21 julio 2016

PURPURARIAE INSULA

En un yacimiento arqueológico situado en la montaña Bayuyo, Fuerteventura, se han localizado unas sorprendentes tablillas de arcilla con textos en latín. Se han datado como procedentes del siglo 2 dC. Siendo un texto en una lengua conocida, ha podido ser traducida con facilidad, y a continuación se expone su contenido. Faltan algunos fragmentos, pero en su mayor parte el texto es legible… y comprensible.

Flavio Quinto Petronio es quien esto escribe. Lamento tener que hacerlo usando un stilus de madera sobre arcilla, y no en un papiro o pergamino como sería mi deseo, pero este es el único material del que dispongo en estas islas perdidas de la mano de Neptuno.
      Hace años que no viene una galera a visitarnos, y sospecho que ya no vendrá ninguna. El Emperador de Roma, sea quien sea, ha prohibido la fabricación de púrpura en este lugar y ni siquiera el garum justifica que los barcos pasen por estas islas. Mi esposa Lidia y yo no tenemos ropas de lino, lana o seda sino toscas pieles para vestirnos; aunque gracias a Vesta no tenemos mucha necesidad de vestimenta.
      Llegamos a la llamada Purpurariae Insula 1 hace ya muchos años. Fue con fecha CMV ab urbe condita 2 cuando Claudio Argento me convenció para dedicarme a fabricar púrpura.
      Era emperador Antonino Pio y éste obtenía pingües beneficios con la púrpura. Todos los patricios querían tener al menos una prenda con púrpura, aunque este privilegio se reservaba a los senadores. Muchos lo llevaban de forma disimulada. Pero lo llevaban y eso era lo importante para nosotros, comerciantes de telas y tintes en Roma, la Eterna.
      Claudio me convenció cuando me hizo saber que hasta un vulgar retiario 3 retirado, Maximo Retis, quería una túnica teñida en púrpura. ¡Un simple liberto, aunque estuviera cargado de denarios! Maximo le preguntó cuánto le costaría, y aunque Claudio le exigió pagar en áureos ni siquiera (…)
      (…) llegamos Lidia y yo al pequeño campamento. Lidia insistió en traer sus dos esclavos personales, Aura y Marcelo, que casi se mueren del mareo en la trirreme. Lo mismo que Lidia. Esperábamos un gran campamento, casi una ciudad, y en su lugar vimos una docena de chozas, como un campamento militar pero sin soldados. Gracias a Mercurio, los esclavos que compré estaban casi todos ellos vivos, sanos y listos para trabajar.
      El embaucador de Claudio me aseguró que él tenía que quedarse en Roma atendiendo sus negocios, y los míos, pero yo creo que él estaba más al ocio que al negocio, pues siempre lo vi en las termas. Pero lo cierto es que no me acompañó, aunque sí me explicó todo lo que había que hacer. Y para el resto pude contar con el liberto que estaba a cargo del lugar antes de mi llegada, Sextiliano.
      La púrpura fenicia se obtiene de una especie de caracol marino, eso creo, porque por supuesto los fenicios no han revelado su secreto, pese a las presiones del Emperador; pero éste se conforma con tener la exclusiva de su venta. La que a mí me interesaba era la otra púrpura, la falsa, como la que se sacaba de una planta, una especie de liquen que crece en estas islas.
      La planta era una negra con pequeñas manchas blancas. Cuando Sextiliano me la mostró no pude menos que pensar en cómo mi futura riqueza podría depender de algo tan pobre.
       Según me dijo el liberto, había que recogerla y dejarla secar, luego molerla hasta hacerla polvo, y mezclar el polvo con orina y cal, por ese orden, mientras se removía en un recipiente tapado durante varios días. El resultado sería una pasta rojiza que sólo un ojo experto podría distinguir de la púrpura imperial. Luego sólo quedaría empaquetarla para llevarla a Roma, escondida de tal forma que pareciera otro producto valioso, como especias de la India o sal.
      Encontramos nativos de la vecina isla Junonia, pero sólo se dedicaban a buscar la planta, orchilla la llamaban. Para las demás operaciones debíamos usar esclavos, pues los nativos se negaron a hacerlo incluso pagando en sestercios. No me extraña, pues los vapores que se desprendían eran insoportables, hasta para los esclavos que no podían evitarlos; de hecho, perdimos unos cuantos hombres antes de aceptar que se cubrieran la boca y nariz con un trapo.
      A Lidia le costó adaptarse al campamento. No teníamos termas, aunque al menos podíamos bañarnos en el mar, tras reservar un espacio para ella y para mí, lejos de miradas espurias. Aura la acompañaba en esas labores y Lidia aceptó que Marcelo me ayudara a mí en el baño, pues yo no tenía esclavo personal para mi higiene.
      Pero salvo esos gratos momentos en el mar, en vez de en las termas, Lidia no tenía mucho que hacer en la pequeña tienda militar que usábamos como vivienda. No teníamos ni una lira, tampoco disponíamos de rollos para leer.
      Al menos yo podía dedicarme al negocio, ya que no al ocio, controlando a los esclavos como si fuera un mayoral; o haciendo cuentas, que es lo que realmente me gustaba. Pero Lidia, ni eso. A veces le pedía que vigilara a las esclavas, pero ella no soportaba aquellos olores amoniacales.
      Al segundo año, conseguí una lira y cinco rollos con obras de Petronio y Virgilio, y con eso ya no tuvo tanto motivo para quejarse. O eso me dijo, tal vez para que yo no me preocupara.
      Recibía cartas de Claudio con cada galera, donde me informaba de (…)
      (…) apenas tenía dos decurias pagadas con mi pecunio. Los decuriones me eran fieles, recordando mi feliz paso por la Legión Quinta y mis logros en las luchas contra los germanos; pero no tenía dinero más que para los escudos y gladios de los soldados y alguna vez no pude pagarles la comida a tiempo; gracias a Mercurio y Neptuno, las galeras llegaban con oro para evitar una revuelta.
      Las pequeñas tinajas de tinte llegaban bien, escondidas en tinajas mayores. Claudio recubría todo con cera y ponía por encima clavo o canela, si quería que pareciera un producto de la India, o simplemente sal si no tenía especias a mano. Si algún questor decidía hacer una inspección, no vería otra cosa que la sal o la especia.
      Pero no me gustó que el Emperador supiera de nuestro negocio. Aunque conseguimos esconderlo de las inspecciones, las ventas no podían disimularse.
      Y, en efecto, días después llegaron dos galeras llenas de legionarios. Lo peor, se trataba de una centuria completa de pretorianos, insobornables y fieles al Emperador.
      Destruyeron las tinas de púrpura, masacraron mi pobre tropa (salvo cinco que abandonaron las armas y se entregaron de inmediato) y arrasaron mis depósitos. El polvo se mezcló con el agua del mar, que adquirió un hermoso color púrpura.
      Lidia y yo logramos huir hacia Junonia, dejando atrás a Marcelo, Aura y los demás esclavos. Subimos a bordo de un pequeño bote con los nativos que volvían a su pueblo. Sextiliano había muerto a manos de un pretoriano.
      Y aquí llevamos años. Viviendo en una cueva, alimentándonos con harinas extrañas, vistiendo pieles y hablando una lengua que no se parece en nada al latín. Al principio esperábamos la llegada de alguna galera, pero no hemos visto ninguna. Y nos han dicho que es mejor así, pues cuando vienen lo hacen para capturar esclavos, por lo que es preferible esconderse en las montañas. No cabe duda de que cualquier legionario que nos vea, a Lidia o a mí, nos tomará por un nativo más, y no tendremos ni oportunidad de hablarles en latín y decir nuestra procedencia ciudadana de Roma.
      Así que es mejor seguir escondidos.

1 Islote de Lobos
2 Año 153 dC
3 Gladiador que luchaba con una red