El Diario de Baldo Mero

Mi blog y el de Cabezón ;-)

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Nombre: Félix Díaz
Lugar: La Laguna, Canarias

Profesor de enseñanza secundaria en Tenerife (Canarias). También escribo relatos infantiles y ciencia ficción, entre otras cosas.

08 noviembre 2009

BENTORÁN

Cuando fue bautizado, Bentorán recibió el nombre de Juan Fernández de la Cruz. Pero eso fue una imposición de los conquistadores.
Para sí mismo, él seguía siendo Bentorán.
Todo empezó con aquella batalla en la llanura. Bentorán estuvo allí y aún lo recuerda.
Los gritos de muerte, los truenos de los arcabuces, el relinchar de los caballos, los sonidos de metales, de golpes, de pedradas.
Los olores. A pólvora, a sudor, a esos animales, los caballos. A sangre. A muerte.
Vio caer a muchos de los suyos. Y vio morir a su mencey.
Muchos se rindieron, otros huyeron al monte.
Más tarde vio como los castellanos persiguieron y buscaron a los huidos, matando a la mayoría, esclavizando a los demás.
Quienes se rindieron y aceptaron el vasallaje fueron perdonados.
Bentorán lo aceptó. Fue bautizado con un nombre castellano, abandonó su tamarco y sus xercos para recibir unas calzas, una camisa y unos zapatos de dura piel que casi nunca se ponía.
Abandonó su lengua y sus costumbres. Entró en la casa de Don Eduardo y allí estaba obligado a hablar en castellano. Cuando pasaba delante de una cruz debía persignarse, y los domingos iba a misa con todos los demás sirvientes.
También abandonó su cueva, allá por el barranco donde dicen Tegueste. Con su mujer, Aminda (ahora María de Fernández) y sus dos hijas, Sainara (Lucía) y Araya (Gloria), ahora vivía en una pequeña choza junto a la mansión de Don Eduardo.
Era un sitio frío y desapacible. Bentorán no entendía cómo era posible que los extranjeros hubieran fundado su ciudad en un sitio tan malo. Junto a la laguna, con tanta humedad que los verodes crecían en los tejados, que llovía a cada rato y las calles se embarraban hasta hacerse intransitables. Todo el mundo se enfermaba por el frío, y eso incluía a los castellanos.
Además, las ropas que les obligaban a llevar no abrigaban nada. Por la insistencia de Doña Carmen, la esposa de Don Eduardo, les habían entregado unos capotes viejos, llenos de agujeros y remiendos, que algo tapaban, pero no lo suficiente. Nada como un buen tamarco de piel.
Para Bentorán lo peor eran las calzas. Le apretaban las cosas de la hombría, hasta que se dio cuenta de que no tenía porqué apretárselas. Dejando colgar las calzas un poco bajo la cintura (se las amarraba con una cuerda), sus cosas quedaban libres y él no sentía tanta molestia.
Pero era un fastidio no poder llevar sus cosas al aire, bajo el tamarco. Al menos las mujeres sí que podían, con esas faldas que se ponían. Aunque Aminda (mejor dicho, María pues tenía que recordarse siempre que debía usar los nuevos nombres) le dijo que algunas señoras usaban una especie de calzas debajo de las faldas; gracias al cielo (por decirlo al estilo de los cristianos) las criadas no estaban obligadas a ello, tan sólo las señoras finas.
Fue una suerte para Juan Fernández (o Bentorán) que pudiera continuar como ganadero. Don Eduardo tenía unos grandes espacios de terreno donde plantaba trigo, vides, manzanos, almendros y otras plantas castellanas; y la mayoría de los sirvientes debían trabajar en el campo. Era un trabajo duro, con las espaldas dobladas y manejando unas herramientas desconocidas: palas, azadones, hoces, y otras por el estilo.
Pero Don Eduardo tenía también un rebaño de cabras y necesitaba un pastor para conducirlas a los sitios de pasto, cuidarlas y traerlas de nuevo. Ese fue el trabajo asignado a Bentorán.
Contaba con la ayuda de los perros, uno de ellos incluso había sido suyo y se lo había traído al señor cuando supo que él quería que fuera pastor.
Juan llevaba el rebaño a la montaña cercana, allí donde pudiera ver el Echeyde. Y le rezaba a Achamán.
Lo hacía únicamente cuando estaba totalmente seguro de estar solo, pues era una creencia prohibida. Todos insistían en ello. Don Eduardo, Don Félix (el cura), Doña Carmen, Don Felipe el Alguacil, todos insistían en que los viejos cultos estaban prohibidos.
Él mismo había visto cómo castigaban a una mujer por hacer una ofrenda a los viejos dioses.
Por eso procuraba que le vieran siempre que se persignaba ante una cruz. E iba a misa y se ponía de rodillas mientras el cura Don Félix decía unas cosas en un lenguaje incomprensible que llamaban latín. Aunque también decía cosas en castellano, lo hacía cuando se subía al púlpito. Hablaba entonces de la debida obediencia, de los castigos en el infierno, de los pecados de la carne y de otras cosas.
Juan no entendía eso del pecado de la carne. Y desde luego que él difícilmente podría pecar pues quienes único comían carne eran Don Eduardo y los suyos. Ni siquiera cuando mataban un baifo podían probar su carne: toda iba a la mesa de los señores y ¡ay de quien robara un trozo!
Así que si alguien pecaba con la carne serían los señores, o eso pensaba Bentorán-Juan Fernández.

Cuando subía a la montaña con las cabras, Bentorán buscaba su pequeña cueva. No era muy grande, apenas un refugio donde cobijarse en caso de mal tiempo. Pero allí guardaba un tamarco de piel con el que se abrigaba, unas tabonas y un gánigo de barro con vertedero para la leche.
Con todo, lo mejor de la cueva era que desde ella se apreciaba el Echeyde. Bentorán había picado la roca hasta dejar unos canalillos y un pequeño depósito en el que hacer su ofrenda.
Sabía que era el guañame a quien le correspondía hacerlo, pero el viejo guañame había muerto (se negó a recibir el bautismo); y Bentorán había visto en más de una ocasión como hacía las ofrendas.
Nada más llegar ordeñaba a una cabra, preferiblemente una que estuviera amamantando a su baifa. Manteniendo la cría apartada de la madre, y mientras balaba de hambre el pobre animal, Bentorán vertía la leche por los canalillos hasta el depósito. Allí se filtraba por unas grietas.
Mientras hacía eso, Bentorán pensaba en una plegaria para Achamán. La pensaba en la lengua antigua, pero no se atrevía a decirla en voz alta.
En ella, pedía a su dios que aceptara el sacrificio, que sintiera el clamor del pobre animal hambriento, y de sus pobres fieles bajo el vasallaje del extranjero. Que protegiera a sus tres mujeres y a él también. Pero sobre todo a su esposa y sus dos hijas. Y finalmente pedía perdón por no tener el valor de decirlo todo en voz alta, gritando incluso. En vez de eso, se escondía con unas ropas que no eran suyas y aparentaba unas creencias distintas a la de sus padres.
A continuación, ponía a la cría con su madre para que mamara tranquila, y él cogía el zurrón con gofio y desayunaba. A veces robaba algo de leche para acompañar. Pero robar era la palabra exacta, pues Don Eduardo exigía que las cabras se ordeñaran sólo en el corral, para asegurarse de que toda la leche llegaba a sus manos. Siempre entregaba un poco a su esposa («para las niñas», decía) pero rebajada con bastante agua («es que sola es muy fuerte»). Casi toda la producción lechera debía ser dedicada a fabricar queso.
Bentorán tenía su lanza para subir y bajar por la montaña y casi siempre la usaba para explorar el terreno donde pastaban las cabras. Luego se echaba un rato a descansar, seguro de que los perros ladrarían ante cualquier suceso.
Si no ocurría nada, al atardecer bajaba con el ganado y lo guardaba en el corral.
Así transcurrían casi todos los días. Los sábados debía recoger un buen fardo de hierba fresca que cargaba en el burro. Éste era llevado a media tarde por Paquito, el hijo de Pepe López (otro guanche bautizado al servicio de Don Eduardo). Paquito le ayudaba a recoger la hierba y entre los dos cargaban el animal. Luego bajaban juntos.
Al día siguiente, domingo, las cabras comían la hierba recogida pues no se las sacaba. Había que ir a misa y descansar, según las instrucciones de Don Eduardo.
Tras echar la hierba en los comederos, Juan se lavaba un poco (no podía ir a misa oliendo a cabra) y se ponía los zapatos (incomodísimos). Controlaba un poco que sus hijas estuvieran decentes (es decir con ropa limpia y calzado) y se dirigía con ellas y su mujer a la iglesia, siempre detrás de Don Eduardo, con toda la servidumbre.
No se quedaba nadie en la casa, y Don Eduardo pasaba la llave de la puerta.
En la iglesia, Don Eduardo se sentaba en primera fila, y ellos se quedaban al fondo, de pie. Sólo se arrodillaban en los momentos precisos y finalmente salían todos en el mismo orden en que entraron, es decir primero Don Eduardo y su familia y detrás todos los sirvientes.
El resto del día lo pasaban en la casa trabajando como nunca, pues los únicos que descansaban eran los dueños. Había que cocinar, limpiar, recoger, y hacer otras labores que no podían esperar.
Bentorán-Juan, en particular, tenía que limpiar el establo pues los otros días no podía hacerlo.

Casi nunca había nada interesante que comentar. Incluso los servidores que atendían directamente a los señores (como su propia esposa, Aminda-María), apenas averiguaban algo digno de comentar. Algún alzado que era encontrado y castigado, alguna pestilencia en otros lugares, de vez en cuando algún comentario sobre infidelidades conyugales, cuestiones familiares sin importancia y cosas por el estilo.
Sólo una vez María oyó algo interesante para comentarlo con su esposo. Había un barco que estaba reclutando gente para irse a las Américas.
Bentorán sabía lo que era un barco, aunque nunca había visto uno. Era un objeto grande, como una casa, que iba sobre el mar y que usaban los castellanos para viajar.
Las Américas eran un lugar muy lejano, al que se podía ir en barco pero que estaba lejos, mucho más lejos que la Península. Se decía que quien iba allí no volvía, ya que el viaje era tan difícil que no valía la pena regresar.
En América había tierras vacías, aunque no estaban realmente vacías pues había unas gentes que llamaban indios. A veces había que luchar contra ellos, y otras veces no.
Eso es lo que pudo averiguar María, y su esposo Juan lo completó con lo que había averiguado aquí y allá.
Lo más interesante parecía ser que a quien viajaba hacia allá se le perdonaban las culpas. Por eso muchos ladrones aceptaban irse a cambio de conservar la vida. Incluso algún alzado aceptó el destierro.
Pero Bentorán no se imaginaba a sí mismo abandonando su tierra para ir a un lugar desconocido. Mucho menos si eso significaba dejar a su familia. Aunque por lo visto muchos viajaban con su mujer e hijos…

Cierto día le llamó la atención no encontrar el gánigo donde solía dejarlo. Era un lunes, pero estaba casi seguro de que el último día que lo había cogido, el sábado anterior, no lo había puesto allí.
No le dio mayor importancia, y se dedicó a vigilar el ganado como siempre.
Al mediodía se echó a dormir un rato. Era un día de verano bastante caluroso. En los viejos tiempos, Bentorán habría estado en los campos comunales de Las Cañadas, allá arriba cerca del Echeyde; siempre temiendo que Guayota asomara su fea cabeza entre el fuego, y siempre pidiéndole a Achamán que lo evitara.
Tuvo un sueño extraño. En él podía ver el Echeyde libre de nubes y mucho más cercano. Parecía no tener la misma forma. ¡Si, le falta la punta!
Un monstruo rojo con cuernos salió de su cima entre llamaradas; se parecía muchísimo a la descripción que hacían los curas del demonio, pero éste era Guayota, no el Lucifer de los cristianos.
De repente aparecía Achamán y le prpponaba un fuerte golpe con el banot. Guayota escondía su cabeza dentro del Echeyde, y Achamán ponía una tapa sobre el vocán, que ahora sí tenía la forma que Bentorán conocía.
Achamán se quedó al lado, vigilante. Parecía un mencey, vestido con su tamarco, su gorro y su banot, pero mucho más grande que un hombre normal. Tan grande que tenía la misma altura que el Echeyde.
De pronto pareció fijarse en Bentorán y le habló con voz de trueno:
—Debes esconderte, Bentorán. Los extranjeros saben que tú me haces ofrendas y vienen a prenderte.
—Pero, ¿qué será de mi mujer y mis niñas?
—Aminda, Sainara y Araya estarán bien, en la casa del extranjero. Yo cuidaré de ellas, aunque ellas no lo sepan. Tú debes huir.
—¿Y el ganado? ¿Y los perros?
—¡Olvídate del ganado! Que se lo lleven quienes vienen en tu busca, pues son del mismo señor.
Bentorán se despertó. Aferrando su lanza, se asomó a la cima de la montaña.
Por la ladera subían varios hombres, algunos de ellos armados. Parecían soldados, con sus corazas, sus picas y sus arcabuces.
No esperó más. Saltando con la lanza, se lanzó barranco abajo todo lo deprisa que pudo, por la otra ladera.
Oyó una voz que gritaba: —¡Juan Fernández! ¡Estás bajo arresto! ¡No opongas resistencia, o serás hombre muerto!
Pero él ya estaba saltando entre las tabaibas y los dragos. No lo vieron.
Pasó la noche escondido en el barranco. Antes pudo oír a los hombres que lo buscaban, pero al hacerse de noche dejaron de hacerlo.
Bentorán conocía bien el camino así que huyó por la noche. Caminó hacia los montes cercanos, en las tierras de Anaga.
Ahora él se había convertido en un alzado.

Durante muchos días, Bentorán vivió en el monte. Con unas tabonas que fabricó y unas pieles que robó se hizo un tamarco. Encontró una cueva y en ella se hizo su hogar.
Comía lo que encontraba en el monte o lo que conseguía robar. Cierta vez consiguió hacerse con un baifo y pudo comer carne por unos días. Con el trigo o la cebada que pudo recoger de noche se hizo gofio.
Siempre trataba de encender fuego el menor número de veces posible.
Hizo amistad con otros alzados que, como él, se escondían en las selvas de Taganana. Juntos, bajaban hasta la costa para marisquear mientras uno de ellos vigilaba.
Nunca supo de cómo les iba a su mujer y sus hijas, pues no tenía forma de mantener el contacto.
Sí supo, en cambio, cómo fue descubierto. Fue Paquito, el joven que subía los sábados con el burro, quien subió un domingo a su cueva y descubrió el gánigo, las tabonas y los canalillos en la roca. Se lo contó a Don Eduardo y lo demás era ya sabido.
Lo comprendió unos días más tarde, cuando consiguió acercarse a la montaña donde antes llevaba el ganado. Y allí estaba Paquito, en su cueva, vigilando el ganado.
Le dieron ganas de darle una pedrada, pero eso habría sido complicarse más la vida. Y tal vez poner en peligro a sus tres mujeres.
Así que se fue tal como vino, subrepticiamente.

Se fue el verano y vino el invierno. El agua corrió por el barranco, haciéndolo intransitable. Bentorán ya se lo había imaginado cuando descubrió la cueva, pero eso podría suponer una ventaja en su situación.
Estaba aislado, pero de la misma forma no podrían encontrarlo.
Una noche volvió a soñar con Achamán. Estaba de nuevo junto al Echeyde, vigilante, su barba blanca al lado de la nieve de la montaña.
—Bentorán —le dijo con su voz de trueno—, has sido muy valiente pero ahora deberás serlo más.
—¿Qué he de hacer, mi señor?
—Debes entregarte. Hay un barco que está reclutando colonos para ir más allá del mar. Podrás irte tú con tu esposa y tus hijas. Es lo más seguro para todos.
—Así lo haré.
Bentorán ni siquiera se planteó la posibilidad de que no fuera así. Confiaba en su Dios más que en el Cristo de los cristianos.
Bajó del monte, corriendo serios peligros al pasar por los barrancos repletos de agua que corría hacia el mar.
Llegó a la ciudad de Aguere y buscó a un alguacil.
—Me llamo Juan Fernández de la Cruz y he huido de la casa de Don Eduardo Jiménez del Castillo.
El alguacil lo miró asombrado.
—Acompáñeme al Cabildo —fue su contestación.
En el Cabildo tomaron nota de que en efecto estaba bajo búsqueda judicial y orden de arresto, y que se entregaba voluntariamente. Había una recompensa (veinte reales), que recibió el alguacil encantado.
Dos arcabuceros le pusieron grilletes y lo llevaron a la casa de Don Eduardo.
Una vez frente a su dueño y señor, Juan Fernández (Bentorán) dijo:
—Mi señor, lamento haber huido y reconozco mi castigo. Sólo os pido clemencia porque he sabido que hay un barco que busca colonos. Desearía que vuestra merced me permitiera embarcar junto con mi esposa y mis hijas.
Don Eduardo quedó sorprendido. Sí, él sabía que había un velero apostado en el puerto de Garachico reclutando colonos, pero no sabía cómo tal noticia podía haber llegado a un alzado que se había escondido en la selva.
—Por perjuro te mereces latigazos. Los has de recibir, pero luego acepto que te vayas para siempre, con tus tres mujeres. Ellas me han servido bien hasta ahora, y eso obra en tu beneficio. Eso sí, no esperes más regalo de mi parte que tu vida y la de los tuyos, junto con el pasaje, pues sé bien que vosotros no tenéis con qué comprarlo.
—¡Agradezco la merced que me hacéis, mi señor!
Uno de los arcabuceros fue el encargado de administrar los latigazos. Con la ayuda de sus compañeros, le desnudaron del tamarco de piel que llevaba y le dio los veinte latigazos que había ordenado Don Eduardo.
Lo dejaron dolorido y con la espalda ensangrentada.
Apareció María (Aminda), su fiel esposa. Con un trapo humedecido en agua le limpió las heridas, luego le aplicó aceite y le puso una camisa limpia, que parecía haber sido de Don Eduardo.
—He sabido que quieres que embarquemos las tres.
—Sí. Hasta ahora has tenido suerte y no te han molestado. Pero las niñas van creciendo y sin un hombre que las cuide corren peligro. Hasta ahora Achamán ha cuidado de ustedes, pero no sé hasta cuando podrá hacerlo.
—¡Calla! No lo nombres en esta casa.
—Sí, es cierto. Debemos olvidar todas nuestras creencias.
Al día siguiente, Don Eduardo les entregó una bolsa bastante voluminosa.
—Tengo entendido que el galeón Santa Teresa de Castilla está reclutando gente para Nueva España. Vosotros cuatro estáis admitidos y esta cédula así lo indica —entregó a Juan un pergamino—. He dispuesto que un burro lleve a las niñas y esta bolsa de equipaje hasta Garachico. Es un viaje largo, y tardaréis tres días en llegar. Con la cédula hay una orden de que os procuren alojamiento digno en las posadas.
Juan Fernández abrió la bolsa.
—Deja eso ahora, Juan. Hay algunos trapos viejos que Carmen ha insistido en regalarles a vosotros. Más por María y las niñas que por tus méritos, Juan. Aunque reconozco que mientras estuviste al cuidado de las cabras nunca tuve motivo de queja.
El burro era el mismo que Juan ya conociera.
—Mi señor, ¿cómo le devuelvo el burro?
—No me lo devuelvas. Con él estoy pagando vuestro pasaje. Que lo embarquen en el barco y hagan lo que quieran con él. Hasta Garachico es tuyo, luego deberás entregarlo a la gente del galeón.
—¡Gracias, Don Eduardo!
—¡Que vayáis con Dios, y nunca lo olvidéis allá en tierras de Indias!

Las dos niñas subieron en el burro, con la bolsa entre ambas. Juan y María (Bentorán y Aminda) se pusieron en marcha caminando hacia el lejano puerto.
Era un largo recorrido, pero más largo sería aún después.
Embarcarían rumbo al oeste, a tierras lejanas.
Y nunca más verían el Echeyde.
Pero allí, Bentorán sería Juan Fernández, un colono español trabajador y piadoso. Igual que su esposa y sus dos hijas.
Nadie sabría de su pasado pagano.
Sería un Nuevo Mundo, sin ninguna duda.

03 octubre 2009

LA CIENCIA EN ESPAÑA NO NECESITA TIJERAS...



Me sumo a la iniciativa en contra de la reducción del presupuesto en investigación. ¡Que la crisis la paguen los banqueros y los constructores que son quienes nos han metido en este lío!
¡Basta ya del unamuniano "que inventen ellos"!

Para más detalles, Visiten la Aldea Irreductuble

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24 septiembre 2009

Open Office de pega

Quiero avisar a quienes deseen instalar al Open Office que hay una versión de pega.
Si uno entra en Google y pone algo como Office gratis, es posible que le mande un enlace a la web openoffice.pro, con la que descargará un programa pequeño de instalación. Al ejecutarlo, pide enviar SMS a un cierto número para recibir un código, y ahí está el truco, pues debería ser conocido que la gente de OpenOffice.org no cobran por su descarga.
Por suerte no piqué y busqué directamente la web de openoffice.org y de ella descargué el paquete. Mejor dicho, lo estoy descargando porque es un fichero bien grande (como debe ser).
Lo publico aquí para general conocimiento.

Aprovecho para recomendarles a todos el Open Office. Primero, porque no es de Micro$oft. Segundo, porque es gratis. Y tercero, pero no pro ello menos importante, porque es de software libre. Hace lo mismo que el Office de M$ y sin tener que aguantar las chorradas de la gente de Willy el Niño

27 junio 2009

¿Dónde está la laguna?




¿DÓNDE ESTÁ LA LAGUNA?

Una turista, con su mapa en la mano, me preguntó el otro día: —¿dónde se encuentra la laguna que da el nombre a la ciudad?
Tuve que responderle la verdad.
Pero aquí y ahora, yo también me lo pregunto.
¿Dónde está la laguna?
La laguna de Anaga…
…donde algunas noches despejadas se reflejaba la Estrella Polar. Y otras, sin luna, brillaba la Vía Láctea en su seno.
…donde el Guañame venía a exigir el ordeño de las cabras, para luego ofrendar su leche a Achamán, a la vista del Echeyde. Pues de lo contrario, tal vez Guayota no se aplacara y saldría furioso y soltando fuegos.
…pero llegaron los extranjeros que convirtieron un lugar de paz en un cementerio. Y construyeron edificios para honrar a su dios, muerto en una cruz.
Con la cruz trajeron la muerte. Excavaron canales, plantaron árboles que chupaban el agua. Secaron la laguna.
Donde estaba la laguna, sembraron trigo. E hicieron carreteras.
Más tarde, el cemento completó la tarea. “Las inundaciones son peligrosas”, se dijo. Y con cemento se culminó la obra de los conquistadores.
Aún llueve, si bien dicen los viejos que ahora menos que antes; pero el agua ya no se queda en la laguna, corre por el barranco hacia el mar. Y se pierde.
Mientras la isla descubrió que tenía sed, y ha de beber el agua del mar.
¿Dónde está la laguna?
Búscala en el sur, repartida entre miles de piscinas para que se bañen los norteños de piel pálida enrojecida, entre cerveza y cerveza.
Bajo una mole cúbica de veinte viviendas, allí está la laguna.
O estuvo.
Cuando la isla era virgen.

22 junio 2009

Cachorro

Desde el primer momento, despertaste mi interés. Estabas allí, entre una docena, todos con los ojos tristes, anhelantes.

Pero me fijé en ti, te miré a la cara, y pude leer en tus ojos tu propia historia.

Los primeros días. Una mota de pelo entre otras motas de pelo. Calor, suavidad, amor. Una fuente de comida, una lengua cariñosa que te limpiaba, que te amaba. Los gañidos de los demás, tus gañidos. Y algunas voces altas, extrañas, de gente que te cogía con las manos.

Siempre volvías a estar con tus compañeros, al calor materno.

Hasta que un día, ya no regresaste.

Se acabó el calor de tu madre. De tus hermanos.

Ahora estabas en una caja de paredes transparentes.

Cerca de ti, otros, también encerrados.

Tenías comida, pero no la rica leche. Tampoco te limpiaban con la lengua. Hacías tus necesidades en el suelo, y siempre lo cambiaban.

Por las paredes veías gentes. Te miraban, te decían cosas.

Querías acercarte, pero no podías, la pared te lo impedía.

Así un día tras otro.

Hasta que por fin, alguien te cogió. Las manos de una niña te acogieron y te llevaron.

Un nuevo hogar. Nuevos lugares para dormir, nueva comida. Y nueva gente.

Y allí estaba Él. Desde el principio comprendiste que a Él se lo debías todo. Si Él estaba contento, tú felicidad era plena. Si Él estaba enfadado, tu obligación era aprender, no hacer “eso” que a Él molestaba.

Todo tu tiempo era para Él.

Él te alimentaba. Él te sacaba de paseo para que hicieras tus necesidades. Él jugaba contigo. Él te peinaba, te lavaba. Él te quería.

Había otras personas, aparte de Él. Como la niña, que jugaba contigo y te hacía rabiar. Siempre te dejabas hacer, porque sabías que ella era otra cachorra como tú.

Fueron largos días de felicidad.

Hasta que llegó el infierno.

Tú no lo podías entender, pero yo creo imaginarlo.

Llegaba el verano. Los hoteles no admiten mascotas, sale muy caro pagar el viaje, no hay lugares donde dejarte. Y ya eras grande, molesto. Ya no era un cachorro.

Todos los días había que sacarte de paseo, ¡qué latazo! Y ni siquiera podía entrar en un bar a tomarse una cerveza, había que esperar a que cagaras y mearas para llevarte a casa y así poder salir con los colegas.

La solución, ¡simple!

Te metieron en el coche, te soltaron, ¡sin cadena!

Te dejaron atrás.

Ya no sabías donde estaba Él.

No encontrabas el plato con la comida ni con el agua.

Comprendiste que para beber tenías que buscar algún charco. Y para comer, las bolsas de la basura.

Para dormir, algún rincón que debías disputar a otros como tú. O a las ratas.

Ahora tenías encima cosas que te picaban y debías rascarte. Tu pelo estaba enmarañado y nadie te cepillaba. Te sentías sucio.

Le gente te daba patadas, te apartaba de su lado.

Nunca volviste a ver a Él.

Finalmente, llegaste a este lugar, con otros como tú.

Esperándolo a Él.

Pero en lugar de él, llegué yo.

Te acogí en mi casa. No pagué por ti, porque no se paga por el amor de verdad.

Ahora, para ti, yo soy un nuevo Él.

La verdad ¿eso qué es?

La verdad... ¿Qué es la verdad? ¿Acaso existe? ¿Quién la conoce?

La verdad es lo que cualquier persona considera que es verdad. Para un paranoico, esas voces que oye son verdaderas. Para un ciego, la verdad está en los sonidos, en los olores, no en lo que se ve. Para el ignorante, la verdad es lo que le dicen, siempre que él no pueda verificarlo. Para el creyente, la verdad es lo que le dicen, ya que él no va a comprobarlo. Para el escéptico, la verdad no existe, tan sólo aproximaciones (mejores o peores) a la misma.

Como soy escéptico, creo que la verdad no existe. Hay tan sólo teorías que se aproximan a lo que podría ser un límite en el infinito. Y tal y como no existe el infinito, tampoco existe la verdad absoluta, tan sólo verdades aproximadas, que con las nuevas teorías se ven caducas. Una nueva aproximación, y las verdades de antes ya no lo son.

Nadie conoce la verdad, por lo tanto. Hay algunos que pretenden saber la verdad. Tal vez sepan su verdad, pero no tiene porqué ser la mía. Lo malo es que, llevados por su egocentrismo pretenden obligarnos a los demás a aceptar su verdad, y sólo porque ellos así lo han decidido.

En resumen, déjenme con mis verdades aproximadas y permítanme buscar la verdad inexistente a mi manera. Si ustedes creen otra cosa, son libres de hacerlo.

26 abril 2009

Nuevos libros

¡Es que no paro! Le he cogido el tranquillo a ésto de publicar on-line ysigo sacando libros como rosquillas.


Esta vez le ha tocado a un trabajo realizado por los compañeros del foro de astroseti: el Diccionario Astroseti de la Lengua Muerta.

Un diccionario con más de mil términos en español (supuestamente), donde las definiciones son puro cachondeo.
Un par de ejemplos:

Americano: Nativo de cabellos blancos oriundo de América.


Ajetreo: Culpable de halitosis por ingesta de ajos y similares.


Puede conseguirse en lulu.com a través del siguiente enlace (la descarga en formato PDF es gratuita):

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El otro trabajo es algo que había gestado hace años.

Se trata de una pequeña novela interactiva, donde el lector elige como ha de proseguir la historia. Así, el final puede ser uno u otro según las propias decisiones. El libro está pensado para un público juvenil, y trata de las aventuras de un agente secreto en el espacio.

Puede conseguirse en lulu.com a través de este enlace:


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La versión descargada es ligeramente distinta, pues he añadido enlaces internos, de forma que no hace falta pasar las páginas para ir a donde lo manda a uno el texto, o a donde ha elegido continuar la historia. Para la versión en PDF, seguir este otro enlace:
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09 marzo 2009

Cosmética Natural


Éste es un proyecto que tenía desde hace años. Estaba a la búsqueda de un editor hasta que me he decidido a publicar por mi cuenta en lulu.com.
Es una especie de recetario, pero no cocina. Son fórmulas de cosméticos elaborados con productos naturales, que cualquiera puede conseguir en herbolarios y en el mercado. Pueden fabricarse en la cocina con los utensilios habituales.
Se incluyen algunas explicaciones sencillas, y en muchos casos se estima de forma muy aproximada cuánto vendría costando el producto elaborado.
Algunas de las fórmulas se han de consumir de inmediato, pero otras se pueden almacenar durante un cierto tiempo, que se indica.
Los productos están clasificados por su función: productos de hidratación, de limpieza, perfumes, jabones, champús, cosmética infantil, para hombres, etc.
Para una vista previa, pulsar en este enlace
Para comprar el libro:
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Sombras del pasado


Nueva novela de ciencia ficción.

Desde el borde mismo del Sistema Solar llega la señal de una nave espacial. Lleva rumbo a la Tierra.
Sin embargo, sus tripulantes son terrestres. Partieron hace 57.000 años de nuestro planeta.
Son neandertales y han recorrido un largo periplo a través de la Galaxia.
Lo más que desean es regresar al hogar que dejaron atrás. Saben que ha pasado mucho tiempo, y que las cosas deben haber cambiado.
Pero no esperan que el hogar esté ocupado por otra especie humana.


Disponible en lulu.com: Vista previa


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