Mi relato Crónicas Venusianas ha resultado ganador en el X Premio Internacional Sexto Continente de Ciencia Ficción y Fincción Distópica, junto con los relatos Por unos Watts de más, y Los viejos de todos los tiempos.
Ni yo mismo me lo creo, porque había casi 400 relatos participantes...
El Diario de Baldo Mero
Mi blog y el de Cabezón ;-)
16 marzo 2012
01 febrero 2012
Aislados
Una extraña catástrofe se cierne sobre el planeta, y fallece la mayor parte de la población. En unas islas del Atlántico cuatro personas sobreviven, cada una de ellas bajo absoluta soledad y en una isla diferente.
Gara y Jonay reviven una historia de amor que llega a cruzar el mar entre las islas.
Magua, la Harimaguada , hace de su isla un lugar donde los hombres están prohibidos.
Tanausú, solitario en un enorme barco, desea morir. Pero sobrevive en su propia isla, donde es un náufrago.
Cada uno de ellos tiene su propia historia, pero todas terminan por entrelazarse intrincadamente.
Este nuevo libro ha sido publicado conjuntamente por Ediciones Aguere y Ediciones Idea. Espero que lo lean y lo encuentren interesante.
Será presentado el día 30/3/3012 en el Ateneo de Miraflores, 3, Santa Cruz de Tenerife. Están todos invitados.
Será presentado el día 30/3/3012 en el Ateneo de Miraflores, 3, Santa Cruz de Tenerife. Están todos invitados.
17 diciembre 2011
ALONE (SOLO)
Este es mi último mensaje y es muy probable que no llegue a transmitirlo. En tal caso, lo dejaré grabado para que alguien pueda leerlo cuando yo ya haya muerto.
Veamos… ¿Por dónde podría empezar? Supongo que por el principio sería lo más lógico.
Me llamo Carl Jensen y soy el primer habitante de Marte. Llevo ya cinco años en el planeta y creo llegada mi hora. Me refiero a cinco años marcianos, es decir diez años de la Tierra.
Hace quince años, terrestres, se decidió que no había recursos para enviar una tripulación a Marte en un viaje de ida y vuelta. Se tardarían unos veinte años en tener los medios para poder hacerlo y aún así saldría caro, muy caro. Pero sí que había recursos para llevar un hombre al planeta y darle lo suficiente para sobrevivir en la superficie, eso sí con un poco de trabajo por su parte.
Detalle muy importante, no quedaba la posibilidad de recogerlo al terminar su misión, por lo que ésta se prolongaría indefinidamente. Dicho de otra forma, el astronauta se quedaría a vivir en Marte.
A pesar de que no había regreso, se presentaron muchas solicitudes. La mía fue una de ellas. Y tras una ardua selección se decidió que yo era la persona idónea.
Aunque no conozco todos los argumentos analizados por el tribunal de selección, hay unos cuantos que sí se. Voy a mencionarlos según me vienen a la mente.
Yo era por entonces relativamente joven, apenas tenía 32 años, y sin embargo ya contaba con una amplia experiencia como astronauta: tres misiones, aunque la segunda fue una misión abortada, cuando la Soyuz TMX-89 falló durante el despegue y tuvimos que activar los sistemas de emergencia; la cápsula salió disparada del cohete y aterrizamos en algún lugar de los Urales. Creo que fue la única vez que un despegue ha sido abortado con éxito. Al menos en la última década.
Además de mi experiencia como astronauta, he realizado dos viajes de vuelta al mundo en solitario, y en uno de ellos incluso me vi en la necesidad de curarme una fractura. Los médicos han podido comprobar que mi tibia izquierda está perfectamente soldada, pues logré encajar a la perfección los trozos del hueso roto, a pesar del dolor que sentía. No cabe la menor duda de que soy capaz de cuidar de mí mismo…
También carecía de trabas familiares. Tuve un hijo pero éste ya estaba crecido, y con once años podía prescindir de su padre. Para ser exactos, eso es lo que realmente había sucedido desde mi divorcio, un año antes.
Y tenía una buena preparación en biología y medicina, lo que me capacitaba no sólo para cuidar de mí mismo sino para llevar un invernadero en el que obtener parte de mi alimento en Marte.
Así que, para resumir, finalmente fue a mí a quien metieron en una cápsula y me enviaron hacia el planeta rojo.
Debo decir que a mi llegada no había nadie para recibirme. Aunque este chiste ya lo he repetido demasiadas veces, es cierto.
No había nadie, pero sí que había algo esperándome: un hábitat, una nave con provisiones y maquinaria, dos robots auxiliares y un transporte. Todo eso se hallaba ya en Marte, esperando mi llegada.
Ya he contado cómo fueron mis primeros días, preparando la maquinaria y el hábitat, montando el invernadero y finalmente explorando. También he narrado lo que significa ser la persona más solitaria que haya podido existir en la historia. Ni siquiera quienes fueron a la Antártida o a la Luna llegaron a estar tan solos como yo. En todos los sentidos del término.
Al principio envié muchas transmisiones, pero luego las fui espaciando cada vez más. Cuando se cumplió mi primer año marciano apenas enviaba una a la semana. A los cuatro años, tan sólo transmitía cada dos o tres meses. Y finalmente, hace ya seis meses desde que envié la última.
Esta grabación probablemente no la envíe, pero es porque no puedo. Con la tormenta de polvo, los paneles solares están al mínimo y además pienso reducir la potencia del reactor hasta quedarme congelado de frío.
Pero nuevamente me estoy adelantando.
Antes de explicar porqué, debo exponer mis sentimientos.
Mi hijo, Pete. Hace seis meses, como ya dije, que no le envío ninguna transmisión. Pero lo cierto es que él tampoco me ha enviado nada.
La Tierra dispone de grandes antenas y puede enviarme cualquier cosa siempre que esté dispuesta a gastar la energía necesaria; y la verdad es que casi siempre ha sido así. Gracias a ello, he podido disfrutar de las principales películas y estar al tanto de las noticias del planeta, algo que franlmente me motiva cada día menos. También he recibido mensajes de todo tipo a través de la red. Al principio yo siempre respondía; pero emitir requiere mucha más energía que recibir y la verdad es que no dispongo de tanta. Finalmente, dejé mis intervenciones en la red al mínimo, y que desde Houston se encargaran de mis redes sociales. Mi otro yo virtual lo estaba haciendo tan bien que muy pocas veces me encontré en la tesitura de corregirle.
Por otro lado, lo cierto es que el público ya había perdido el interés. Al principio, algunos medios plantearon la misión como una especie de suicidio por mi parte. Sí, es cierto que esperaba morir en Marte, pero eso no sucedería en pocos meses; de ahí que cuando pasaron los meses y yo seguía vivo, la gente perdió todo interés por el «loco de Marte».
Los mensajes incluían a mi familia, como no podía ser menos. Mis padres me enviaron las típicas notas de orgullo y de pena por no estar con ellos en ciertos momentos. Mi ex me envió alguna que otra nota, sobre todo informes del desarrollo de Pete. Y mi hijo, en especial, me envió abundantes mensajes.
Yo trataba de responder sobre todo a las notas de Pete lo más rápidamente que podía.
Pero apreciaba cierta sensación de tristeza. «Papá, ¿por qué no estabas en mi cumpleaños? ¿Podrás venir para el próximo?» y otras por el estilo. Me hacían sentir culpable por abandonarlo, lo que ya había ocurrido antes de venir aquí, a Marte.
Además, Pete fue creciendo y ya no le hizo falta hablar con su padre; más bien llegó el momento en que quiso despegarse, y salieron a relucir los típicos problemas adolescentes. El joven ya no quiso saber nada de su padre, «ese loco que se fue a morir a Marte».
Así que yo también dejé de enviarle mensajes.
Algo similar me sucedió con las mujeres. No me refiero a mi ex, sino a las novias que aparecieron. Antes de partir conocí a dos que se mostraron emocionadas por mi valor. Y muy dispuestas a satisfacerme para dejar un buen recuerdo. Ninguna sabía de la existencia de la otra, por supuesto. O eso creo yo. En todo caso, si por casualidad es ahora cuando vienen a enterarse, no es cuestión que me preocupe.
Intercambié mensajes con ellas dos y con otras que conocí más tarde, pero la cosa fue menguando. Aún he podido enviar un mensaje a Marilyn, mi última novia, y eso fue hace ya seis meses.
No voy a comentar cómo he sobrellevado ese problema, pero a fin de cuentas no soy el primer hombre que se encuentra solo. Aunque tan solo como yo, ¡nadie!
Por lo demás, la soledad es fácil de sobrellevar si uno está ocupado. Y por cierto que sobrevivir en Marte es un trabajo duro, con muy poco tiempo libre.
Tan sólo montar el invernadero y llevar las cosechas hasta conseguir las primeras verduras me mantuvo ocupado durante la mitad del tiempo. Aparte de eso, reciclar los residuos para tener agua potable y algo de aire, limpiar, hacer la comida y realizar las labores diarias ya servía para ocuparme el resto del tiempo. Cuando podía, salía a explorar, pero sin alejarme demasiado: sólo me atreví a recorrer más de una hora en el transporte cuando pude conseguir que los sistemas estuvieran razonablemente controlados. Hasta entonces, apenas exploré los alrededores de la base.
Al final de todos los días, sólo disponía de unas pocas horas para descansar, que ocupaba leyendo, viendo alguna película o respondiendo a los mensajes.
Así fue durante los primeros once meses. Luego fui entrando, poco a poco, en una cierta monotonía. No en el sentido desagradable del término, sino en el de un hábito que resulta agradable de mantener.
Para cuando cumplí el primer año marciano, de veinticuatro meses, ya tenía un par de cosechas recogidas (con luz y calor artificial las plantas crecen bastante rápido) y el sistema de reciclado de aire y agua aportaba una buena fracción de lo que necesitaba.
Recibí mi primer envío con mucha ilusión. No había habido tiempo para que incluyeran algunas cosas que eché en falta al llegar, pero eso ya sería en el siguiente envío. No obstante, ahora pude disponer de una buena colección de alimentos ya preparados, agua, oxígeno y algunos lujos como un disco de mayor capacidad para el ordenador central, con programas más avanzados.
No voy a describir toda mi vida, porque ya lo he hecho en los distintos mensajes anteriores. Acabo de observar que el indicador de oxígeno señala que estoy cerca de llegar al mínimo. Eso sucederá dentro de un par de horas, si mis cálculos no fallan. Cuando eso suceda, dejaré este mensaje grabado y procederé a bajar la temperatura, para que la anoxia me llegue sin que lo note. Tendré algo de frío y sueño, pero nunca despertaré.
¿Qué es lo que finalmente me ha llevado a tomar esta decisión? Pues una tormenta de polvo que lleva ya dos meses sin mostrar indicios de parar.
La primera tormenta de polvo llegó a los trece meses de mi llegada, y duró seis días. Durante ese tiempo tuve que encerrarme en casa, mientras afuera soplaba un viento furioso.
Los vientos en Marte son de poca intensidad, pero sólo porque el aire es muy tenue. Es poco probable que el viento lo arrastre a uno; pero la visibilidad es nula y si uno se atreve a salir se puede perder a los pocos metros. La única vez que tuve que salir fue para sellar una compuerta en el invernadero, y usé un hilo al estilo de Aridacna para no perderme. Incluso así casi me extravío, pues por un momento no fui capaz de encontrar el hilo sobre el suelo.
A la semana llegó otra tormenta y luego una tercera. Era la temporada de las tormentas, evidentemente, y ya estaba prevista. Tenía que mantenerlo todo cerrado para impedir la entrada de polvo que podía averiar cualquier aparato.
Tras la última tormenta de la temporada tuve que limpiar algunos filtros, pero no pasó nada serio. Los paneles solares se cubrieron de polvo, reduciendo bastante la aportación de energía, pero disponía también de un pequeño reactor nuclear. De todos modos, siempre procuraba limpiar los paneles después de cada tormenta.
En mi segundo año marciano no hubo tormentas, pero sí en el tercero. Hubo cuatro, siendo la segunda la más prolongada, pues duró casi un mes y cuando acabó tuve que reparar un par de bombas atascadas en el invernadero.
En el cuarto año no hubo tormentas, pues parece haber un ciclo de dos años marcianos, algo que habría que estudiar. Se lo dejo a futuros habitantes.
Este quinto año tocaban tormentas y la actual es la segunda. La primera fue breve, pues sólo duró un día, pero la segunda es la más prolongada que he vivido en este planeta.
No sólo los paneles solares están inoperativos, lo peor es que el sistema de bombeo de aire está roto; probablemente alguna de las bombas tiene polvo y se ha atascado. Para arreglarlo debería salir, pero no puedo hacerlo con esta tormenta. Y aunque pudiera, tampoco puedo hacer nada ya que para limpiar una bomba debo tener un aire despejado, o sólo servirá para que se llene aún más de polvo. Tampoco podría desmontarla y traerla aquí dentro, pues se trata de equipo esencial para la supervivencia.
En resumen, que no puedo hacer nada. Y el oxígeno se ha ido reduciendo hasta casi llegar al mínimo.
Si la tormenta se detuviera ahora mismo, podría contar con el oxígeno que tengo en el traje, con tiempo suficiente para limpiar la bomba y ponerla en marcha. Pero no se detiene.
He parado el reactor nuclear para que baje la temperatura. Ya empieza a hacer frío, y el oxígeno está muy cerca del límite. Todavía no aprecio su falta, pero será cuestión de minutos, una hora tal vez.
Voy a dejar aquí esta grabación. Finalmente, parece que voy a morir en Marte.
Buscaré una película interesante hasta que llegue la hora. Sentiré sueño, me acostaré y no despertaré…
(…)
Bien, inesperadamente las cosas han cambiado. Esta grabación la enviaré tan pronto como pueda transmitir, ahora que la tormenta ya está amainando.
Fue una verdadera sorpresa. Ya estaba cansado de oír la alarma de la bomba de oxígeno y mientras veía la película la ignoraba, como siempre.
Pero de repente dejé de oírla, y eso sí que me sorprendió. ¡La bomba se había puesto en marcha por sí sola! Supongo que la partícula que impedía el giro de alguna pieza se había soltado, liberándola; hasta que no la examine no podré saber bien lo que ha ocurrido. Pero lo importante es que el nivel de oxígeno ahora está subiendo.
He vuelto a activar el reactor, pues ya no hay motivo para aguantar este frío glacial.
Finalmente, no me voy a dejar morir. Seguiré luchando por mi vida y cuando me llegue el momento, será por un accidente o algo igualmente inesperado.
Incluso es posible que me llegue en la Tierra. No lo había comentado porque antes no valía la pena; pero nuevamente se está hablando de enviar aquí una tripulación, y esta vez vendría con una nave para regresar. Uno o dos de ellos se quedarían aquí, y yo podría irme.
Es una posibilidad que debo considerar.
Aunque no estoy muy seguro de que desee volver a la Tierra. Mi planeta es Marte.
Yo soy el primer marciano, de eso no cabe ninguna duda.
Veamos… ¿Por dónde podría empezar? Supongo que por el principio sería lo más lógico.
Me llamo Carl Jensen y soy el primer habitante de Marte. Llevo ya cinco años en el planeta y creo llegada mi hora. Me refiero a cinco años marcianos, es decir diez años de la Tierra.
Hace quince años, terrestres, se decidió que no había recursos para enviar una tripulación a Marte en un viaje de ida y vuelta. Se tardarían unos veinte años en tener los medios para poder hacerlo y aún así saldría caro, muy caro. Pero sí que había recursos para llevar un hombre al planeta y darle lo suficiente para sobrevivir en la superficie, eso sí con un poco de trabajo por su parte.
Detalle muy importante, no quedaba la posibilidad de recogerlo al terminar su misión, por lo que ésta se prolongaría indefinidamente. Dicho de otra forma, el astronauta se quedaría a vivir en Marte.
A pesar de que no había regreso, se presentaron muchas solicitudes. La mía fue una de ellas. Y tras una ardua selección se decidió que yo era la persona idónea.
Aunque no conozco todos los argumentos analizados por el tribunal de selección, hay unos cuantos que sí se. Voy a mencionarlos según me vienen a la mente.
Yo era por entonces relativamente joven, apenas tenía 32 años, y sin embargo ya contaba con una amplia experiencia como astronauta: tres misiones, aunque la segunda fue una misión abortada, cuando la Soyuz TMX-89 falló durante el despegue y tuvimos que activar los sistemas de emergencia; la cápsula salió disparada del cohete y aterrizamos en algún lugar de los Urales. Creo que fue la única vez que un despegue ha sido abortado con éxito. Al menos en la última década.
Además de mi experiencia como astronauta, he realizado dos viajes de vuelta al mundo en solitario, y en uno de ellos incluso me vi en la necesidad de curarme una fractura. Los médicos han podido comprobar que mi tibia izquierda está perfectamente soldada, pues logré encajar a la perfección los trozos del hueso roto, a pesar del dolor que sentía. No cabe la menor duda de que soy capaz de cuidar de mí mismo…
También carecía de trabas familiares. Tuve un hijo pero éste ya estaba crecido, y con once años podía prescindir de su padre. Para ser exactos, eso es lo que realmente había sucedido desde mi divorcio, un año antes.
Y tenía una buena preparación en biología y medicina, lo que me capacitaba no sólo para cuidar de mí mismo sino para llevar un invernadero en el que obtener parte de mi alimento en Marte.
Así que, para resumir, finalmente fue a mí a quien metieron en una cápsula y me enviaron hacia el planeta rojo.
Debo decir que a mi llegada no había nadie para recibirme. Aunque este chiste ya lo he repetido demasiadas veces, es cierto.
No había nadie, pero sí que había algo esperándome: un hábitat, una nave con provisiones y maquinaria, dos robots auxiliares y un transporte. Todo eso se hallaba ya en Marte, esperando mi llegada.
Ya he contado cómo fueron mis primeros días, preparando la maquinaria y el hábitat, montando el invernadero y finalmente explorando. También he narrado lo que significa ser la persona más solitaria que haya podido existir en la historia. Ni siquiera quienes fueron a la Antártida o a la Luna llegaron a estar tan solos como yo. En todos los sentidos del término.
Al principio envié muchas transmisiones, pero luego las fui espaciando cada vez más. Cuando se cumplió mi primer año marciano apenas enviaba una a la semana. A los cuatro años, tan sólo transmitía cada dos o tres meses. Y finalmente, hace ya seis meses desde que envié la última.
Esta grabación probablemente no la envíe, pero es porque no puedo. Con la tormenta de polvo, los paneles solares están al mínimo y además pienso reducir la potencia del reactor hasta quedarme congelado de frío.
Pero nuevamente me estoy adelantando.
Antes de explicar porqué, debo exponer mis sentimientos.
Mi hijo, Pete. Hace seis meses, como ya dije, que no le envío ninguna transmisión. Pero lo cierto es que él tampoco me ha enviado nada.
La Tierra dispone de grandes antenas y puede enviarme cualquier cosa siempre que esté dispuesta a gastar la energía necesaria; y la verdad es que casi siempre ha sido así. Gracias a ello, he podido disfrutar de las principales películas y estar al tanto de las noticias del planeta, algo que franlmente me motiva cada día menos. También he recibido mensajes de todo tipo a través de la red. Al principio yo siempre respondía; pero emitir requiere mucha más energía que recibir y la verdad es que no dispongo de tanta. Finalmente, dejé mis intervenciones en la red al mínimo, y que desde Houston se encargaran de mis redes sociales. Mi otro yo virtual lo estaba haciendo tan bien que muy pocas veces me encontré en la tesitura de corregirle.
Por otro lado, lo cierto es que el público ya había perdido el interés. Al principio, algunos medios plantearon la misión como una especie de suicidio por mi parte. Sí, es cierto que esperaba morir en Marte, pero eso no sucedería en pocos meses; de ahí que cuando pasaron los meses y yo seguía vivo, la gente perdió todo interés por el «loco de Marte».
Los mensajes incluían a mi familia, como no podía ser menos. Mis padres me enviaron las típicas notas de orgullo y de pena por no estar con ellos en ciertos momentos. Mi ex me envió alguna que otra nota, sobre todo informes del desarrollo de Pete. Y mi hijo, en especial, me envió abundantes mensajes.
Yo trataba de responder sobre todo a las notas de Pete lo más rápidamente que podía.
Pero apreciaba cierta sensación de tristeza. «Papá, ¿por qué no estabas en mi cumpleaños? ¿Podrás venir para el próximo?» y otras por el estilo. Me hacían sentir culpable por abandonarlo, lo que ya había ocurrido antes de venir aquí, a Marte.
Además, Pete fue creciendo y ya no le hizo falta hablar con su padre; más bien llegó el momento en que quiso despegarse, y salieron a relucir los típicos problemas adolescentes. El joven ya no quiso saber nada de su padre, «ese loco que se fue a morir a Marte».
Así que yo también dejé de enviarle mensajes.
Algo similar me sucedió con las mujeres. No me refiero a mi ex, sino a las novias que aparecieron. Antes de partir conocí a dos que se mostraron emocionadas por mi valor. Y muy dispuestas a satisfacerme para dejar un buen recuerdo. Ninguna sabía de la existencia de la otra, por supuesto. O eso creo yo. En todo caso, si por casualidad es ahora cuando vienen a enterarse, no es cuestión que me preocupe.
Intercambié mensajes con ellas dos y con otras que conocí más tarde, pero la cosa fue menguando. Aún he podido enviar un mensaje a Marilyn, mi última novia, y eso fue hace ya seis meses.
No voy a comentar cómo he sobrellevado ese problema, pero a fin de cuentas no soy el primer hombre que se encuentra solo. Aunque tan solo como yo, ¡nadie!
Por lo demás, la soledad es fácil de sobrellevar si uno está ocupado. Y por cierto que sobrevivir en Marte es un trabajo duro, con muy poco tiempo libre.
Tan sólo montar el invernadero y llevar las cosechas hasta conseguir las primeras verduras me mantuvo ocupado durante la mitad del tiempo. Aparte de eso, reciclar los residuos para tener agua potable y algo de aire, limpiar, hacer la comida y realizar las labores diarias ya servía para ocuparme el resto del tiempo. Cuando podía, salía a explorar, pero sin alejarme demasiado: sólo me atreví a recorrer más de una hora en el transporte cuando pude conseguir que los sistemas estuvieran razonablemente controlados. Hasta entonces, apenas exploré los alrededores de la base.
Al final de todos los días, sólo disponía de unas pocas horas para descansar, que ocupaba leyendo, viendo alguna película o respondiendo a los mensajes.
Así fue durante los primeros once meses. Luego fui entrando, poco a poco, en una cierta monotonía. No en el sentido desagradable del término, sino en el de un hábito que resulta agradable de mantener.
Para cuando cumplí el primer año marciano, de veinticuatro meses, ya tenía un par de cosechas recogidas (con luz y calor artificial las plantas crecen bastante rápido) y el sistema de reciclado de aire y agua aportaba una buena fracción de lo que necesitaba.
Recibí mi primer envío con mucha ilusión. No había habido tiempo para que incluyeran algunas cosas que eché en falta al llegar, pero eso ya sería en el siguiente envío. No obstante, ahora pude disponer de una buena colección de alimentos ya preparados, agua, oxígeno y algunos lujos como un disco de mayor capacidad para el ordenador central, con programas más avanzados.
No voy a describir toda mi vida, porque ya lo he hecho en los distintos mensajes anteriores. Acabo de observar que el indicador de oxígeno señala que estoy cerca de llegar al mínimo. Eso sucederá dentro de un par de horas, si mis cálculos no fallan. Cuando eso suceda, dejaré este mensaje grabado y procederé a bajar la temperatura, para que la anoxia me llegue sin que lo note. Tendré algo de frío y sueño, pero nunca despertaré.
¿Qué es lo que finalmente me ha llevado a tomar esta decisión? Pues una tormenta de polvo que lleva ya dos meses sin mostrar indicios de parar.
La primera tormenta de polvo llegó a los trece meses de mi llegada, y duró seis días. Durante ese tiempo tuve que encerrarme en casa, mientras afuera soplaba un viento furioso.
Los vientos en Marte son de poca intensidad, pero sólo porque el aire es muy tenue. Es poco probable que el viento lo arrastre a uno; pero la visibilidad es nula y si uno se atreve a salir se puede perder a los pocos metros. La única vez que tuve que salir fue para sellar una compuerta en el invernadero, y usé un hilo al estilo de Aridacna para no perderme. Incluso así casi me extravío, pues por un momento no fui capaz de encontrar el hilo sobre el suelo.
A la semana llegó otra tormenta y luego una tercera. Era la temporada de las tormentas, evidentemente, y ya estaba prevista. Tenía que mantenerlo todo cerrado para impedir la entrada de polvo que podía averiar cualquier aparato.
Tras la última tormenta de la temporada tuve que limpiar algunos filtros, pero no pasó nada serio. Los paneles solares se cubrieron de polvo, reduciendo bastante la aportación de energía, pero disponía también de un pequeño reactor nuclear. De todos modos, siempre procuraba limpiar los paneles después de cada tormenta.
En mi segundo año marciano no hubo tormentas, pero sí en el tercero. Hubo cuatro, siendo la segunda la más prolongada, pues duró casi un mes y cuando acabó tuve que reparar un par de bombas atascadas en el invernadero.
En el cuarto año no hubo tormentas, pues parece haber un ciclo de dos años marcianos, algo que habría que estudiar. Se lo dejo a futuros habitantes.
Este quinto año tocaban tormentas y la actual es la segunda. La primera fue breve, pues sólo duró un día, pero la segunda es la más prolongada que he vivido en este planeta.
No sólo los paneles solares están inoperativos, lo peor es que el sistema de bombeo de aire está roto; probablemente alguna de las bombas tiene polvo y se ha atascado. Para arreglarlo debería salir, pero no puedo hacerlo con esta tormenta. Y aunque pudiera, tampoco puedo hacer nada ya que para limpiar una bomba debo tener un aire despejado, o sólo servirá para que se llene aún más de polvo. Tampoco podría desmontarla y traerla aquí dentro, pues se trata de equipo esencial para la supervivencia.
En resumen, que no puedo hacer nada. Y el oxígeno se ha ido reduciendo hasta casi llegar al mínimo.
Si la tormenta se detuviera ahora mismo, podría contar con el oxígeno que tengo en el traje, con tiempo suficiente para limpiar la bomba y ponerla en marcha. Pero no se detiene.
He parado el reactor nuclear para que baje la temperatura. Ya empieza a hacer frío, y el oxígeno está muy cerca del límite. Todavía no aprecio su falta, pero será cuestión de minutos, una hora tal vez.
Voy a dejar aquí esta grabación. Finalmente, parece que voy a morir en Marte.
Buscaré una película interesante hasta que llegue la hora. Sentiré sueño, me acostaré y no despertaré…
(…)
Bien, inesperadamente las cosas han cambiado. Esta grabación la enviaré tan pronto como pueda transmitir, ahora que la tormenta ya está amainando.
Fue una verdadera sorpresa. Ya estaba cansado de oír la alarma de la bomba de oxígeno y mientras veía la película la ignoraba, como siempre.
Pero de repente dejé de oírla, y eso sí que me sorprendió. ¡La bomba se había puesto en marcha por sí sola! Supongo que la partícula que impedía el giro de alguna pieza se había soltado, liberándola; hasta que no la examine no podré saber bien lo que ha ocurrido. Pero lo importante es que el nivel de oxígeno ahora está subiendo.
He vuelto a activar el reactor, pues ya no hay motivo para aguantar este frío glacial.
Finalmente, no me voy a dejar morir. Seguiré luchando por mi vida y cuando me llegue el momento, será por un accidente o algo igualmente inesperado.
Incluso es posible que me llegue en la Tierra. No lo había comentado porque antes no valía la pena; pero nuevamente se está hablando de enviar aquí una tripulación, y esta vez vendría con una nave para regresar. Uno o dos de ellos se quedarían aquí, y yo podría irme.
Es una posibilidad que debo considerar.
Aunque no estoy muy seguro de que desee volver a la Tierra. Mi planeta es Marte.
Yo soy el primer marciano, de eso no cabe ninguna duda.
16 diciembre 2011
Crónicas Venusianas
Eduardo contemplaba en la pantalla la magnífica desolación. La superficie de Venus, seca, ardiente, borrosa bajo un aire cientos de veces más denso que el de la Tierra.
Él se hallaba a bordo de Afrodita, la Ciudad Flotante, a cientos de kilómetros por encima, lejos de las nubes de ácido y de las tormentas perpetuas.
Tenía un sirviente mecánico allá abajo, en la superficie. Una máquina que parecía el resultado de un cruce entre un tanque, un submarino y una enorme langosta. El robot RVA-012 transmitía lo que captaban sus ojos/cámaras a la Ciudad Flotante.
RVA-012 buscaba recursos para una agotada Tierra, donde se habían agotado muchos metales. Venus era un mundo duro pero sin explotar, y muchas corporaciones comerciales habían conseguido contratos de explotación de sus recursos.
Eduardo era un técnico contratado por la Venus Enterprise Inc y vivía en un habitáculo de la empresa, comía en sus comedores y vestía sus uniformes. De su sueldo se descontaban los gastos y por eso debía trabajar 12 horas diarias, para pagar sus deudas; de lo contrario, la empresa lo despediría y… ¿a dónde ir en Ciudad Flotante, si todo está controlado por las corporaciones? Sólo tenía el suburbio, donde malvivían a duras penas los desempleados con delincuentes y otros proscritos.
De todos modos, a Eduardo no le preocupaba tener que trabajar 12 horas, pues lo hacía ante una consola, controlando el robot explorador. Y aparte de comer, dormir y demás necesidades, no tenía otra cosa que hacer; incluso las diversiones estaban a cargo de la empresa, así que no eran más que otra forma de endeudarse.
El robot buscaba nódulos minerales, unas estructuras típicas de Venus, parecidas a perlas y que se formaban de un modo parecido según los científicos. Unos seres vivos flotaban en la atmósfera superior, y a veces también en la inferior; algunos de ellos acumulaban metales en su organismo y cuando pesaban demasiado los expulsaban, formando pequeñas bolitas que caían al suelo.
La existencia de vida en Venus había supuesto toda una sorpresa. Las condiciones eran infernales, ¡y sin embargo había vida!
En el pasado no había sido siempre así. Las huellas estaban por todas partes: millones de años atrás, Venus había tenido un aire más tenue, grandes océanos, y vida en abundancia. Pero las condiciones cambiaron, se entró en una espiral de descontrol y al final todos los océanos se evaporaron, la vida casi desapareció. Venus pasó de ser un paraíso a un infierno.
Entre los entretenimientos que había comprado a la empresa, Eduardo tenía una biblioteca de ficción antigua, sobre todo libros y películas del siglo 20. Entre los libros digitalizados, tenía reproducciones de antiguos «pulp», una especie de revistas en papel de poca calidad. Algunas de esas revistas contenían historias divertidas y entretenidas de cómo imaginaban los viajes espaciales aquellas gentes antiguas.
Eduardo leía historias de un Venus imposible. Un planeta donde habían enormes selvas pobladas por animales prehistóricos, y donde sus habitantes eran humanos, más o menos parecidos a los terrestres. También había historias de otros mundos, como Marte, pero las que más agradaban a Eduardo eran las de Venus.
¡Cuánto habría deseado vivir en ese planeta mitológico! Viajar por aquellos océanos, acompañando a hermosas princesas en guerra contra reinos hostiles, o luchando contra dinosaurios con armas increíbles. En sus sueños, Eduardo se veía a menudo como un héroe de ficción, vestido con una camiseta ajustada, que mostraba toda su musculatura, y un diminuto pantalón. Sus fuertes piernas terminaban en un calzado muy ajustado, y sin embargo cómodo. Podía completar el equipo con una vistosa capa, o tal vez un casco sobre la cabeza. Sus compañeras vestían aún menos que él: apenas unas tiras de tela para cubrir sus partes pudendas. Todas ellas eran preciosas y se morían por su ayuda.
Eduardo despertó. ¡Se había dormido ante los controles! Esperaba que no lo hubieran detectado los sistemas de verificación automática.
¡Un momento! El robot estaba mostrando algo en la pantalla. ¡Un nódulo!
¡Era enorme! Debía medir más de diez centímetros de diámetro. Era de un blanco azulado, casi como vidrio, no parecía un nódulo típico. De hecho, era demasiado grande para ser un nódulo normal.
Dio orden al robot para que lo expidiera de inmediato para su análisis. Y él controlaría dicho análisis, como era su labor.
El robot colocó al nódulo en un contenedor de globo. Una pequeña cápsula, con un globo destinado a subir hasta la Ciudad.
Unas horas más tarde, cuando de hecho debería estar durmiendo, Eduardo se pudo hacer con la cápsula y el globo. Tomando las debidas precauciones, extrajo el nódulo, lo lavó y desinfectó para poder tomarlo con las manos.
Raras veces podía tener en sus manos un nódulo, pero nunca había visto algo como aquello. Eduardo sabía bien que todos sus actos estaban siendo monitorizados, así que ni se le pasó por la cabeza quedarse con aquel objeto.
Pero era extraño. Parecía una cápsula de cristal.
Incluso daba la impresión de tener algo dentro…
Eduardo la acercó a los ojos. Y vio algo dentro de la cápsula.
No sólo podía ver el interior. En su cabeza oía una voz. Y la imagen se expandió ante sus ojos…
Era una preciosa joven de piel azulada y orejas puntiagudas, pero aparte de eso muy humana. ¡Tremendamente humana!
Con pelo rojo, muy largo, ojos negros de grandes pestañas, boca generosa y redonda, pechos prominentes (el pezón se marcaba claramente bajo una diminuta tela), cintura estrecha, grandes caderas con otra minúscula pieza de tela triangular; y finalmente, piernas muy bien torneadas. Era una mujer realmente deseable y le hablaba con una voz dulce, musical.
«Hombre del futuro, me llamo Ishtar y te hablo desde el remoto pasado. Mi mundo se muere, las selvas se están agostando, los océanos se evaporan y todas las grandes bestias se están muriendo. Mi pueblo está condenado a la extinción, pero me han encomendado a mí, su reina, que deje al menos un recuerdo. Con los pocos recursos que nos quedan, hemos construido una máquina para grabar esta cápsula, que esperamos pueda sobrevivir millones de años hasta que algún ser inteligente la encuentre.
Sólo te pido una cosa: que nos recuerdes. Que pidas a los tuyos que cuiden nuestros restos.
Y una advertencia: no se de donde podréis venir vosotros, pero si como creo procedéis del tercer planeta, cuídenlo. Los puede suceder lo mismo que a nosotros, que consumimos nuestros recursos sin control y, sin quererlo, matamos nuestro mundo.
Recibe un saludo de Ishtar».
Él se hallaba a bordo de Afrodita, la Ciudad Flotante, a cientos de kilómetros por encima, lejos de las nubes de ácido y de las tormentas perpetuas.
Tenía un sirviente mecánico allá abajo, en la superficie. Una máquina que parecía el resultado de un cruce entre un tanque, un submarino y una enorme langosta. El robot RVA-012 transmitía lo que captaban sus ojos/cámaras a la Ciudad Flotante.
RVA-012 buscaba recursos para una agotada Tierra, donde se habían agotado muchos metales. Venus era un mundo duro pero sin explotar, y muchas corporaciones comerciales habían conseguido contratos de explotación de sus recursos.
Eduardo era un técnico contratado por la Venus Enterprise Inc y vivía en un habitáculo de la empresa, comía en sus comedores y vestía sus uniformes. De su sueldo se descontaban los gastos y por eso debía trabajar 12 horas diarias, para pagar sus deudas; de lo contrario, la empresa lo despediría y… ¿a dónde ir en Ciudad Flotante, si todo está controlado por las corporaciones? Sólo tenía el suburbio, donde malvivían a duras penas los desempleados con delincuentes y otros proscritos.
De todos modos, a Eduardo no le preocupaba tener que trabajar 12 horas, pues lo hacía ante una consola, controlando el robot explorador. Y aparte de comer, dormir y demás necesidades, no tenía otra cosa que hacer; incluso las diversiones estaban a cargo de la empresa, así que no eran más que otra forma de endeudarse.
El robot buscaba nódulos minerales, unas estructuras típicas de Venus, parecidas a perlas y que se formaban de un modo parecido según los científicos. Unos seres vivos flotaban en la atmósfera superior, y a veces también en la inferior; algunos de ellos acumulaban metales en su organismo y cuando pesaban demasiado los expulsaban, formando pequeñas bolitas que caían al suelo.
La existencia de vida en Venus había supuesto toda una sorpresa. Las condiciones eran infernales, ¡y sin embargo había vida!
En el pasado no había sido siempre así. Las huellas estaban por todas partes: millones de años atrás, Venus había tenido un aire más tenue, grandes océanos, y vida en abundancia. Pero las condiciones cambiaron, se entró en una espiral de descontrol y al final todos los océanos se evaporaron, la vida casi desapareció. Venus pasó de ser un paraíso a un infierno.
Entre los entretenimientos que había comprado a la empresa, Eduardo tenía una biblioteca de ficción antigua, sobre todo libros y películas del siglo 20. Entre los libros digitalizados, tenía reproducciones de antiguos «pulp», una especie de revistas en papel de poca calidad. Algunas de esas revistas contenían historias divertidas y entretenidas de cómo imaginaban los viajes espaciales aquellas gentes antiguas.
Eduardo leía historias de un Venus imposible. Un planeta donde habían enormes selvas pobladas por animales prehistóricos, y donde sus habitantes eran humanos, más o menos parecidos a los terrestres. También había historias de otros mundos, como Marte, pero las que más agradaban a Eduardo eran las de Venus.
¡Cuánto habría deseado vivir en ese planeta mitológico! Viajar por aquellos océanos, acompañando a hermosas princesas en guerra contra reinos hostiles, o luchando contra dinosaurios con armas increíbles. En sus sueños, Eduardo se veía a menudo como un héroe de ficción, vestido con una camiseta ajustada, que mostraba toda su musculatura, y un diminuto pantalón. Sus fuertes piernas terminaban en un calzado muy ajustado, y sin embargo cómodo. Podía completar el equipo con una vistosa capa, o tal vez un casco sobre la cabeza. Sus compañeras vestían aún menos que él: apenas unas tiras de tela para cubrir sus partes pudendas. Todas ellas eran preciosas y se morían por su ayuda.
Eduardo despertó. ¡Se había dormido ante los controles! Esperaba que no lo hubieran detectado los sistemas de verificación automática.
¡Un momento! El robot estaba mostrando algo en la pantalla. ¡Un nódulo!
¡Era enorme! Debía medir más de diez centímetros de diámetro. Era de un blanco azulado, casi como vidrio, no parecía un nódulo típico. De hecho, era demasiado grande para ser un nódulo normal.
Dio orden al robot para que lo expidiera de inmediato para su análisis. Y él controlaría dicho análisis, como era su labor.
El robot colocó al nódulo en un contenedor de globo. Una pequeña cápsula, con un globo destinado a subir hasta la Ciudad.
Unas horas más tarde, cuando de hecho debería estar durmiendo, Eduardo se pudo hacer con la cápsula y el globo. Tomando las debidas precauciones, extrajo el nódulo, lo lavó y desinfectó para poder tomarlo con las manos.
Raras veces podía tener en sus manos un nódulo, pero nunca había visto algo como aquello. Eduardo sabía bien que todos sus actos estaban siendo monitorizados, así que ni se le pasó por la cabeza quedarse con aquel objeto.
Pero era extraño. Parecía una cápsula de cristal.
Incluso daba la impresión de tener algo dentro…
Eduardo la acercó a los ojos. Y vio algo dentro de la cápsula.
No sólo podía ver el interior. En su cabeza oía una voz. Y la imagen se expandió ante sus ojos…
Era una preciosa joven de piel azulada y orejas puntiagudas, pero aparte de eso muy humana. ¡Tremendamente humana!
Con pelo rojo, muy largo, ojos negros de grandes pestañas, boca generosa y redonda, pechos prominentes (el pezón se marcaba claramente bajo una diminuta tela), cintura estrecha, grandes caderas con otra minúscula pieza de tela triangular; y finalmente, piernas muy bien torneadas. Era una mujer realmente deseable y le hablaba con una voz dulce, musical.
«Hombre del futuro, me llamo Ishtar y te hablo desde el remoto pasado. Mi mundo se muere, las selvas se están agostando, los océanos se evaporan y todas las grandes bestias se están muriendo. Mi pueblo está condenado a la extinción, pero me han encomendado a mí, su reina, que deje al menos un recuerdo. Con los pocos recursos que nos quedan, hemos construido una máquina para grabar esta cápsula, que esperamos pueda sobrevivir millones de años hasta que algún ser inteligente la encuentre.
Sólo te pido una cosa: que nos recuerdes. Que pidas a los tuyos que cuiden nuestros restos.
Y una advertencia: no se de donde podréis venir vosotros, pero si como creo procedéis del tercer planeta, cuídenlo. Los puede suceder lo mismo que a nosotros, que consumimos nuestros recursos sin control y, sin quererlo, matamos nuestro mundo.
Recibe un saludo de Ishtar».
11 diciembre 2011
EVA
Eva Godness estaba totalmente sola en el planeta. Pero Eva tenía un equipo completo de microingeniería.
Eva tomó unas cuantas células de su propio cuerpo y separó algunos cromosomas X de ellas. Sometiéndolos al proceso de reducción creado años atrás por Huendel, Eva fabricó cromosomas Y.
Finalmente, Eva insertó un cromosoma Y en unas cuantas células, sustituyendo a un cromosoma X.
De esa forma, Eva fabricó algunas células con el genoma de un macho.
Con esas células, Eva elaboró unos clones masculinos. También creó otros clones femeninos, con su propio genoma intacto.
La diosa Eva podría haberse puesto en hibernación, pero no se fiaba de los programas automáticos de enseñanza para los clones. Así que ella misma supervisó todo el desarrollo de los clones, machos y hembras.
Por algún motivo desconocido, Eva fabricó más machos que hembras. Y cuando transcurrieron los años precisos, todos los clones alcanzaron la madurez sexual. Se aparearon entre ellos. Pero como sobraban algunos machos, Eva se reservó para sí varios clones masculinos.
Así la diosa Eva pudo complacer su apetito sexual.
Y todos llegaron a tener hijos. Todos eran hijos de Eva, la diosa, pues incluso los que no habían sido concebidos por ella en persona, lo habían sido por alguno de sus clones, idénticos a ella. Y porque todos los padres de los niños eran clones de Eva.
Y sin embargo, todos eran diferentes, pues Eva, en su gran sabiduría, halló la manera de alterar los genes, cambiando caracteres a capricho. Unos clones tenían la piel clara, otros más oscura, unos pelo negro, otros rubio; los había más inteligentes, y otros algo menos listos; unos era altos, otros más bajos; algunos más fuertes y corpulentos, otros más delgados. Y así un largo etcétera.
Pasaron los años.
Y pasaron varias generaciones. Eva descansó al fin.
El planeta se llenó con los hijos de Eva, la Diosa Madre.
Eva tomó unas cuantas células de su propio cuerpo y separó algunos cromosomas X de ellas. Sometiéndolos al proceso de reducción creado años atrás por Huendel, Eva fabricó cromosomas Y.
Finalmente, Eva insertó un cromosoma Y en unas cuantas células, sustituyendo a un cromosoma X.
De esa forma, Eva fabricó algunas células con el genoma de un macho.
Con esas células, Eva elaboró unos clones masculinos. También creó otros clones femeninos, con su propio genoma intacto.
La diosa Eva podría haberse puesto en hibernación, pero no se fiaba de los programas automáticos de enseñanza para los clones. Así que ella misma supervisó todo el desarrollo de los clones, machos y hembras.
Por algún motivo desconocido, Eva fabricó más machos que hembras. Y cuando transcurrieron los años precisos, todos los clones alcanzaron la madurez sexual. Se aparearon entre ellos. Pero como sobraban algunos machos, Eva se reservó para sí varios clones masculinos.
Así la diosa Eva pudo complacer su apetito sexual.
Y todos llegaron a tener hijos. Todos eran hijos de Eva, la diosa, pues incluso los que no habían sido concebidos por ella en persona, lo habían sido por alguno de sus clones, idénticos a ella. Y porque todos los padres de los niños eran clones de Eva.
Y sin embargo, todos eran diferentes, pues Eva, en su gran sabiduría, halló la manera de alterar los genes, cambiando caracteres a capricho. Unos clones tenían la piel clara, otros más oscura, unos pelo negro, otros rubio; los había más inteligentes, y otros algo menos listos; unos era altos, otros más bajos; algunos más fuertes y corpulentos, otros más delgados. Y así un largo etcétera.
Pasaron los años.
Y pasaron varias generaciones. Eva descansó al fin.
El planeta se llenó con los hijos de Eva, la Diosa Madre.
08 diciembre 2011
FURTIVOS
Solos en la noche, Lut y su grupo caminan por el centro de la calle.
La oscuridad es total. Reina el silencio.
No llega ni un solo ruido de los edificios ni de los vehículos parados junto a los bordillos.
En el cielo sin Luna y despejado, miles de estrellas.
Nadie las mira. Todos los sentidos están puestos en andar por la oscura calle, sorteando los obstáculos.
De pronto, el fino olfato del jefe señala el objetivo.
—Ya estamos cerca —indica Lut—. ¡Ahora todo el mundo en silencio!
Ya pueden apreciar el fuerte olor de sus presas.
Cruzan la puerta abierta del edificio con movimientos furtivos, guiados por el olor. Llegan a otra puerta. Está cerrada.
Del otro lado llega un rumor, un pequeño ruido apenas perceptible.
Alzándose sobre sus patas traseras, Lut se apoya en la pestilla de la puerta.
Se abre.
Todos los perros entran en tromba al interior del gallinero automatizado, donde las máquinas aún funcionan alimentando a mil gallinas.
Sobre el ruido de los sistemas automáticos se alza la algarabía de las pobres gallinas. Cacarean estruendosa e inútilmente. Saben que no tienen salvación frente a la jauría de perros hambrientos.
Los amos humanos ya nunca vendrán a salvarlas.
La oscuridad es total. Reina el silencio.
No llega ni un solo ruido de los edificios ni de los vehículos parados junto a los bordillos.
En el cielo sin Luna y despejado, miles de estrellas.
Nadie las mira. Todos los sentidos están puestos en andar por la oscura calle, sorteando los obstáculos.
De pronto, el fino olfato del jefe señala el objetivo.
—Ya estamos cerca —indica Lut—. ¡Ahora todo el mundo en silencio!
Ya pueden apreciar el fuerte olor de sus presas.
Cruzan la puerta abierta del edificio con movimientos furtivos, guiados por el olor. Llegan a otra puerta. Está cerrada.
Del otro lado llega un rumor, un pequeño ruido apenas perceptible.
Alzándose sobre sus patas traseras, Lut se apoya en la pestilla de la puerta.
Se abre.
Todos los perros entran en tromba al interior del gallinero automatizado, donde las máquinas aún funcionan alimentando a mil gallinas.
Sobre el ruido de los sistemas automáticos se alza la algarabía de las pobres gallinas. Cacarean estruendosa e inútilmente. Saben que no tienen salvación frente a la jauría de perros hambrientos.
Los amos humanos ya nunca vendrán a salvarlas.
07 diciembre 2011
FECUNDACIÓN
La sonda espacial «Espacio Profundo» ha alcanzado su destino: la nube molecular entre las estrellas. Durante largos años había mantenido los sistemas al mínimo pero ahora, alcanzado el objetivo, todos ellos se han activado. Todos menos una cámara de UV, pero nada es perfecto…
Se abren portezuelas, se despliegan antenas, se disparan chorros de los motores de posición.
Salvo la dichosa cámara, todos los equipos empiezan a tomar datos y a transmitirlos hacia la lejana Tierra, a donde llegarán varios años más tarde.
Durante millones de años, las moléculas y partículas sólidas de la nube habían mantenido un total equilibrio. Sustancias orgánicas de gran complejidad se habían formado muy despacio, cada vez que algunos átomos o moléculas más simples habían chocado llevados por sus vibraciones al azar. Pero, fuera de ese movimiento propio de las moléculas, nada se movía en la enorme nube. Ni una sola partícula de hielo tenía tendencia a agruparse con las demás.
Pero he aquí que ha aparecido un elemento nuevo y perturbador. Un objeto enviado por seres vivos de un planeta cercano está provocando movimientos entre las partículas heladas. Algunas se acercan y se ven atraídas por sus fuerzas gravitatorias. Se funden para formar una masa mayor, que a su vez atraerá a otras partículas…
El objeto, la sonda «Espacio Profundo», prosigue su camino. Ya ha cumplido sus dos funciones.
La primera, transmitir los datos a la Tierra de la nube molecular de donde procede toda la vida del Sistema Solar.
La segunda, permitir la formación de nuevos cometas que servirán para que la vida aparezca en otros planetas.
La nube ha sido fecundada una vez más.
Se abren portezuelas, se despliegan antenas, se disparan chorros de los motores de posición.
Salvo la dichosa cámara, todos los equipos empiezan a tomar datos y a transmitirlos hacia la lejana Tierra, a donde llegarán varios años más tarde.
Durante millones de años, las moléculas y partículas sólidas de la nube habían mantenido un total equilibrio. Sustancias orgánicas de gran complejidad se habían formado muy despacio, cada vez que algunos átomos o moléculas más simples habían chocado llevados por sus vibraciones al azar. Pero, fuera de ese movimiento propio de las moléculas, nada se movía en la enorme nube. Ni una sola partícula de hielo tenía tendencia a agruparse con las demás.
Pero he aquí que ha aparecido un elemento nuevo y perturbador. Un objeto enviado por seres vivos de un planeta cercano está provocando movimientos entre las partículas heladas. Algunas se acercan y se ven atraídas por sus fuerzas gravitatorias. Se funden para formar una masa mayor, que a su vez atraerá a otras partículas…
El objeto, la sonda «Espacio Profundo», prosigue su camino. Ya ha cumplido sus dos funciones.
La primera, transmitir los datos a la Tierra de la nube molecular de donde procede toda la vida del Sistema Solar.
La segunda, permitir la formación de nuevos cometas que servirán para que la vida aparezca en otros planetas.
La nube ha sido fecundada una vez más.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


