólo los dejó contusionados, para que se estuvieran quietos el tiempo suficiente.
      Revolviendo entre sus cosas pudo hallar comida, no mucha por cierto pero sí la suficiente para calmar un poco su hambre.
      Entre la comida de los bandidos halló un salchichón de Banatria, duro como un madero. Se disponía a morderlo cuando Zemoz notó que tenía hambre de otro tipo. Las mujeres de Mel_on_Har le habían sabido a poco y nuevamente sentía en sus partes íntimas el habitualmente fuerte apetito sexual.
      Con su espada, obligó a los cinco bandidos a ponerse a cuatro patas y los sodomizó uno tras otro, haciendo uso del salchichón cuando él ya no tuvo más ganas.
      Y finalmente dejó a los cinco tirados en el suelo, mientras él se marchaba lejos del reino de Mel_on_Har comiéndose el salchichón a grandes bocados.
      Cuando Zemoz se hubo alejado, los maltratados bandidos recogieron sus cosas.
      Se quedaron de piedra cuando vieron que, aunque el barbariano se había llevado toda la comida, les había dejado el oro.
      Zemoz no llegó a echar de menos el oro que le habían quitado los bandidos. Y ellos llegaron a Mel_on_Har con dinero suficientemente para comprar ropas decentes y luego para montar diversos negocios, por lo que nunca más tuvieron que robar...
 
      Se estarán preguntando ustedes, señores lectores, que quien soy yo para conocer tantas cosas acerca de Zemoz. Me llamo Fligencio y mi ocupación habitual, más que hacer de cronista, es vender telas de todo tipo. Sedas, lanas, algodones, linos, todo ello en colores variados y con los más diversos bordados, desde lo más sencillo y económico hasta drapeados en oro dignos de un rey. Decidme lo que prefiráis y yo os lo mostraré; luego ya hablaremos del precio…
      Pero no estamos aquí para vender sino para contar las aventuras de Zemoz el barbariano.
      Como ya os he dicho, soy vendedor y cierta tarde salía de la ciudad de Jiterzam con mi carruaje.
      Era un día ventoso y desapacible. El viento del este soplaba seco como suele ser habitual, llevándose la poca humedad que conservaban las plantas del invierno. El sol brillaba inmisericorde en un cielo sin nubes.
      Los dioses me habían favorecido con la venta de una generosa cantidad de género y mi bolsa ciertamente rebosaba de monedas. Tal vez abultaba demasiado puesto que, aunque le tenía escondida entre las telas, de alguna forma su olor o su sonido llegó hasta unos malhechores que me estaban esperando al acecho. O tal vez simplemente me vieron como una presa digna para tan «respetables» ladrones.
      Mi humilde carro avanzaba por el camino, arrastrado por mi mulo a una velocidad aceptable gracias a que estaba medio vacío del género. Quien estas líneas redacta aprovechaba para descansar de la jornada, mientras meditaba en las compras que debería hacer antes de dirigirme al siguiente mercado. Me sentía relajado y satisfecho, a la vez que sentía que bien podía aprovechar una parte pequeña de mis ganancias en alguna hembra fácil de complacer con dinero. Tal vez la ciudad de Jur_Kendia fuera un destino adecuado: sus mujeres siempre han tenido fama, tanto por su accesibilidad en materia de amores como por ser buenas clientes.
      De repente se presentaron ante mí tres forajidos armados con cimitarras y hachas dobles. Y tras los árboles se podían apreciar otros dos más, escondidos. Viendo así las cosas, ni siquiera intenté ofrecer resistencia; no era la primera vez que me asaltaban y sabía que lo importante es conservar la vida. De poco te sirve si pierdes la vida pero salvas el género… pues de todos modos también lo vas a perder, los ladrones se lo llevarán después de matarte. Así que yo tan sólo ofrezco resistencia si tengo la seguridad de ganar, como sucedió en cierta ocasión en la que un solo bandido me exigió la bolsa de monedas. Aproveché cuando estaba revolviendo entre las telas para darle tan fuerte con un palo que le rompí la cabeza. Aquel forajido ya no robó a nadie más…
      Pero en esta ocasión ellos eran tres y yo uno solo; eso sin contar a los otros dos escondidos. De manera que dejé que buscaran entre los trapos hasta hallar la bolsa.
      Aún así, uno de ellos hizo amagos de cortarme el cuello con la cimitarra, y lo hubiera hecho si los demás no lo hacen desistir abriendo la bolsa y empezando a repartir las monedas.
      Fue entonces cuando apareció Zemoz. Ya lo había visto yo en la plaza, pero en aquel momento no me interesó gran cosa: no tenía el aspecto que suelen tener mis clientes. Pero él también me había visto y de alguna forma supo que los maleantes irían a por mí; probablemente porque conocía el territorio mejor que yo. Como fuera, me había seguido y así había llegado a tiempo de ver como me asaltaban.
      No dijo nada, tan sólo lanzó un grito de guerra y con su espada cortó la cabeza al primer ladronzuelo. Los demás se volvieron, sorprendidos, pero ni siquiera pudieron coger sus armas. Antes de que cualquiera de ellos se hubiera dado cuenta, había tres cuerpos ensangrentados en el suelo, y tres cabezas cortadas. Más allá de los árboles se pudo oír el ruido de unos pies a toda carrera: evidentemente los otros bandidos no se habían quedado a ver lo que pasaba.
      Zemoz recogió las monedas regadas por el suelo y las guardó en la bolsa, que me devolvió diciendo:
      —¿Es esto tuyo, vendedor?
      —Sí es mío, y de esas monedas serán tuyas las que tú quieras, pues me has salvado la vida, y te las debo.
      —No quiero tu oro, así que te lo devolveré todo.
      —Como desees, pero ya sabes te debo la vida. De alguna forma deberé pagarte —me eché a temblar mientras decía eso, pues sabido es que algunos de esos aventureros prefieren los hombres a las mujeres; y mis gustos en materia de sexo no van por ahí precisamente.
      —De momento me contentaría con algo que comer. ¿Tienes algo, por ventura?
      Rebusqué en mi carreta y saqué una pierna de cerdo asada. La tenía guardada para comer en los próximos tres días. El aventurero la cogió sin siquiera decir gracias y la devoró como un lobo hambriento devora su presa. Sólo dejó el hueso pelado.
      Aunque la pierna me había costado unas cuantas monedas de oro, no me importaba. «Mejor la pierna de cordero que mi culo», pensaba yo.
      Para ganarme su amistad, le dije mientras aún devoraba la pierna:
      —Me llamo Fligencio y soy vendedor de telas. ¿Puedes decirme tu nombre, oh aventurero?
      —Me conocen como Zemoz el barbariano.
      —Eres de Barbaria, por tanto. Pues has de saber que yo soy de Neflumio, un país vecino del tuyo.
      —Tanto tú como yo somos extranjeros en esta tierra, Fligencio.
      Me asombró que llegara a esa conclusión tan rápido, pues no parecía tener muchas luces.
      Muy pronto acabó de comer, y lanzó el hueso a lo lejos del camino. Se quedó entonces mirándome unos minutos antes de decir:
      —Creo que ya sé como puedes pagarme el que te haya salvado la vida.
      Pensando en que tal vez mi culo aún no se había salvado, dije:
      —Tú dirás, Zemoz.
      —Tú pareces hombre sabio, Fligencio, ¿acaso yo me equivoco?
      —No te equivocas, Zemoz. Tuve el grato honor de aprender letras y cálculo con el gran Klix Heu Taki en la ciudad de Ootarme, capital de Neflumio.
      —O sea que sabes escribir, ¿no es cierto?
      —En efecto. Y tengo buena letra, además. Es lo que suelen dicen quienes leen mis informes contables.
      —¿Serás capaz, en ese caso, de escribir mis aventuras?
      —Siempre que también pueda vender mis telas. Porque cierto es que necesito comer y si por ventura no vendo, entonces tampoco como. De la literatura dudo mucho  que yo sea capaz de vivir. No me considero un gran literato, uno de esos que buscan los reyes para narrar sus aventuras, glosando sus historias para mayor gloria.
      —Yo te acompañaré en tus andanzas.
      —Más aún necesito poder comerciar, si te decides a acompañarme. Si no vendo nada, tampoco podré dar de comer a mi acompañante.
      De todos modos, la idea no me seducía. No creo que fuera capaz de vender gran cosa con esa mole apestosa vigilando el género.
      Finalmente llegamos a un acuerdo por el que él me acompañaría por los caminos solitarios pero al llegar a una ciudad él se iría a buscar aventuras y yo me quedaría en las plazas vendiendo. Luego ya nos encontraríamos a la salida. Y él me contaría sus aventuras y yo las copiaría sobre papiro.
      Así, Zemoz me ha acompañado durante varios años prodigiosos. Desde entonces nunca me han asaltado pues los forajidos ya saben quien es mi escolta; con mucha frecuencia antes de verme ya han trabado contacto con su espada y sus fuertes brazos. Y a la hora de vender, Zemoz no me estorba pues prefiere perseguir a las chicas y a los jovencitos; o a los malhechores, claro está, como es su obligación tal y como él mismo afirma.
      Y aquí estoy yo reflejando las aventuras de Zemoz el barbariano. Por suerte para mí, él es incapaz de leer. Tan sólo espero que tú, amigo lector, no seas indiscreto y le reveles las opiniones que he puesto acerca de él. No quisiera hacerle enfadar, por motivos harto evidentes…

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