De nuevo nos pusimos en marcha rumbo a un lugar muy distante. Esta vez se trataba nada menos que del desierto de hielo del norte. Para llegar hasta allí debíamos viajar en barco, algo que ni Zemoz ni yo habíamos hecho antes.
Nuestra tierra, desde Barbaria y Neflumio hasta todas aquellas que se precian de servir para las aventuras de Zemoz, es un enorme continente, rodeado por grandes océanos al norte, este y oeste. Hacia el sur, la tierra llega hasta el hielo infinito, plagado de montañas donde no vive nadie, salvo fantasmas de hielo.
Pero hay otras tierras, como Ertiwelda, al este, una enorme isla llena de selvas y hombres salvajes, y Jortiendftres, el archipiélago del oeste cuyas islas están repletas de arena. Y la isla del norte, otro mundo helado, sólo accesible a través del mar. En sus costas viven pescadores y cazadores de morsas, pero en su interior sólo hay un enorme glaciar, el hielo infinito que cubre casi todo el norte.
Y digo «casi todo» porque cerca del mismísimo polo norte hay un lugar libre de hielo, una montaña altísima, lisa como una aguja, tan lisa que en ella no hay hielo.
Pues bien, debíamos buscar la tercera joya en la cima.
Y para esta coasión ni siquiera nos podría valer la técnica de subir como una mosca de Zemoz. Era tanto el frío que era simplemente imposible conseguir agarre, aún para una mosca. La única vía era por el aire. Volando como un pájaro.
Nos dirigimos al puerto de Liboriyin. Por el camino hicimos lo habitual: nos aposentábamos en una ciudad, yo mostraba las mercancías de mi carro y Zemoz se iba a correr aventuras. Luego nos reuníamos por la noche para descansar.
Yo trataba de llenar la bolsa y vaciar el carro y a veces lo conseguía. Dos veces aproveché el paso de otros comerciantes para intercambiar productos, que luego vendía.
Zemoz recuperó su pelo largo, sus trenzas y su barba. Y abandonó la higiene, con lo que olía como era habitual. En otras palabras, ya era el de siempre.
Y así llegamos a la costa. Desde lejos, el mar se veía tranquilo, pero al estar más cerca ya vimos las enormes olas. Zemoz no demostró miedo, si es que acaso lo sentía, pero yo sentí que las tripas se me salían por la boca… y aún no estaba navegando.
Gasté media bolsa en comprar dos docenas de largas varas de granelio, más fuertes que el bambú, y ligeras como plumas. Cada una medía más de seis varas de largo, y las compré por sugerencia de Zemoz, quien no me explicó para qué las quería, aunque alguna idea sospechaba yo.
Buscamos un barco donde poder llevar las varas de granelio. No resultó fácil, pues la mayoría eran pequeñas barcas de pescadores, pero encontramos una adecuada. Más difícil resultó convencer al capitán de que nos llevara a la isla del norte, pero con el oro que me restaba pude lograrlo.
Se llamaba Jekim_Nam y era, sin duda, un recio hombre de la mar. Zemoz lo miró de arriba abajo como si previera la posibilidad de un enfrentamiento, algo que yo no deseaba. Nuestras vidas dependerían de ese hombre, al menos durante un tiempo, y no quería problemas.
Le di la mano, que me apretó con tanta fuerza que me dejó los dedos medio rotos. Zemoz hizo lo mismo y por un momento vi la competición entre ambos hombres. No estoy seguro de que ganara alguno de los dos.
Partimos, y de inmediato lamenté haberlo hecho. El barco era grande, comparado con las demás barquichuelas de pesca, pero las olas eran mayores. Tanto Jekim_Nam como la tripulación (cinco recios marinos de Liboriyin) parecían inmunes al mareo. Zemoz también, aunque apenas se movía, sentado en cuclillas sobre la cubierta.
Pero yo estaba mareado apenas media hora después de zarpar.
Me habían aconsejado permanecer en cubierta, pues se suponía que el aire me vendría bien.
Bien o mal, el aire me importaba un ardite. Ya había vaciado lo que tenía en las tripas desde hacía lo menos tres días atrás, y no me quedaba nada que vomitar. Pero el cuerpo me seguía pidiendo echar algo afuera.
Sentí que me moría y al fin opté por echarme al suelo, derrotado.
El barco se movía hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia delante, hacia atrás, arriba y abajo.
Por fin, me quedé dormido en el suelo mojado.
Me despertó el frío. Una ola había barrido la cubierta y lo había dejado todo lleno de hielo, pues estaba casi en el punto de congelación.
Temblando, me levanté y me abrigué como pude. Tenía un grueso abrigo de piel de grisonete blanco, que me puse por encima para entrar en calor. Cubrí mis manos con mitones y en la cabeza me puse un gorro de lana de caliñena.
Zemoz seguía con su taparrabos, inmóvil, tal vez meditando.
Llegada la hora de comer, me obligué a tragar algo de sopa, más que nada para tener algo en el estómago. A los pocos minutos, la sopa estaba fuera, sobre cubierta (no me dio tiempo ni para apoyarme en la borda para echarlo todo al mar). Uno de los marinos me miró con mala cara, pues a él correspondía limpiar aquello.
Así pasamos cuatro jornadas, las peores de mi vida. Prefería colgar del precipicio de Bluwartyö a seguir un día más navegando.
Llegamos al fin a un puerto entre acantilados de hielo.
Hablé con Jekim_Nam.
—Nos ha de esperar aquí tres semanas, ni un día menos. Si para entonces no hemos llegado, es usted libre de marcharse si lo desea. Pero si se marcha antes y nos deja abandonados, buscaré la forma de hacérselo pagar.
—No hace falta que me amenace, vendedor de telas. Soy un hombre de mar y siempre cumplo mi palabra.
—Así sea. Y le ruego disculpe mis palabras si le han molestado.
Los marineros nos ayudaron a bajar nuestro equipaje, formado casi todo por dos haces de varas de granelio y un buen trozo de tela fina y resistente, además de un poco de abrigo (para mí) y comida para tres semanas. La comida era toda ella muy compacta, pensada especialmente para caminar largos recorridos y ocupaba muy poco espacio; para comer deberíamos derretir hielo y mezclarla con aquellas galletas y cubos concentrados.
Zemoz cargó su mochila con la comida, yo me hice cargo de los abrigos, pues a fin de cuentas eran míos. El barbariano también cargó los haces y la tela.
Nos pusimos en marcha. Había un camino señalado para subir al hielo y por él nos dirigimos.
Hacía frío, pero por el camino me fui quitando abrigo tras abrigo para no asfixiarme de calor. Zemoz que dijo que hacía bien, pero al descansar debería ponerme todos los abrigos con rapidez. Y eso tuve que hacer las veces que paramos para que yo pudiera tomar resuello.
Al fin llegamos arriba. Ante mí, el hielo interminable: una extensión de hielo blanco, azul o verdoso a tramos, otras marrón; llegaba hasta el horizonte. Sólo tras nosotros se apreciaba un borde, el que conducía al mar.
Zemoz se puso de inmediato a la tarea de confeccionar algo.
Si yo tenía un motivo para agradecer estas aventuras que comenzaron en Cörenwirtuf era porque me habían mostrado un Zemoz hasta ahora desconocido. No sólo el hombre que, pese a ser pobre, podía comportarse como un perfecto noble, aunque aborreciera el oro. También tenía a Zemoz el artesano, capaz de construir curiosos artefactos de madera y cañas, como una jaula que podía soportar el peso de un hombre en el mayor de los vacíos o un bote impermeable.
O lo que estaba fabricando ahora: ¡un aparato volador!
De donde pudo aprender tales habilidades, no me lo había dicho, pero bien podría ser del Maestro Hugok, el cual no sólo enseñaba técnicas de lucha o de resistencia al frío, también tenía conocimientos de artes muy arcanas.
Casi dos días le llevó completar aquel extraño artefacto. Durante esos días poco pude hacer, salvo alcanzarle alguna pieza si me quedaba a mano, mirar el trabajo y aburrirme. Aprendí a fundir hielo con la mínima cantidad de combustible y a mezclar el agua caliente con los cubitos y galletas para hacer una nutritiva sopa o un puré. Zemoz comía apenas un poco más que yo, lo que me resultaba sorprendente.
Cuando no tenía nada que hacer, me metía en la tienda que había montado y me introducía en el saco de dormir. Pero el último día, el saco de dormir se incorporó al aparato y la tienda se deshizo en telas con las que Zemoz recubrió aquella extraña máquina.
Según me pidió, me introduje dentro del saco, que ahora estaba situado en la parte superior de una especie de alas. El barbariano se colocó debajo, introduciendo brazos y piernas en sendos soportes.
—¿Listo, maestro Fligencio?
—Supongo que sí, aunque no sé para qué.
—Sujétate bien.
Y sin decir más, Zemoz comenzó a tomar carrera por el hielo, con el aparato encima, y este narrador a modo de pasajero. Después, comenzó a mover los brazos, con lo que las alas se movieron también. Y, ¡de pronto estábamos volando!
No podía creerlo, pero nos hallábamos a pocas varas por encima del hielo.
Apenas duró un momento, Zemoz dejó de moverse y descendimos, resbalando de manera tosca sobre la superficie helada con sus pies desnudos.
—Bien —comentó Zemoz, sin mostrar cansancio por el esfuerzo—. Creo que ya sé qué cambios he de hacer.
Desarmó algunas piezas, que montó de otra forma y así estuvo un buen rato.
Yo me estaba helando, sobre todo porque ya no tenía tienda ni saco de dormir donde reposar.
Por fin. Zemoz se mostró satisfecho y yo volví a mi sitio, él tomó carrerilla y ¡otra vez a volar!
Como en esta ocasión ya estaba preparado, me fijé mejor en el espectáculo. El mundo es distinto cuando se aprecia a vista de pájaro, y eso que en realidad la vista venía a ser casi lo mismo: el hielo infinito. Pero no era lo mismo verlo a varias varas de distancia que de pie sobre él.
El mar quedó atrás y el hielo llegó hasta el horizonte, que ahora era redondo por completo. Zemoz sabía que debíamos llegar hasta La Aguja (así se la llamaba), una montaña que surgía de entre el mismo hielo, a millas y millas de distancia del mar.
Para eso, tenía que volar en dirección al norte.
Cómo sabía donde quedaba el norte es algo que no sabré, pues a mí aquel cielo neblinoso me parecía igual en cualquier dirección. Yo, desde luego, me habría perdido en aquel sitio.
Volamos tres días hasta que en el horizonte se empezó a vislumbrar una línea negra, vertical.
Un día más, y la línea se convirtió en una aguja que subía alta, hasta el cielo.
Esa noche descansamos, para lo cual desmontamos el saco de dormir, y Zemoz me explicó el problema que ahora tenía.
—He de aprender a subir alto, muy alto.
Hasta entonces habíamos volado a pocas varas del suelo, como una gaviota; pero ahora, deberíamos volar alto cual águila para poder alcanzar aquella cima.
La jornada siguiente la dedicó Zemoz a elevarse con las corrientes de aire, tal y como hacían águilas y halcones. Yo siempre volaba con él, y ya había llegado a perder el miedo a las alturas, por pura costumbre. A millas y millas sobre el hielo, el mundo se veía redondo como una pelota.
Y llegó el momento. Zemoz y yo nos pusimos en vuelo. El barbariano movía las alas apenas un poco para coger las corrientes que nos llevaban hacia arriba, más y más. Pasamos por encima de algunas nubes…
¡Y vimos la Aguja desde arriba!
Tenía un pequeño edificio, un templete.
Zemoz puso rumbo hacia allí.
Descender fue difícil, pues si nos dejábamos llevar por el impulso acabaríamos al otro lado, cayendo.
Pero conseguimos pararnos en el pequeño espacio disponible.
Esta vez fui yo solo, corriendo al templete.
Y tal y como esperaba, en un altar se hallaba la joya que nos faltaba, un zafiro de color azul puro.
La guardé en mi faltriquera, no sin antes mostrársela a Zemoz, y volví a mi lugar en el saco de dormir.
Volver a volar no fue fácil, pues no quedaba espacio suficiente para la carrera inicial. Zemoz optó por arriesgarse y se dejó caer por el borde.
Durante unos espantosos minutos pensé que no lo lograría, pero al fin remontó vuelo.
Tardamos muy poco en ver el mar a lo lejos, pero es que estábamos muy alto.
Más nos costó localizar la rada donde nos aguardaba Jekim_Nam. Y aún tuvimos que descender un buen rato antes de tocar tierra, a varias millas de distancia, y con resultados desastrosos: el artefacto volador se hizo trizas.
No importaba. Caminar unas pocas millas por el hielo no sería nada para nosotros, después de lo que habíamos conseguido. Desmontamos la tela para hacer una tienda y sacamos el saco de dormir.
Al día siguiente, nos recibía un asombrado Jekim_Nam. Ni siquiera había transcurrido la mitad del tiempo acordado.
Fue curioso, pero en el viaje de regreso no sentí el mareo del mar. Pensé que volar inmunizaba contra cualquier forma de mareo.
En Liboriyin nos esperaba el carromato, con mi fiel mulo. Y la bandeja.
El zafiro encajó en su sitio, como era de suponer.
Siguiendo las indicaciones escritas, ahora debíamos ir a Naufrigetrez. Otro recorrido largo y difícil.
De nuevo nos pusimos en marcha. En esta ocasión fueron innumerables jornadas, y al terminarlas echábamos de menos el frío del norte. Nos hallábamos en una selva frondosa, calurosa, húmeda y asfixiante.
Para llegar allí corrimos decenas de aventuras, o más bien las corrió Zemoz, mientras yo llenaba mi carro de mercancías nuevas y las vendía, llenando a cambio mi bolsa. Algún día las narraré.
Entramos en la selva con el carro vacío, pues había vendido casi todo el género en nuestra última parada. Allí Zemoz hizo… ¡no! Eso será tema de otra narración, algún día las podrá leer el lector.
En algún lugar dentro de aquella feroz jungla estaba Naufrigetrez.
No había caminos para carros, pero Zemoz abría paso con su espada.
Durante largas jornadas no vimos otra cosa que árboles, pantanos, jaguares, serpientes, monos, loros. E insectos, muchísimos insectos, desde minúsculos mosquitos en nubes que se metían por todas partes hasta enormes arañas capaces de comerse un pájaro. Y telas tan resistentes que a veces yo mismo me quedaba atrapado, teniendo Zemoz que recurrir a su espada.
Hasta que vimos una columna rota, caída en el suelo.
—¡Naufrigetrez! —exclamé.
La observé bien. No entendía mucho de arquitectura, pero pude ver unas líneas escritas ¡en la caligrafía de Naufrigetrez! Así, pues, tenía razón.
Por cierto, no pude entender nada de lo escrito, estaba muy borroso y faltaban trozos de palabras, pero parecía una referencia a una ruta. Tal vez decía que íbamos bien hacia la ciudad.
Pronto empezamos a ver más restos, cada vez más frecuentes. Y el camino se hizo visible, una senda de piedra tan ancha que por ella podrían circular tres carros como el mío. Una antigua calzada, sin duda.
En el medio de la calzada crecían enormes árboles, lo que daba idea de su antigüedad.
Encontramos templos y edificios, peor ninguna de ellos era nuestro destino, así que los ignoramos.
Llegamos así ante una pared, una puerta de piedra cerrada. Ante su entrada había un pedestal con un pequeño cono en su parte superior.
Yo sabía bien lo que debía hacer, y coloqué allí la bandeja.
Quedó equilibrada, podía girar con facilidad.
Le di un fuerte impulso y se puso a dar vueltas a toda velocidad. Las tres piedras se confundieron en un círculo blanco.
¡De pronto toda la bandeja brillaba en luz blanca!
Oímos un fuerte ruido, y la puerta de piedra se abrió.
No esperamos un instante en cruzar la entrada.
¡Dentro, riquezas sin limite!
Allí estaba, multiplicado por mil, el contenido de mi cueva de oro. Monedas, barras, joyas, piedras preciosas, objetos de todo tipo en oro… Dondequiera que posara mis ojos veía el brillo dorado en miles de piezas, junto con el resplandor de las piedras facetadas.
Llené el carro con varios sacos, que cargué a duras penas yo solo.
Zemoz no me ayudó, porque había hallado algo realmente adecuado para él.
Era una estatua de mujer, de oro, pero con alguna magia que permitía moverle los brazos y las piernas y estaba caliente como un ser humano. Muy detallada, tenía los orificios que tienen las mujeres, y con la forma y tamaño exactos.
Zemoz no pudo esperar para introducir su miembro con su ansia habitual.
Observé que no era la única estatua, pues también había una masculina, con su miembro erecto y todo. Pero nuestros gustos no iban por ahí.
Mientras el barbariano se dedicaba a hacerle el amor a la estatua, yo llené el carro y me fui. Llegué a mi cueva, vacié el carro y volví a Naufrigetrez.
Habían pasado varias jornadas, pero Zemoz seguía dale que dale a la estatua. Aquella era, sin ninguna duda, una mujer que podía resistir todos sus embates amorosos.
Varios viajes di entre la ciudad y mi cueva, hasta que Zemoz, al fin, se quedó agotado.
No quiso llevarse la estatua.
—Con una vez que encuentro una mujer que me haya agotado ya basta —dijo.
En el último viaje, recogimos las tres piedras y las repartimos por tres lugares, protegidas por la magia de ambos.
En otras palabras, sólo si Zemoz y un servidor se ponen de acuerdo podremos recuperar las piedras y asó volver a abrir el tesoro de Naufrigetrez.
Mientras tanto, allí está, a buen recaudo.
Quedan más aventuras que narrar, mi apreciado lector. Otro día lo haré, con la ayuda de los dioses.
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29 octubre 2014
28 octubre 2014
Nuevas Aventuras de Zemoz - 3
Para el segundo reto Zemoz tendría que prepararse un poco, con mi ayuda, por supuesto. Tenía que reunirse con los comerciantes de Aut_Klimerxis y convencerles para que le vendieran la segunda joya, un ópalo verde.
Por supuesto, Zemoz no estaba capacitado para tratar con unos comerciantes de artículos de lujo. Con esa gente no vale la fuerza bruta, sino la capacidad de convicción y el dinero en abundancia.
Zemoz lo sabía bien, y de hecho consideraba este nuevo reto el más difícil que había afrontado en su vida. Yo estaba de acuerdo con su planteamiento.
Me pidió que le diera la educación que le hacía falta.
El problema era que, si me ponía a educar a Zemoz, necesitaría largos años para conseguir que aquel bruto se convirtiera en un hombre fino y culto, todo un noble.
No podíamos esperar años, así que mi objetivo sería conseguir que pudiera aparentar ser un comerciante noble el tiempo suficiente para conseguir el objetivo. Luego, daba lo mismo si los comerciantes captaban el engaño y Zemoz debía luchar contra todos ellos; seguro que les derrotaba, o más bien a los ejércitos que mandarían llamar.
Decidí dedicar un mes para explicarle lo más básico: la higiene personal, las buenas maneras, la forma de caminar y de vestir, el vocabulario.
Menos mal que Zemoz tenía buena memoria, y aunque no se acostumbraba a hablar «como un idiota», según decía, al menos recordaba los detalles con repetirlo una sola vez.
Lo de la higiene costó un poco, pues eso de lavarse para Zemoz era poco menos que una blasfemia. Antes era capaz de luchar contra un dragón que usar el agua y el jabón. Pero con esfuerzo considerable logré, al menos, instruirle en las artes del jabón, las colonias y los perfumes. Incluso logré que se peinara, abandonando las trenzas por un tiempo, aunque perdimos cinco peines de carey en el intento.
Debía cortarse el cabello y afeitarse, pues ningún noble lleva barba ni pelo largo. Largos argumentos me hicieron falta para convencerlo y sólo la necesidad de tener una imagen adecuada permitió que un barbero le pelara y afeitara. Estuve a punto de cometer el error de buscar una peluquera, pero me detuve a tiempo, pues la pobre chica correría un riesgo difícil de aceptar. Incluso el barbero, un chico joven, estuvo a punto de caer en sus manos, y si no es porque intervine a tiempo le abría abierto el ojete.
Conseguir ropas de noble no era problema, pues ya las tenía yo en mi carromato, como parte del material de ventas habitual. Busqué una túnica muy holgada, de su talla, que me permitiera esconderme debajo si era necesario. La completé con un cinturón de cuero repujado de oro, un collar de oro muy pesado, anillos en todos los dedos y un sombrero de copa pequeño, de terciopelo negro.
Por suerte, no había problemas en que llevara la espada, pues era ciertamente adecuada para un noble; algo mayor de lo habitual, pero no desmerecía la imagen.
Gasté oro en abundancia de mi bolsa propia, pero aún necesitaba mucho más. Así que nos pusimos en marcha una vez más, hasta llegar a mi cueva, cuya localización no pienso señalar en estas memorias. El lector ha de comprender que si este comerciante tiene una cueva llena de oro, no dará pistas que puedan conseguir dar con ella; de todos modos, informo que está protegida mediante ciertas palabras mágicas. Ya dije antes que conozco algunos rudimentos de magia, pero éstas son las aventuras de Zemoz, no las de Fligencio el Mercader.
En la cueva llené varios sacos con oro, y los cargamos en el carro. Nos haría falta mucho oro para poder comprar la joya de los comerciantes de Aut_Klimerxis.
Y así nos dirigimos a la ciudad de Aut_Klimerxis.
Sabido es que ese lugar está plagado de palacios, y hasta los más pobres tienen una casa digna. No admiten mendigos ni gente desharrapada.
Poco antes de entrar, dediqué una jornada a cambiar el aspecto de mi carromato, dejándolo lustroso y brillante. Hasta mi sufrido rucio vio como adornaba sus crines y lo lavaba con jabón y cepillo.
Por mi parte, no tuve mayor dificultad en vestirme con las prendas más lujosas que pude encontrar. De todos modos, yo no era más que el ayudante del Señor Zemoz de Barbaria, y era él quien debía llamar la atención.
No quise correr riesgos, y nos presentamos ante las puertas de la muralla media hora antes del cierre.
Un soldado con aspecto aburrido nos hizo parar.
—¿Quién se supone que sois?
—¡Más respeto has de tener al Señor Zemoz, el comerciante más importante de Barbaria!
—¡Barbaria queda muy lejos! ¿Acaso sois vos ese tal Zemoz?
El aludido asomó su cabeza. Lavado, perfumado y peinado, parecía otro.
—¿Qué ocurre, Fligencio? ¿Por qué nos hemos detenido?
—Disculpadme, señor, pero un guardia nos pide identificación.
—¡A mí! ¡A Zemoz nadie se atreve a pedirle la identificación!
Su enfado era auténtico, y el soldado frunció el ceño. No quería problemas, y aquél parecía un señor muy importante. Nos dejó pasar.
Nada más cruzar nosotros la puerta, oí cómo cerraban y echaban la gruesa tranca. ¡Justo a tiempo!
Ahora debíamos buscar alojamiento. En Aut_Klimerxis todos los hostales y posadas son de lujo, así que debía buscar algo adecuado, no para mi bolsa, sino para la imagen de gran señor de Zemoz.
Detuve a un oficial y le pregunté por un lugar donde hospedarnos. Me dio unas indicaciones, y allá fuimos.
Llegamos a un palacio con altos minaretes y su propio cuerpo de seguridad. El vigilante me preguntó:
—¿Buscáis alojamiento o visitar a algún residente?
—Alojamiento para mi Señor Zemoz de Barbaria. Una habitación digna de su categoría.
—¿Sólo una habitación? Aquí, el espacio mínimo son tres habitaciones, para el señor, sus sirvientes y sus invitados.
—Es una forma de hablar. Mi señor quiere un buen alojamiento.
—Perfecto. Hacedme el favor de pasar, que un sirviente se encontrará con vosotros y se encargará de buscaros el sitio preciso.
Proseguimos y pasamos a un lujoso jardín, donde pavos reales se paseaban entre hermosos asientos rodeados de flores y fuentes de agua. Parterres llenos de vistosas flores delimitaban espacios reservados con las sombras más variadas, desde sombrillas hasta árboles de gran porte. Vislumbramos una piscina escondida entre palmeras, y un pequeño edificio desde el que llegaba una suave música. De otro edificio llegaban risas femeninas y de un tercero se oían gritos y ruidos de lucha, lo más probable es que fuera un lugar para entrenamiento.
Por fin, un vistoso ujier uniformado se nos plantó delante.
—¿Los señores buscan alojamiento?
—Así es. Quiero lo mejor que tengan para mi señor Zemoz.
—¿Lo mejor? Es posible que no esté disponible, pero sin duda que tendremos algo digno para su señor. Si es usted tan amable de seguirme.
—¿Y dejar solo a mi señor? ¡No se merece semejante trato!
—Comprendo. Si el Señor Zemoz es tan amable de seguirme, le conduciré a la salita donde podrá ocupar el tiempo hasta que le podamos ofrecer un espacio adecuado. Si no tiene inconveniente.
«Sé discreto», susurré al barbariano mientras le ayudaba a bajar del carromato. Lo tenía que dejar solo y temía que pudiera meter la pata.
—Dejad aquí el carro, que los sirvientes se harán cargo del mismo.
—Yo he de encargarme en exclusiva del equipaje del Señor Zemoz —observé.
—Como prefiráis. En todo caso, ¿podríamos hacernos cargo del animal?
—Sí. Lleven el carro a un sitio adecuado, que ya iré yo luego a ocuparme de los bultos. Vayamos a ver lo que tienen para mi señor.
Seguí al ujier, mientras otros dos sirvientes guiaban a Zemoz a una salita lujosamente amueblada. El ujier me llevó ante un mostrador; allí pude estudiar las características de los alojamientos disponibles.
El más lujoso estaba ocupado por un jeque de Tyrnim’or y lamenté en voz alta que no estuviera libre.
—Pero tenemos el área 12 para su señor.
El área 12 era un pequeño palacio: habitación para el señor con baño perfumado, servicio de cocina directo y exclusivo, quince habitaciones para el servicio y tres para invitados, y cuatro habitaciones más, una para reuniones, otra para escuchar música, la tercera para luchas y entrenamiento físico y un salón de baile.
—¡No está mal! —dije, mientras pensaba en la terrible sangría de mi bolsa; casi uno de los sacos de oro.
No quise demorarme demasiado, pues temía por Zemoz. Pero cuando fui a buscarle, tras arreglar todos los pesados trámites, le ví disfrutando de lo lindo, rodeado de cinco jovencitas ligeras de ropa y, sin duda, muy bellas. Dos copas estaban a su lado, sin señal de que las hubiera probado (Zemoz no solía tomar bebidas más fuertes que el agua o los zumos de frutas).
—Mi señor —dije con todo el amaneramiento posible—. Si vuestras acompañantes desean seguiros al lugar que os he buscado, yo me encargaré de llevaros el equipaje.
—Vale, Fligencio.
Las chicas lo condujeron al área 12 y yo fui a buscar el carro. Con la ayuda de cinco porteadores, llevé los sacos y los baúles a mi habitación, una de las destinadas a invitados. No quise usar una habitación de servicio, pues me parecieron pobres; ya que estaba disfrutando del lujo, no tenía que hacerlo como un sirviente, al menos en privado.
Y me encontré con un problema no previsto. Zemoz nunca había probado las delicias de la holganza continuada. Él despreciaba el oro, y seguía igual, pero no era el caso de los beneficios del oro. Ahora se dedicaba a dejar pasar las horas una detrás de otra, sin hacer nada útil, justo como el noble ricachón que pretendía ser.
Por un lado, estaba bien que se metiera en su papel, pero estábamos perdiendo el tiempo. Debía contactar con el gremio de comerciantes y no lo hacía; prefería dedicarse a las mujeres (tenía todas las que quisiera, por una vez en su vida), a ejercitarse en la lucha e incluso (¡oh sorpresa!) a pasear y disfrutar de la Naturaleza.
Dos días pasamos en ese plan pero al fin logré convencerle. Salió del lecho, donde lo acompañaban cuatro preciosas hembras, se lavó a conciencia y se vistió con el holgado traje que yo había buscado.
Despedí a las chicas y dediqué un buen rato a practicar el hultigkru, la técnica que permite conectar las mentes. Zemoz también lo conocía, pues tenía afinidades con el lewkot, lo que fue una sorpresa para mí. Cómo y donde aprendí yo el hultigkru no es asunto de los lectores, lo siento.
Conectamos nuestras mentes con el hultigkru y dicté algunas instrucciones al barbariano. Luego salimos del estado, pues no era cosa de agotarnos antes de tiempo.
Subimos al carro y puse camino hacia el centro de Aut_Klimerxis, donde estaba la sede del Noble Gremio de Comerciantes.
Era un palacete que ocupaba toda una manzana, de hecho una plaza fortificada y cerrada por el palacio. Cuatro puertas estaban orientadas al norte, sur, este y oeste. Llegamos a la puerta este y me planté ante el vigilante.
—Mi Señor Zemoz, de Barbaria, desea hacer tratos con los comerciantes del Noble Gremio. Dejadnos pasar.
—¿Tiene acaso cita concertada tu Señor Zemoz?
—Me temo que no. ¿Acaso un noble como él necesita tener cita?
—Aquí, sólo los reyes pueden entrar sin tener cita. Lo lamento por tu señor, pero si no tiene una cita no podrá pasar.
—Es posible que entre en cólera mi señor cuando se lo haga saber.
—Pues informa a tu señor de que el cuerpo de guardia está preparado para repeler cualquier ataque.
Hizo una seña y más de veinte soldados formaron ante nosotros fuertemente armados. Aquello no pintaba nada bien.
A través del hultigkru le sugerí a Zemoz cual debía ser su reacción. Éste mostró enfado, pero viendo a los soldados, se limitó a decir:
—Lamento el equívoco. Fligencio, vámonos pues tengo cosas mejores que hacer que estar perdiendo el tiempo. Ya no estoy tan seguro de querer tener tratos con esta gentuza que me discrimina de tal manera.
Dimos media vuelta y volvimos a nuestro palacio.
Durante cuatro días gasté kilos de oro en hacer las gestiones necesarias para que Zemoz se entrevistara con los comerciantes. El barbariano se limitaba a disfrutar de la vida, sencillamente.
Por fin conseguí una cita ¡para la semana siguiente!
Empezaba a preocuparme. El gasto de oro ya era considerable y de seguir así tendríamos que volver a por más.
Vamos a ver, querido lector. El problema no era que no tuviera oro suficiente, pues si lo tenía. La cuestión es que no quiero dar pista alguna de donde se encuentra la cueva. Ya es demasiado que el lector conozca su existencia. No quiero dar más datos, como por ejemplo decir que está a cinco jornadas de Aut_Klimerxis (no son cinco jornadas, eso que conste).
Pero si nos veíamos obligados a ir a buscar más oro, de alguna manera eso quedaría reflejado en estas memorias. Sé bien que tú, querido lector, no tienes interés en robarme, pero hay mucha gente que podrá leer este escrito.
En todo caso, sería lo que los dioses desearan.
Pasó la semana y al fin volvimos a la sede del Gremio de Comerciantes. Me encaré con el guardia y le aseguré que teníamos cita. Él lo comprobó en un pergamino y nos dejó paso.
Yo ya había estado dentro, así que no me sorprendió lo que pudimos ver, pero Zemoz contempló, atónito, aquellos lujosos carros cargados de oro y piedras preciosas, las fuentes perfumadas, los parterres con flores exóticas y las jóvenes que adornaban los puestos de comercio.
Nos detuvimos en un espacio para carros de visita y allí nos atendió un ujier. Ahora teníamos un serio problema, pues aquel individuo sabía bien que éramos dos y yo tenía que esconderme en la ropa de Zemoz, pues a la reunión sólo podía asistir él. Tuve que convencer al ujier que, si bien nos podía acompañar hasta la entrada al salón, mi señor prefería que lo dejaran solo al entrar.
El ujier nos dejó ante la puerta, pero no tocó. Le indiqué que podía marcharse y apenas se había alejado un par de pasos cuando me introduje bajo la túnica y me puse en contacto mental con Zemoz a través del hultigkru.
Entramos. O más bien, entró Zemoz y yo caminé entre sus piernas, escondido.
Una cualidad del hultigkru es que, aparte de conectar las mentes, se pueden conectar los sentidos. Yo usé tal capacidad para ver a través de los ojos de Zemoz.
Y vi riquezas sin límite. Allí había una docena escasa de hombres, pero entre todos ellos sumaban miles de millones de monedas de oro. Bastaba sólo con verlos para entenderlo así.
Los comerciantes presentes miraron a Zemoz como un buitre puede ver la carcasa de una vaca muerta. Deseé que mis enseñanzas tuvieran su efecto.
Tal vez los días de holganza en el palacio tuvieran su efecto positivo, pues Zemoz ya se había acostumbrado a las riquezas. Sus maneras eran las de un noble habituado a tener dinero y a disfrutar con ello. Sus gestos fueron de indiferencia: aquellos señores podrían ser nobles, pero no menos que él.
No dijo nada, como correspondía a un noble, esperando que los otros tomaran la palabra. Los otros esperaron, pues tampoco era de su categoría comenzar a hablar; pero viendo que no les quedaba otro remedio, el de menor categoría preguntó:
—¿Qué se le ofrece, Señor Zemoz?
El aludido aún se tomó su tiempo antes de contestar.
—Tienen ustedes en su poder una piedra de mi propiedad. Quiero recuperarla.
—¿Una piedra, decís?
—Una esmeralda. Procede del pueblo de Naufrigetrez y hasta hace dos generaciones perteneció a mi familia, según me han relatado mis padres y abuelos.
Otro de los comerciantes tomó la palabra.
—Pues tanto vuestros padres como vuestros abuelos os han mentido descaradamente, siento deciros.
—¡Estáis ofendiendo la memoria de mi familia!
Transmití «¡Calma!» a Zemoz, pues veía como el otro se encendía.
—Disculpadme, señor —dijo ahora Zemoz—, pero no tolero que se hable mal de los míos. Tal vez pueda usted darme una explicación que resulte aceptable.
—Eso haré, Señor Zemoz, porque esa esmeralda que decís está en poder de este Gremio de Comerciantes desde hace, al menos, varios siglos. Por lo tanto, es dudoso que vuestra familia la haya podido poseer, salvo si se tratara de vuestro tataratatarabuelo.
—¡No importa! Considero que ya es hora de que se cumpla la tradición. Es mi intención adquirirla.
—¿Así, sin más? —objetó otro comerciante—. No es una joya cualquiera, mi señor.
—Creo que podré pagar el precio.
—No es el dinero lo que nos importa, aunque es, sin duda, mucho. Hablamos de millones, ¿acaso los tiene?
—Sí —dijo, rotundo Zemoz.
Yo esperaba que tuviera razón. No quería tener que ir a la cueva a buscar más oro.
—Como decía mi compañero —intervino otro comerciante—, la cuestión es que sólo le venderemos la esmeralda a un hombre que sea digno de ella. ¿Acaso usted lo es?
—¿Dudáis de mi nobleza? Id a Barbaria a comprobarlo. Allí podréis preguntar por mis antecedentes, averiguar la procedencia de mi familia, cómo nos emparentamos con la casa real y podréis ver las extensiones de terreno que poseemos, parte del mismo selvas para cazar y parte terrenos cultivados por nuestros siervos.
Todo era mentira, por supuesto. Pero Barbaria quedaba muy lejos y dudaba que aquellos señores se molestaran en comprobarlo.
Tal y como sospechaba, eligieron otro camino.
—No gracias, Señor Zemoz. No dudamos de vuestra palabra, pero la hidalguía necesaria para tener la joya la podrá demostrar aquí, con un somero interrogatorio, si no os molesta.
—Seré sincero, me molesta. Pero si ha de servir para conseguir la muy preciada esmeralda, me deshonraré a ser interrogado cual sirviente pillado con una prenda que no es suya.
El interrogatorio duró cerca de una hora. Gracias al hultigkru, fui dando las respuestas adecuadas a Zemoz, y observando las reacciones de los comerciantes.
Al fin, el mayor de todos dijo:
—¡Conforme! ¿Dispone usted de diez millones de monedas? Si es así, la esmeralda será suya.
—Disculpe, mi señor, pero yo creo que no vale más de un millón. Tal vez podamos llegar a un acuerdo sobre su valor.
Yo no sabía si sería correcto regatear en este caso, pero sin duda no teníamos diez millones en los sacos.
El comerciante se echó a reír.
—¡Eso es un buen comerciante, sin duda! Sabréis que un millón es poco, pero podríamos dejarlo en nueve millones.
—¡Millón y medio!
—¡Ocho millones y medio!
—Ofrezco dos millones.
—Es poco. Pero por siete millones y medio…
—¡Dos y medio!
—¡Sois duro de pelar, Zemoz! ¿Qué os parecen seis millones?
—¡Tres, y es mi última oferta!
—¡Cinco, y no se hable más!
Callaron. Ambos sabían que la siguiente oferta sería ya la definitiva. Por fin, Zemoz tomó la palabra.
—¿Y si lo dejamos en cuatro millones?
—¡Conforme!
Se dieron un solemne apretón de manos. Luego, uno tras otro cada uno de los comerciantes fue dando la mano a Zemoz. El último le dijo al oído:
—Yo esperaba que el trato se quedara en cinco millones como mínimo. ¡Se ha ahorrado usted un millón!
Zemoz salió del salón pues debía buscar el dinero.
Nada más salir, me eché fuera de la túnica. ¡Estaba asfixiado de calor!
Tenía una sed abrazadora, pero primero debíamos ir al carro. Buscamos porteadores que cargaran con cuatro sacos, cada uno de ellos con un millón de monedas (en realidad, cada saco contenía diez mil monedas de a cien, pero así y todo pesaban lo suyo).
Zemoz marchó delante, seguido de los porteadores y conmigo atrás vigilando. Llegamos ante los comerciantes y les hicimos entrega del oro. El Mayor abrió una caja y sacó de ella una joya verde, que entregó al barbariano.
Aún tuvimos que compartir un brindis con los comerciantes. Con las copas de licores variados había sofisticados cocteles sin alcohol, que Zemoz disfrutó; y variados entremeses para acompañar, desde huevos de rantorcias hasta mollejas de jilimonios, perfumados con pétalos de flores y especias variadas.
Por fin pudimos escabullirnos sin ofender a nuestros huéspedes. Llegamos al carro y salimos de Aut_Klimerxis, sin siquiera darnos de baja en el hospedaje. Yo sabía que era cuestión de pocas horas que ellos supieran que no íbamos a volver, así que no me preocupaba. Quería salir de allí lo antes posible, pues sólo por estar allí perdía dinero.
Hacia el atardecer, ya nos encontrábamos a varias millas del lugar. Para contrariedad de Zemoz, le sugerí que se quitara el lujoso traje y vistiera su habitual taparrabos.
En otras palabras, que volviera a ser el mismo de siempre.
El barbariano sintió algo de pena. Pero comprendió que yo tenía razón.
—Siempre he odiado el oro, maestro Fligencio, pero no sabía el porqué. Ahora lo sé, el oro puede convertir al mejor humano en un ser despreciable, acostumbrado a la molicie y al poder. Lo he probado y creo que no debería volver a hacerlo, o ya no habrá más Zemoz el barbariano.
—Pienso lo mismo, Zemoz. A veces creo que me bastaría con disfrutar del oro que guardo en la cueva, pero cuando he visto a esos nobles y esas ostentaciones, prefiero disfrutar de un conejo asado a la lumbre, en medio de la pradera, que esas mierdas sofisticadas y perfumadas. Y más quiero dormir en una tienda que en un palacio, si uno acaba por acostumbrarse a la molicie.
Tras aquellas declaraciones, pasamos a lo práctico. Cazamos varios conejos (yo cacé uno con el arco, Zemoz atrapó cinco con las manos) y los asamos en una lumbre.
Luego busqué la bandeja y comprobé como encajaba la esmeralda en el círculo del segundo sector.
Quedaba el tercer reto.
—Zemoz, tendremos que volar.
—¿Cómo un pájaro?
—Algo parecido.
(Continuará)
Enlace al comienzo de estas aventuras
Primeras aventuras de Zemoz
Por supuesto, Zemoz no estaba capacitado para tratar con unos comerciantes de artículos de lujo. Con esa gente no vale la fuerza bruta, sino la capacidad de convicción y el dinero en abundancia.
Zemoz lo sabía bien, y de hecho consideraba este nuevo reto el más difícil que había afrontado en su vida. Yo estaba de acuerdo con su planteamiento.
Me pidió que le diera la educación que le hacía falta.
El problema era que, si me ponía a educar a Zemoz, necesitaría largos años para conseguir que aquel bruto se convirtiera en un hombre fino y culto, todo un noble.
No podíamos esperar años, así que mi objetivo sería conseguir que pudiera aparentar ser un comerciante noble el tiempo suficiente para conseguir el objetivo. Luego, daba lo mismo si los comerciantes captaban el engaño y Zemoz debía luchar contra todos ellos; seguro que les derrotaba, o más bien a los ejércitos que mandarían llamar.
Decidí dedicar un mes para explicarle lo más básico: la higiene personal, las buenas maneras, la forma de caminar y de vestir, el vocabulario.
Menos mal que Zemoz tenía buena memoria, y aunque no se acostumbraba a hablar «como un idiota», según decía, al menos recordaba los detalles con repetirlo una sola vez.
Lo de la higiene costó un poco, pues eso de lavarse para Zemoz era poco menos que una blasfemia. Antes era capaz de luchar contra un dragón que usar el agua y el jabón. Pero con esfuerzo considerable logré, al menos, instruirle en las artes del jabón, las colonias y los perfumes. Incluso logré que se peinara, abandonando las trenzas por un tiempo, aunque perdimos cinco peines de carey en el intento.
Debía cortarse el cabello y afeitarse, pues ningún noble lleva barba ni pelo largo. Largos argumentos me hicieron falta para convencerlo y sólo la necesidad de tener una imagen adecuada permitió que un barbero le pelara y afeitara. Estuve a punto de cometer el error de buscar una peluquera, pero me detuve a tiempo, pues la pobre chica correría un riesgo difícil de aceptar. Incluso el barbero, un chico joven, estuvo a punto de caer en sus manos, y si no es porque intervine a tiempo le abría abierto el ojete.
Conseguir ropas de noble no era problema, pues ya las tenía yo en mi carromato, como parte del material de ventas habitual. Busqué una túnica muy holgada, de su talla, que me permitiera esconderme debajo si era necesario. La completé con un cinturón de cuero repujado de oro, un collar de oro muy pesado, anillos en todos los dedos y un sombrero de copa pequeño, de terciopelo negro.
Por suerte, no había problemas en que llevara la espada, pues era ciertamente adecuada para un noble; algo mayor de lo habitual, pero no desmerecía la imagen.
Gasté oro en abundancia de mi bolsa propia, pero aún necesitaba mucho más. Así que nos pusimos en marcha una vez más, hasta llegar a mi cueva, cuya localización no pienso señalar en estas memorias. El lector ha de comprender que si este comerciante tiene una cueva llena de oro, no dará pistas que puedan conseguir dar con ella; de todos modos, informo que está protegida mediante ciertas palabras mágicas. Ya dije antes que conozco algunos rudimentos de magia, pero éstas son las aventuras de Zemoz, no las de Fligencio el Mercader.
En la cueva llené varios sacos con oro, y los cargamos en el carro. Nos haría falta mucho oro para poder comprar la joya de los comerciantes de Aut_Klimerxis.
Y así nos dirigimos a la ciudad de Aut_Klimerxis.
Sabido es que ese lugar está plagado de palacios, y hasta los más pobres tienen una casa digna. No admiten mendigos ni gente desharrapada.
Poco antes de entrar, dediqué una jornada a cambiar el aspecto de mi carromato, dejándolo lustroso y brillante. Hasta mi sufrido rucio vio como adornaba sus crines y lo lavaba con jabón y cepillo.
Por mi parte, no tuve mayor dificultad en vestirme con las prendas más lujosas que pude encontrar. De todos modos, yo no era más que el ayudante del Señor Zemoz de Barbaria, y era él quien debía llamar la atención.
No quise correr riesgos, y nos presentamos ante las puertas de la muralla media hora antes del cierre.
Un soldado con aspecto aburrido nos hizo parar.
—¿Quién se supone que sois?
—¡Más respeto has de tener al Señor Zemoz, el comerciante más importante de Barbaria!
—¡Barbaria queda muy lejos! ¿Acaso sois vos ese tal Zemoz?
El aludido asomó su cabeza. Lavado, perfumado y peinado, parecía otro.
—¿Qué ocurre, Fligencio? ¿Por qué nos hemos detenido?
—Disculpadme, señor, pero un guardia nos pide identificación.
—¡A mí! ¡A Zemoz nadie se atreve a pedirle la identificación!
Su enfado era auténtico, y el soldado frunció el ceño. No quería problemas, y aquél parecía un señor muy importante. Nos dejó pasar.
Nada más cruzar nosotros la puerta, oí cómo cerraban y echaban la gruesa tranca. ¡Justo a tiempo!
Ahora debíamos buscar alojamiento. En Aut_Klimerxis todos los hostales y posadas son de lujo, así que debía buscar algo adecuado, no para mi bolsa, sino para la imagen de gran señor de Zemoz.
Detuve a un oficial y le pregunté por un lugar donde hospedarnos. Me dio unas indicaciones, y allá fuimos.
Llegamos a un palacio con altos minaretes y su propio cuerpo de seguridad. El vigilante me preguntó:
—¿Buscáis alojamiento o visitar a algún residente?
—Alojamiento para mi Señor Zemoz de Barbaria. Una habitación digna de su categoría.
—¿Sólo una habitación? Aquí, el espacio mínimo son tres habitaciones, para el señor, sus sirvientes y sus invitados.
—Es una forma de hablar. Mi señor quiere un buen alojamiento.
—Perfecto. Hacedme el favor de pasar, que un sirviente se encontrará con vosotros y se encargará de buscaros el sitio preciso.
Proseguimos y pasamos a un lujoso jardín, donde pavos reales se paseaban entre hermosos asientos rodeados de flores y fuentes de agua. Parterres llenos de vistosas flores delimitaban espacios reservados con las sombras más variadas, desde sombrillas hasta árboles de gran porte. Vislumbramos una piscina escondida entre palmeras, y un pequeño edificio desde el que llegaba una suave música. De otro edificio llegaban risas femeninas y de un tercero se oían gritos y ruidos de lucha, lo más probable es que fuera un lugar para entrenamiento.
Por fin, un vistoso ujier uniformado se nos plantó delante.
—¿Los señores buscan alojamiento?
—Así es. Quiero lo mejor que tengan para mi señor Zemoz.
—¿Lo mejor? Es posible que no esté disponible, pero sin duda que tendremos algo digno para su señor. Si es usted tan amable de seguirme.
—¿Y dejar solo a mi señor? ¡No se merece semejante trato!
—Comprendo. Si el Señor Zemoz es tan amable de seguirme, le conduciré a la salita donde podrá ocupar el tiempo hasta que le podamos ofrecer un espacio adecuado. Si no tiene inconveniente.
«Sé discreto», susurré al barbariano mientras le ayudaba a bajar del carromato. Lo tenía que dejar solo y temía que pudiera meter la pata.
—Dejad aquí el carro, que los sirvientes se harán cargo del mismo.
—Yo he de encargarme en exclusiva del equipaje del Señor Zemoz —observé.
—Como prefiráis. En todo caso, ¿podríamos hacernos cargo del animal?
—Sí. Lleven el carro a un sitio adecuado, que ya iré yo luego a ocuparme de los bultos. Vayamos a ver lo que tienen para mi señor.
Seguí al ujier, mientras otros dos sirvientes guiaban a Zemoz a una salita lujosamente amueblada. El ujier me llevó ante un mostrador; allí pude estudiar las características de los alojamientos disponibles.
El más lujoso estaba ocupado por un jeque de Tyrnim’or y lamenté en voz alta que no estuviera libre.
—Pero tenemos el área 12 para su señor.
El área 12 era un pequeño palacio: habitación para el señor con baño perfumado, servicio de cocina directo y exclusivo, quince habitaciones para el servicio y tres para invitados, y cuatro habitaciones más, una para reuniones, otra para escuchar música, la tercera para luchas y entrenamiento físico y un salón de baile.
—¡No está mal! —dije, mientras pensaba en la terrible sangría de mi bolsa; casi uno de los sacos de oro.
No quise demorarme demasiado, pues temía por Zemoz. Pero cuando fui a buscarle, tras arreglar todos los pesados trámites, le ví disfrutando de lo lindo, rodeado de cinco jovencitas ligeras de ropa y, sin duda, muy bellas. Dos copas estaban a su lado, sin señal de que las hubiera probado (Zemoz no solía tomar bebidas más fuertes que el agua o los zumos de frutas).
—Mi señor —dije con todo el amaneramiento posible—. Si vuestras acompañantes desean seguiros al lugar que os he buscado, yo me encargaré de llevaros el equipaje.
—Vale, Fligencio.
Las chicas lo condujeron al área 12 y yo fui a buscar el carro. Con la ayuda de cinco porteadores, llevé los sacos y los baúles a mi habitación, una de las destinadas a invitados. No quise usar una habitación de servicio, pues me parecieron pobres; ya que estaba disfrutando del lujo, no tenía que hacerlo como un sirviente, al menos en privado.
Y me encontré con un problema no previsto. Zemoz nunca había probado las delicias de la holganza continuada. Él despreciaba el oro, y seguía igual, pero no era el caso de los beneficios del oro. Ahora se dedicaba a dejar pasar las horas una detrás de otra, sin hacer nada útil, justo como el noble ricachón que pretendía ser.
Por un lado, estaba bien que se metiera en su papel, pero estábamos perdiendo el tiempo. Debía contactar con el gremio de comerciantes y no lo hacía; prefería dedicarse a las mujeres (tenía todas las que quisiera, por una vez en su vida), a ejercitarse en la lucha e incluso (¡oh sorpresa!) a pasear y disfrutar de la Naturaleza.
Dos días pasamos en ese plan pero al fin logré convencerle. Salió del lecho, donde lo acompañaban cuatro preciosas hembras, se lavó a conciencia y se vistió con el holgado traje que yo había buscado.
Despedí a las chicas y dediqué un buen rato a practicar el hultigkru, la técnica que permite conectar las mentes. Zemoz también lo conocía, pues tenía afinidades con el lewkot, lo que fue una sorpresa para mí. Cómo y donde aprendí yo el hultigkru no es asunto de los lectores, lo siento.
Conectamos nuestras mentes con el hultigkru y dicté algunas instrucciones al barbariano. Luego salimos del estado, pues no era cosa de agotarnos antes de tiempo.
Subimos al carro y puse camino hacia el centro de Aut_Klimerxis, donde estaba la sede del Noble Gremio de Comerciantes.
Era un palacete que ocupaba toda una manzana, de hecho una plaza fortificada y cerrada por el palacio. Cuatro puertas estaban orientadas al norte, sur, este y oeste. Llegamos a la puerta este y me planté ante el vigilante.
—Mi Señor Zemoz, de Barbaria, desea hacer tratos con los comerciantes del Noble Gremio. Dejadnos pasar.
—¿Tiene acaso cita concertada tu Señor Zemoz?
—Me temo que no. ¿Acaso un noble como él necesita tener cita?
—Aquí, sólo los reyes pueden entrar sin tener cita. Lo lamento por tu señor, pero si no tiene una cita no podrá pasar.
—Es posible que entre en cólera mi señor cuando se lo haga saber.
—Pues informa a tu señor de que el cuerpo de guardia está preparado para repeler cualquier ataque.
Hizo una seña y más de veinte soldados formaron ante nosotros fuertemente armados. Aquello no pintaba nada bien.
A través del hultigkru le sugerí a Zemoz cual debía ser su reacción. Éste mostró enfado, pero viendo a los soldados, se limitó a decir:
—Lamento el equívoco. Fligencio, vámonos pues tengo cosas mejores que hacer que estar perdiendo el tiempo. Ya no estoy tan seguro de querer tener tratos con esta gentuza que me discrimina de tal manera.
Dimos media vuelta y volvimos a nuestro palacio.
Durante cuatro días gasté kilos de oro en hacer las gestiones necesarias para que Zemoz se entrevistara con los comerciantes. El barbariano se limitaba a disfrutar de la vida, sencillamente.
Por fin conseguí una cita ¡para la semana siguiente!
Empezaba a preocuparme. El gasto de oro ya era considerable y de seguir así tendríamos que volver a por más.
Vamos a ver, querido lector. El problema no era que no tuviera oro suficiente, pues si lo tenía. La cuestión es que no quiero dar pista alguna de donde se encuentra la cueva. Ya es demasiado que el lector conozca su existencia. No quiero dar más datos, como por ejemplo decir que está a cinco jornadas de Aut_Klimerxis (no son cinco jornadas, eso que conste).
Pero si nos veíamos obligados a ir a buscar más oro, de alguna manera eso quedaría reflejado en estas memorias. Sé bien que tú, querido lector, no tienes interés en robarme, pero hay mucha gente que podrá leer este escrito.
En todo caso, sería lo que los dioses desearan.
Pasó la semana y al fin volvimos a la sede del Gremio de Comerciantes. Me encaré con el guardia y le aseguré que teníamos cita. Él lo comprobó en un pergamino y nos dejó paso.
Yo ya había estado dentro, así que no me sorprendió lo que pudimos ver, pero Zemoz contempló, atónito, aquellos lujosos carros cargados de oro y piedras preciosas, las fuentes perfumadas, los parterres con flores exóticas y las jóvenes que adornaban los puestos de comercio.
Nos detuvimos en un espacio para carros de visita y allí nos atendió un ujier. Ahora teníamos un serio problema, pues aquel individuo sabía bien que éramos dos y yo tenía que esconderme en la ropa de Zemoz, pues a la reunión sólo podía asistir él. Tuve que convencer al ujier que, si bien nos podía acompañar hasta la entrada al salón, mi señor prefería que lo dejaran solo al entrar.
El ujier nos dejó ante la puerta, pero no tocó. Le indiqué que podía marcharse y apenas se había alejado un par de pasos cuando me introduje bajo la túnica y me puse en contacto mental con Zemoz a través del hultigkru.
Entramos. O más bien, entró Zemoz y yo caminé entre sus piernas, escondido.
Una cualidad del hultigkru es que, aparte de conectar las mentes, se pueden conectar los sentidos. Yo usé tal capacidad para ver a través de los ojos de Zemoz.
Y vi riquezas sin límite. Allí había una docena escasa de hombres, pero entre todos ellos sumaban miles de millones de monedas de oro. Bastaba sólo con verlos para entenderlo así.
Los comerciantes presentes miraron a Zemoz como un buitre puede ver la carcasa de una vaca muerta. Deseé que mis enseñanzas tuvieran su efecto.
Tal vez los días de holganza en el palacio tuvieran su efecto positivo, pues Zemoz ya se había acostumbrado a las riquezas. Sus maneras eran las de un noble habituado a tener dinero y a disfrutar con ello. Sus gestos fueron de indiferencia: aquellos señores podrían ser nobles, pero no menos que él.
No dijo nada, como correspondía a un noble, esperando que los otros tomaran la palabra. Los otros esperaron, pues tampoco era de su categoría comenzar a hablar; pero viendo que no les quedaba otro remedio, el de menor categoría preguntó:
—¿Qué se le ofrece, Señor Zemoz?
El aludido aún se tomó su tiempo antes de contestar.
—Tienen ustedes en su poder una piedra de mi propiedad. Quiero recuperarla.
—¿Una piedra, decís?
—Una esmeralda. Procede del pueblo de Naufrigetrez y hasta hace dos generaciones perteneció a mi familia, según me han relatado mis padres y abuelos.
Otro de los comerciantes tomó la palabra.
—Pues tanto vuestros padres como vuestros abuelos os han mentido descaradamente, siento deciros.
—¡Estáis ofendiendo la memoria de mi familia!
Transmití «¡Calma!» a Zemoz, pues veía como el otro se encendía.
—Disculpadme, señor —dijo ahora Zemoz—, pero no tolero que se hable mal de los míos. Tal vez pueda usted darme una explicación que resulte aceptable.
—Eso haré, Señor Zemoz, porque esa esmeralda que decís está en poder de este Gremio de Comerciantes desde hace, al menos, varios siglos. Por lo tanto, es dudoso que vuestra familia la haya podido poseer, salvo si se tratara de vuestro tataratatarabuelo.
—¡No importa! Considero que ya es hora de que se cumpla la tradición. Es mi intención adquirirla.
—¿Así, sin más? —objetó otro comerciante—. No es una joya cualquiera, mi señor.
—Creo que podré pagar el precio.
—No es el dinero lo que nos importa, aunque es, sin duda, mucho. Hablamos de millones, ¿acaso los tiene?
—Sí —dijo, rotundo Zemoz.
Yo esperaba que tuviera razón. No quería tener que ir a la cueva a buscar más oro.
—Como decía mi compañero —intervino otro comerciante—, la cuestión es que sólo le venderemos la esmeralda a un hombre que sea digno de ella. ¿Acaso usted lo es?
—¿Dudáis de mi nobleza? Id a Barbaria a comprobarlo. Allí podréis preguntar por mis antecedentes, averiguar la procedencia de mi familia, cómo nos emparentamos con la casa real y podréis ver las extensiones de terreno que poseemos, parte del mismo selvas para cazar y parte terrenos cultivados por nuestros siervos.
Todo era mentira, por supuesto. Pero Barbaria quedaba muy lejos y dudaba que aquellos señores se molestaran en comprobarlo.
Tal y como sospechaba, eligieron otro camino.
—No gracias, Señor Zemoz. No dudamos de vuestra palabra, pero la hidalguía necesaria para tener la joya la podrá demostrar aquí, con un somero interrogatorio, si no os molesta.
—Seré sincero, me molesta. Pero si ha de servir para conseguir la muy preciada esmeralda, me deshonraré a ser interrogado cual sirviente pillado con una prenda que no es suya.
El interrogatorio duró cerca de una hora. Gracias al hultigkru, fui dando las respuestas adecuadas a Zemoz, y observando las reacciones de los comerciantes.
Al fin, el mayor de todos dijo:
—¡Conforme! ¿Dispone usted de diez millones de monedas? Si es así, la esmeralda será suya.
—Disculpe, mi señor, pero yo creo que no vale más de un millón. Tal vez podamos llegar a un acuerdo sobre su valor.
Yo no sabía si sería correcto regatear en este caso, pero sin duda no teníamos diez millones en los sacos.
El comerciante se echó a reír.
—¡Eso es un buen comerciante, sin duda! Sabréis que un millón es poco, pero podríamos dejarlo en nueve millones.
—¡Millón y medio!
—¡Ocho millones y medio!
—Ofrezco dos millones.
—Es poco. Pero por siete millones y medio…
—¡Dos y medio!
—¡Sois duro de pelar, Zemoz! ¿Qué os parecen seis millones?
—¡Tres, y es mi última oferta!
—¡Cinco, y no se hable más!
Callaron. Ambos sabían que la siguiente oferta sería ya la definitiva. Por fin, Zemoz tomó la palabra.
—¿Y si lo dejamos en cuatro millones?
—¡Conforme!
Se dieron un solemne apretón de manos. Luego, uno tras otro cada uno de los comerciantes fue dando la mano a Zemoz. El último le dijo al oído:
—Yo esperaba que el trato se quedara en cinco millones como mínimo. ¡Se ha ahorrado usted un millón!
Zemoz salió del salón pues debía buscar el dinero.
Nada más salir, me eché fuera de la túnica. ¡Estaba asfixiado de calor!
Tenía una sed abrazadora, pero primero debíamos ir al carro. Buscamos porteadores que cargaran con cuatro sacos, cada uno de ellos con un millón de monedas (en realidad, cada saco contenía diez mil monedas de a cien, pero así y todo pesaban lo suyo).
Zemoz marchó delante, seguido de los porteadores y conmigo atrás vigilando. Llegamos ante los comerciantes y les hicimos entrega del oro. El Mayor abrió una caja y sacó de ella una joya verde, que entregó al barbariano.
Aún tuvimos que compartir un brindis con los comerciantes. Con las copas de licores variados había sofisticados cocteles sin alcohol, que Zemoz disfrutó; y variados entremeses para acompañar, desde huevos de rantorcias hasta mollejas de jilimonios, perfumados con pétalos de flores y especias variadas.
Por fin pudimos escabullirnos sin ofender a nuestros huéspedes. Llegamos al carro y salimos de Aut_Klimerxis, sin siquiera darnos de baja en el hospedaje. Yo sabía que era cuestión de pocas horas que ellos supieran que no íbamos a volver, así que no me preocupaba. Quería salir de allí lo antes posible, pues sólo por estar allí perdía dinero.
Hacia el atardecer, ya nos encontrábamos a varias millas del lugar. Para contrariedad de Zemoz, le sugerí que se quitara el lujoso traje y vistiera su habitual taparrabos.
En otras palabras, que volviera a ser el mismo de siempre.
El barbariano sintió algo de pena. Pero comprendió que yo tenía razón.
—Siempre he odiado el oro, maestro Fligencio, pero no sabía el porqué. Ahora lo sé, el oro puede convertir al mejor humano en un ser despreciable, acostumbrado a la molicie y al poder. Lo he probado y creo que no debería volver a hacerlo, o ya no habrá más Zemoz el barbariano.
—Pienso lo mismo, Zemoz. A veces creo que me bastaría con disfrutar del oro que guardo en la cueva, pero cuando he visto a esos nobles y esas ostentaciones, prefiero disfrutar de un conejo asado a la lumbre, en medio de la pradera, que esas mierdas sofisticadas y perfumadas. Y más quiero dormir en una tienda que en un palacio, si uno acaba por acostumbrarse a la molicie.
Tras aquellas declaraciones, pasamos a lo práctico. Cazamos varios conejos (yo cacé uno con el arco, Zemoz atrapó cinco con las manos) y los asamos en una lumbre.
Luego busqué la bandeja y comprobé como encajaba la esmeralda en el círculo del segundo sector.
Quedaba el tercer reto.
—Zemoz, tendremos que volar.
—¿Cómo un pájaro?
—Algo parecido.
(Continuará)
Enlace al comienzo de estas aventuras
Primeras aventuras de Zemoz
27 octubre 2014
Nuevas Aventuras de Zemoz - 2
Nos pusimos en marcha, dando así comienzo a la más gloriosa, y difícil, aventura de Zemoz el barbariano.
Caminamos varios días, en jornadas sin gran cosa que destacar. En una ciudad, cuyo nombre no recuerdo, logré vaciar casi por completo de mercancías el carro, y creo que Zemoz tuvo algunos encuentros con damas a su estilo, digamos que viril, pero no me los narró por intrascendentes.
Por fin, vimos ante nosotros la enorme mole de Bluwartyö. Aún estaba a tres jornadas de viaje, pero ya destacaba en el horizonte, su cima cubierta de nubes oscuras.
Y fueron tres días, en efecto, los que nos llevaron a la base de la pared infinita. Para llegar allí hubimos de cruzar una selva plagada de insectos, húmeda hasta el punto de no poder encender una hoguera, y oscura como la noche (aún a pleno día). Cruzando más de un pantano me llené de sanguijuelas, que al arrancarlas dejaban un reguero de sangre.
Gracias a los dioses, la selva terminó antes de llegar a la pared, convirtiéndose en una pradera calentada por el sol y pródiga en caza menor. Me esforcé en recordar mis habilidades con el arco y las flechas, pero sin la ayuda de Zemoz habría seguido pasando hambre. Gracias al barbariano cobramos buen número de presas, unos animales pequeños parecidos a conejos pero con plumas. Ni él ni yo los conocíamos, pero más tarde supe que la gente del lugar (salvajes que vivían en claros de la selva), los llamaban gretis.
Los gretis asados estaban ricos, y nos sirvieron para recuperar las fuerzas. Al menos me sirvieron a mí, pues Zemoz como era lo habitual en él, seguía tan fuerte como siempre.
Al día siguiente, nada más amanecer nos pusimos a contemplar la lejana cima. Yo me quedé pálido, tan sólo de pensar que tendría que subir aquello, aunque fuera a remolque de Zemoz.
—¿Cómo piensas subir esa pared, Zemoz?
—Con las manos y los pies. El Maestro Hugok me enseñó como subir imitando a las moscas, que pegan sus patas a las paredes más lisas.
—¿Y yo? Me temo que no he tenido la suerte de haber tenido al Maestro Hugok para ilustrarme.
—Haré una cesta para llevarte colgado a mi espalda.
Dicho y hecho. Hacía ya rato que Zemoz se había fijado en unos arbustos rígidos y rectos que crecían por el lugar. Cortó tres enormes palos, de unas seis varas de largo cada uno, que limpió de ramas.
Los toqué, eran duros como el acero.
Y, sin embargo, Zemoz los pudo curvar hasta darles la forma de tres aros. Los sujetó con tiras sacadas de los mismos arbustos, y por fin los dispuso en forma concéntrica.
Yo miraba con interés el trabajo del barbariano. Nunca habría imaginado que tuviera tal habilidad artesana. Sobre todo porque ya me daba cuenta de que mi vida dependería de esa misma habilidad.
Zemoz sujetó los aros en dos extremos, de tal manera que podían girar hasta formar una cesta esférica. Colocó trozos rectos de la misma madera para formar el ecuador de la esfera, y un fondo más o menos firme.
Para terminar, Zemoz retiró parte de la lona del carro y con ella recubrió aquel artefacto.
—¿Y se supone que yo tendré que ir ahí dentro?
—En efecto, maestro Fligencio.
Noté un olor fuerte y desagradable. Luego caí en la cuenta de que eran mis pantalones. El barbariano no pareció notarlo, acostumbrado como estaba a su propio olor.
Mientras me cambiaba, observé como Zemoz amarraba una gruesa cuerda a la parte superior de la cesta, y el otro extremo lo sujetaba a su cintura. Hizo varias inspiraciones prolongadas y puso los ojos en blanco. Había entrado en el estado lewkot, como le había enseñado el Maestro Hugok. En ese estado podía soportar cosas que serían mortales para un simple humano no entrenado.
—Cuando queráis, maestro Fligencio —dijo, con voz pastosa.
Ya me había cagado de miedo, así que no tenía forma humana de evitarlo. Me introduje en la cesta y me preparé para morir.
No morí. O más bien, fallecí mil veces del miedo que pasé. Pero, tras dos largas jornadas, de alguna manera llegamos a la cima.
Mas eso será tema para narrar más adelante. Veamos primero mis impresiones del duro y largo ascenso.
En mi vida me he sentido más inútil que durante aquellas largas jornadas, colgado como un pájaro en su jaula. Zemoz subía, aferrándose con manos y uñas, y ayudándose con los pies a cualquier grieta, por diminuta que ésta fuera.
Yo colgaba en mi jaula y no podía hacer otra cosa salvo lamentarme de mi triste fortuna. Trataba de no mirar hacia abajo, al abismo que crecía por momentos, ni mucho menos pensar en lo que podría suceder si la cuerda que me ataba al barbariano se rompiera, o se soltaran los nudos.
La técnica de Zemoz era asombrosa. La pared me parecía lisa como un espejo, y sin embargo Zemoz se aferraba a ella lo mismo que una mosca.
Llegué a no tener miedo, pues no me servía de mucho tenerlo. Temblaba todo el tiempo, pero me convencí que no era por el temor a caerme, sino de frío.
Lo cierto es que la temperatura bajaba a cada paso que daba Zemoz en la vertical. Como siempre, el barbariano parecía inmune al gélido tiempo, pero ese no era mi caso, y no había tenido la precaución de coger un buen abrigo, después de haber cruzado aquella cálida selva.
A cada rato, soplaba un viento húmedo y frío que me dejaba aterido hasta los huesos. Por contraste, cuando dejaba de soplar sentía calor. No ayudaba mucho el cielo nublado, que amenazaba con llover en cualquier momento.
Doy gracias a los dioses porque en ningún momento llegó a llover, pero daba la impresión de que un diluvio iba a caer en cualquier momento. Más tarde supe que eso era lo normal en aquella montaña, y que la humedad se condensaba en la cima, descargando como caudaloso río por la otra ladera.
Zemoz podía aguantar todo ese tiempo sin comer ni beber porque se había curtido en la abstinencia y estaba en lewkot, pero ese no era el caso de quien narra esta historia. El hambre y la sed se unieron al tormento del frío y del miedo. La sed pude superarla durante unas horas gracias a una cantimplora que llené con agua, pero era muy poca para tan largo encierro.
A ratos me lamentaba, pero lo hacía en voz baja. Zemoz me había advertido de que no debía distraerlo bajo ninguna circunstancia, y yo lo obedecía, pues si por perder concentración no podía agarrarse, estábamos los dos perdidos.
Aún quedaba otra fuente de tormento, pero la solucioné de la manera más práctica posible. Pese al frío reinante, abrí un poco la cubierta de lona… y oriné sobre el vacío. Sentí una gran satisfacción, pues al menos no tenía problema para aquello. Zemoz ni se enteró, centrado como estaba en sujetarse ala pared como si fuera una gigantesca mosca.
Aún estábamos hacia la mitad del ascenso cuando tuvimos el único incidente. Hasta ese momento, ningún ave nos había molestado, pero de pronto un buitre se puso a dar vueltas en torno a nosotros.
Me asusté. No porque temiera a un buitre, más bien por saber que esos animales avisan de la muerte; si uno, estando vivo, observa las vueltas de un buitre, eso es señal casi segura de peligro mortal. No en vano, el buitre espera que uno muera.
Por tanto, aquel buitre estaba pregonando nuestra próxima muerte, pensé.
La cosa se complicó cuando un segundo buitre se puso a hacer lo mismo. Los dos daban vueltas en torno a la cabeza de Zemoz, y éste a veces hacía aspavientos como si fueran moscas molestas.
Doy gracias a todos los dioses porque el barbariano ni siquiera en tales circunstancias perdió la concentración. Muy pronto llegamos a un diminuto rellano en la pared. El único descanso en todo el camino.
Zemoz pudo soltar la cuerda y echarse en la roca a relajarse, saliendo del lewkot. Yo pude abandonar la jaula y ver en torno mío.
Estaba nublado, pero era de día, y pude así apreciar que nos hallábamos en un nido de buitres. Las aves seguían con sus rondas, hasta que Zemoz las atrapó con sus fuertes manos, las dos a la vez, y las degolló. Una se la zampó de pocos bocados y antes de dar cuenta de la segunda, se acordó de mí.
—¿Quieres un cacho, maestro Fligencio?
Dije que no. Tenía hambre, pero no tanta como para comer buitre crudo. Y recordando que estábamos en un nido, busqué los huevos, que tan celosamente había protegido aquella pareja, y pude encontrarlos. ¡De pura casualidad no los habíamos aplastado al echarnos sobre el nido!
Eran cuatro y me comí uno. Sabía asqueroso, pero me calmó el hambre.
Eso sí, no quise comer más.
Zemoz, que me había visto, no sintió repudio y se mandó los huevos restantes sin siquiera romperlos, con cáscara y todo. Incluso le echó un ojo a una carcaza podrida que había por allí, pero a tanto no llegaba su apetito.
Descansamos un poco, muy poco según mis deseos, y pronto Zemoz me avisó para seguir subiendo.
Volví a la jaula, él se amarró la cuerda, revisó que estuviera bien sujeta, entró en lewkot y prosiguió la subida.
Ahora hacía más frío que nunca, y el viento soplaba con más fuerza que antes.
Había olvidado vaciar mi vejiga antes de encerrarme otra vez, pero ya no tuve inconveniente alguno en abrir la lona y dejar caer el chorro hacia el vacío infinito.
De pronto, para mi sorpresa la jaula se sacudió más de lo habitual. Sentí que se apoyaba en el suelo, y que Zemoz se tiraba a descansar, abandonando el lewkot ya de manera definitiva.
Salí de la jaula. Estábamos en una pradera de hierba verde, en medio de la niebla. Pero ya no estábamos junto a la pared infinita.
Habíamos llegado a la cima de Bluwartyö.
¿Y ahora qué?, me pregunté.
Lo primero era recuperar las fuerzas. En aquella pradera había numerosos gretis, cuyas madrigueras plagaban la superficie de agujeros. Zemoz cazó tres docenas, y se comió doce crudos. Hicimos una hoguera, limpié tres de aquellos animales y me los comí. Zemoz se comió el resto, asados con su piel y tripas.
Ya era tarde y hacía frío. De hecho, la niebla se estaba condensando en torno nuestro. Con la ayuda de Zemoz desarmé la jaula y fabricamos una tienda. Para mí, pues el barbariano dormiría al raso, como era lo habitual; aparte de que no cabría dentro de la tienda conmigo, y que yo lo prefería así. Nunca he querido dormir cerca de Zemoz, pues no me fío ni un pelo.
Por la mañana cazamos varios gretis más para desayunar. Y luego se levantó la niebla lo suficiente para ver alrededor.
Y vimos nuestro objetivo.
Era una torre de plata, pequeña, en medio de la pradera.
Fuimos hacia ella. En la base había una pequeña placa con un rubí redondo, del tamaño de un huevo de gallina. O medio huevo, pues era plana por una cara, como pude comprobar tan pronto como Zemoz la hubo arrancado.
La bandeja la habíamos dejado abajo, con el carro, así que debíamos volver allí.
Tal vez el lector se pregunte cómo es que dejamos el carro abandonado en la pradera, en la base de la montaña; sin duda algún viajero casual lo encontraría de su interés. Mas he de decir que conozco algunos trucos de magia; no es mucha, insuficiente incluso para protegerme de un dragón o del mismo Zemoz, por ejemplo, pero sí adecuada para impedir que un ladrón me robe el carromato. Cómo aprendí esos pequeños trucos no tienen mayor importancia, pues estas son las aventuras de Zemoz, no las de Fligencio.
Entretanto, teníamos dos rutas para bajar, pero una era imposible: volver por la pared infinita. La otra era dar un enorme rodeo, bajando por el otro lado de la montaña Bluwartyö. En realidad, esa era la única posibilidad.
El otro lado era en pendiente inclinada. Cerca del abismo era bastante lisa, pero pronto se empezó a notar la ondulación de un pequeño valle, que conducía a un arroyo. El arroyo llevaba a un río y éste muy pronto tenía un caudal considerable.
Zemoz había insistido en cargar con los restos de la jaula, con la excusa de usarla yo como tienda. No me había convencido pues esa sería la primera vez que el barbariano se preocupaba por mí.
Y así era, porque cuando nos topamos con la orilla de un río caudaloso, aprovechó los palos y la lona para construir un bote. Añadió varias ramas de árboles cercanos que cortó, y lo impermeabilizó todo con la grasa de un pequeño venado que cazó.
Desde ese momento, navegamos en el bote, río abajo. Muy pronto comprendí que aquella era la única ruta practicable, pues llegamos a un punto donde el río atravesaba un desfiladero de altísimas paredes.
Yo me había preguntado cómo era posible que nadie subiera por el otro lado para hacerse con aquella joya, pero estaba claro a cada paso que la mejor ruta era la que habíamos seguido; aquella ladera era apta para bajar, pero no para subir.
Aquel desfiladero estaba flanqueado por rocas cortantes que parecían llegar hasta el cielo. El río cruzaba entre ellas a saltos, que parecían romper nuestra tosca canoa.
Tardamos varios días en bajar aquella corriente. Encontramos varios saltos, que pudimos practicar bajando por la hierba húmeda, junto a las cascadas.
Y por fin llegamos a un lago tranquilo. Zemoz se orientó, no sé cómo y señaló una dirección entre los árboles.
Cruzamos una selva, muy parecida a la que recorrimos al principio y salimos a una pradera, también conocida.
¡Y allí estaba el carro! Intacto, con todas sus cosas en su sitio. Nadie lo había tocado gracias a mi magia.
El mulo estaba suelto y no estaba seguro de que aún siguiera por los alrededores. Lo llamé de un silbido y al poco, para mi tranquilidad, apareció.
Dentro del carro estaba la bandeja, y pude comprobar cómo el rubí encajaba a la perfección en el círculo situado en la espiral, en el sector de la montaña.
¡Zemoz había logrado superar el primer reto!
(Continuará)
Enlace al comienzo de estas aventuras
Primeras aventuras de Zemoz
Caminamos varios días, en jornadas sin gran cosa que destacar. En una ciudad, cuyo nombre no recuerdo, logré vaciar casi por completo de mercancías el carro, y creo que Zemoz tuvo algunos encuentros con damas a su estilo, digamos que viril, pero no me los narró por intrascendentes.
Por fin, vimos ante nosotros la enorme mole de Bluwartyö. Aún estaba a tres jornadas de viaje, pero ya destacaba en el horizonte, su cima cubierta de nubes oscuras.
Y fueron tres días, en efecto, los que nos llevaron a la base de la pared infinita. Para llegar allí hubimos de cruzar una selva plagada de insectos, húmeda hasta el punto de no poder encender una hoguera, y oscura como la noche (aún a pleno día). Cruzando más de un pantano me llené de sanguijuelas, que al arrancarlas dejaban un reguero de sangre.
Gracias a los dioses, la selva terminó antes de llegar a la pared, convirtiéndose en una pradera calentada por el sol y pródiga en caza menor. Me esforcé en recordar mis habilidades con el arco y las flechas, pero sin la ayuda de Zemoz habría seguido pasando hambre. Gracias al barbariano cobramos buen número de presas, unos animales pequeños parecidos a conejos pero con plumas. Ni él ni yo los conocíamos, pero más tarde supe que la gente del lugar (salvajes que vivían en claros de la selva), los llamaban gretis.
Los gretis asados estaban ricos, y nos sirvieron para recuperar las fuerzas. Al menos me sirvieron a mí, pues Zemoz como era lo habitual en él, seguía tan fuerte como siempre.
Al día siguiente, nada más amanecer nos pusimos a contemplar la lejana cima. Yo me quedé pálido, tan sólo de pensar que tendría que subir aquello, aunque fuera a remolque de Zemoz.
—¿Cómo piensas subir esa pared, Zemoz?
—Con las manos y los pies. El Maestro Hugok me enseñó como subir imitando a las moscas, que pegan sus patas a las paredes más lisas.
—¿Y yo? Me temo que no he tenido la suerte de haber tenido al Maestro Hugok para ilustrarme.
—Haré una cesta para llevarte colgado a mi espalda.
Dicho y hecho. Hacía ya rato que Zemoz se había fijado en unos arbustos rígidos y rectos que crecían por el lugar. Cortó tres enormes palos, de unas seis varas de largo cada uno, que limpió de ramas.
Los toqué, eran duros como el acero.
Y, sin embargo, Zemoz los pudo curvar hasta darles la forma de tres aros. Los sujetó con tiras sacadas de los mismos arbustos, y por fin los dispuso en forma concéntrica.
Yo miraba con interés el trabajo del barbariano. Nunca habría imaginado que tuviera tal habilidad artesana. Sobre todo porque ya me daba cuenta de que mi vida dependería de esa misma habilidad.
Zemoz sujetó los aros en dos extremos, de tal manera que podían girar hasta formar una cesta esférica. Colocó trozos rectos de la misma madera para formar el ecuador de la esfera, y un fondo más o menos firme.
Para terminar, Zemoz retiró parte de la lona del carro y con ella recubrió aquel artefacto.
—¿Y se supone que yo tendré que ir ahí dentro?
—En efecto, maestro Fligencio.
Noté un olor fuerte y desagradable. Luego caí en la cuenta de que eran mis pantalones. El barbariano no pareció notarlo, acostumbrado como estaba a su propio olor.
Mientras me cambiaba, observé como Zemoz amarraba una gruesa cuerda a la parte superior de la cesta, y el otro extremo lo sujetaba a su cintura. Hizo varias inspiraciones prolongadas y puso los ojos en blanco. Había entrado en el estado lewkot, como le había enseñado el Maestro Hugok. En ese estado podía soportar cosas que serían mortales para un simple humano no entrenado.
—Cuando queráis, maestro Fligencio —dijo, con voz pastosa.
Ya me había cagado de miedo, así que no tenía forma humana de evitarlo. Me introduje en la cesta y me preparé para morir.
No morí. O más bien, fallecí mil veces del miedo que pasé. Pero, tras dos largas jornadas, de alguna manera llegamos a la cima.
Mas eso será tema para narrar más adelante. Veamos primero mis impresiones del duro y largo ascenso.
En mi vida me he sentido más inútil que durante aquellas largas jornadas, colgado como un pájaro en su jaula. Zemoz subía, aferrándose con manos y uñas, y ayudándose con los pies a cualquier grieta, por diminuta que ésta fuera.
Yo colgaba en mi jaula y no podía hacer otra cosa salvo lamentarme de mi triste fortuna. Trataba de no mirar hacia abajo, al abismo que crecía por momentos, ni mucho menos pensar en lo que podría suceder si la cuerda que me ataba al barbariano se rompiera, o se soltaran los nudos.
La técnica de Zemoz era asombrosa. La pared me parecía lisa como un espejo, y sin embargo Zemoz se aferraba a ella lo mismo que una mosca.
Llegué a no tener miedo, pues no me servía de mucho tenerlo. Temblaba todo el tiempo, pero me convencí que no era por el temor a caerme, sino de frío.
Lo cierto es que la temperatura bajaba a cada paso que daba Zemoz en la vertical. Como siempre, el barbariano parecía inmune al gélido tiempo, pero ese no era mi caso, y no había tenido la precaución de coger un buen abrigo, después de haber cruzado aquella cálida selva.
A cada rato, soplaba un viento húmedo y frío que me dejaba aterido hasta los huesos. Por contraste, cuando dejaba de soplar sentía calor. No ayudaba mucho el cielo nublado, que amenazaba con llover en cualquier momento.
Doy gracias a los dioses porque en ningún momento llegó a llover, pero daba la impresión de que un diluvio iba a caer en cualquier momento. Más tarde supe que eso era lo normal en aquella montaña, y que la humedad se condensaba en la cima, descargando como caudaloso río por la otra ladera.
Zemoz podía aguantar todo ese tiempo sin comer ni beber porque se había curtido en la abstinencia y estaba en lewkot, pero ese no era el caso de quien narra esta historia. El hambre y la sed se unieron al tormento del frío y del miedo. La sed pude superarla durante unas horas gracias a una cantimplora que llené con agua, pero era muy poca para tan largo encierro.
A ratos me lamentaba, pero lo hacía en voz baja. Zemoz me había advertido de que no debía distraerlo bajo ninguna circunstancia, y yo lo obedecía, pues si por perder concentración no podía agarrarse, estábamos los dos perdidos.
Aún quedaba otra fuente de tormento, pero la solucioné de la manera más práctica posible. Pese al frío reinante, abrí un poco la cubierta de lona… y oriné sobre el vacío. Sentí una gran satisfacción, pues al menos no tenía problema para aquello. Zemoz ni se enteró, centrado como estaba en sujetarse ala pared como si fuera una gigantesca mosca.
Aún estábamos hacia la mitad del ascenso cuando tuvimos el único incidente. Hasta ese momento, ningún ave nos había molestado, pero de pronto un buitre se puso a dar vueltas en torno a nosotros.
Me asusté. No porque temiera a un buitre, más bien por saber que esos animales avisan de la muerte; si uno, estando vivo, observa las vueltas de un buitre, eso es señal casi segura de peligro mortal. No en vano, el buitre espera que uno muera.
Por tanto, aquel buitre estaba pregonando nuestra próxima muerte, pensé.
La cosa se complicó cuando un segundo buitre se puso a hacer lo mismo. Los dos daban vueltas en torno a la cabeza de Zemoz, y éste a veces hacía aspavientos como si fueran moscas molestas.
Doy gracias a todos los dioses porque el barbariano ni siquiera en tales circunstancias perdió la concentración. Muy pronto llegamos a un diminuto rellano en la pared. El único descanso en todo el camino.
Zemoz pudo soltar la cuerda y echarse en la roca a relajarse, saliendo del lewkot. Yo pude abandonar la jaula y ver en torno mío.
Estaba nublado, pero era de día, y pude así apreciar que nos hallábamos en un nido de buitres. Las aves seguían con sus rondas, hasta que Zemoz las atrapó con sus fuertes manos, las dos a la vez, y las degolló. Una se la zampó de pocos bocados y antes de dar cuenta de la segunda, se acordó de mí.
—¿Quieres un cacho, maestro Fligencio?
Dije que no. Tenía hambre, pero no tanta como para comer buitre crudo. Y recordando que estábamos en un nido, busqué los huevos, que tan celosamente había protegido aquella pareja, y pude encontrarlos. ¡De pura casualidad no los habíamos aplastado al echarnos sobre el nido!
Eran cuatro y me comí uno. Sabía asqueroso, pero me calmó el hambre.
Eso sí, no quise comer más.
Zemoz, que me había visto, no sintió repudio y se mandó los huevos restantes sin siquiera romperlos, con cáscara y todo. Incluso le echó un ojo a una carcaza podrida que había por allí, pero a tanto no llegaba su apetito.
Descansamos un poco, muy poco según mis deseos, y pronto Zemoz me avisó para seguir subiendo.
Volví a la jaula, él se amarró la cuerda, revisó que estuviera bien sujeta, entró en lewkot y prosiguió la subida.
Ahora hacía más frío que nunca, y el viento soplaba con más fuerza que antes.
Había olvidado vaciar mi vejiga antes de encerrarme otra vez, pero ya no tuve inconveniente alguno en abrir la lona y dejar caer el chorro hacia el vacío infinito.
De pronto, para mi sorpresa la jaula se sacudió más de lo habitual. Sentí que se apoyaba en el suelo, y que Zemoz se tiraba a descansar, abandonando el lewkot ya de manera definitiva.
Salí de la jaula. Estábamos en una pradera de hierba verde, en medio de la niebla. Pero ya no estábamos junto a la pared infinita.
Habíamos llegado a la cima de Bluwartyö.
¿Y ahora qué?, me pregunté.
Lo primero era recuperar las fuerzas. En aquella pradera había numerosos gretis, cuyas madrigueras plagaban la superficie de agujeros. Zemoz cazó tres docenas, y se comió doce crudos. Hicimos una hoguera, limpié tres de aquellos animales y me los comí. Zemoz se comió el resto, asados con su piel y tripas.
Ya era tarde y hacía frío. De hecho, la niebla se estaba condensando en torno nuestro. Con la ayuda de Zemoz desarmé la jaula y fabricamos una tienda. Para mí, pues el barbariano dormiría al raso, como era lo habitual; aparte de que no cabría dentro de la tienda conmigo, y que yo lo prefería así. Nunca he querido dormir cerca de Zemoz, pues no me fío ni un pelo.
Por la mañana cazamos varios gretis más para desayunar. Y luego se levantó la niebla lo suficiente para ver alrededor.
Y vimos nuestro objetivo.
Era una torre de plata, pequeña, en medio de la pradera.
Fuimos hacia ella. En la base había una pequeña placa con un rubí redondo, del tamaño de un huevo de gallina. O medio huevo, pues era plana por una cara, como pude comprobar tan pronto como Zemoz la hubo arrancado.
La bandeja la habíamos dejado abajo, con el carro, así que debíamos volver allí.
Tal vez el lector se pregunte cómo es que dejamos el carro abandonado en la pradera, en la base de la montaña; sin duda algún viajero casual lo encontraría de su interés. Mas he de decir que conozco algunos trucos de magia; no es mucha, insuficiente incluso para protegerme de un dragón o del mismo Zemoz, por ejemplo, pero sí adecuada para impedir que un ladrón me robe el carromato. Cómo aprendí esos pequeños trucos no tienen mayor importancia, pues estas son las aventuras de Zemoz, no las de Fligencio.
Entretanto, teníamos dos rutas para bajar, pero una era imposible: volver por la pared infinita. La otra era dar un enorme rodeo, bajando por el otro lado de la montaña Bluwartyö. En realidad, esa era la única posibilidad.
El otro lado era en pendiente inclinada. Cerca del abismo era bastante lisa, pero pronto se empezó a notar la ondulación de un pequeño valle, que conducía a un arroyo. El arroyo llevaba a un río y éste muy pronto tenía un caudal considerable.
Zemoz había insistido en cargar con los restos de la jaula, con la excusa de usarla yo como tienda. No me había convencido pues esa sería la primera vez que el barbariano se preocupaba por mí.
Y así era, porque cuando nos topamos con la orilla de un río caudaloso, aprovechó los palos y la lona para construir un bote. Añadió varias ramas de árboles cercanos que cortó, y lo impermeabilizó todo con la grasa de un pequeño venado que cazó.
Desde ese momento, navegamos en el bote, río abajo. Muy pronto comprendí que aquella era la única ruta practicable, pues llegamos a un punto donde el río atravesaba un desfiladero de altísimas paredes.
Yo me había preguntado cómo era posible que nadie subiera por el otro lado para hacerse con aquella joya, pero estaba claro a cada paso que la mejor ruta era la que habíamos seguido; aquella ladera era apta para bajar, pero no para subir.
Aquel desfiladero estaba flanqueado por rocas cortantes que parecían llegar hasta el cielo. El río cruzaba entre ellas a saltos, que parecían romper nuestra tosca canoa.
Tardamos varios días en bajar aquella corriente. Encontramos varios saltos, que pudimos practicar bajando por la hierba húmeda, junto a las cascadas.
Y por fin llegamos a un lago tranquilo. Zemoz se orientó, no sé cómo y señaló una dirección entre los árboles.
Cruzamos una selva, muy parecida a la que recorrimos al principio y salimos a una pradera, también conocida.
¡Y allí estaba el carro! Intacto, con todas sus cosas en su sitio. Nadie lo había tocado gracias a mi magia.
El mulo estaba suelto y no estaba seguro de que aún siguiera por los alrededores. Lo llamé de un silbido y al poco, para mi tranquilidad, apareció.
Dentro del carro estaba la bandeja, y pude comprobar cómo el rubí encajaba a la perfección en el círculo situado en la espiral, en el sector de la montaña.
¡Zemoz había logrado superar el primer reto!
(Continuará)
Enlace al comienzo de estas aventuras
Primeras aventuras de Zemoz
26 octubre 2014
Nuevas Aventuras de Zemoz - 1
Tras publicar las anteriores memorias de Zemoz el Barbariano, éste supo de su existencia, aunque no haya sido capaz de leerlas. Me vi obligado a comentarle su contenido, que como recordarán trata de la aventura en Kiftowen, sus amores con Artadek Arneh, las andanzas en Mel_on_Har, su encuentro con este humilde servidor, el suceso del dragón de Lotinglöme, terminando la narración con lo acontecido en compañía de la bruja Kesede Smaya. Los lectores habrán notado que los relatos sin duda podrían proseguir, pues quedan aún muchas aventuras que narrar, pero preferí dejar el texto en un tamaño aceptable.
Pese a lo dicho, Zemoz no quedó conforme.
—¿Cómo has podido olvidar los sucesos que nos condujeron a Naufrigetrez?
Estaba muy enfadado, tanto que temí por mi vida. Ya he narrado como los enfados del barbariano son de temer, y hasta ahora he conseguido mantener mi integridad física gracias a que soy capaz de controlar sus accesos de rabia.
Le expliqué que no había querido escribir un texto muy largo, y que la narración de los sucesos que terminaron en Naufrigetrez sería muy extensa.
Sin embargo, Zemoz no se calmaba. Empezaba ya a soltar espumarajos por su boca cuando le prometí escribir una segunda parte de sus aventuras, con lo de Naufrigetrez en primer lugar.
Zemoz se calmó a duras penas, y yo le aseguré que tan pronto me fuera posible me pondría a escribir. Si no lo hice entonces fue porque estábamos en plena campaña para rescatar al heredero del reino de Kerjundia.
Tal vez narre esta historia algún día. Recién la habíamos concluido ya Zemoz no pudo esperar para buscar una pluma, tinta y pergamino.
¡Y aquí estoy!
Los sucesos que espero poder narrar de forma íntegra dieron comienzo en una pobre vivienda de Cörenwirtuf. Los motivos que nos condujeron a esa casa podrían ser tema de otra historia, que es mejor dejar para días más propicios.
Llegamos allí de noche cerrada y en medio de una copiosa lluvia. Zemoz se precia de poder resistir el frío y la lluvia pero no es el caso de este mercader, así que le imploré buscar un refugio para pasar la noche. El viento había destrozado la carpa de mi carromato y el mulo estaba agotado por el esfuerzo; al fin vimos aquella casa solitaria en la loma y Zemoz aceptó plantarse en la puerta, que derribó de un puñetazo.
Supongo que fue sin querer, pues yo sólo le pedí que llamara, pero a veces el barbariano no es capaz de contener su fuerza. Puede que sólo pretendiera golpear la puerta, o puede que ésta fuera débil, pero en todo caso se partió en dos ante la embestida de Zemoz.
Un hombre entrado en años y vestido con harapos, salió visiblemente enfadado.
Antes de que se complicara la cosa, opté por ponerme frente a él. Con aquella oscuridad no era nada fácil verme.
—Apreciado señor, lamento la rotura de su puerta, que prometo pagarle en cuanto nos sea posible. Mi compañero en ocasiones no es consciente de su fuerza. Necesitamos un lugar donde refugiarnos de esta tormenta y solicitamos vuestra hospitalidad. Sabido es que en Cörenwirtuf viven los más hospitables de este país, y espero que vuestra humilde morada mantenga la tradición.
—Sed bienvenidos, señores, pues no seré yo quien vaya en contra de la tradición. Mas sabed que somos pobres de solemnidad y casi nada os podremos ofrecer, salvo un techo; si es que el dios Klierme no decide derribarlo con esta tormenta.
—Estad tranquilo, señor, que Klierme sabrá que Zemoz el barbariano ha decidido dormir en vuestra casa y os felicitará por ello. No creo que elija esta noche para dañar vuestra morada. Sólo pedimos un techo, nada más. Y pagaré con generosidad.
Entramos. El hombre aquel, Vlïsdertio de nombre, nos mostró un lecho de paja en el medio de la habitación principal, junto a la mesa de madera. Yo me acomodé para pasar la noche entre pulgas, pero Zemoz hizo de las suyas, para no variar.
Moviendo la nariz como un caballo en celo, se dirigió a una habitación a oscuras, la única que había aparte de la sala donde nos encontrábamos. Allí había tres mujeres, la esposa y las dos hijas del campesino, a quienes sometió al tratamiento habitual. Desmayadas por el brusco tratamiento, él se limitó a penetrarlas sin pudor. Cuando apareció un jovencito, el hijo varón de aquel matrimonio, no dudó en sodomizarlo.
Para terminar, se hizo con los escasos alimentos de aquella pobre familia.
Y por fin se echó en el montón de paja, roncando ruidosamente.
Por la mañana, hice cuentas y saqué tres monedas de oro para pagar los daños causados por Zemoz. Estaba a punto de entregarlo cuando vi que en el lecho de Zemoz se podía apreciar una bandeja de plata muy curiosa, y sin duda valiosa. Su pérdida sería muy dura para aquella familia, ya que no la habían cambiado por comida; tendría valor sentimental, a no durarlo. Añadí dos monedas de oro a la bolsa.
—Tomad, señor Vlïsdertio, esta humilde compensación por los desmanes causados por mi compañero.
—Idos, por todos los dioses y no volváis jamás por aquí. Hubiera preferido que Klierme hubiera derribado el techo.
Zemoz salió, no sin antes echarle una lujuriosa mirada a la esposa de Vlïsdertio, quien por cierto no parecía haberlo pasado mal con el barbariano (tal vez le había gustado aquel trato tan brutal, pero de eso no estoy seguro). Pero antes de que Zemoz se liara otra vez con sus lances amorosos, le di un suave empujón para que siguiera camino.
Cuando ya estábamos en el carro (bueno, yo estaba en el carro y Zemoz al lado del animal), oí gritos de alegría provenientes de la casa. Sin duda, Vlïsdertio había abierto la bolsa con las monedas.
Seguimos camino. El toldo del carro seguía roto, pero ya no soplaba el viento, así que no importaba. Compramos vituallas y un trozo de tela, a un comerciante cuyo carro nos cruzamos. Aquel colega mío siguió su marcha con mucho menos peso (salvo en su bolsa), y nos dispusimos, Zemoz y yo, a disfrutar de una buena comida en la hierba, a un lado del camino. Dejé la reparación de la lona para más tarde.
Justo acabábamos de vaciar un odre de buen vino de Fliturbiye cuando recordé la bandeja.
—Zemoz, ¿recuerdas la bandeja de plata que tomaste de aquella choza? ¿Podrías explicarme qué te llevó a cogerla? Tú no sueles mostrar interés por las riquezas.
—Maestro Fligencio, sin duda yo tampoco lo acabo de entender. Para seros sincero, ni me fijé en que fuera de plata. Sólo me pareció bonita y quise tenerla para mí. Era como si me llamara.
—¿Podría yo verla?
—Claro que sí. Vos no me la robaréis, sin duda.
Zemoz buscó entre sus pertenencias. Apartó la espada, un abrigo de piel (para lo más crudo del invierno) y sacó la bandeja, que me entregó.
La observé bien. Era una bandeja redonda, como de dos palmos de diámetro, de plata de muy buena calidad. Pesaba poco, otra señal de buen producto y sin embargo se la veía sólida. Estaba muy decorada con dibujos y textos en un alfabeto que al principio no reconocí, pero de pronto mi mente se iluminó con la visión de la caligrafía de Naufrigetrez.
En efecto, aquella escritura parecía la de ese pueblo tan colmado de incógnitas. Nadie que esté vivo puede explicar el significado de los viejos templos, de aquellas ciudades abandonadas y cubiertas de maleza. En ellas sólo viven monos y jaguares, además de loros, insectos, arañas y serpientes. Los árboles crecen en lo que sin duda fueron lujuriosos jardines. De sus antiguos habitantes sólo hay huesos, a veces recubiertos de armaduras. Y ningún texto, exceptuando algunas crónicas en mármol que nos han podido llegar.
Las crónicas no cuentan nada útil: los amoríos de un rey con sus doncellas, las andanzas de un sacerdote en pos de una magia desconocida, las cuentas detalladas de un palacio (usando monedas desconocidas, lo mismo que las unidades de medida), algunos cuentos infantiles sobre la creación del mundo, y poco más.
Nada que explique qué sucedió para que aquella extraña civilización desapareciera, dejando tan pocas huellas de su paso por el mundo.
En todo caso, aquí tenía una bandeja con indicios de haber sido creada por aquellos hombres. Y su caligrafía podía entenderla.
Temo que no puedo explicarle al lector cómo es que un humilde comerciante llamado Fligencio aprendió a interpretar los arcanos de la escritura de Naufrigetrez, pues esta narración es de las aventuras de Zemoz, no las de Fligencio.
Por lo tanto, el texto no me ofrecía demasiadas dificultades, pero eso no era el caso de los dibujos, por cierto muy enigmáticos.
Para empezar, el círculo que era la bandeja estaba dividido en tres tercios, recorridos por una serpiente que terminaba en un círculo menor en el centro. Si se seguía la espiral desde la parte más externa, primero se apreciaba una montaña, con aspecto de ser muy alta y con una pared que parecía un abismo hacia el mismísimo Hades.
El tercio siguiente mostraba una habitación con una mesa y varias personas sentadas ante ella. No se apreciaba si comían o sólo hablaban, y todos ellos eran hombres con vestidos lujosos; una reunión de reyes u hombres de similares poderes.
El tercer tercio mostraba un ave de grandes alas recorriendo los cielos. Nada más.
En el centro, una estrella brillaba, o tal vez se tratara del sol.
Me dispuse a leer los textos, con el fin de encontrarle sentido a aquel galimatías. Pero primero devolví la bandeja a Zemoz, evitando cualquier suspicacia hacia mí por mantenerla demasiado tiempo en mi poder. Le expliqué que podría buscarle un significado, si él me permitía observarla con más detalle.
Eso sería en la ciudad de Aegrintel, hacia donde me dirigía. En ella, monté mi puesto para vender mercancía, mientras Zemoz se ponía a buscar aventuras.
Por una vez, mi interés no se centró en la venta, y eso sin duda se notaba al terminar cada día, pues mi mercancía permanecía sin vender y mi bolsa no crecía.
Pero esperaba el momento de encontrarme con el barbariano para pedirle estudiar una vez más la bandeja.
Hacia la semana de estancia, quedaba claro que las ventas eran un total fracaso, pero ya había logrado desentrañar el misterio de la bandeja de Cörenwirtuf.
Se lo expliqué a Zemoz mientras marchábamos de la ciudad. El carro tenía el mismo peso que a la llegada, pues el producto almacenado era casi todo el mismo. Mi bolsa pesaba menos, pero no podía hacer nada para solucionarlo.
—Se trata de tres grandes tareas, aptas sólo para un héroe —le dije.
—O sea, dignas de Zemoz —replicó, orgulloso.
—Eso espero. Han de realizarse en orden y me ha parecido entender que en cada una se conseguirá un objeto, creo que una joya, que se ha de colocar en la bandeja. Cuando se tengan los tres objetos, se podrá acceder al premio, algo que ha de estar en Naufrigetrez.
—Esas ruinas están muy lejos, según he oído.
—Tendremos que andar bastante. Pero primero hemos de ir a Bluwartyö, la gran montaña.
—¡Serán varios días de camino! Y una vez allí, ¿qué he de hacer? ¿Matar un dragón o un gigante?
—Nada de matar. Has de escalar la pared infinita.
Hasta Zemoz quedó atónito, y ya eso resultaba difícil. La pared infinita de Bluwartyö era un precipicio vertical de dos millas de alto, liso como un espejo, y sin duda mortal.
Todo un desafío para alguien como Zemoz.
—Bien, hay que subir la pared, ¿y luego?
—En la cumbre está el primer objeto, creo haber entendido que es un óvalo color rubí.
—Creo saber cómo escalar esa pared, maestro Fligencio. Pero, ¿cómo subirás tú?
—¿Yo? Esperaré tu vuelta, mi valiente. Yo no valgo para subir montañas, ni siquiera aquellas con un buen camino para llegar a la cima.
—No, tú vendrás conmigo para que puedas narrar mi gesta. Ya verás cómo. Te iré remolcando, pesas muy poco.
No entendía nada. Pero si Zemoz contaba con llevarme a cuestas tendría que aceptarlo. No podía evitarlo, ni siquiera huir.
(Continuará)
Primeras aventuras de Zemoz
Pese a lo dicho, Zemoz no quedó conforme.
—¿Cómo has podido olvidar los sucesos que nos condujeron a Naufrigetrez?
Estaba muy enfadado, tanto que temí por mi vida. Ya he narrado como los enfados del barbariano son de temer, y hasta ahora he conseguido mantener mi integridad física gracias a que soy capaz de controlar sus accesos de rabia.
Le expliqué que no había querido escribir un texto muy largo, y que la narración de los sucesos que terminaron en Naufrigetrez sería muy extensa.
Sin embargo, Zemoz no se calmaba. Empezaba ya a soltar espumarajos por su boca cuando le prometí escribir una segunda parte de sus aventuras, con lo de Naufrigetrez en primer lugar.
Zemoz se calmó a duras penas, y yo le aseguré que tan pronto me fuera posible me pondría a escribir. Si no lo hice entonces fue porque estábamos en plena campaña para rescatar al heredero del reino de Kerjundia.
Tal vez narre esta historia algún día. Recién la habíamos concluido ya Zemoz no pudo esperar para buscar una pluma, tinta y pergamino.
¡Y aquí estoy!
Los sucesos que espero poder narrar de forma íntegra dieron comienzo en una pobre vivienda de Cörenwirtuf. Los motivos que nos condujeron a esa casa podrían ser tema de otra historia, que es mejor dejar para días más propicios.
Llegamos allí de noche cerrada y en medio de una copiosa lluvia. Zemoz se precia de poder resistir el frío y la lluvia pero no es el caso de este mercader, así que le imploré buscar un refugio para pasar la noche. El viento había destrozado la carpa de mi carromato y el mulo estaba agotado por el esfuerzo; al fin vimos aquella casa solitaria en la loma y Zemoz aceptó plantarse en la puerta, que derribó de un puñetazo.
Supongo que fue sin querer, pues yo sólo le pedí que llamara, pero a veces el barbariano no es capaz de contener su fuerza. Puede que sólo pretendiera golpear la puerta, o puede que ésta fuera débil, pero en todo caso se partió en dos ante la embestida de Zemoz.
Un hombre entrado en años y vestido con harapos, salió visiblemente enfadado.
Antes de que se complicara la cosa, opté por ponerme frente a él. Con aquella oscuridad no era nada fácil verme.
—Apreciado señor, lamento la rotura de su puerta, que prometo pagarle en cuanto nos sea posible. Mi compañero en ocasiones no es consciente de su fuerza. Necesitamos un lugar donde refugiarnos de esta tormenta y solicitamos vuestra hospitalidad. Sabido es que en Cörenwirtuf viven los más hospitables de este país, y espero que vuestra humilde morada mantenga la tradición.
—Sed bienvenidos, señores, pues no seré yo quien vaya en contra de la tradición. Mas sabed que somos pobres de solemnidad y casi nada os podremos ofrecer, salvo un techo; si es que el dios Klierme no decide derribarlo con esta tormenta.
—Estad tranquilo, señor, que Klierme sabrá que Zemoz el barbariano ha decidido dormir en vuestra casa y os felicitará por ello. No creo que elija esta noche para dañar vuestra morada. Sólo pedimos un techo, nada más. Y pagaré con generosidad.
Entramos. El hombre aquel, Vlïsdertio de nombre, nos mostró un lecho de paja en el medio de la habitación principal, junto a la mesa de madera. Yo me acomodé para pasar la noche entre pulgas, pero Zemoz hizo de las suyas, para no variar.
Moviendo la nariz como un caballo en celo, se dirigió a una habitación a oscuras, la única que había aparte de la sala donde nos encontrábamos. Allí había tres mujeres, la esposa y las dos hijas del campesino, a quienes sometió al tratamiento habitual. Desmayadas por el brusco tratamiento, él se limitó a penetrarlas sin pudor. Cuando apareció un jovencito, el hijo varón de aquel matrimonio, no dudó en sodomizarlo.
Para terminar, se hizo con los escasos alimentos de aquella pobre familia.
Y por fin se echó en el montón de paja, roncando ruidosamente.
Por la mañana, hice cuentas y saqué tres monedas de oro para pagar los daños causados por Zemoz. Estaba a punto de entregarlo cuando vi que en el lecho de Zemoz se podía apreciar una bandeja de plata muy curiosa, y sin duda valiosa. Su pérdida sería muy dura para aquella familia, ya que no la habían cambiado por comida; tendría valor sentimental, a no durarlo. Añadí dos monedas de oro a la bolsa.
—Tomad, señor Vlïsdertio, esta humilde compensación por los desmanes causados por mi compañero.
—Idos, por todos los dioses y no volváis jamás por aquí. Hubiera preferido que Klierme hubiera derribado el techo.
Zemoz salió, no sin antes echarle una lujuriosa mirada a la esposa de Vlïsdertio, quien por cierto no parecía haberlo pasado mal con el barbariano (tal vez le había gustado aquel trato tan brutal, pero de eso no estoy seguro). Pero antes de que Zemoz se liara otra vez con sus lances amorosos, le di un suave empujón para que siguiera camino.
Cuando ya estábamos en el carro (bueno, yo estaba en el carro y Zemoz al lado del animal), oí gritos de alegría provenientes de la casa. Sin duda, Vlïsdertio había abierto la bolsa con las monedas.
Seguimos camino. El toldo del carro seguía roto, pero ya no soplaba el viento, así que no importaba. Compramos vituallas y un trozo de tela, a un comerciante cuyo carro nos cruzamos. Aquel colega mío siguió su marcha con mucho menos peso (salvo en su bolsa), y nos dispusimos, Zemoz y yo, a disfrutar de una buena comida en la hierba, a un lado del camino. Dejé la reparación de la lona para más tarde.
Justo acabábamos de vaciar un odre de buen vino de Fliturbiye cuando recordé la bandeja.
—Zemoz, ¿recuerdas la bandeja de plata que tomaste de aquella choza? ¿Podrías explicarme qué te llevó a cogerla? Tú no sueles mostrar interés por las riquezas.
—Maestro Fligencio, sin duda yo tampoco lo acabo de entender. Para seros sincero, ni me fijé en que fuera de plata. Sólo me pareció bonita y quise tenerla para mí. Era como si me llamara.
—¿Podría yo verla?
—Claro que sí. Vos no me la robaréis, sin duda.
Zemoz buscó entre sus pertenencias. Apartó la espada, un abrigo de piel (para lo más crudo del invierno) y sacó la bandeja, que me entregó.
La observé bien. Era una bandeja redonda, como de dos palmos de diámetro, de plata de muy buena calidad. Pesaba poco, otra señal de buen producto y sin embargo se la veía sólida. Estaba muy decorada con dibujos y textos en un alfabeto que al principio no reconocí, pero de pronto mi mente se iluminó con la visión de la caligrafía de Naufrigetrez.
En efecto, aquella escritura parecía la de ese pueblo tan colmado de incógnitas. Nadie que esté vivo puede explicar el significado de los viejos templos, de aquellas ciudades abandonadas y cubiertas de maleza. En ellas sólo viven monos y jaguares, además de loros, insectos, arañas y serpientes. Los árboles crecen en lo que sin duda fueron lujuriosos jardines. De sus antiguos habitantes sólo hay huesos, a veces recubiertos de armaduras. Y ningún texto, exceptuando algunas crónicas en mármol que nos han podido llegar.
Las crónicas no cuentan nada útil: los amoríos de un rey con sus doncellas, las andanzas de un sacerdote en pos de una magia desconocida, las cuentas detalladas de un palacio (usando monedas desconocidas, lo mismo que las unidades de medida), algunos cuentos infantiles sobre la creación del mundo, y poco más.
Nada que explique qué sucedió para que aquella extraña civilización desapareciera, dejando tan pocas huellas de su paso por el mundo.
En todo caso, aquí tenía una bandeja con indicios de haber sido creada por aquellos hombres. Y su caligrafía podía entenderla.
Temo que no puedo explicarle al lector cómo es que un humilde comerciante llamado Fligencio aprendió a interpretar los arcanos de la escritura de Naufrigetrez, pues esta narración es de las aventuras de Zemoz, no las de Fligencio.
Por lo tanto, el texto no me ofrecía demasiadas dificultades, pero eso no era el caso de los dibujos, por cierto muy enigmáticos.
Para empezar, el círculo que era la bandeja estaba dividido en tres tercios, recorridos por una serpiente que terminaba en un círculo menor en el centro. Si se seguía la espiral desde la parte más externa, primero se apreciaba una montaña, con aspecto de ser muy alta y con una pared que parecía un abismo hacia el mismísimo Hades.
El tercio siguiente mostraba una habitación con una mesa y varias personas sentadas ante ella. No se apreciaba si comían o sólo hablaban, y todos ellos eran hombres con vestidos lujosos; una reunión de reyes u hombres de similares poderes.
El tercer tercio mostraba un ave de grandes alas recorriendo los cielos. Nada más.
En el centro, una estrella brillaba, o tal vez se tratara del sol.
Me dispuse a leer los textos, con el fin de encontrarle sentido a aquel galimatías. Pero primero devolví la bandeja a Zemoz, evitando cualquier suspicacia hacia mí por mantenerla demasiado tiempo en mi poder. Le expliqué que podría buscarle un significado, si él me permitía observarla con más detalle.
Eso sería en la ciudad de Aegrintel, hacia donde me dirigía. En ella, monté mi puesto para vender mercancía, mientras Zemoz se ponía a buscar aventuras.
Por una vez, mi interés no se centró en la venta, y eso sin duda se notaba al terminar cada día, pues mi mercancía permanecía sin vender y mi bolsa no crecía.
Pero esperaba el momento de encontrarme con el barbariano para pedirle estudiar una vez más la bandeja.
Hacia la semana de estancia, quedaba claro que las ventas eran un total fracaso, pero ya había logrado desentrañar el misterio de la bandeja de Cörenwirtuf.
Se lo expliqué a Zemoz mientras marchábamos de la ciudad. El carro tenía el mismo peso que a la llegada, pues el producto almacenado era casi todo el mismo. Mi bolsa pesaba menos, pero no podía hacer nada para solucionarlo.
—Se trata de tres grandes tareas, aptas sólo para un héroe —le dije.
—O sea, dignas de Zemoz —replicó, orgulloso.
—Eso espero. Han de realizarse en orden y me ha parecido entender que en cada una se conseguirá un objeto, creo que una joya, que se ha de colocar en la bandeja. Cuando se tengan los tres objetos, se podrá acceder al premio, algo que ha de estar en Naufrigetrez.
—Esas ruinas están muy lejos, según he oído.
—Tendremos que andar bastante. Pero primero hemos de ir a Bluwartyö, la gran montaña.
—¡Serán varios días de camino! Y una vez allí, ¿qué he de hacer? ¿Matar un dragón o un gigante?
—Nada de matar. Has de escalar la pared infinita.
Hasta Zemoz quedó atónito, y ya eso resultaba difícil. La pared infinita de Bluwartyö era un precipicio vertical de dos millas de alto, liso como un espejo, y sin duda mortal.
Todo un desafío para alguien como Zemoz.
—Bien, hay que subir la pared, ¿y luego?
—En la cumbre está el primer objeto, creo haber entendido que es un óvalo color rubí.
—Creo saber cómo escalar esa pared, maestro Fligencio. Pero, ¿cómo subirás tú?
—¿Yo? Esperaré tu vuelta, mi valiente. Yo no valgo para subir montañas, ni siquiera aquellas con un buen camino para llegar a la cima.
—No, tú vendrás conmigo para que puedas narrar mi gesta. Ya verás cómo. Te iré remolcando, pesas muy poco.
No entendía nada. Pero si Zemoz contaba con llevarme a cuestas tendría que aceptarlo. No podía evitarlo, ni siquiera huir.
(Continuará)
Primeras aventuras de Zemoz
04 diciembre 2011
ZEMOZ, EL BARBARIANO (5ª y última parte)
(Viene de la 4ª parte)
Y para terminar estas aventuras, quiero relatar el enfrentamiento que tuvo Zemoz el barbariano con la bruja Kesede Smaya.
En cierta ocasión viajábamos los dos, camino de Leograndia, la afamada villa montañesa de Barbaria.
Se iniciaba el otoño y las hojas de los árboles pendían secas sobre las ramas, siendo aún más abundantes en el suelo. Sin embargo, el sol brillaba en un cielo con pocas nubes, algo raro tras varias jornadas tormentosas. Unos vientos racheados levantaban la hojarasca de vez en cuando.
Aún no hacía verdadero frío, pero los rayos del sol se agradecían.
Bajábamos por un valle hacia Leograndia, que como es sabido está situada a la orilla de un caudaloso río navegable en un amplio tramo. El camino estaba empedrado y de vez en cuando nos cruzábamos con gente de toda clase.
Iba Zemoz caminando y quien esto relata en su carro como siempre. Más de una vez habíamos comprobado (como ya queda dicho) que mi pobre burrito no podía cargar con la mole de Zemoz; así que, arduamente por mi parte, logré convencerle de que debía caminar a mi lado.
Justo el día anterior acabábamos de pasar por una aldea, cuya bodega Zemoz había arrasado en busca de comida, y donde una aldeana había «disfrutado» de las delicias de Zemoz; bueno, en realidad no se enteró de casi nada porque se desmayó nada más abrazarla el fornido aventurero.
En éstas vemos venir por el camino hacia nosotros a una mujer solitaria. De haber tenido yo la oportunidad, le habría advertido que se escondiera donde Zemoz no pudiera verla, pero éste la vio tan pronto como yo.
Al acercarse, pude verla mejor. Era una vieja esmirriada y encorvada, con más huesos que otra cosa bajo los harapos que llevaba puestos como vestido. El color de su ropa era indefinido, pero aún mostraba señales de una anterior riqueza cromática.
Su cabello era canoso, con alguna hebra negra, y ya muy ralo. Lo llevaba sujeto en un tosco moño, que el viento había desarreglado.
En la cara llevaba un vistoso maquillaje: los labios de rojo carmín y las mejillas del mismo color, lo que no le favorecía con su cara repleta de arrugas. Además, era evidente que le faltaban muchos dientes.
De sus orejas colgaban vistosos pendientes de conchas y piedras pequeñas.
Para completar la imagen, varias verrugas oscuras distribuidas por la nariz y una de las orejas.
Calzaba unos zuecos de madera de Barbaria y llevaba anillos en todos los dedos de las manos, aunque ninguno era de oro. Las uñas se veían limpias aunque algo descuidadas.
Todo eso lo vi de inmediato pero no porque me apeteciera verla sino porque nos detuvimos junto a ella.
Zemoz se le plantó delante y le dijo:
—¡Quítate de en medio, vieja, y deja pasar a Zemoz!
—Yo soy la bruja Kesede Smaya y no me aparto tan sólo porque un hombre me lo diga. Menos si lo hace sin ninguna educación y aún menos si quien lo dice es un bruto maloliente.
—Todas las mujeres se desmayan ante Zemoz el barbariano. Así que no hace falta que me digas que tú también te desmayarás, ¡ja ja!
—¡Bruto estúpido! Kesede Smaya es mi nombre, y soy bruja formada en la capital de Barbaria. Mi conocimiento en las artes de brujería es de lo más elevado y si insistes en tu estupidez tendré mucho gusto en demostrártelo.
—¡Conozco bien las artes que enseñan a las brujas en la capital, ramera! —gritó Zemoz a la vez que se abalanzaba con furia sobre la mujer.
Pero Kesede Smaya alzó el brazo con indiferencia y la espada de Zemoz se transformó en una serpiente, que se fue reptando por la tierra y se escondió rápidamente en un agujero.
—¡Mi espada! Cacho zorra, ¿qué has hecho con mi espada forjada en acero de Azulita? Pero no me importa, ¡bastará con un solo brazo para forzar a un esqueleto reseco como tú!
Alzó el brazo contra la bruja pero ésta levantó nuevamente el suyo y surgió una neblina que cubrió a Zemoz.
El barbariano cayó tendido en el suelo.
La bruja se le quedó mirando y dijo:
—Ya las mujeres no te temerán más, imbécil.
Sin decir más, Kesede Smaya se alejó por el camino, dejándonos solos.
Poco después se despertó Zemoz y dijo, con voz aflautada:
—¡Huy, qué caída más tonta! ¡Vámonos, cielo que se nos hace tarde!
Comprendí que Zemoz había cambiado. Y no me gustaba el cambio.
No dije nada y nos pusimos en marcha.
Muy pronto pude captar por completo cuan profundo era el cambio de Zemoz. Nos cruzamos con un soldado barbariano que escoltaba dos esclavas hacia el mercado. Las chicas estaban muy someramente vestidas, pero Zemoz en quien se fijó fue en el soldado. Llevaba el uniforme habitual en el ejército de Barbaria: cota de acero, casco, faldellín y sandalias con suela de madera y clavos.
—¿Has visto, Fligencio, qué ejemplar tan varonil? ¡Oigh, me dan ganas de hacerle cosquillas a ver lo que lleva bajo ese faldellín!
De inmediato tomé una decisión.
—Perdona, Zemoz —dije—, pero acabo de recordar que se me quedó atrás una cosa. Si no te importa esperar, voy a buscarla y vengo enseguida.
—¡Vale, cielito, pero no te demores!
Di la vuelta con el carro y sacudí el látigo sobre mi pobre animal. Aunque no estaba habituado a correr, conseguí que lo hiciera como nunca antes lo había hecho.
Muy pronto pude alcanzar a la bruja Kesede Smaya.
—¡Kesede Smaya, he de pedirte un favor!
—Yo no hago favores.
—¡Te lo ruego! Si haces lo que te pido te lo devolveré como prefieras. Telas de lujo, las que quieras.
—Bueno, veamos primero qué es lo que deseas. Luego ya veremos si quiero algo a cambio.
—Quiero que Zemoz vuelva a ser como era.
—¿Para que se meta con las mujeres sin más motivos? ¿Sólo porque él tiene un rabo entre las piernas? ¡No seas imbécil tú también!
—Es que si no, no me será posible el soportar tenerlo a mi lado. Está de un maricón insufrible y mucho me temo que yo pueda ser su siguiente víctima. Es algo que no gustaría que aconteciera. Y no pretenderás hacerme a mí víctima de tu castigo.
—Algo de culpa habrás de tener, si llevas tiempo a su lado y no has evitado sus desmanes.
—¡Te juro por los dioses que he hecho lo que he podido! No mucho, es cierto, pero no tengo fuerzas para enfrentarme a él. Pero siempre que me ha sido posible, he apartado a las posibles víctimas de su camino. O he pagado con mi pecunio los desmanes que ha causado por ahí. Te pido con toda humildad que anules tu castigo.
—¡Hum! Por lo menos que él me respete.
—Te respetará. Sobre todo si consigues que lo olvide todo.
—Pero ¡es que yo quiero que se sepa que Kesede Smaya fue capaz de vencer a Zemoz el barbariano!
—No será difícil de conseguir. Yo me encargaré de que así sea. Haz de saber que soy quien relata sus aventuras. Y no dudes que contaré ésta con pelos y señales, aunque Zemoz la olvide.
—De acuerdo. Ya que me ofreces la fama que yo deseo, con tu promesa de escribirlo todo me doy por satisfecha. Eso sí, te aseguro que si me engañas lo sabré. No desprecies mis poderes.
—No te engañaré. Lo juro por todos los dioses del cielo y del averno.
—Conforme. Vamos a ver de nuevo a ese mariquita.
Y subiéndose conmigo al carro, regresamos a donde estaba Zemoz hablando con el soldado e ignorando a las dos chicas esclavas.
Nada más verla llegar, Zemoz exclamó:
—¡Vaya, miren quien viene aquí! ¡La famosa bruja Kesede Smaya, formada en las artes de brujería de Barbaria! Recibe mis respetos, ¡oh estimada señora! ¿Puedo saber qué se te ofrece?
—Que duermas un poco —dijo sin más la bruja y una espesa neblina envolvió de nuevo al barbariano.
De inmediato, Zemoz quedó tendido en el suelo. Kesede Smaya se alejó no sin antes recordarme mi obligación de escribir un relato pormenorizado de todo lo acontecido.
El soldado y las esclavas se quedaron atónitos al ver lo que había sucedido.
Zemoz se despertó al poco y dijo, con su voz normal:
—¿Qué ha pasado? ¡Vaya sueño más peculiar que he tenido! He soñado que una bruja me volvía maricón. ¡Qué cosa más rara!
Se fijó entonces en el soldado y las dos esclavas.
—¡Vaya, mirad lo que tenemos aquí! ¡Dos hermosos ejemplares femeninos dignas de un harén! Pero van encadenadas. Soldado, ¿por qué demonios están encadenadas estas hermosas mujeres? ¿Qué delito han cometido?
—El delito de haber nacido en la esclavitud, mi señor. Son esclavas e hijas de esclavas.
—¡No tolero la esclavitud! Es contraria al espíritu del Maestro Hugok. ¡Te ordeno que las liberes!
—¡Tú no eres nadie para darme órdenes!
—¡Soy Zemoz el barbariano!
El soldado reconoció el nombre y su rostro se volvió pálido. Observando la espada que Zemoz empuñaba (yo ni siquiera me había dado cuenta de que había reaparecido, tras levantarse la niebla), le arrojó las llaves de las cadenas a la vez que se echaba a correr despavorido.
Zemoz ni siquiera usó las llaves, sino que rompió los herrajes que tenían las dos chicas en sus piernas.
Ellas se miraron una a la otra al verse libres.
—Sois libres, pero me lo debéis —dijo Zemoz.
Ambas mujeres lo entendieron. La primera de ellas se le acercó, con melosidad, y Zemoz le dio tan fuerte abrazo que la dejó sin aire, desfallecida.
—Es que todas las mujeres se desmayan ante mí —dijo mientras desnudaba a la chica y la tumbaba en el suelo cubierto de hojarasca.
La otra chica y yo vimos como Zemoz copulaba, terminando enseguida. Ahora fue el turno de la segunda.
Al menos yo prefería este Zemoz al de antes. Era Zemoz el barbariano, sin ninguna duda.
(Enlace a la 1ª parte)
Y para terminar estas aventuras, quiero relatar el enfrentamiento que tuvo Zemoz el barbariano con la bruja Kesede Smaya.
En cierta ocasión viajábamos los dos, camino de Leograndia, la afamada villa montañesa de Barbaria.
Se iniciaba el otoño y las hojas de los árboles pendían secas sobre las ramas, siendo aún más abundantes en el suelo. Sin embargo, el sol brillaba en un cielo con pocas nubes, algo raro tras varias jornadas tormentosas. Unos vientos racheados levantaban la hojarasca de vez en cuando.
Aún no hacía verdadero frío, pero los rayos del sol se agradecían.
Bajábamos por un valle hacia Leograndia, que como es sabido está situada a la orilla de un caudaloso río navegable en un amplio tramo. El camino estaba empedrado y de vez en cuando nos cruzábamos con gente de toda clase.
Iba Zemoz caminando y quien esto relata en su carro como siempre. Más de una vez habíamos comprobado (como ya queda dicho) que mi pobre burrito no podía cargar con la mole de Zemoz; así que, arduamente por mi parte, logré convencerle de que debía caminar a mi lado.
Justo el día anterior acabábamos de pasar por una aldea, cuya bodega Zemoz había arrasado en busca de comida, y donde una aldeana había «disfrutado» de las delicias de Zemoz; bueno, en realidad no se enteró de casi nada porque se desmayó nada más abrazarla el fornido aventurero.
En éstas vemos venir por el camino hacia nosotros a una mujer solitaria. De haber tenido yo la oportunidad, le habría advertido que se escondiera donde Zemoz no pudiera verla, pero éste la vio tan pronto como yo.
Al acercarse, pude verla mejor. Era una vieja esmirriada y encorvada, con más huesos que otra cosa bajo los harapos que llevaba puestos como vestido. El color de su ropa era indefinido, pero aún mostraba señales de una anterior riqueza cromática.
Su cabello era canoso, con alguna hebra negra, y ya muy ralo. Lo llevaba sujeto en un tosco moño, que el viento había desarreglado.
En la cara llevaba un vistoso maquillaje: los labios de rojo carmín y las mejillas del mismo color, lo que no le favorecía con su cara repleta de arrugas. Además, era evidente que le faltaban muchos dientes.
De sus orejas colgaban vistosos pendientes de conchas y piedras pequeñas.
Para completar la imagen, varias verrugas oscuras distribuidas por la nariz y una de las orejas.
Calzaba unos zuecos de madera de Barbaria y llevaba anillos en todos los dedos de las manos, aunque ninguno era de oro. Las uñas se veían limpias aunque algo descuidadas.
Todo eso lo vi de inmediato pero no porque me apeteciera verla sino porque nos detuvimos junto a ella.
Zemoz se le plantó delante y le dijo:
—¡Quítate de en medio, vieja, y deja pasar a Zemoz!
—Yo soy la bruja Kesede Smaya y no me aparto tan sólo porque un hombre me lo diga. Menos si lo hace sin ninguna educación y aún menos si quien lo dice es un bruto maloliente.
—Todas las mujeres se desmayan ante Zemoz el barbariano. Así que no hace falta que me digas que tú también te desmayarás, ¡ja ja!
—¡Bruto estúpido! Kesede Smaya es mi nombre, y soy bruja formada en la capital de Barbaria. Mi conocimiento en las artes de brujería es de lo más elevado y si insistes en tu estupidez tendré mucho gusto en demostrártelo.
—¡Conozco bien las artes que enseñan a las brujas en la capital, ramera! —gritó Zemoz a la vez que se abalanzaba con furia sobre la mujer.
Pero Kesede Smaya alzó el brazo con indiferencia y la espada de Zemoz se transformó en una serpiente, que se fue reptando por la tierra y se escondió rápidamente en un agujero.
—¡Mi espada! Cacho zorra, ¿qué has hecho con mi espada forjada en acero de Azulita? Pero no me importa, ¡bastará con un solo brazo para forzar a un esqueleto reseco como tú!
Alzó el brazo contra la bruja pero ésta levantó nuevamente el suyo y surgió una neblina que cubrió a Zemoz.
El barbariano cayó tendido en el suelo.
La bruja se le quedó mirando y dijo:
—Ya las mujeres no te temerán más, imbécil.
Sin decir más, Kesede Smaya se alejó por el camino, dejándonos solos.
Poco después se despertó Zemoz y dijo, con voz aflautada:
—¡Huy, qué caída más tonta! ¡Vámonos, cielo que se nos hace tarde!
Comprendí que Zemoz había cambiado. Y no me gustaba el cambio.
No dije nada y nos pusimos en marcha.
Muy pronto pude captar por completo cuan profundo era el cambio de Zemoz. Nos cruzamos con un soldado barbariano que escoltaba dos esclavas hacia el mercado. Las chicas estaban muy someramente vestidas, pero Zemoz en quien se fijó fue en el soldado. Llevaba el uniforme habitual en el ejército de Barbaria: cota de acero, casco, faldellín y sandalias con suela de madera y clavos.
—¿Has visto, Fligencio, qué ejemplar tan varonil? ¡Oigh, me dan ganas de hacerle cosquillas a ver lo que lleva bajo ese faldellín!
De inmediato tomé una decisión.
—Perdona, Zemoz —dije—, pero acabo de recordar que se me quedó atrás una cosa. Si no te importa esperar, voy a buscarla y vengo enseguida.
—¡Vale, cielito, pero no te demores!
Di la vuelta con el carro y sacudí el látigo sobre mi pobre animal. Aunque no estaba habituado a correr, conseguí que lo hiciera como nunca antes lo había hecho.
Muy pronto pude alcanzar a la bruja Kesede Smaya.
—¡Kesede Smaya, he de pedirte un favor!
—Yo no hago favores.
—¡Te lo ruego! Si haces lo que te pido te lo devolveré como prefieras. Telas de lujo, las que quieras.
—Bueno, veamos primero qué es lo que deseas. Luego ya veremos si quiero algo a cambio.
—Quiero que Zemoz vuelva a ser como era.
—¿Para que se meta con las mujeres sin más motivos? ¿Sólo porque él tiene un rabo entre las piernas? ¡No seas imbécil tú también!
—Es que si no, no me será posible el soportar tenerlo a mi lado. Está de un maricón insufrible y mucho me temo que yo pueda ser su siguiente víctima. Es algo que no gustaría que aconteciera. Y no pretenderás hacerme a mí víctima de tu castigo.
—Algo de culpa habrás de tener, si llevas tiempo a su lado y no has evitado sus desmanes.
—¡Te juro por los dioses que he hecho lo que he podido! No mucho, es cierto, pero no tengo fuerzas para enfrentarme a él. Pero siempre que me ha sido posible, he apartado a las posibles víctimas de su camino. O he pagado con mi pecunio los desmanes que ha causado por ahí. Te pido con toda humildad que anules tu castigo.
—¡Hum! Por lo menos que él me respete.
—Te respetará. Sobre todo si consigues que lo olvide todo.
—Pero ¡es que yo quiero que se sepa que Kesede Smaya fue capaz de vencer a Zemoz el barbariano!
—No será difícil de conseguir. Yo me encargaré de que así sea. Haz de saber que soy quien relata sus aventuras. Y no dudes que contaré ésta con pelos y señales, aunque Zemoz la olvide.
—De acuerdo. Ya que me ofreces la fama que yo deseo, con tu promesa de escribirlo todo me doy por satisfecha. Eso sí, te aseguro que si me engañas lo sabré. No desprecies mis poderes.
—No te engañaré. Lo juro por todos los dioses del cielo y del averno.
—Conforme. Vamos a ver de nuevo a ese mariquita.
Y subiéndose conmigo al carro, regresamos a donde estaba Zemoz hablando con el soldado e ignorando a las dos chicas esclavas.
Nada más verla llegar, Zemoz exclamó:
—¡Vaya, miren quien viene aquí! ¡La famosa bruja Kesede Smaya, formada en las artes de brujería de Barbaria! Recibe mis respetos, ¡oh estimada señora! ¿Puedo saber qué se te ofrece?
—Que duermas un poco —dijo sin más la bruja y una espesa neblina envolvió de nuevo al barbariano.
De inmediato, Zemoz quedó tendido en el suelo. Kesede Smaya se alejó no sin antes recordarme mi obligación de escribir un relato pormenorizado de todo lo acontecido.
El soldado y las esclavas se quedaron atónitos al ver lo que había sucedido.
Zemoz se despertó al poco y dijo, con su voz normal:
—¿Qué ha pasado? ¡Vaya sueño más peculiar que he tenido! He soñado que una bruja me volvía maricón. ¡Qué cosa más rara!
Se fijó entonces en el soldado y las dos esclavas.
—¡Vaya, mirad lo que tenemos aquí! ¡Dos hermosos ejemplares femeninos dignas de un harén! Pero van encadenadas. Soldado, ¿por qué demonios están encadenadas estas hermosas mujeres? ¿Qué delito han cometido?
—El delito de haber nacido en la esclavitud, mi señor. Son esclavas e hijas de esclavas.
—¡No tolero la esclavitud! Es contraria al espíritu del Maestro Hugok. ¡Te ordeno que las liberes!
—¡Tú no eres nadie para darme órdenes!
—¡Soy Zemoz el barbariano!
El soldado reconoció el nombre y su rostro se volvió pálido. Observando la espada que Zemoz empuñaba (yo ni siquiera me había dado cuenta de que había reaparecido, tras levantarse la niebla), le arrojó las llaves de las cadenas a la vez que se echaba a correr despavorido.
Zemoz ni siquiera usó las llaves, sino que rompió los herrajes que tenían las dos chicas en sus piernas.
Ellas se miraron una a la otra al verse libres.
—Sois libres, pero me lo debéis —dijo Zemoz.
Ambas mujeres lo entendieron. La primera de ellas se le acercó, con melosidad, y Zemoz le dio tan fuerte abrazo que la dejó sin aire, desfallecida.
—Es que todas las mujeres se desmayan ante mí —dijo mientras desnudaba a la chica y la tumbaba en el suelo cubierto de hojarasca.
La otra chica y yo vimos como Zemoz copulaba, terminando enseguida. Ahora fue el turno de la segunda.
Al menos yo prefería este Zemoz al de antes. Era Zemoz el barbariano, sin ninguna duda.
(Enlace a la 1ª parte)
03 diciembre 2011
ZEMOZ, EL BARBARIANO (4ª parte)
(Viene de la tercera parte)
Me viene a la memoria la aventura del dragón de Lotinglöme.
Un frío día de invierno llegamos a la ciudad de K’Oswarte en Sendibitia. A pesar de la hora temprana, parecía casi de noche, pues los días eran cortos y además gruesas nubes negras ocultaban los rayos de sol. Amenazaba con nevar, así que el frío era extremo.
Yo llevaba un grueso abrigo de piel de grisonete blanco, con mitones de lana y un gorro de caliñena, pero aún así Zemoz vestía su taparrabos habitual. Me sorprendía verlo así; aunque su piel desnuda se veía ligeramente azulada, él me aseguraba (mientras caminaba a la par de mi carro) que no sentía frío, pues así se había entrenado.
No era el momento para exponer mi género, así que simplemente opté por preguntar por el hostal más asequible para mi bolsillo y donde mis bienes estuvieran seguros. Zemoz se separó para buscar aventuras, es decir localizar algún agujero sobre dos piernas donde desfogarse.
He de decir que tengo un sistema secreto para que nadie robe en mi carromato cuando no me encuentro en él, sistema basado en la magia pero que no voy a revelar. Baste saber, para el lector curioso, que mi carro, mi burro y mi mercancía estaban seguros mientras cenaba en una pensión y más tarde dormía (solo, que conste) en una cama llena de chinches.
Por la mañana, aún no había nevado así que el frío continuaba. Monté mi escaparate en la plaza. A pesar de ser un lugar cerrado, bordeado de edificios que la protegían del viento, resultaba muy desapacible. Bajo los portales se estaba mejor, pero allí no estaba permitida la venta, sino al raso.
No obstante, en mi carro yo dispongo de un pequeño toldo que uso para estos casos. Lo instalé, anuncie la mercancía a grandes voces y me dispuse a esperar.
Tuve que esperar mucho, y sólo vendí un par de telas de lona gruesa, para hacer tiendas. Ni un vestido, ni siquiera un pañuelo.
De hecho apenas pasó alguna que otra persona bajo la parte cubierta de la plaza.
Por la noche volví a la pensión malhumorado. Estaba dispuesto a recoger y partir por la mañana temprano.
Al día siguiente me disponía a salir cuando se me acercó Zemoz. No era habitual pues no entraba en el trato que habíamos hecho. Pero él ya sabía que no había logrado vender casi nada y que me disponía a iniciar la marcha.
—¡Maestro Fulgencio! —me dijo—. Os pido que esperéis a que culmine mi labor, pues de tener éxito como espero podréis vender todo vuestro género.
—¿Cómo podría ser posible tal cosa? ¿Acaso habéis contactado con Hyginius, el dios de los mercaderes para saber eso?
—No, pero me han hablado del dragón de Lotinglöme. La gente le teme y por eso no se atreven a salir de sus casas. Ni siquiera aquí en la ciudad.
Ya había notado yo que había muy poca gente por las calles. Eso desde luego que no era normal, y había influido notoriamente en mi decisión de largarme con viento fresco.
—¿Cuánto tiempo os llevaría esta aventura? No está en mi mano esperar mucho, si no hay ventas.
—Tan sólo os pido un par de días. Lotinglöme está a pocas millas, en las montañas cercanas. Iré y acabaré con el dragón. Incluso podríais venir y verlo; sin el carro, eso sí.
Medité un momento. El carro podía estar seguro y sentía curiosidad por ver a Zemoz en acción. Sobre todo si eso redundaba en mi beneficio.
—¡De acuerdo!
Nada más salir de la ciudad, tuve tiempo de sobra para arrepentirme. Comenzó a nevar, pero eso no era ningún obstáculo para Zemoz, quien continuaba la marcha al rimo de siempre. Montado en mi humilde burrito, me las veía y me las deseaba para mantenerme a su altura, algo de todo punto imprescindible pues los copos de nieve ocultaban la figura del barbariano en cuanto se adelantaba unos pies. Cuando eso ocurría, me veía en el trance de tener que llamarlo para evitar perderme.
Finalmente, Zemoz comprendió que yo no podía seguir su paso y redujo su ritmo.
Aunque ya estaba oscuro cuando partimos, comprendí que la noche estaba a punto de llegar tras largas horas de caminata bajo la nevada. Recordé que Lotinglöme estaba a pocas millas, según dijo Zemoz, de ahí que ya tendríamos que haber llegado hace rato.
En otras palabras, nos habíamos perdido. Pero nadie le dice a Zemoz que se ha extraviado, él nunca se pierde pues tiene un perfecto sentido de la orientación; o eso es lo que él dice.
Ya era noche cerrada y seguía nevando, cuando dimos con una sombra oscura de gran tamaño; parecía una casa, sin ninguna duda. Junto a ella pude apreciar un poste indicador con varios carteles. Encendí una valiosa cerilla para poder leerlos; ninguno de ellos ponía Lotinglöme, por cierto.
Me costó lograrlo, pero al fin Zemoz aceptó tocar en la puerta de la casa. Nos acogieron con cierta desgana, pues era gente muy pobre.
Al menos allí dentro había un hogar encendido y a su lado me puse en cuclillas, mientras averiguaba lo que podía. Zemoz se quedó de pie, como si no necesitara calentarse, aunque se acercó a la hoguera de forma muy disimulada.
La choza, pues eso era, no tenía más muebles que una tosca mesa, formada por una tabla irregular sobre unas piedras. En un rincón se veían montones de paja con todo el aspecto de servir de camas a tres personas.
Esas tres eran una pareja de gente bastante mayor y una joven de edad claramente casadera, hija de ellos.
La pareja nos ofreció un poco de carne reseca, dura como el cuero, y unas patatas hervidas, que se disponían a cenar. Zemoz ni se planteó el hecho de que estaba arrebatando a aquella pobre gente toda la comida que tenían; lo devoró todo en un santiamén. Y a continuación le echó una mirada cargada de deseo a la joven. Ésta, intimidada, se acercó toda temerosa.
Zemoz le dio uno de sus abrazos de oso y la pobre chica se quedó desmayada. El barbariano la cargó en sus brazos y se la llevó al rincón de paja, para completar su labor.
Los padres de la joven contemplaban la situación sin atreverse a comentar nada. Para distraerlos de tan amargo trago, les pregunté por el nombre del lugar y si conocían donde estaba Lotinglöme. Resultó que este último lugar estaba a un día de camino, en sentido contrario del que habíamos llevado nosotros.
Como compensación de lo que estaba sucediendo y además para pagar nuestra estancia (pues estábamos obligados a pasar allí la noche), me desprendí dolorosamente de dos de mis monedas de oro y se las entregué a los viejos. Viendo la cara que pusieron cayó sobre mí la sospecha de que les estaba pagando más que generosamente. Por una vez no me importó, pues realmente daban pena de tan pobres que se veían.
Zemoz pasó la noche acompañado de la joven, cuyo nombre nunca supimos (tampoco el de sus padres, por cierto) y por los ruidos que oí más de una vez, tengo la impresión de que la pobre apenas durmió, salvo cuando se desmayaba.
Por la mañana, Zemoz tuvo que renunciar al desayuno, pues no había nada que comer en la choza. Ya había dejado de nevar, así que pudimos salir y ponernos rumbo a Lotinglöme, es decir volver sobre nuestros pasos. La joven se despidió de Zemoz, aunque tuve la impresión de que realmente se alegraba de su marcha.
La nieve recién caída no puede decirse que nos facilitara la marcha. Llegamos así a Lotinglöme cuando ya estaba anocheciendo.
Pregunté por una pensión y me indicaron la única del pueblo, una casucha miserable que alquilaba habitaciones a los caminantes. Disponía de un comedor, donde Zemoz se ventiló él solo un caldero lleno de puchero, que por supuesto tuve que pagar con mi bolsa.
Por el momento, la aventura de Zemoz me estaba saliendo bastante cara.
A Zemoz se le hace difícil dormir en una cama solo. En el campo, al raso, no le importa, pero en cuanto está bajo techo y en una cama parece que se enciende por dentro. Así que buscó a una de las mujeres que limpiaban las habitaciones para que lo acompañara. Apenas pude verla un momento, pero juraría que tenía un espeso bigote y que le faltaban varios dientes; algo que a Zemoz no le importaba en absoluto…
Ni qué decir tiene que la cama no soportó a Zemoz por mucho rato. Entre su peso y el movimiento sobre el catre, las cuatro patas cedieron. Aunque Zemoz prosiguió con lo suyo como si tal cosa.
Ya por la mañana, tuve que aflojar nuevamente mi bolsa para pagar la cama rota, aparte de los demás gastos de hospedaje.
Zemoz preguntó por el dragón, anunciando a voces que se disponía a matarlo.
Aunque le aconsejaron una y otra vez que mejor regresaba, que aprovechara mientras vivía para disfrutar de la vida y que se dejara de hacer el héroe, etc., etc., Zemoz insistió tanto que le indicaron con toda clase de detalles como dar con el dragón.
Oyendo los comentarios de la gente, propuse a Zemoz que fuera él solo y que a su regreso me contara lo que pasó. Pero él se negó de plano.
—Maestro Fligencio, vuestro deber es acompañarme y ser testigo de mis hazañas, para así reflejarlas lo más fielmente posible. Si no lo hacéis, no me quedará otro remedio que dejaros solo para que os enfrentéis a los forajidos.
Comprendí la indirecta y salí tras él.
No nos resultó difícil dar con el dragón. Tras una hora escasa de marcha por los senderos cubiertos de nieve, dimos de improviso con un barrizal. Toda la nieve estaba fundida y el aire era cálido, pues soplaba un caluroso viento del norte.
Recordé que el viento del norte nunca era caluroso, así que llegué a la conclusión de que era el dragón el que soplaba.
Zemoz llegó a la misma conclusión y sin decirme nada enfiló hacia el norte.
Tras un cerro, lo vimos.
Era un monstruo. Medía algo así como quinientos pies, desde las fauces hasta la punta de la cola. Estaba cubierto de escamas adamantinas, color azul metálico, verde por los costados. Tenía dos grandes alas como las de un murciélago, que sin embargo no parecían ser lo bastante grandes para soportar su peso. Su cabeza era pequeña, en proporción al cuerpo, pero aún así medía varios pies de largo; sobre ella se apreciaban dos cuernos retorcidos como los de un carnero, y más o menos del mismo tamaño. En el cruel hocico presentaba un cuerno afilado, sobre la nariz que exhalaba fuego.
No tenía orejas, pero sus ojos eran brillantes aunque diminutos.
Tenía las fauces abiertas y mostraba cientos de afilados dientes, con una lengua bífida y fina.
Tenía cuatro patas, las delanteras parecían de caballo, las traseras de elefante. Con semejante combinación no parecía capaz de correr a gran velocidad, pero eso no significaba que fuera seguro acercársele.
A su alrededor, todo estaba seco y quemado. Unos pocos tocones ennegrecidos era lo que quedaba de los árboles del lugar. La nieve, no sólo se había fundido, ya estaba completamente seca.
Zemoz corrió a su encuentro con total temeridad. Eso sí, no fue tan estúpido como para hacerlo frente a frente. Esquivando sus fauces, clavó su espada en la cola.
Mejor dicho, intentó clavar la espada, porque lo que consiguió fue que ésta rebotara tan fuerte que casi se queda sin cabeza. Me refiero a Zemoz.
Sorprendido, atacó los flancos del monstruo con el mismo resultado.
Para entonces, el dragón ya empezaba a estar algo molesto. Se viró hacia Zemoz y escupió una enorme llamarada.
Zemoz saltó con toda su agilidad, esquivando el fuego, que tan sólo le chamuscó el taparrabos.
El dragón siguió echando fuego, y Zemoz evitándolo gracias a su asombrosa agilidad. A pesar de su enorme cuerpo, el barbariano saltaba y corría con la agilidad de alguien mucho más ligero.
Igual que el dragón. Si ya me había sorprendido la agilidad de Zemoz, el monstruo mostraba una agilidad similar. Parecía una lagartija, pues se movía con la misma facilidad.
En una de sus carreras, Zemoz corrió a mi encuentro. Y tuve que espolear a mi burrito para huir.
Lamentablemente, mi rucio no era tan ágil como Zemoz. Los dos pudimos habernos quedado en el lugar, a la parrilla, si no es porque Zemoz nos cogió (al burro y a mí) en volandas.
Llegamos a la cima del cerro cercano y nos refugiamos tras unas rocas. El dragón pasó cerca pero no pudo vernos. Ni olernos, pues abandonó con presteza la búsqueda, volviendo a su quemado nidal.
Minutos más tarde, Zemoz volvió a la carga. Gritando con furia y con su espada en alta, hizo frente al dragón más temerario aún que antes. El monstruo le miró con lo que me pareció gesto de asombro y abriendo las fauces expidió una lengua de fuego. Zemoz la esquivó de un salto y aún llegó a intentar clavar su espada en el cuello del animal, de nuevo sin éxito.
Durante un buen rato, el dragón persiguió a Zemoz quien tuvo que poner toda su habilidad en evitarlo; de hecho, no salió del todo indemne: algunas de las guedejas que cubrían su cráneo se chamuscaron cuando el fuego le rozó en una ocasión.
Finalmente, Zemoz consiguió ponerse a salvo donde el dragón ya no pudo verlo. Tomó resuello durante largo rato y aún volvió a intentar el ataque, y si no es porque Zemoz se ocultó a tiempo tras una roca, esta vez sí que le habría alcanzado el aliento de fuego.
Tras tres intentos fallidos, ya estaba anocheciendo. Zemoz se atuvo a buscarme y decirme:
—Maestro Fligencio, hemos de retirarnos, me temo. Aunque sólo será por hoy. Esta noche meditaré en una estrategia adecuada.
Comprendí que no era una retirada, como pensaba, sino tan sólo un alto el fuego.
Regresamos a Lotinglöme y nuevamente cruzamos el portal de la mísera pensión.
Hablé con la vieja que regentaba el lugar y la convencí para que demorara el pago hasta que Zemoz terminara su misión. Si lograba vencer al dragón, no le deberíamos nada, en caso contrario yo debería aflojar mi bolsa por última vez.
Como no habían reparado la cama que Zemoz rompiera la noche anterior, le dieron la misma habitación. Para acompañarlo, también se ofreció la limpiadora de la vez anterior; parecía contenta, aunque para mi fuero interno ella llevaba tiempo sin conocer a ningún hombre, así que más le valía la brutalidad del barbariano que el vacío en las sábanas.
Había otras jóvenes más apetecibles y de hecho estuve tentado en probar suerte con alguna; pero recordé que mi bolsa menguaba demasiado deprisa así que ese sería un gasto que no podía asumir…
¿O tal vez sí? Recordando el trato con la posadera, añadí a la cuenta del posible éxito de Zemoz los favores de una rubia joven y de muy buen cuerpo, que resultó ser tan fogosa como aparentaba.
Al día siguiente, el sol brillaba en un cielo sin nubes. La nieve se estaba derritiendo tan deprisa que hacia el mediodía todo estaría seco, de seguir así.
Zemoz apenas me dejó comer, tanta prisa tenía por volver al ataque.
En esta ocasión tramó una especie de encerrona, rodeando al dragón hasta atacarlo por la retaguardia. O al menos esa era la idea, pues su retaguardia era una terrible cola plagada de espinas largas como cuernos, que la bestia agitó frente al guerrero. Zemoz tuvo que hacer uso de toda su habilidad para esquivar los peligrosos latigazos. Y, por fin, el dragón le obsequió una muestra de su ardiente aliento, que también logró esquivar.
Más tarde, intentamos engañarlo con sonidos de dragón hembra, que Zemoz imitaba a la perfección, pero sin resultado.
Durante cuatro días más, Zemoz intentó variadas estrategias de ataque al animal. Cosa increíble, sobrevivió a todos los intentos, y eso puedo atestiguarlo pues fui testigo de todos ellos; de hecho, alguna vez estuve a punto de pasar de testigo a víctima, pues no en vano estaba muy cerca de donde acontecía todo.
Lo peor era la vuelta a la pensión. La dueña nos miraba con una cara que iba desde la admiración hasta la furia. Admiración porque seguíamos vivos, furia porque cada vez teníamos más gastos y menos dinero. Mi bolsa se había vaciado y no hacía otra cosa que acumular promesas de pago. Tal vez cuando todo acabara me viera tan cargado de deudas que estaría años para pagarlas.
Y la noticia corrió entre los demás huéspedes. Éramos «los del dragón», y más de una vez se chancearon a nuestra costa.
—¿Qué, maestro Fligencio, decidnos lo que vais a intentar mañana? ¿Acaso contar historias hasta que la bestia se muera de aburrimiento? —decía uno. No se atrevían a burlarse de Zemoz, como es evidente.
—Yo creo que mejor es contarle chistes, para que se muera de risa —replicaba otro.
Yo callaba, pues no sabía qué hacer. Intentaba convencer a Zemoz para emprender la retirada, pero éste replicaba furioso:
—¡Jamás Zemoz ha sido derrotado!
Y era cierto, dicho sea de paso.
Por la mañana, Zemoz intentó de nuevo el ataque directo.
—¡Yo te desafío, monstruo del Averno! Soy Zemoz de Barbaria y juro que te mataré.
El monstruo le miró de frente, ¡y se empezó a reír a carcajadas! Sin duda, el desafío del barbariano le parecía tan ridículo que se tronchó de risa.
Cuando dejó de reírse, el dragón atacó con fuego y casi no nos dio tiempo a refugiarnos.
Más tarde, dije a Zemoz:
—Creo que ya sé cómo vencerlo. Pero has de confiar en mi idea, Zemoz.
El guerrero estaba ya tan cansado, que por muy mala que fuera mi idea lo intentaría, y así me lo hizo saber.
Por la mañana del siguiente día, y mientras tomábamos un desayuno formado por un queso durísimo y enmohecido y una jarra de vino ácido y aguado, se nos acercó un chico. Era un desconocido para nosotros, aunque ya sospechaba yo quien pudiera ser.
Por un momento temí por la seguridad del niño, pues ya sabía que Zemoz no despreciaba el pescado fresco, pero imaginé que la noche habría servido para apagar sus fuegos. Y, en efecto, Zemoz miró al jovencito con curiosidad totalmente saludable.
—¿Qué se te ofrece, jovencito, que vienes a la mesa de Zemoz el barbariano?
—Noble guerrero, me ha dicho mi madre que tenéis planes para atacar al dragón.
—¿Puedo saber quién es tu madre?
—Se llama Olwinda y es la dueña de esta pensión.
(Justo quien yo esperaba).
—Veo que su hijo es tan osado como su madre. Y como tengo una deuda pendiente con ella, acepto discutir contigo mis planes de batalla. En efecto, tengo la intención de volver a atacar al dragón. Lo haré una y otra vez hasta vencerlo.
—Mas en esta ocasión seguiremos otra estrategia —intervine yo—. ¿Tu madre acepta darnos lo que le pedí?
—Dice que sí. Dijo otras cosas, en su mayoría palabrotas que no debo repetir, pero en esencia dijo que aceptaba.
—A ver si esta vez nos sonríe la fortuna —señaló Zemoz
—Perdonadme que intervenga, mi muy apreciado Zemoz —dije, sin poderlo evitar— pero sí que habéis tenido fortuna. Habéis sobrevivido a innumerables ataques, y ya eso supone ser un agraciado de los dioses.
—¿Atacasteis muchas veces y lograsteis volver? —preguntó el chico, lleno de asombro.
—En efecto. Pero no hubo suerte pues no logré vencer.
—¡Jamás podréis vencer en un ataque directo!
—¿Hay otra forma de atacar?
—¡Por supuesto!
—En tal caso, jovencito, es tu deber decírmelo.
—Vos ya lo sabéis. El comerciante Fligencio me lo explicó.
Sin más, el chico se fue.
Zemoz se me quedó mirando.
—¿De verdad tenéis una idea? ¡Quién lo hubiera imaginado!
—Maestro Zemoz, si yo no fuera tan corto de imaginación, diría que os estáis burlando de mí.
—¡Los dioses no lo quieran! ¡Zemoz, burlándose del Maestro Fligencio! ¡Jamás!
—En tal caso, recordad bien lo que hemos de hacer.
Poco más tarde, salíamos de nuevo al encuentro del monstruo. Por una vez, la temeridad de Zemoz me había contagiado y me veía involucrado en la aventura. De vez en cuando me asaltaban pensamientos cargados de negros presagios. ¡Quién me habría mandado meterme en este lío! Pero imaginaba mi vacía bolsa llena otra vez de oro y se me aparecía la imagen de la chica rubia con pecho generoso y ardiente en la cama, e imaginaba cómo me recibiría si tenía éxito. En esos momentos me entraba tal ardor que desesperaba por llegar al nidal del dragón.
Estaba ridículo, pero de eso se trataba precisamente.
Habíamos decidido que sería yo quien hiciera frente al dragón. Llegamos así al cerro tras el cual se ocultaba y Zemoz se quedó atrás.
Por mi parte, me encomendé a la rubia ardiente y obligué a mi mulo a correr con todas sus fuerzas. Remontamos la colina y proclamé a voz en grito desde la cima:
–¡Monstruo del Averno! ¡Hazme frente y muere!
El dragón me vio venir y se quedó mirándonos con los ojos desorbitados. No podía creer lo que veían sus ojos. Hasta ese momento, le habían retado toda clase de héroes, siempre con aspecto aguerrido, imponente, peligroso. ¡Mas he aquí que le retaba un ser pequeñajo, vestido ridículamente y a lomos de un vulgar mulo!
Viendo que el dragón no reaccionaba, bajé de mi cabalgadura y le apunté con mi escoba-adarga. Pero había olvidado que el vestido me quedaba largo, por lo que tropecé cayendo de bruces. El caldero-casco resonó con fuerza, rodando por la ladera.
Fue demasiado para el animal. Dando extraños rugidos, se tumbó sobre su lomo, con las patas moviéndose en el aire.
Comprendí que aquellos rugidos eran su forma de reírse. Tropezando con el traje, volví a enfrentarme, diciendo:
–¡Muere, villano!
Nuevamente quedé tendido en el suelo.
En ese momento, Zemoz apareció blandiendo su espada. Se le acercó, sin que el dragón se diera cuenta porque se partía de risa. Zemoz frotó con la espada entre las patas delanteras, allí donde tenía las cosquillas.
El monstruo se desternilló aún más intensamente. Sus rugidos de risa parecían truenos, cuyos ecos llegaban a las montañas lejanas.
Finalmente, comenzaron a caerse las escamas adamantinas. Zemoz vio la oportunidad, y logró clavar su espada en el vientre desnudo de escamas.
La sangre verdosa le salpicó el pecho. El dragón exhaló un rugido de sorpresa, y quedó inmóvil.
¡Lo habíamos logrado!
Antes de marcharnos, recogí un buen montón de escamas de diamante y llené una bolsa con ellas. Servirían para pagar los gastos en la pensión.
Regresamos al pueblo.
Esa noche pude dormir satisfecho y bien acompañado. Igual que Zemoz, cuya amante pareció más contenta que nunca con el puñado de escamas que le ofrecí por la mañana.
De la bolsa de escamas apenas quietaba una docena cuando volvimos a K’Oswarte. La buena nueva de la muerte del dragón nos había precedido, y el mercado estaba repleto de gente esperando mis mercancías.
Lo vendí todo.
Me viene a la memoria la aventura del dragón de Lotinglöme.
Un frío día de invierno llegamos a la ciudad de K’Oswarte en Sendibitia. A pesar de la hora temprana, parecía casi de noche, pues los días eran cortos y además gruesas nubes negras ocultaban los rayos de sol. Amenazaba con nevar, así que el frío era extremo.
Yo llevaba un grueso abrigo de piel de grisonete blanco, con mitones de lana y un gorro de caliñena, pero aún así Zemoz vestía su taparrabos habitual. Me sorprendía verlo así; aunque su piel desnuda se veía ligeramente azulada, él me aseguraba (mientras caminaba a la par de mi carro) que no sentía frío, pues así se había entrenado.
No era el momento para exponer mi género, así que simplemente opté por preguntar por el hostal más asequible para mi bolsillo y donde mis bienes estuvieran seguros. Zemoz se separó para buscar aventuras, es decir localizar algún agujero sobre dos piernas donde desfogarse.
He de decir que tengo un sistema secreto para que nadie robe en mi carromato cuando no me encuentro en él, sistema basado en la magia pero que no voy a revelar. Baste saber, para el lector curioso, que mi carro, mi burro y mi mercancía estaban seguros mientras cenaba en una pensión y más tarde dormía (solo, que conste) en una cama llena de chinches.
Por la mañana, aún no había nevado así que el frío continuaba. Monté mi escaparate en la plaza. A pesar de ser un lugar cerrado, bordeado de edificios que la protegían del viento, resultaba muy desapacible. Bajo los portales se estaba mejor, pero allí no estaba permitida la venta, sino al raso.
No obstante, en mi carro yo dispongo de un pequeño toldo que uso para estos casos. Lo instalé, anuncie la mercancía a grandes voces y me dispuse a esperar.
Tuve que esperar mucho, y sólo vendí un par de telas de lona gruesa, para hacer tiendas. Ni un vestido, ni siquiera un pañuelo.
De hecho apenas pasó alguna que otra persona bajo la parte cubierta de la plaza.
Por la noche volví a la pensión malhumorado. Estaba dispuesto a recoger y partir por la mañana temprano.
Al día siguiente me disponía a salir cuando se me acercó Zemoz. No era habitual pues no entraba en el trato que habíamos hecho. Pero él ya sabía que no había logrado vender casi nada y que me disponía a iniciar la marcha.
—¡Maestro Fulgencio! —me dijo—. Os pido que esperéis a que culmine mi labor, pues de tener éxito como espero podréis vender todo vuestro género.
—¿Cómo podría ser posible tal cosa? ¿Acaso habéis contactado con Hyginius, el dios de los mercaderes para saber eso?
—No, pero me han hablado del dragón de Lotinglöme. La gente le teme y por eso no se atreven a salir de sus casas. Ni siquiera aquí en la ciudad.
Ya había notado yo que había muy poca gente por las calles. Eso desde luego que no era normal, y había influido notoriamente en mi decisión de largarme con viento fresco.
—¿Cuánto tiempo os llevaría esta aventura? No está en mi mano esperar mucho, si no hay ventas.
—Tan sólo os pido un par de días. Lotinglöme está a pocas millas, en las montañas cercanas. Iré y acabaré con el dragón. Incluso podríais venir y verlo; sin el carro, eso sí.
Medité un momento. El carro podía estar seguro y sentía curiosidad por ver a Zemoz en acción. Sobre todo si eso redundaba en mi beneficio.
—¡De acuerdo!
Nada más salir de la ciudad, tuve tiempo de sobra para arrepentirme. Comenzó a nevar, pero eso no era ningún obstáculo para Zemoz, quien continuaba la marcha al rimo de siempre. Montado en mi humilde burrito, me las veía y me las deseaba para mantenerme a su altura, algo de todo punto imprescindible pues los copos de nieve ocultaban la figura del barbariano en cuanto se adelantaba unos pies. Cuando eso ocurría, me veía en el trance de tener que llamarlo para evitar perderme.
Finalmente, Zemoz comprendió que yo no podía seguir su paso y redujo su ritmo.
Aunque ya estaba oscuro cuando partimos, comprendí que la noche estaba a punto de llegar tras largas horas de caminata bajo la nevada. Recordé que Lotinglöme estaba a pocas millas, según dijo Zemoz, de ahí que ya tendríamos que haber llegado hace rato.
En otras palabras, nos habíamos perdido. Pero nadie le dice a Zemoz que se ha extraviado, él nunca se pierde pues tiene un perfecto sentido de la orientación; o eso es lo que él dice.
Ya era noche cerrada y seguía nevando, cuando dimos con una sombra oscura de gran tamaño; parecía una casa, sin ninguna duda. Junto a ella pude apreciar un poste indicador con varios carteles. Encendí una valiosa cerilla para poder leerlos; ninguno de ellos ponía Lotinglöme, por cierto.
Me costó lograrlo, pero al fin Zemoz aceptó tocar en la puerta de la casa. Nos acogieron con cierta desgana, pues era gente muy pobre.
Al menos allí dentro había un hogar encendido y a su lado me puse en cuclillas, mientras averiguaba lo que podía. Zemoz se quedó de pie, como si no necesitara calentarse, aunque se acercó a la hoguera de forma muy disimulada.
La choza, pues eso era, no tenía más muebles que una tosca mesa, formada por una tabla irregular sobre unas piedras. En un rincón se veían montones de paja con todo el aspecto de servir de camas a tres personas.
Esas tres eran una pareja de gente bastante mayor y una joven de edad claramente casadera, hija de ellos.
La pareja nos ofreció un poco de carne reseca, dura como el cuero, y unas patatas hervidas, que se disponían a cenar. Zemoz ni se planteó el hecho de que estaba arrebatando a aquella pobre gente toda la comida que tenían; lo devoró todo en un santiamén. Y a continuación le echó una mirada cargada de deseo a la joven. Ésta, intimidada, se acercó toda temerosa.
Zemoz le dio uno de sus abrazos de oso y la pobre chica se quedó desmayada. El barbariano la cargó en sus brazos y se la llevó al rincón de paja, para completar su labor.
Los padres de la joven contemplaban la situación sin atreverse a comentar nada. Para distraerlos de tan amargo trago, les pregunté por el nombre del lugar y si conocían donde estaba Lotinglöme. Resultó que este último lugar estaba a un día de camino, en sentido contrario del que habíamos llevado nosotros.
Como compensación de lo que estaba sucediendo y además para pagar nuestra estancia (pues estábamos obligados a pasar allí la noche), me desprendí dolorosamente de dos de mis monedas de oro y se las entregué a los viejos. Viendo la cara que pusieron cayó sobre mí la sospecha de que les estaba pagando más que generosamente. Por una vez no me importó, pues realmente daban pena de tan pobres que se veían.
Zemoz pasó la noche acompañado de la joven, cuyo nombre nunca supimos (tampoco el de sus padres, por cierto) y por los ruidos que oí más de una vez, tengo la impresión de que la pobre apenas durmió, salvo cuando se desmayaba.
Por la mañana, Zemoz tuvo que renunciar al desayuno, pues no había nada que comer en la choza. Ya había dejado de nevar, así que pudimos salir y ponernos rumbo a Lotinglöme, es decir volver sobre nuestros pasos. La joven se despidió de Zemoz, aunque tuve la impresión de que realmente se alegraba de su marcha.
La nieve recién caída no puede decirse que nos facilitara la marcha. Llegamos así a Lotinglöme cuando ya estaba anocheciendo.
Pregunté por una pensión y me indicaron la única del pueblo, una casucha miserable que alquilaba habitaciones a los caminantes. Disponía de un comedor, donde Zemoz se ventiló él solo un caldero lleno de puchero, que por supuesto tuve que pagar con mi bolsa.
Por el momento, la aventura de Zemoz me estaba saliendo bastante cara.
A Zemoz se le hace difícil dormir en una cama solo. En el campo, al raso, no le importa, pero en cuanto está bajo techo y en una cama parece que se enciende por dentro. Así que buscó a una de las mujeres que limpiaban las habitaciones para que lo acompañara. Apenas pude verla un momento, pero juraría que tenía un espeso bigote y que le faltaban varios dientes; algo que a Zemoz no le importaba en absoluto…
Ni qué decir tiene que la cama no soportó a Zemoz por mucho rato. Entre su peso y el movimiento sobre el catre, las cuatro patas cedieron. Aunque Zemoz prosiguió con lo suyo como si tal cosa.
Ya por la mañana, tuve que aflojar nuevamente mi bolsa para pagar la cama rota, aparte de los demás gastos de hospedaje.
Zemoz preguntó por el dragón, anunciando a voces que se disponía a matarlo.
Aunque le aconsejaron una y otra vez que mejor regresaba, que aprovechara mientras vivía para disfrutar de la vida y que se dejara de hacer el héroe, etc., etc., Zemoz insistió tanto que le indicaron con toda clase de detalles como dar con el dragón.
Oyendo los comentarios de la gente, propuse a Zemoz que fuera él solo y que a su regreso me contara lo que pasó. Pero él se negó de plano.
—Maestro Fligencio, vuestro deber es acompañarme y ser testigo de mis hazañas, para así reflejarlas lo más fielmente posible. Si no lo hacéis, no me quedará otro remedio que dejaros solo para que os enfrentéis a los forajidos.
Comprendí la indirecta y salí tras él.
No nos resultó difícil dar con el dragón. Tras una hora escasa de marcha por los senderos cubiertos de nieve, dimos de improviso con un barrizal. Toda la nieve estaba fundida y el aire era cálido, pues soplaba un caluroso viento del norte.
Recordé que el viento del norte nunca era caluroso, así que llegué a la conclusión de que era el dragón el que soplaba.
Zemoz llegó a la misma conclusión y sin decirme nada enfiló hacia el norte.
Tras un cerro, lo vimos.
Era un monstruo. Medía algo así como quinientos pies, desde las fauces hasta la punta de la cola. Estaba cubierto de escamas adamantinas, color azul metálico, verde por los costados. Tenía dos grandes alas como las de un murciélago, que sin embargo no parecían ser lo bastante grandes para soportar su peso. Su cabeza era pequeña, en proporción al cuerpo, pero aún así medía varios pies de largo; sobre ella se apreciaban dos cuernos retorcidos como los de un carnero, y más o menos del mismo tamaño. En el cruel hocico presentaba un cuerno afilado, sobre la nariz que exhalaba fuego.
No tenía orejas, pero sus ojos eran brillantes aunque diminutos.
Tenía las fauces abiertas y mostraba cientos de afilados dientes, con una lengua bífida y fina.
Tenía cuatro patas, las delanteras parecían de caballo, las traseras de elefante. Con semejante combinación no parecía capaz de correr a gran velocidad, pero eso no significaba que fuera seguro acercársele.
A su alrededor, todo estaba seco y quemado. Unos pocos tocones ennegrecidos era lo que quedaba de los árboles del lugar. La nieve, no sólo se había fundido, ya estaba completamente seca.
Zemoz corrió a su encuentro con total temeridad. Eso sí, no fue tan estúpido como para hacerlo frente a frente. Esquivando sus fauces, clavó su espada en la cola.
Mejor dicho, intentó clavar la espada, porque lo que consiguió fue que ésta rebotara tan fuerte que casi se queda sin cabeza. Me refiero a Zemoz.
Sorprendido, atacó los flancos del monstruo con el mismo resultado.
Para entonces, el dragón ya empezaba a estar algo molesto. Se viró hacia Zemoz y escupió una enorme llamarada.
Zemoz saltó con toda su agilidad, esquivando el fuego, que tan sólo le chamuscó el taparrabos.
El dragón siguió echando fuego, y Zemoz evitándolo gracias a su asombrosa agilidad. A pesar de su enorme cuerpo, el barbariano saltaba y corría con la agilidad de alguien mucho más ligero.
Igual que el dragón. Si ya me había sorprendido la agilidad de Zemoz, el monstruo mostraba una agilidad similar. Parecía una lagartija, pues se movía con la misma facilidad.
En una de sus carreras, Zemoz corrió a mi encuentro. Y tuve que espolear a mi burrito para huir.
Lamentablemente, mi rucio no era tan ágil como Zemoz. Los dos pudimos habernos quedado en el lugar, a la parrilla, si no es porque Zemoz nos cogió (al burro y a mí) en volandas.
Llegamos a la cima del cerro cercano y nos refugiamos tras unas rocas. El dragón pasó cerca pero no pudo vernos. Ni olernos, pues abandonó con presteza la búsqueda, volviendo a su quemado nidal.
Minutos más tarde, Zemoz volvió a la carga. Gritando con furia y con su espada en alta, hizo frente al dragón más temerario aún que antes. El monstruo le miró con lo que me pareció gesto de asombro y abriendo las fauces expidió una lengua de fuego. Zemoz la esquivó de un salto y aún llegó a intentar clavar su espada en el cuello del animal, de nuevo sin éxito.
Durante un buen rato, el dragón persiguió a Zemoz quien tuvo que poner toda su habilidad en evitarlo; de hecho, no salió del todo indemne: algunas de las guedejas que cubrían su cráneo se chamuscaron cuando el fuego le rozó en una ocasión.
Finalmente, Zemoz consiguió ponerse a salvo donde el dragón ya no pudo verlo. Tomó resuello durante largo rato y aún volvió a intentar el ataque, y si no es porque Zemoz se ocultó a tiempo tras una roca, esta vez sí que le habría alcanzado el aliento de fuego.
Tras tres intentos fallidos, ya estaba anocheciendo. Zemoz se atuvo a buscarme y decirme:
—Maestro Fligencio, hemos de retirarnos, me temo. Aunque sólo será por hoy. Esta noche meditaré en una estrategia adecuada.
Comprendí que no era una retirada, como pensaba, sino tan sólo un alto el fuego.
Regresamos a Lotinglöme y nuevamente cruzamos el portal de la mísera pensión.
Hablé con la vieja que regentaba el lugar y la convencí para que demorara el pago hasta que Zemoz terminara su misión. Si lograba vencer al dragón, no le deberíamos nada, en caso contrario yo debería aflojar mi bolsa por última vez.
Como no habían reparado la cama que Zemoz rompiera la noche anterior, le dieron la misma habitación. Para acompañarlo, también se ofreció la limpiadora de la vez anterior; parecía contenta, aunque para mi fuero interno ella llevaba tiempo sin conocer a ningún hombre, así que más le valía la brutalidad del barbariano que el vacío en las sábanas.
Había otras jóvenes más apetecibles y de hecho estuve tentado en probar suerte con alguna; pero recordé que mi bolsa menguaba demasiado deprisa así que ese sería un gasto que no podía asumir…
¿O tal vez sí? Recordando el trato con la posadera, añadí a la cuenta del posible éxito de Zemoz los favores de una rubia joven y de muy buen cuerpo, que resultó ser tan fogosa como aparentaba.
Al día siguiente, el sol brillaba en un cielo sin nubes. La nieve se estaba derritiendo tan deprisa que hacia el mediodía todo estaría seco, de seguir así.
Zemoz apenas me dejó comer, tanta prisa tenía por volver al ataque.
En esta ocasión tramó una especie de encerrona, rodeando al dragón hasta atacarlo por la retaguardia. O al menos esa era la idea, pues su retaguardia era una terrible cola plagada de espinas largas como cuernos, que la bestia agitó frente al guerrero. Zemoz tuvo que hacer uso de toda su habilidad para esquivar los peligrosos latigazos. Y, por fin, el dragón le obsequió una muestra de su ardiente aliento, que también logró esquivar.
Más tarde, intentamos engañarlo con sonidos de dragón hembra, que Zemoz imitaba a la perfección, pero sin resultado.
Durante cuatro días más, Zemoz intentó variadas estrategias de ataque al animal. Cosa increíble, sobrevivió a todos los intentos, y eso puedo atestiguarlo pues fui testigo de todos ellos; de hecho, alguna vez estuve a punto de pasar de testigo a víctima, pues no en vano estaba muy cerca de donde acontecía todo.
Lo peor era la vuelta a la pensión. La dueña nos miraba con una cara que iba desde la admiración hasta la furia. Admiración porque seguíamos vivos, furia porque cada vez teníamos más gastos y menos dinero. Mi bolsa se había vaciado y no hacía otra cosa que acumular promesas de pago. Tal vez cuando todo acabara me viera tan cargado de deudas que estaría años para pagarlas.
Y la noticia corrió entre los demás huéspedes. Éramos «los del dragón», y más de una vez se chancearon a nuestra costa.
—¿Qué, maestro Fligencio, decidnos lo que vais a intentar mañana? ¿Acaso contar historias hasta que la bestia se muera de aburrimiento? —decía uno. No se atrevían a burlarse de Zemoz, como es evidente.
—Yo creo que mejor es contarle chistes, para que se muera de risa —replicaba otro.
Yo callaba, pues no sabía qué hacer. Intentaba convencer a Zemoz para emprender la retirada, pero éste replicaba furioso:
—¡Jamás Zemoz ha sido derrotado!
Y era cierto, dicho sea de paso.
Por la mañana, Zemoz intentó de nuevo el ataque directo.
—¡Yo te desafío, monstruo del Averno! Soy Zemoz de Barbaria y juro que te mataré.
El monstruo le miró de frente, ¡y se empezó a reír a carcajadas! Sin duda, el desafío del barbariano le parecía tan ridículo que se tronchó de risa.
Cuando dejó de reírse, el dragón atacó con fuego y casi no nos dio tiempo a refugiarnos.
Más tarde, dije a Zemoz:
—Creo que ya sé cómo vencerlo. Pero has de confiar en mi idea, Zemoz.
El guerrero estaba ya tan cansado, que por muy mala que fuera mi idea lo intentaría, y así me lo hizo saber.
Por la mañana del siguiente día, y mientras tomábamos un desayuno formado por un queso durísimo y enmohecido y una jarra de vino ácido y aguado, se nos acercó un chico. Era un desconocido para nosotros, aunque ya sospechaba yo quien pudiera ser.
Por un momento temí por la seguridad del niño, pues ya sabía que Zemoz no despreciaba el pescado fresco, pero imaginé que la noche habría servido para apagar sus fuegos. Y, en efecto, Zemoz miró al jovencito con curiosidad totalmente saludable.
—¿Qué se te ofrece, jovencito, que vienes a la mesa de Zemoz el barbariano?
—Noble guerrero, me ha dicho mi madre que tenéis planes para atacar al dragón.
—¿Puedo saber quién es tu madre?
—Se llama Olwinda y es la dueña de esta pensión.
(Justo quien yo esperaba).
—Veo que su hijo es tan osado como su madre. Y como tengo una deuda pendiente con ella, acepto discutir contigo mis planes de batalla. En efecto, tengo la intención de volver a atacar al dragón. Lo haré una y otra vez hasta vencerlo.
—Mas en esta ocasión seguiremos otra estrategia —intervine yo—. ¿Tu madre acepta darnos lo que le pedí?
—Dice que sí. Dijo otras cosas, en su mayoría palabrotas que no debo repetir, pero en esencia dijo que aceptaba.
—A ver si esta vez nos sonríe la fortuna —señaló Zemoz
—Perdonadme que intervenga, mi muy apreciado Zemoz —dije, sin poderlo evitar— pero sí que habéis tenido fortuna. Habéis sobrevivido a innumerables ataques, y ya eso supone ser un agraciado de los dioses.
—¿Atacasteis muchas veces y lograsteis volver? —preguntó el chico, lleno de asombro.
—En efecto. Pero no hubo suerte pues no logré vencer.
—¡Jamás podréis vencer en un ataque directo!
—¿Hay otra forma de atacar?
—¡Por supuesto!
—En tal caso, jovencito, es tu deber decírmelo.
—Vos ya lo sabéis. El comerciante Fligencio me lo explicó.
Sin más, el chico se fue.
Zemoz se me quedó mirando.
—¿De verdad tenéis una idea? ¡Quién lo hubiera imaginado!
—Maestro Zemoz, si yo no fuera tan corto de imaginación, diría que os estáis burlando de mí.
—¡Los dioses no lo quieran! ¡Zemoz, burlándose del Maestro Fligencio! ¡Jamás!
—En tal caso, recordad bien lo que hemos de hacer.
Poco más tarde, salíamos de nuevo al encuentro del monstruo. Por una vez, la temeridad de Zemoz me había contagiado y me veía involucrado en la aventura. De vez en cuando me asaltaban pensamientos cargados de negros presagios. ¡Quién me habría mandado meterme en este lío! Pero imaginaba mi vacía bolsa llena otra vez de oro y se me aparecía la imagen de la chica rubia con pecho generoso y ardiente en la cama, e imaginaba cómo me recibiría si tenía éxito. En esos momentos me entraba tal ardor que desesperaba por llegar al nidal del dragón.
La dueña de la posada me había entregado uno de sus vestidos. Ella era más alta que yo (soy de natural más bien bajo, aunque eso no me preocupa, pues en posición horizontal llego a donde tengo que llegar); me lo puse sobre mis ropas normales, y pude observar que debía sujetarlo para poder caminar sin tropezar. Aunque eso no importaba mientras me mantuviera sobre mi rucio.
El vestido era de color rojo con lunares enormes azules, y era horrible.
Para completar mi indumentaria, me coloqué un caldero de bronce a guisa de casco y cogí un palo de escoba cual si de una adarga se tratara.Estaba ridículo, pero de eso se trataba precisamente.
Habíamos decidido que sería yo quien hiciera frente al dragón. Llegamos así al cerro tras el cual se ocultaba y Zemoz se quedó atrás.
Por mi parte, me encomendé a la rubia ardiente y obligué a mi mulo a correr con todas sus fuerzas. Remontamos la colina y proclamé a voz en grito desde la cima:
–¡Monstruo del Averno! ¡Hazme frente y muere!
El dragón me vio venir y se quedó mirándonos con los ojos desorbitados. No podía creer lo que veían sus ojos. Hasta ese momento, le habían retado toda clase de héroes, siempre con aspecto aguerrido, imponente, peligroso. ¡Mas he aquí que le retaba un ser pequeñajo, vestido ridículamente y a lomos de un vulgar mulo!
Viendo que el dragón no reaccionaba, bajé de mi cabalgadura y le apunté con mi escoba-adarga. Pero había olvidado que el vestido me quedaba largo, por lo que tropecé cayendo de bruces. El caldero-casco resonó con fuerza, rodando por la ladera.
Fue demasiado para el animal. Dando extraños rugidos, se tumbó sobre su lomo, con las patas moviéndose en el aire.
Comprendí que aquellos rugidos eran su forma de reírse. Tropezando con el traje, volví a enfrentarme, diciendo:
–¡Muere, villano!
Nuevamente quedé tendido en el suelo.
En ese momento, Zemoz apareció blandiendo su espada. Se le acercó, sin que el dragón se diera cuenta porque se partía de risa. Zemoz frotó con la espada entre las patas delanteras, allí donde tenía las cosquillas.
El monstruo se desternilló aún más intensamente. Sus rugidos de risa parecían truenos, cuyos ecos llegaban a las montañas lejanas.
Finalmente, comenzaron a caerse las escamas adamantinas. Zemoz vio la oportunidad, y logró clavar su espada en el vientre desnudo de escamas.
La sangre verdosa le salpicó el pecho. El dragón exhaló un rugido de sorpresa, y quedó inmóvil.
¡Lo habíamos logrado!
Antes de marcharnos, recogí un buen montón de escamas de diamante y llené una bolsa con ellas. Servirían para pagar los gastos en la pensión.
Regresamos al pueblo.
Esa noche pude dormir satisfecho y bien acompañado. Igual que Zemoz, cuya amante pareció más contenta que nunca con el puñado de escamas que le ofrecí por la mañana.
De la bolsa de escamas apenas quietaba una docena cuando volvimos a K’Oswarte. La buena nueva de la muerte del dragón nos había precedido, y el mercado estaba repleto de gente esperando mis mercancías.
Lo vendí todo.
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